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Rodríguez De Guzmán, Manuel
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Mensaje Rodríguez De Guzmán, Manuel 
 
Este trabajo recopilatorio esta dedicado al pintor sevillano Manuel Rodríguez de Guzmán. Fue un pintor adscrito al movimiento romántico y destacando especialmente por los temas costumbristas, especializado en escenas folclóricas andaluzas.

Manuel Rodríguez Guzmán (Sevilla, 1818 - Madrid, 1867). Es uno de los mejores representantes de la escuela costumbrista sevillana del Romanticismo Español. Nace en Sevilla en 1818, iniciando su formación en la Escuela de Bellas Artes.

Rodríguez de Guzmán fue alumno de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, donde todavía se le citaba en 1845, y de José Domínguez Bécquer, quien le introdujo en la pintura del costumbrismo, que sería su dedicación fundamental.

Durante su etapa sevillana, que abarca hasta 1853, fue nombrado académico honorario de la sevillana de Santa Isabel de Hungría en 1847, siendo presentado por Manuel Barrón. Durante 1852 ejerció de ayudante auxiliar sin retribución de las clases de Dibujo de Figura.

Por lo que respecta a su obra pictórica, en 1838 presentó en el Círculo del Liceo un asunto histórico un tanto exótico para la época: El juicio de Ana Bolena. No fue su única incursión en ese género, pues también se le citan Pedro I mandando arrojar por una ventana el cadáver de su hermano y Toma de Vélez por Fernando el Católico, todas ellas en paradero desconocido. También se introdujo en el campo de la pintura religiosa con un San Sebastián en el martirio acompañado de un ángel, de 1851, y que igualmente está sin localizar. Sí se conocen en colección particular capitalina, y como pertenecientes a la etapa madrileña, un Bautismo y una Confesión (ambos de 1860) que parecen formar parte de una serie de los siete sacramentos.

En la pintura de esa primera etapa sevillana cabe citar –además de un cierto regusto francés en su presentación inicial, el tributo al murillismo imperante en Sevilla o el seguimiento de lejanos ejemplos europeos– la existencia de cuadros característicamente costumbristas, como El ciego cantor, La trapera (ambos con ecos murillescos), Las buñoleras (1851) o las dos versiones de La fiesta andaluza, ambas de 1851; obras todas ellas en las que, dentro de su característica facilidad compositiva, resuelve con maestría la variada expresión de los personajes aunque sea en escenarios reducidos. Un primer traslado a Madrid en 1852 queda interrumpido cuando vuelve momentáneamente a Sevilla a firmar en 1853 cuadros de mayor empeño, como La procesión del Rocío y La Feria de Sevilla (Palacio de Riofrío), animadas composiciones de muchos personajes que cantan, bailan o jalean con abundantes gestos.

La etapa madrileña se da a partir del encargo de Isabel II, de 1853, de pintar «las costumbres de todas las provincias de España en cuadros de dos varas, para formar una regia Galería de este género, satisfaciéndole 30.000 reales al año», encargo que buscaba ilustrar las más célebres fiestas y romerías de las distintas regiones, pero que queda incompleto y sólo le ocupa entre 1853 y 1855, resultando del mismo los lienzos El entierro de la sardina, Escena popular en la Virgen del Puerto (Museo del Prado, en depósito en el Museo del Romanticismo) y La Feria de Santiponce (Museo del Prado), que algunos consideran su obra maestra, además de las citadas La procesión del Rocío y La Feria de Sevilla. Tales obras iban a llevar la colaboración literaria de su padre, Manuel Mariano Rodríguez, a través de una descripción de los correspondientes cuadros, y así se hizo en tres de ellos.

De estos primeros momentos en la corte son también dos cuadros para el embajador inglés en España y su ingreso en la Sociedad Protectora de las Bellas Artes fundada por su paisano Antonio María Esquivel. En otro más ambicioso proyecto pictórico del reinado de Isabel II, la Galería de Retratos de los Monarcas, inspirada en la Francia de Luis Felipe, también interviene Rodríguez de Guzmán realizando El rey Eurico (1856, Museo del Prado, en depósito en la Diputación de Lugo).

Los asuntos taurinos, dentro de la temática costumbrista, son también ejercitados por el pintor, y así cabe citar El torero Lucas Blanco, Una vara, Brindis de un torero, Suerte de recibir y Preparativos de un picador. Su contribución al tema literario se basa sobre todo en Cervantes, del que, además de un episodio del Quijote radicado en Andalucía –Don Quijote escribiendo a Dulcinea desde Sierra Morena–, utiliza sus Novelas ejemplares para representar un Rinconete y Cortadillo (1858, Museo del Prado), que no es otra cosa que un nuevo cuadro costumbrista en la Sevilla cervantina. La obtención de una mención honorífica de primera clase con esta obra en la Exposición Nacional de 1858 nos abriría la puerta a citar su participación en tales certámenes (donde no obtuvo más allá de una tercera medalla en la primera de ellas, la de 1856), así como en la universal parisina de 1855, de lo que nos puede redimir en cuanto a todos estos datos la reciente monografía de L. Méndez Rodríguez.

Más útil es incidir sobre todo en la producción de la pintura de género, con nuevas obras como La habanera (Museo del Prado, en depósito en el Museo de Palma de Mallorca) o Una gitana diciendo la buenaventura a unos gallegos (Museo del Prado, en depósito en el Museo de Zaragoza). Otra temática la configuran los Aquelarres, cuadros inspirados en Goya y que suponen una gran novedad dentro de su pintura en la medida en que se observa cómo recibe la influencia del pintor aragonés a través de las obras de Alenza y Eugenio Lucas. Por último, y dentro de su contribución al retrato, se citan obras de pequeño formato con las figuras de cuerpo entero, en primer plano y al aire libre, en ocasiones ante un tronco de árbol. Así la Duquesa de Medinaceli, la Duquesa de Alba y la Emperatriz Eugenia de Montijo, ataviadas con vistosos trajes de andaluzas.

Se ha definido el arte de Rodríguez de Guzmán –lo hace, por ejemplo José Luis Díez– por su capacidad para componer escenas llenas de pequeñas figuras, minuciosamente descritas en tocados e indumentarias, con dibujo firme y colorido brillante, así como por su habilidad en la captación de los tipos populares en sus diversas actitudes y gestos, construidos con técnica jugosa y colorista, y envueltos en una luz vibrante. De este modo, Rodríguez de Guzmán consigue la expresión de todo tipo de escenarios andaluces, madrileños, taurinos, etc., con total gracia y sabor, y aún más, con una intensidad tal que logra despertar nuestra curiosidad.

Sus obras más importantes son:

Corrida de Toros, Juerga Flamenca, Fiesta Flamenca, Feria de Santiponce, La Feria de Sevilla, La procesión del Rocío, Lavanderas de Manzanares, Aguadoras, Baile campestre de la virgen del Puerto y Rinconete y Cortadillo.

Espero que la información que he recopilado de este pintor poco conocido sea de vuestro interés y contribuya en su divulgación.






Algunas obras


Manuel Rodríguez de Guzmán en el Museo del Prado

Rodríguez de Guzmán, Manuel (Sevilla, 1818-Madrid, 1867). Pintor español especializado en escenas costumbristas y folclóricas andaluzas, inició su formación artística en la Academia de Bellas Artes de Sevilla, donde fue discípulo de José Domínguez Bécquer. Desde 1854 se estableció en Madrid, con intención de introducirse en la corte, lo que logró en parte, ya que consiguió el encargo de la reina de pintar las costumbres de todas las provincias de España. A este proyecto corresponden, entre otros, los lienzos del Museo del Prado Baile en la Virgen del Puerto y La feria de Santiponce, su obra maestra, además de otros dos que pertenecen al Patrimonio Nacional titulados La Feria de Sevilla y La procesión del Rocío. Amigo de Antonio María Esquivel, participó asiduamente en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, donde obtuvo mención honorífica en 1858 por su cuadro de tema literario Rinconete y Cortadillo, inspirado en una de las célebres Novelas ejemplares de Cervantes. Considerado el mejor pintor de todo el costumbrismo romántico andaluz, su pintura se caracteriza por un colorido brillante y una gran facilidad para captar los tipos populares y para componer escenas repletas de pequeñas figuras descritas minuciosamente.

Obras

    - Baile en la Virgen del Puerto, óleo sobre lienzo, 129 x 179 cm, firmado, 1857 (en dep. en el Museo Romántico, Madrid) [P3305].
    - Lavanderas del Manzanares, óleo sobre lienzo, 46 x 56 cm, firmado, 1859 [P3730].
    - Aguadores, óleo sobre lienzo, 46 x 56 cm, firmado, 1859 [P3733].
    - La feria de Santiponce, óleo sobre lienzo, 124 x 194 cm, firmado, 1855 [P4604].
    - Eurico, rey godo («Serie cronológica de los reyes de España»), óleo sobre lienzo, 222 x 140 cm (en dep. en la Diputación Provincial de Lugo) [P5829].
    - Las habaneras, óleo sobre lienzo, 126 x 176 cm [P6004].
    - Una gitana diciendo la buenaventura a unos gallegos, óleo sobre lienzo, 127 x 183 cm, firmado, 1865 (en dep. en el Museo de Zaragoza) [P6795].
    - Rinconete y Cortadillo, óleo sobre lienzo, 126 x 176 cm, firmado, 1858 [P7647].


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Rinconete y Cortadillo, 1858, óleo sobre lienzo, 126 x 176 cm. Museo del Prado. Obra de Manuel Rodríguez Guzmán.  

Pasaje de la obra de Cervantes Rinconete y Cortadillo en el que Monipodio rompe un plato para utilizar los pedazos resultantes como instrumento musical de percusión improvisado, y acompañar así en el baile a la Escalante, figura femenina destacada en el centro de la escena que baila una danza folclórica manteniendo el equilibrio sobre un pie y alzando la otra pierna. A la vez, toca un par de castañuelas, idiófonos de golpe directo, de madera y con el mango más oscuro que las orejas, cuya madera es de color más claro; la Gananciosa en tanto les hace el son en las seguidillas con una escoba.

El cuadro narra el episodio del festejo celebrado en casa de Monipodio tras la comida que siguió a la admisión de Rinconete y Cortadillo como cofrades de su Hermandad, todo recreado siguiendo fielmente el texto original. Así vemos a los dos ladronzuelos, junto con otros personajes, que asisten divertidos al baile de Escalanta acompañada por el son de su propio chapín, de la escoba que a modo de guitarra improvisada tañe la Gananciosa y del propio Monipodio, ataviado con «capa de bayeta casi hasta los pies, en los cuales traía unos zapatos casi enchancletados; zaragüeyes de lienzos anchos, y largos hasta los tobillos y sombrero... de los de la hampa, campanudo de copa y tendido de faldas», quien hace sonar unas tejoletas, o castañuelas, que se ha fabricado con los restos de un plato que ha roto para la ocasión.

No menos minuciosa es la representación del ámbito en el que se desarrolla la escena, el patio. Así, y tras la grotesca figura de Monipodio, descubrimos «un cántaro desbocado, con un jarrillo encima, no menos falto que el cántaro», y al fondo, una pequeña estancia en cuya «pared frontera estaba pegada a la pared una imagen de Nuestra Señora, destas de mala estampa, y más abajo pendía una esportilla de palma, y, encajada en la pared, una almofía blanca, por do coligió, Rincón, que la esportilla servía de cepo para la limosna, y la almofía de tener agua bendita; y así era la verdad».

Realmente, el pasaje de la novela no es sino la excusa que sirve al pintor para demostrar su habilidad como creador de tipos y ambientes populares: pillos de ropas raídas y descuidadas, hombres y mujeres de la calle, la arquitectura popular o el magnífico bodegón que forman en el primer plano los restos de las viandas del almuerzo, todo realizado con una pincelada ágil que realza aún más el dinamismo de la obra.


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La feria de Santiponce, 1855, óleo sobre lienzo, 124 x 194 cm. Museo del Prado. Obra de Manuel Rodríguez Guzmán.


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Baile en la Virgen del Puerto, óleo sobre lienzo, 129 x 179 cm. Museo del Prado (en dep. en el Museo Romántico, Madrid). Obra de Manuel Rodríguez Guzmán.


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Lavanderas del Manzanares. 1859. Óleo sobre lienzo, 46 x 56 cm. Museo del Prado. Obra de Manuel Rodríguez Guzmán.


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Aguadores, 1859, óleo sobre lienzo, 46 x 56 cm. Museo del Prado. Obra de Manuel Rodríguez Guzmán.

Ver la obra de Manuel Rodríguez de Guzmán, en el Museo del Prado



Otras obras


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En la Feria de San Isidro, c. 1860-1867. Óleo sobre lienzo, 51 x 41 cm. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga. Obra de Manuel Rodríguez de Guzmán.

Dos hombres, dos mujeres y un niño, junto a un jumento prácticamente fundido con la oscuridad del lateral izquierdo provocada por una masa arquitectónica en sombra, forman un grupo más bien estático, de poca acción. Mientras el niño, descalzo y en camisa, sostiene una bolsa para recibir las monedas correspondientes a la transacción, uno de los hombres ha sacado de la alforja y muestra a las muchachas, para su venta, unas castañuelas, acompañándose la acción de la mirada de complicidad que una de las dos damiselas, la de la derecha, intercambia con el espectador; gesto que nos convierte a nosotros en inevitables mirones de la escena. El otro hombre, elegantemente ataviado, y, de seguro, acompañante de las damas, asimismo bien vestidas, asiste de forma pasiva al episodio. El colorido de los trajes es suntuoso, oscilando del rojo al azul con algún tono pardo, como el de la lujosa chaqueta del hombre escolta. En cuanto al asunto reproducido, el mismo no refleja un jolgorio colectivo, no responde a esas concentraciones de gentes con motivo de ferias anuales que dan lugar a la aparición de la fiesta en forma de comidas al aire libre, bailes y cantes, con viandas y bebidas servidas en improvisadas tabernas, tal como se han descrito las representaciones de ferias o romerías populares que, sin embargo, en otras ocasiones con tanta maestría plasmó este pintor.

Aquí, al contrario, estamos ante una escena desde luego también costumbrista, pero de aspecto más cotidiano e intrascendente, y en un marco urbano cuyos edificios no autorizan a una identificación precisa sin más: la parte iluminada reproduce construcciones genéricas del momento (de la década de 1860, precisa Méndez) y solamente la cúpula y la edificación aislada de la derecha, de color tierra o tapial y con aspecto de caserón manchego (pese al fantasioso arco de herradura) parecen querer ser referentes. De ser así, la cúpula, pese a lo llamativo del costillar, sería traslación libre de San Francisco el Grande en Madrid, ubicación capitalina que se reforzaría con la casa de tipo castellano-manchego como pervivencia de los edificios con dicho aire desde el Madrid de los Austrias. Por otro lado, también aquí es perceptible ese «desenfado técnico de evocación goyesca» derivado tal vez de sus contactos con Eugenio Lucas, según Valdivieso, aunque además se ha apuntado la influencia del otro gran goyesco madrileño, Leonardo Alenza, a quien se le cita como amigo. Precisamente el fallecimiento de este último en 1845 ha hecho sospechar a Méndez una temprana toma de contacto del sevillano con Madrid antes de un primer viaje a la capital en 1852, aunque con regreso temporal a Sevilla en 1853. Será por tanto obra posterior a ese año de 1853 en que se ubica el traslado definitivo de Sevilla a Madrid, y hasta podría admitirse que perteneciera al grupo de cuadros de ambiente andaluz que asimismo se ha señalado que sigue pintado en la capital.

Méndez, que sin embargo no duda en establecer que el cuadro pertenece a los temas de costumbres madrileños que el pintor hace a partir de su viaje a la corte, añade que fue una de sus escenas predilectas la Feria de San Isidro, y que aquí se sustituye el paisaje habitual de sus cuadros por una vista de las calles y edificios del Madrid de la década de 1860.



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La Feria de Sevilla. Hacia 1850. Óleo sobre lienzo. Palacio de Riofrío (Segovia). Obra de Manuel Rodríguez De Guzmán.

La primera etapa de Rodríguez Guzmán se desarrolla en Sevilla donde realiza un buen número de escenas protagonizadas por ferias. En esta ocasión nos convertimos en anónimos observadores de la Feria de Abril, con sus casetas y sus variados personajes. Apareciendo un buen número de figuras que gesticulan, cantan y jalean, creando un emotivo espectáculo. Rodríguez Guzmán da muestras de ser un excelente dibujante como podemos apreciar tanto en primer plano como en el fondo, donde aparece la catedral y la Giralda, a pesar de mostrar una mayor difuminación en esta zona.


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Procesión de la Virgen del Rocío. 1853. Palacio de Riofrío (Segovia). Obra de Manuel Rodríguez Guzmán.

El interés de Rodríguez Guzmán por los asuntos populares le lleva a realizar escenas procesionales como ésta que contemplamos. Observamos un buen número de figuras en una disposición serpenteante para dar aspecto de caravana, apreciándose en la procesión carretas, jinetes a caballo y personas andando. En el fondo encontramos abruptas montañas, con un cielo de tornasoladas nubes, con las que el pintor otorga mayor dramatismo a la composición. Gracias a las diagonales que organizan el espacio, relaciona los diferentes episodios y crea la caravana serpenteante. El fondo de la tela se viene hacia primer plano para atraer y centrar lo que al pintor interesa, que es la carroza que porta a la Virgen y las figuras que llevan los estandartes. El colorido es muy variado, jugando Rodríguez con la iluminación ya que deja parte de la zona izquierda en penumbra e ilumina el centro de la escena. Resulta destacable el firme y seguro dibujo y los gestos de los personajes, especialmente el grupo de muchachitos de primer plano que nos refleja la vocación popular hacia la Virgen del Rocio. El hombre que toca la flauta y el tamborín también llama nuestra atención así como el efecto de polvo que se consigue con las carretas circulando. Existen algunas desproporciones pero en suma es un cuadro bien hecho con el que el pintor alcanzó un importante éxito.


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Baile en la taberna. Manuel Rodríguez de Guzmán, 1.854. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Obra de Manuel Rodríguez de Guzmán. Rodríguez de Guzmán, especialista en pinturas de tema costumbrista. La escena es típica de su producción con la habitual presencia de majos, bailarinas y demás personajes populares. Estas escenas fueron muy apreciadas por la clase alta local y por los viajeros extranjeros que visitaban Sevilla, que veían en ellas una imagen idílica de Andalucía, próxima a su mentalidad romántica.

La obra adquirida, primera de este pintor que ingresa en las colecciones del museo, permite ofrecer a visitantes e investigadores una visión más completa de la pintura romántica sevillana, en la que el costumbrismo es elemento fundamental.


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Suerte de recibir. 1850. Obra de Manuel Rodríguez de Guzmán


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Fiesta Flamenca. Óleo sobre lienzo, 68.5 x 80.5 cm. Colección particular. Obra de Manuel Rodríguez de Guzmán


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Fiesta Flamenca. Óleo sobre lienzo, 47.5 x 58 cm. Colección particular. Obra de Manuel Rodríguez de Guzmán



Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado el trabajo recopilatorio dedicado al pintor romático sevillano Manuel Rodríguez de Guzmán.



Fuentes y agradecimientos a: museodelprado.es, pintura.aut.org, cvc.cervantes.es, carmenthyssenmalaga.org, artehistoria.com, es.wikipedia.org, blog.setdart.com, oronoz.com, leyendasdesevilla.blogspot.com.es, latinamericanart.com y otras de Internet.
 




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última edición por j.luis el Viernes, 29 Julio 2016, 17:51; editado 7 veces 
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Mensaje Re: Rodríguez De Guzmán, Manuel 
 
Gracias J.Luis por este nuevo pintor sevillano, bonitas escenas folclóricas las que representa en su obra.

Un Saludo.
 




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Mensaje Re: Rodríguez De Guzmán, Manuel 
 
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Manuel Rodríguez de Guzmán en el Museo Carmen Thyssen Málaga



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En la Feria de San Isidro (detalle) Museo Carmen Thyssen Málaga. Obra de Manuel Rodríguez de Guzmán

Manuel Rodríguez de Guzmán (Sevilla, 1818 - Madrid, 1867) Fue alumno de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, donde todavía se le citaba en 1845, y de José Domínguez Bécquer, quien le introdujo en la pintura del costumbrismo, que sería su dedicación fundamental.

Durante su etapa sevillana, que abarca hasta 1853, fue nombrado académico honorario de la sevillana de Santa Isabel de Hungría en 1847, siendo presentado por Manuel Barrón. Durante 1852 ejerció de ayudante auxiliar sin retribución de las clases de Dibujo de Figura.

Por lo que respecta a su obra pictórica, en 1838 presentó en el Círculo del Liceo un asunto histórico un tanto exótico para la época: El juicio de Ana Bolena. No fue su única incursión en ese género, pues también se le citan Pedro I mandando arrojar por una ventana el cadáver de su hermano y Toma de Vélez por Fernando el Católico, todas ellas en paradero desconocido. También se introdujo en el campo de la pintura religiosa con un San Sebastián en el martirio acompañado de un ángel, de 1851, y que igualmente está sin localizar. Sí se conocen en colección particular capitalina, y como pertenecientes a la etapa madrileña, un Bautismo y una Confesión (ambos de 1860) que parecen formar parte de una serie de los siete sacramentos.

En la pintura de esa primera etapa sevillana cabe citar –además de un cierto regusto francés en su presentación inicial, el tributo al murillismo imperante en Sevilla o el seguimiento de lejanos ejemplos europeos– la existencia de cuadros característicamente costumbristas, como El ciego cantor, La trapera (ambos con ecos murillescos), Las buñoleras (1851) o las dos versiones de La fiesta andaluza, ambas de 1851; obras todas ellas en las que, dentro de su característica facilidad compositiva, resuelve con maestría la variada expresión de los personajes aunque sea en escenarios reducidos. Un primer traslado a Madrid en 1852 queda interrumpido cuando vuelve momentáneamente a Sevilla a firmar en 1853 cuadros de mayor empeño, como La procesión del Rocío y La Feria de Sevilla (Palacio de Riofrío), animadas composiciones de muchos personajes que cantan, bailan o jalean con abundantes gestos.

La etapa madrileña se da a partir del encargo de Isabel II, de 1853, de pintar «las costumbres de todas las provincias de España en cuadros de dos varas, para formar una regia Galería de este género, satisfaciéndole 30.000 reales al año», encargo que buscaba ilustrar las más célebres fiestas y romerías de las distintas regiones, pero que queda incompleto y sólo le ocupa entre 1853 y 1855, resultando del mismo los lienzos El entierro de la sardina, Escena popular en la Virgen del Puerto (Museo del Prado, en depósito en el Museo del Romanticismo) y La Feria de Santiponce (Museo del Prado), que algunos consideran su obra maestra, además de las citadas La procesión del Rocío y La Feria de Sevilla. Tales obras iban a llevar la colaboración literaria de su padre, Manuel Mariano Rodríguez, a través de una descripción de los correspondientes cuadros, y así se hizo en tres de ellos.

De estos primeros momentos en la corte son también dos cuadros para el embajador inglés en España y su ingreso en la Sociedad Protectora de las Bellas Artes fundada por su paisano Antonio María Esquivel. En otro más ambicioso proyecto pictórico del reinado de Isabel II, la Galería de Retratos de los Monarcas, inspirada en la Francia de Luis Felipe, también interviene Rodríguez de Guzmán realizando El rey Eurico (1856, Museo del Prado, en depósito en la Diputación de Lugo).

Los asuntos taurinos, dentro de la temática costumbrista, son también ejercitados por el pintor, y así cabe citar El torero Lucas Blanco, Una vara, Brindis de un torero, Suerte de recibir y Preparativos de un picador. Su contribución al tema literario se basa sobre todo en Cervantes, del que, además de un episodio del Quijote radicado en Andalucía –Don Quijote escribiendo a Dulcinea desde Sierra Morena–, utiliza sus Novelas ejemplares para representar un Rinconete y Cortadillo (1858, Museo del Prado), que no es otra cosa que un nuevo cuadro costumbrista en la Sevilla cervantina. La obtención de una mención honorífica de primera clase con esta obra en la Exposición Nacional de 1858 nos abriría la puerta a citar su participación en tales certámenes (donde no obtuvo más allá de una tercera medalla en la primera de ellas, la de 1856), así como en la universal parisina de 1855, de lo que nos puede redimir en cuanto a todos estos datos la reciente monografía de L. Méndez Rodríguez.

Más útil es incidir sobre todo en la producción de la pintura de género, con nuevas obras como La habanera (Museo del Prado, en depósito en el Museo de Palma de Mallorca) o Una gitana diciendo la buenaventura a unos gallegos (Museo del Prado, en depósito en el Museo de Zaragoza). Otra temática la configuran los Aquelarres, cuadros inspirados en Goya y que suponen una gran novedad dentro de su pintura en la medida en que se observa cómo recibe la influencia del pintor aragonés a través de las obras de Alenza y Eugenio Lucas. Por último, y dentro de su contribución al retrato, se citan obras de pequeño formato con las figuras de cuerpo entero, en primer plano y al aire libre, en ocasiones ante un tronco de árbol. Así la Duquesa de Medinaceli, la Duquesa de Alba y la Emperatriz Eugenia de Montijo, ataviadas con vistosos trajes de andaluzas.

Se ha definido el arte de Rodríguez de Guzmán –lo hace, por ejemplo José Luis Díez– por su capacidad para componer escenas llenas de pequeñas figuras, minuciosamente descritas en tocados e indumentarias, con dibujo firme y colorido brillante, así como por su habilidad en la captación de los tipos populares en sus diversas actitudes y gestos, construidos con técnica jugosa y colorista, y envueltos en una luz vibrante. De este modo, Rodríguez de Guzmán consigue la expresión de todo tipo de escenarios andaluces, madrileños, taurinos, etc., con total gracia y sabor, y aún más, con una intensidad tal que logra despertar nuestra curiosidad.


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En la Feria de San Isidro, c. 1860-1867. Óleo sobre lienzo, 51 x 41 cm. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga. Obra de Manuel Rodríguez de Guzmán.

Dos hombres, dos mujeres y un niño, junto a un jumento prácticamente fundido con la oscuridad del lateral izquierdo provocada por una masa arquitectónica en sombra, forman un grupo más bien estático, de poca acción. Mientras el niño, descalzo y en camisa, sostiene una bolsa para recibir las monedas correspondientes a la transacción, uno de los hombres ha sacado de la alforja y muestra a las muchachas, para su venta, unas castañuelas, acompañándose la acción de la mirada de complicidad que una de las dos damiselas, la de la derecha, intercambia con el espectador; gesto que nos convierte a nosotros en inevitables mirones de la escena. El otro hombre, elegantemente ataviado, y, de seguro, acompañante de las damas, asimismo bien vestidas, asiste de forma pasiva al episodio. El colorido de los trajes es suntuoso, oscilando del rojo al azul con algún tono pardo, como el de la lujosa chaqueta del hombre escolta. En cuanto al asunto reproducido, el mismo no refleja un jolgorio colectivo, no responde a esas concentraciones de gentes con motivo de ferias anuales que dan lugar a la aparición de la fiesta en forma de comidas al aire libre, bailes y cantes, con viandas y bebidas servidas en improvisadas tabernas, tal como se han descrito las representaciones de ferias o romerías populares que, sin embargo, en otras ocasiones con tanta maestría plasmó este pintor.

Aquí, al contrario, estamos ante una escena desde luego también costumbrista, pero de aspecto más cotidiano e intrascendente, y en un marco urbano cuyos edificios no autorizan a una identificación precisa sin más: la parte iluminada reproduce construcciones genéricas del momento (de la década de 1860, precisa Méndez) y solamente la cúpula y la edificación aislada de la derecha, de color tierra o tapial y con aspecto de caserón manchego (pese al fantasioso arco de herradura) parecen querer ser referentes. De ser así, la cúpula, pese a lo llamativo del costillar, sería traslación libre de San Francisco el Grande en Madrid, ubicación capitalina que se reforzaría con la casa de tipo castellano-manchego como pervivencia de los edificios con dicho aire desde el Madrid de los Austrias. Por otro lado, también aquí es perceptible ese «desenfado técnico de evocación goyesca» derivado tal vez de sus contactos con Eugenio Lucas, según Valdivieso, aunque además se ha apuntado la influencia del otro gran goyesco madrileño, Leonardo Alenza, a quien se le cita como amigo. Precisamente el fallecimiento de este último en 1845 ha hecho sospechar a Méndez una temprana toma de contacto del sevillano con Madrid antes de un primer viaje a la capital en 1852, aunque con regreso temporal a Sevilla en 1853. Será por tanto obra posterior a ese año de 1853 en que se ubica el traslado definitivo de Sevilla a Madrid, y hasta podría admitirse que perteneciera al grupo de cuadros de ambiente andaluz que asimismo se ha señalado que sigue pintado en la capital.

Méndez, que sin embargo no duda en establecer que el cuadro pertenece a los temas de costumbres madrileños que el pintor hace a partir de su viaje a la corte, añade que fue una de sus escenas predilectas la Feria de San Isidro, y que aquí se sustituye el paisaje habitual de sus cuadros por una vista de las calles y edificios del Madrid de la década de 1860.


carmenthyssenmalaga.org
 




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