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Van Meegeren, El Falsificador
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Post Van Meegeren, El Falsificador 
 
Este trabajorecopilatorio está dedicado al holandés Van Meegeren, fue un pintor y marchante que ha pasado a la historia como el gran falsificador. Fue un excelente artista, pero se sentía despreciado por los críticos del arte y urdió varías estafas, llegando a pintar por lo menos 15 copias de Jan Vermeer, 3 de Frans Hals, 2 de Pieter de Hoogh y 1 de Terborgh.


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Quizá la estafa más conocida sea cuando pintó un cuadro: “Cristo con la mujer adúltera” que hizo ver al mundo de que había descubierto en 1928 una obra maestra inédita del maestro holandés Jan Vermeer, llegando a venderla por 30 millones de marcos al mariscal alemán del III Reich Hermann Göring.

Al terminar la 2ª guerra mundial los aliados requisaron la colección de arte que el nazi Göring escondía en una mina de sal austriaca. Entre los cuadros se hallaba la falsificación de van Meegeren con toda su documentación que ponía en evidencia al marchante holandés. La policía se dirigió entonces a su galería para detenerle por traición a la patria, pues había vendido una obra del patrimonio nacional al enemigo. Van Meegeren se justificó diciendo que, para salvar el original, le había vendido a Göring una falsificación, como era una excusa difícil de creer, sólo tenía dos opciones: la condena a muerte o la cadena perpetua. Cuando se hallaba ante el tribunal, sorprendentemente propuso un trato: pintaría una réplica exacta de una obra maestra del arte holandés y demostraría con ello que era un falsificador.

El tribunal le dio una oportunidad, lo encerraron en un estudio convertido en cárcel y de sus trazos surgió una nueva obra maestra como había hecho en 1938 con “La Última cena” y “El Cristo de Meaux”, exhibidas en el museo Boymans, y consideradas por muchos especialistas mejores que el original. El veredicto no dejó lugar a dudas: le condenaron a un año de prisión. Cumplida la pena Han van Meegeren no pudo disfrutar de la libertad, pues tristemente falleció al poco tiempo de salir de prisión.


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El museo Boijmans van Beuningen de Rotterdam dedicó una exposiciónen 2010 a Han van Meegeren, uno de los más célebres falsificadores de obras de arte del siglo XX.

También hay que reconocer a Han van Meegeren que pintara numerosas obras propias que demuestran que fue un artista de calidad. En cuanto a sus falsificaciones de los maestros flamencos, especialmente Vermeer, decir que en esa época , las pocas obras catalogadas, no eran del conocimiento general y por esta razón muchos entendidos cayeron en el timo, dado el parecido, la coloración, la temática y el estilo.

Espero que la recopilación de información e imágenes que he recogido sea del interés de los aficionados al arte que frecuentan esta sección del foro de xerbar.






[/size]Algunas falsificaciones de Van Meegeren[size=14]


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Jesús entre los doctores. Han van Meegeren, el gran falsificador del siglo XX


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Joven Napolitana, una pintura de Han van Meegeren fechada aproximadamente en la década de los años veintes, cuando aún este gran falsificador no era tal. Se puede ver en la esquina derecha inferior su firma “HvM”


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Los discípulos de Emaús


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Chica mirándose en el espejo. Obra de Han van Meegeren, fechada en el año 1915. Tiza y acuarela sobre papel.


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Chica leyendo música, una imitación del trabajo de Vermeer por Han van Meegeren.


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La chica del sombrero azul es una pintura atribuida a Johannes Vermer, pero que en realidad fue creada por Han van Meegeren y vendida en 1937 a la colección Thyssen. En 1958 fue declarada falsa y retirada del inventario; hoy sin embarto, se la puede hallar en reproducciones modernas, vendidas como obra de Vermeer.


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'La alcahueta' creada por Han van Meegeren siguiendo los modos de Dirck van Baburen


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La Última Cena (1935) por Han van meegeren


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A la izquierda, el original por Frans Hals; a la derecha, la versión de Van Meegeren.


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Un lienzo muy parecido al arte de Vermeer representaba la escena evangélica de la “mujer adúltera”. El estilo recordaba al del prestigioso pintor barroco, la placa sobre el marco indicaba que en efecto era suyo pero sin embargo, era la primera vez que se tenía constancia de esta obra, desconocida para cualquier especialista y sobre todo, vista por vez primera. Como quiera que la cosa no les terminó de encajar a los americanos, decidieron formar un comité de expertos que autentificaran el cuadro. Meses después de practicar todo tipo de pruebas, tanto el material, la técnica como la antigüedad que acumulaba el lienzo, no dejaban lugar a dudas: era un auténtico Johannes Vermeer.


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Nadie había oído hablar del cuadro, lo que llevó a pensar que se trataba de uno de los miles de robos a particulares propiciados por los nazis. Una buena temporada revolviendo los archivos alemanes empezó a dar sus frutos. Alguien había pagado hacia 1940, la impresionante cantidad de 850.000 dólares en Holanda, para que el cuadro formara parte del ansiado Museo de Hitler que se iba a erigir en Linz, su ciudad natal. La división americana encargada de catalogar todo lo hallado siguió investigando y al cabo de las semanas, se quedó estupefacta: nada menos que el mismísimo Hermann Göring, lugarteniente de Hitler, era el comprador de esta obra.


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Autorretrato de Han van Meegeren

Ya sólo faltaba descubrir quién le había vendido un cuadro como este; su calidad era tan alta que se sospechó desde un primer momento que nadie hubiera dado señal alguna del cuadro. Su factura y conservación, manifiestas, lo suficientemente altas como para que la obra hubiese sido robada de alguna Iglesia y por supuesto, interesaba preguntar todas estas cosas al anónimo vendedor. El dato fue estrechándose hasta que se descubría el lugar de la venta, Holanda y el vendedor: un pintor sin fama ni nombre, pero que vivía con un nivel de vida holgado, sobrado y envidiable, que desde luego no pudo justificar. Se trataba del ciudadano holandés Han van Meegeren, del que pronto se pensó que había sido un colaboracionista nazi.


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Su detención no se hizo esperar. Acusado de colaboración, traición a la patria y robo y tráfico de obras de arte, a van Meegeren sólo le podía esperar la condena a muerte. Había sido un ladrón, un colaborador, se había aprovechado del sufrimiento de su pueblo, cometido la deslealtad de robar a su país para ayudar a los nazis y todo ello, dejándole una suculentas ganancias que no tenía el reparo de ocultar.


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El juicio no se hizo esperar; el acusado cayó en contradicciones, aquello no tenía pies ni cabeza y el tribunal estaba a punto de fallar en su contra. Le esperaba la horca, por lo que Han decidió contar la verdad: él mismo había pintado el cuadro. Era un estafador, un falsificador, un perfecto copista que había tenido la suerte de engañar a los nazis. No una, 6 VECES. Obviamente, su defensa no fue tenida como verdadera. El nudo de la cuerda con la que iba a ser ahorcado, pendía ya debajo del tribunal de justicia.


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A Han van Meegeren sólo le quedó una salida: demostrar en directo que era capaz de hacer un cuadro tan perfecto que ni los mejores expertos pudieran averiguar si se trataba de un Vermeer original o no. Lo primero que hizo fue explicar su técnica. Se recorría las tiendas de Ámsterdam y compraba cuadros antiguos pero de escaso valor artístico. Le interesaba cualquier tela, cualquier lienzo del siglo XVII, especialmente coetáneo a los grandes pintores holandeses del barroco. Sus estudios lo habían capacitado para reproducir fielmente la técnica de Vermeer, hasta el punto de hacer los cuadros con los mismos materiales, las mismas herramientas y de la misma forma que se hizo en su día. Utilizaba pinceles de pelo de tejón., pigmentos naturales y aceites hechos por él. El color azul salía de un trabajo de chinos con el lapislázuli, al que hacía traer desde Inglaterra.


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Los óleos llevaban la fórmula del barroco, los tonos de la época y el mismo proceso que pudo haber hecho Rembrandt o Vermeer. Cuando ya había pintado la obra, sobre una tela del siglo XVII a la que hacía desaparecer la pintura original y con este proceso comentado, secaba el conjunto con formaldehido, lo horneaba a 120 grados para que se endureciera la pintura y tuviera aspecto vetusto y luego enrollaba la tela para que se abriera el sustrato pictórico y aparecieran en la superficie del cuadro grietas, como si en efecto tuviera más de 300 años. El engaño era tan perfecto (materiales, técnicas y procesos de envejecimiento) que la mayoría creía estar frente a un cuadro del barroco.


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Para colmo, Han van Meegeren era un verdadero artista capaz de reproducir a la perfección el estilo de Vermeer. Y lo demostró de julio a diciembre de 1945, ante el tribunal, frente a periodistas, expertos del arte y fiscales. Estaba reproduciendo el famoso cuadro de Vermeer, “Cristo joven en el Templo”.


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Expertos que no estuvieron delante  de Han mientras intentaba demostrar su inocencia, pasaron luego a comprobar la obra. Microscopios, lupas, pruebas químicas y teorías artísticas determinaron que  se trataba de un cuadro con 300 años, del barroco, muy probablemente por el estilo, del afamado Johannes Vermeer. Los jueces no podían creer lo que veían. En el último día, uno de los asistentes, el propio General Patton, quedó estupefacto. En efecto, ese hombre decía la verdad... HABÍA ENGAÑADO A LOS NAZIS. Pero si bien no traficó con arte, no robó patrimonio, no traicionó a la patria, sí es cierto que colaboró, con el objeto de sacar una sustancial cantidad de dinero, con los nazis. Así que el 12 de noviembre de 1947 fue condenado a un año de prisión,


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Los periódicos holandeses cambiaron su parecer. Los titulares del último año y medio habían sido feroces. De repente, Han dejaba de ser el traidor para convertirse en una especie de héroe nacional que había sido capaz de timar a los nazis, de engañar en su cara a Göering y de lucrarse a costa de los asesinos del Tercer Reich. Era una burla moral, una patada ética. Poco a poco salieron a la luz sus falsificaciones; en 1937 había  “Los discípulos de Emaús”, había formado parte de una exposición nacional sobre pintura holandesa y en Rotterdam, fue aclamada como “la mejor obra de Vermeer”. El problema es que el pintor barroco no la hizo, sino el bueno de Han, que iba indicando los museos, colecciones privadas e Iglesias que creían tener un Franz Hals, un  Rembrandt o un Vermeer y sólo tenían un cuadro pintado hacía dos años.


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El 30 de diciembre de 1947 iba a ser conducido a prisión para cumplir su año de cárcel. Era una leyenda, un valiente, casi un soldado. A fin de cuentas había humillado a la cúpula nazi. Pero en medio de toda una conmoción social para que no fuera a la cárcel, sufrió una crisis cardiaca y murió. No, no piso la cárcel y hoy día lo seguimos recordando por su hazaña: timar a los nazis y devolverles un poquito de lo que habían hecho expoliando el arte europeo.


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Los discípulos de Emaús, obra de Han van Meegeren



Curiosidades


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La joven de la perla, de Johannes Vermeer, uno de los artistas más imitados por Han van Meegeren


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La cena de Emaús, Obra de Caravaggio, en la que se basó Van Meegeren para realizar una de sus falsificaciones más famosas.


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Han van Meegeren diseñó este barco-casa para su club de remo mientras estudiaba arquitectura, entre los años 1907 al 1913.

Van Meegeren descubrió durante los tiempos cercanos a la Segunda Guerra Mundial que había una gran demanda del maestro holandés. Apenas existían unos 40 cuadros reconocidos de su mano y coleccionistas de toda Europa porfiaban por poseer obra. Existía, pues, demanda, y “solo” era necesario proveer de oferta. Además, con los museos cerrados para proteger las colecciones de los bombardeos nazis no había piezas reales con las que comparar. El escenario resultaba inmejorable.

Van Meegeren empezó a perfeccionar su técnica. Creó pigmentos similares a los que usaba Vermeer; metía en el horno las telas para conseguir un craquelado parecido al del siglo XVII; usaba pinceles con pelos de comadreja, como en la época, con los que además conseguía dejar un rastro de tiempo antiguo sobre el lienzo; empleaba tinta china para cubrir las líneas craqueladas… De esta forma logró una ilusión, para muchos, perfecta... Leer más


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Dos personas contemplan la obra del falsificador Han van Meegeren 'La cena de Emaús'. Mal atribuida a Vermeer, en su época se consideró la obra maestra del pintor holandés.


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El Mariscal del Reich Hermann Göring, uno de los últimos embaucados por Han van Meegeren. Durante la ocupación de los Países Bajos por parte de Alemania, uno de los agentes de Van Meegeren vendió un Vermeer falsificado, Cristo con la adúltera, al banquero y comerciante de arte nazi Alois Miedl, en 1942. Los expertos pudieron haberlo identificado como falso debido a que como la salud de Van Meegeren había decaído, lo mismo ocurrió con sus trabajos. Era adicto al tabaco y a las píldoras para dormir y bebía fuertemente. Afortunadamente para Van Meegeren no había Vermeers genuinos disponibles para comparar, porque la mayoría de los museos estaban en almacenes protectores para prevenir daños producidos por la guerra. Posteriormente Miedl vendió la obra al Mariscal del Reich Hermann Göring por 1,65 millones de florines (US$7 millones actuales).

Göring expuso la falsificación en su residencia de Carinhall (65 kilómetros al norte de Berlín). El 25 de agosto de 1943 ocultó su colección de obras de arte saqueadas, incluyendo el Cristo y la adúltera, en una mina de sal austríaca junto a otras 6.750 obras de arte saqueadas por los nazis. El 17 de mayo de 1945, las fuerzas aliadas entraron en la mina, donde el capitán Harry Anderson descubrió el previamente desconocido "Vermeer".


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En mayo de 1945, las fuerzas aliadas cuestionaron banquero y comerciante de arte Alois Miedl sobre el recién descubierto Vermeer. Basado en la confesión de Miedl, la pintura se remonta a van Meegeren. En 29 de mayo de 1945, fue arrestado y acusado de fraude y asistencia e instigación al enemigo. Él fue remitido a la cárcel de Weteringschans. Como un supuesto colaborador Nazi y Saqueador de los bienes culturales holandés, van Meegeren fue amenazado por las autoridades con amplia cárcel. Ante estas opciones sombrías y después de pasar tres días en la cárcel, confesó forja pinturas atribuidas a Vermeer y Pieter de Hooch. Exclamó, "la pintura en las manos de Göring no es como supones, Vermeer de Delft, pero un Van Meegeren! Pintó el cuadro"! Tomó algún tiempo para comprobar esto y durante varios meses fue detenido en la sede del comando militar en Herengracht 468 en Amsterdam. Entre julio y noviembre de 1945 y en presencia de reporteros y testigos designado por la corte, pintó su última falsificación, de Jesús entre los doctores, también llamado a Cristo de los jóvenes en el templo al estilo de Vermeer. Después se terminó la pintura de prueba, fue trasladado a la prisión de la fortaleza Blauwkapel. Van Meegeren fue liberado de prisión en enero o febrero de 1946.


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Van Meegeren reconoció haber vendido falsificaciones y haber engañado a expertos en arte. También reconoció que Göring tenía una falsificación.



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Van Meegeren: «¡He probado al mundo que un plagio puede ser tan bello como el original!»

Los cuadros de este famoso falsificador holandés, que engaño a los mismo nazis, fueron expuestos en grandes museos como originales, engañando a los mejores críticos




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Ver vídeo de las falsificaciones de Van Meegeren


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Henricus Antonius van Meegeren (10 de octubre de 1889 en Deventer, Overijssel - 30 de diciembre de 1947 en Ámsterdam), más conocido como Han van Meegeren fue un pintor y retratista neerlandés, y es considerado como uno de los más ingeniosos falsificadores de arte del siglo XX.1

Cuando era niño desarrolló un gran entusiasmo por los maravillosos colores usados por los pintores de la Edad de Oro neerlandesa y más tarde se propuso llegar a ser un artista. Cuando los críticos de arte despreciaron su trabajo, Van Meegeren sintió que su carrera había sido destruida. Por lo tanto, decidió demostrar su talento a los críticos falsificando pinturas de algunos de los más famosos artistas del mundo, entre ellos Frans Hals, Pieter de Hooch, Gerard ter Borch y Johannes Vermeer. Replicó tan bien los estilos y colores de los artistas copiados que los mejores expertos y críticos de arte de la época consideraron sus pinturas como genuinas y a algunas de exquisita factura. Su falsificación más exitosa fue Los discípulos de Emaús, creada en 1937 mientras vivía en el sur de Francia. Esta pintura fue aclamada por algunos de los más importantes expertos de arte como la mejor obra de Vermeer que habían visto... [url=https://es.wikipedia.org/wiki/Han_van_Meegeren]Más info en la Wikipedia/url]



Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado la obra y la interesante vida de Han van Meegeren, un gran artista, que se dedicó a falsificar a los grandes maestros flamencos, llegando incluso a mejorar en muchas obras a los originales.

Nota: Algunos textos están traducidos literalmente y hay que interpretar su significado.

Fuentes y agradecimientos: laalacenadelasideas.blogspot.com.es, es.wikipedia.org, acernuda.com, elpais.com, abc.es, tnunn.f2s, pintoresfamosos.juegofanatico, meegeren.net, perlimpina.blogspot, carrillodealbornoz y otras de Internet.
 




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Last edited by j.luis on Friday, 24 July 2015, 23:36; edited 3 times in total 
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Post Re: Han Van Meegeren, El Falsificador 
 
Gracias J.Luis por este nuevo trabajo de Han Van Meergeren. Como falsificador desde luego no tenía precio, pero su obra propia a mi modo de ver es otra historia.

Un Saludo.
 




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Post Re: Han Van Meegeren, El Falsificador 
 
Gracias xerbar, la verdad es que la obra propia que expongo de Han Van Meegeren no es muy atractiva, aunque debo de decir que buena parte de ella ha desaparecido o fue destruida en la guerra. Pero hay que reconocerle que sabía pintar y muy bien, pero él mismo reconocía que ganaba mucho más falsificando que firmando con su nombre.


 


Saludos
 




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Post Re: Han Van Meegeren, El Falsificador 
 
Van Meegeren, la vanidad del falsificador


Viendo que había salvado el pellejo Van Meegeren se negó a descubrir su secreto. Cómo envejecía el lienzo, cómo disolvía las tintas



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Los discípulos de Emaús, de Van Meegeren, en una exposición del Museo Boijmans van Beuningen de Rotterdam (hasta el 22 de agosto de 2010).

Demostrar que un cuadro es falso es casi tan difícil como demostrar que es auténtico. Este detalle estuvo a punto de llevar a la horca al copista de Vermeer, autor de una versión perfecta de Los discípulos de Emaús, que se llevó su secreto a la tumba

Miguel Ángel le vendió al papa Julio II como esculturas griegas algunas que él mismo había esculpido de propia mano. Era una estafa, pero no dejaban de ser esculturas auténticas de Miguel Ángel y sin duda con el tiempo fue el Vaticano, como siempre, el que salió ganando. Muchas veces le llevaban a Picasso uno de sus cuadros para que lo autentificara. Hubo casos en que el pintor se negó a reconocer su propia obra si esta ya no le gustaba. "¿Pero, maestro, no recuerda que le he comprado esta pintura a usted en persona en este mismo taller?", exclamó un coleccionista angustiado. "Es que yo también pinto a veces Picassos falsos", contestó el pintor.

A principios del siglo pasado el marchante Ambroise Vollard, el descubridor de Picasso, se pasaba el día dormitando en su tienda de la Rue La Boétie a la espera de que cayera por allí algún coleccionista a comprarle un cuadro. Un día sonó la campanilla y entró un americano de Oklahoma. Quería un Cézanne. El marchante le mostró seis óleos del pintor, los únicos que tenía, a quinientos francos cada uno. "Si me hace un precio, le compro los seis", dijo el comprador muy sobrado. "En ese caso le cobraré 3.000 francos por cuadro". El americano quiso saber el motivo de semejante veleidad. "Tiene su lógica", contestó el marchante. "Usted sólo me da dinero y a cambio yo me quedo sin un solo Cézanne". Otro día sonó la campanilla y entró en la tienda un clochard muy andrajoso con un pequeño lienzo en la mano. Estaba firmado por un tal Van Gogh y representaba a un tipo de mirada salvaje, la barba rojiza, el rostro anguloso bajo un sombrero de fieltro. Era un autorretrato. El clochard estaba dispuesto a cedérselo por cualquier cantidad que le permitiera comprarse una botella de calvados. El señor Vollard reconoció la figura del lienzo a primera vista y le dijo al clochard que el cuadro era falso. El autorretrato auténtico de Van Gogh se lo había vendido el propio marcharte al barón de Rothschild y estaba colgado en la chimenea del salón principal de su mansión en París. Puesto que era una copia mala que no valía siquiera una botella de calvados el clochard abandonó el lienzo en la tienda y se largó sin dejar rastro. El falso autorretrato de Van Gogh quedó arrumbado en el suelo entre otros cuadros y cachivaches, de forma que desde la mesa Vollard tenía siempre a la vista aquella figura de rostro de cuchillo, que no le apartaba su mirada salvaje como si le recriminara su pasividad disuelta siempre en una continua modorra. Después de algunos meses esa figura se había convertido en una obsesión. Aquellos ojos estaban vivos y expresaban una verdad. Para salir de dudas, con el lienzo bajo el brazo el marchante se dirigió a la mansión del banquero y pidió comparar los dos autorretratos. Le bastó un solo minuto para llegar a la conclusión de que el Van Gogh auténtico era el del clochard, pero cuando preguntó por él en Montmartre le dijeron que se había arrojado al Sena.

Todos los cuadros son falsos mientras no se demuestre lo contrario. Cuando André Malraux fue nombrado por De Gaulle ministro de Cultura inició la labor en el ministerio con dos actos simbólicos: primero obligó a limpiar todas las fachadas de París y después se paseó por todos los museos, tiendas de cuadros y galerías, requisó los lienzos falsos de Utrillo y de Corot que encontraba, hizo con ellos una pira en la plaza de Ravignan y así ardieron al menos trescientos lienzos atribuidos a estos dos pintores. Si un ángel exterminador realizara un vuelo rasante sobre todos los museos y pinacotecas del mundo y acercara su espada flamígera a todas las obras de arte falsas o mal atribuidas desde el tiempo de los faraones hasta hoy serían muy escasas las que resistirían la prueba del fuego hasta el punto de que gran parte de la historia quedaría vacía. Pero demostrar que un cuadro es falso es casi tan difícil como demostrar que es auténtico. Este detalle estuvo a punto de llevarle a la horca a Van Meegeren, al falsificador de Vermeer.

Cuando al final de la Segunda Guerra Mundial en la Bélgica liberada comenzó la caza de colaboradores con los nazis la investigación llegó hasta las oficinas de un banquero en cuyos papeles constaba la venta al mariscal Goering de un cuadro de Vermeer, titulado Mujeres sorprendidas en adulterio. El banquero se sacudió las pulgas de encima delatando al verdadero vendedor, un tal Van Meegeren, pintor de tercera categoría, quien fue detenido el 29 de mayo de 1945 y después de un juicio rápido se le condenó a muerte por traición a la patria y colaboración con el enemigo. En el juicio Van Meegeren manifestó en su defensa que había falsificado ese cuadro. No sólo ese, perteneciente a la colección privada de Goering, sino también otros del mismo pintor. Durante años se había vengado de la indiferencia que despertaba su talento falsificando al más grande artista holandés del siglo XVII, del que sólo se conocían 37 obras. De hecho uno de sus cuadros falsos, Los discípulos de Emaús, había sido certificado por Brodius, el especialista de más prestigio, como una obra maestra de Vermeer y la Sociedad Rembrandt la había adquirido por 170.000 dólares. Los jueces no le creyeron, dada la perfección del trabajo. Pero en este caso su vanidad de artista entró en colisión con la muerte. Pudo haber repetido la hazaña del general Della Rovere, un impostor que se dejó fusilar como héroe, siendo un simple falsario con dotes de actor que había engañado a los nazis. Aunque a Van Meegeren le halagaba que su talento fuera reconocido públicamente ante un tribunal, no estaba dispuesto a arrastrar su vanidad hasta el pie de la horca.

Para demostrar su inocencia pidió que le llevaran a la celda un lienzo y todos los colores, aceites y pinceles necesarios. Comenzó a falsificar el cuadro de Vermeer titulado Jesús entre los doctores. Dada la habilidad de su mano, a mitad del trabajo, los jueces cambiaron de opinión. La pena de muerte por traición a la patria, malversación del patrimonio nacional y colaboración con el enemigo fue conmutada por una condena a dos años de cárcel por simple falsificación. Viendo que había salvado el pellejo Van Meegeren se negó a descubrir su secreto. Cómo envejecía el lienzo, cómo obtenía los mismos pigmentos que usaba Vermeer, cómo disolvía las tintas viejas, cómo sometía al horno la tela para conseguir el craquelado peculiar del siglo XVII, cómo pegaba al lienzo pelos de comadreja sacados de los pinceles de la época y otras manipulaciones todavía más elaboradas se las llevó Van Meegeren a la tumba.

Queda dicho que demostrar la falsedad de un cuadro es a veces una labor muy ardua. En este caso, más allá de la sentencia del tribunal, el juicio continuó entre historiadores y estetas por un lado, físicos y químicos por otro. Unos seguían defendiendo la autenticidad de los Vermeer, pese a la propia confesión del falsificador. Las palabras que adornan los sentimientos estéticos ante cualquier obra de arte pueden formar un laberinto del que es imposible salir. Así sucedía con el cuadro Los discípulos de Emaús, hasta que fue sometido a un examen químico en un laboratorio inglés donde se demostró que Van Meegeren había usado fenol formaldehído para disolver las tintas secas y el azul cobalto mezclado en el lapislázuli, dos sustancias que no fueron descubiertas hasta el siglo XIX. Finalmente Van Meegeren había sido científicamente desenmascarado, pero de esta afrenta ya no se enteró, puesto que murió antes de un ataque al corazón en la cárcel, en 1947. Algunas esculturas griegas del Vaticano son de Miguel Ángel y en el Rijksmuseum de Amsterdam los falsos Vermeer son tanto a más visitados que los auténticos.


Manuel Vicent / EL PAÍS
 




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Post Van Meegeren2 
 
Van Meegeren: «¡He probado al mundo que un plagio puede ser tan bello como el original!»

Los cuadros de este famoso falsificador holandés, que engaño a los mismo nazis, fueron expuestos en grandes museos como originales, engañando a los mejores críticos


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Han van Meegeren, durante el juicio por colaboración y complicidad con el enemigo en tiempo de guerra (1945)

«Mis obras fueron defendidas por críticos, así como por conocedores y el público, ¡durante siete años en un museo nacional! Sin mi confesión es posible que hubiesen pasado a la historia como auténticas», aseguró Han Van Meegeren mientras era juzgado en Ámsterdam, en 1945, por falsificación y fraude. En la sala, numerosos críticos, académicos y marchantes que escuchaban al falsificador holandés bastante irritados: «Ello demuestra que la diferencia entre mi plagio de Vermeer y el auténtico Vermeer no es de índole estética. ¡He probado al mundo que un plagio puede ser tan bello como el original!».
Sus copias se expusieron como originales en los principales museos de Holanda

A Van Meegeren, considerado en ocasiones el mejor falsificador de todos los tiempos, no le faltaba razón. Sus copias de Johannes Vermeer, el gran maestro holandés del siglo XVII, eran de tal calidad que fueron validadas por algunos de los críticos más importantes de la época y expuestas como originales en los principales museos de Holanda.

Pero no fueron precisamente las encendidas palabras de Van Meegeren las que le salvaron de la pena de muerte al final de la Segunda Guerra Mundial, sino su habilidad con los pinceles para demostrar a los jueces que los cuadros que había vendido a los nazis no eran originales de Vermeer, sino falsificaciones suyas. Unas falsificaciones que podría repetir en cualquier momento, para que no pudieran condenarle por alta traición a la patria en tiempos de guerra, al haber vendido al enemigo una obra del patrimonio artístico holandés.

La rendición alemana

Sus problemas con la justicia comenzaron en 1945. Meegeren ya se había enriquecido con la venta de sus falsificaciones y al final de la Segunda Guerra Mundial ya acumulaba un patrimonio equiparable a 20 millones de euros actuales. Pero con la rendición de Alemania, los aliados encontraron en una mina de sal austriaca unas cámaras subterráneas que contenían más mil obras de arte expoliadas por el mariscal nazi Hernann Göering.
Van Meegeren vendió su copia a Göering por 6,5 millones de euros actuales... pero falsos

Uno de los cuadros más valiosos era «Cristo y la mujer adúltera», firmado por el maestro Vermeer. Los documentos adjuntos a esa pintura y una compleja investigación demostraron que Göering había comprado el cuadro en 1943 a Van Meegeren, a través de un oficial de la Gestapo, Walter Hoffman, por 1,6 millones de florines (unos 6,5 millones de euros de hoy), que luego resultaron ser falsos.

Van Meegeren fue detenido el 29 de agosto de 1945, bajo acusación de colaboración y complicidad con el enemigo, en un país donde Vermeer era considerado un icono sagrado del patrimonio artístico del país. Él mismo agravó su situación alegando que había comprado el cuadro a un marchante italiano. Pero cuando el fiscal le amenazó con la pena de muerte, confesó rápidamente que, en realidad, el Vermeer lo había pintado él mismo. El tribunal sospecho que aquella confesión sólo era un intento a la desesperada para salvar la vida, sobre todo cuando los expertos norteamericanos y holandeses habían certificado que el cuadro era auténtico.

Falsificando desde la cárcel

Antes de que se dictara la sentencia, su abogado consiguió que le permitieran al reo demostrar su inocencia pintando un nuevo «Vermeer» falso en su celda. Y así lo hizo, entre julio y septiembre de 1945, para asombro de los seis testigos presentes mientras pintaba (un fotógrafo, un experto en arte, tres oficiales de justicia y el carcelero), pintando «Jesús entre los doctores».

«Fui arrastrado por el propio proceso de pintar imitaciones, era algo muy hermoso»

Con ésta, su última pintura, Van Meegeren salvó la vida. La fiscalía levantó los cargos punibles con la pena capital, aunque mantuvo los de falsificación y fraude, basándose en el descubrimiento de otras obras de grandes maestros elaboradas por él. En el juicio alegó que había cometido el fraude no simplemente «por el impulso de hacer imitaciones, sino por el de dar la mejor utilidad a una técnica que había desarrollado».

Van Meegeren fue sentenciado finalmente a un año de prisión, más la confiscación de todas sus obras de arte y propiedades inmuebles, entre las que había nada menos que 52 fincas en Laren, 15 casas de campo en los alrededores y varios clubes nocturnos. Dos semanas después fallecía de un ataque al corazón y, lejos de ser enterrado como un delincuente, su funeral fue multitudinario: toda Ámsterdam quería homenajear al artista que había engañado a los nazis.


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Han van Meegeren, el falsificador que engañó a los nazis



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Han van Meegeren realizando su última falsificación | Crédito: Wikipedia.

No hay nada como el desprecio de la crítica y la indiferencia paterna para aguijonear la inspiración artística. Al menos, así fue en el caso del pintor holandés Han van Meegeren (1889-1947), quien crearía sus mejores obras llevado por la obsesión de demostrar a los especialistas y críticos de su época que su trabajo era tan sobresaliente como el de los grandes pintores flamencos y holandeses de siglos pasados.

Van Meegeren nació en una familia de clase media holandesa y, pese a que su padre era un hombre de formación cultural, profesor en una escuela pública de la localidad de Deventer, nunca motivó a su hijo para que progresara en su vocación artística. Más bien al contrario. Durante su juventud, Meegeren y su talento fueron despreciados una y otra vez por su padre, empeñado en que cursara estudios de arquitectura, y abandonase sus sueños de convertirse en artista.

Pero Meegeren demostró ser tan tozudo como su progenitor y, tras formarse inicialmente con el profesor y artista Bartus Korteling –quien le transmitió su amor por los grandes maestros holandeses–, continuó sus prácticas de dibujo y pintura en Delft, a donde había acudido para estudiar la carrera de arquitectura, obligado por su padre.

En 1913, con 24 años, obtuvo su primer éxito al recibir la Medalla de Oro de la Universidad Técnica de Delft, y un año más tarde se convirtió –ya abandonados sus estudios de arquitectura definitivamente–, en profesor de dibujo en la Escuela de Bellas Artes de La Haya, donde entró en contacto con el grupo de artistas y literatos Haagse Kunstring.

En aquellos años de juventud y éxitos Meegeren viajó por buena parte de Europa, labrándose una importante fama como retratista entre las clases altas de varias capitales europeas. Pese a su innegable talento, el holandés tenía un punto “flaco”: su pintura era demasiado clásica, y se evidenciaba su excesiva influencia de los grandes maestros. En una época en la que triunfaban las distintas corrientes de vanguardia, la obra de Meegeren resultaba excesivamente convencional para los críticos.

Así, cuando el pintor realizó su segunda exposición, los críticos no dudaron en comentar negativamente la mayor parte de sus obras. Meegeren no encajó bien las críticas y, sin duda recordando las burlas de su padre años atrás, dedicó buena parte de sus esfuerzos en la década de los años 20 a responder airadamente a los críticos y comentaristas en numerosos artículos de la prensa especializada. Aquella postura, sin embargo, le costaría demasiado cara, pues a partir de entonces perdió todo el apoyo de los críticos.


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Falsificación de Meegeren, simulando una pintura de Dirck van Baburen | Crédito: Wikipedia.

El rechazo de los especialistas a su obra le llevó, como él mismo explicaría años más tarde, a cobrarse su venganza de la mejor forma que sabía: “Llevado por un estado de ansiedad y depresión debido a la escasa apreciación de mi obra, decidí, un fatídico día, vengarme de los críticos y expertos en arte haciendo algo que el mundo nunca había visto”, aseguró.

Y en efecto, lo logró. Tras mudarse al sur de Francia, Meegeren se enfrascó en una actividad febril, decidido a imitar las pinturas de los grandes maestros holandeses. Para ello adquirió lienzos auténticos del siglo XVII, creó sus propias mezclas de pigmentos siguiendo fórmulas antiguas, y experimentó una y otra vez técnicas para envejecer sus creaciones. Todo ello con la intención de crear las falsificaciones de arte más perfectas jamás realizadas.

Tras un arduo periodo de seis años, Meegeren puso a prueba sus dotes de falsificador. En 1936 entregó una de sus falsificaciones, titulada ‘La cena de Emaús’, a su amigo C. A. Boon, asegurándole que se trataba de un verdadero vermeer. A su vez, Boon entregó la pintura al experto Abraham Bredius, un anciano historiador especialista en pintura holandesa quien, tras algunas dudas, calificó la obra como auténtica.

El falso vermeer fue adquirido por la Rembrandt Society y donado al Museo Boijmans de Róterdam –donde todavía sigue, como curiosidad–, lo que le reportó a Meegeren una abultada suma en su cuenta corriente: unos cuatro millones de dólares actuales.

A partir de ahí Meegeren inició una febril actividad como falsificador, creando obras según el estilo de Vermeer, pero también de otros pintores de la talla de Pieter de Hooch, Fran Hals o Gerard ter Boer, entre otros. Más allá de limitarse a copiar pinturas conocidas de estos artistas –cosa que también hizo–, Meegeren fue aún más lejos: inventó pinturas siguiendo el estilo de maestros como Vermeer, haciéndolas pasar por descubrimientos de una etapa desconocida del genio de Delft.

La estrategia de Meegeren tuvo éxito, pues entonces los estudios sobre Vermeer no eran tan abundantes como en la actualidad, y existían muchos puntos oscuros en su carrera. De hecho, hoy en día apenas son 35 las pinturas atribuidas sin duda al artista.

De este modo, el resabiado pintor holandés consiguió amasar una enorme fortuna –sus cuentas aumentaron a varias decenas de millones de dólares actuales–, gracias a la red de venta de falsificaciones de la que formó parte, y que estaba dirigida por un personaje llamado Theo van Wijngaarden.


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'La cena de Emaús', de Meegeren | Crédito: Wikipedia.

A comienzos de los años 40, ya de regreso en los Países Bajos y con el ejército alemán ocupando el país, Meergeren no dudó en vender una de sus falsificaciones –‘Cristo con la adultera’, también un falso vermeer– al marchante de arte nazi Alois Miedl. Éste, a su vez, se lo vendió a uno de los principales jerarcas nazis: el mariscal Hermann Göring.

Göring –que para entonces había acumulado ya una ingente colección de arte robado y expoliado a judíos de media Europa–, ansiaba tanto poseer un Vermeer que no dudó en deshacerse de 137 pinturas de su colección a cambio de ‘Cristo con la adultera’.

Cuando terminó la II Guerra Mundial, y tras conocer aquella transacción, los aliados detuvieron a Meergeren, acusándole de colaboración con los alemanes. Fue entonces, mientras estaba en prisión, cuando finalmente hábil falsificador se vio obligado a confesar el fraude, pues la pena de prisión era mucho más severa para los colaboracionistas.

La confesión despertó tanta sorpresa y recelos que se creó un grupo de expertos para examinar concienzudamente las obras que Meergeren decía haber falsificado. Para eliminar cualquier duda, el hábil falsificador creó su última “obra maestra”, entre julio y diciembre de 1945, y a la vista de testigos: un nuevo falso vermeer, ‘Jesús entre los doctores’.

Los expertos confirmaron finalmente las afirmaciones de Meergeren, y el tribunal lo condenó a un año de prisión. Una pena que nunca llegó a cumplir, pues un ataque al corazón le arrebató la vida en diciembre de 1947. Con su muerte, nacía la leyenda del más hábil falsificador del siglo XX…


es.noticias.yahoo.com / Por Javier García Blanco | Arte secreto – jue, 29 may 2014
 




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Han van Meegeren, el gran falsificador del siglo XX



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Jesús entre los doctores. Han van Meegeren, el gran falsificador del siglo XX

Confesó tener unas 52 casas y haber desplumado a magnates por más o menos treinta millones de dólares que, de cierto os digo, en sus años era lana sobrante. Sí, muchos se han quitado el sombrero ante el caso de Han van Meegeren, el gran falsificador del siglo XX. Muchos han sido los que como él, han probado suerte en esta mezcla de estafa y arte, y hoy las grandes casas de subastas guardan catálogos de las obras y el modus operandi de los más conocidos, justo como el antivirus de su PC hace con sus listas. Por otra parte, los tiempos modernos se han exigido una revisión de la moral. Ya hablamos un poco de esto en aquella entrada sobre los cuadros robados en Rotterdam. El caso del falsificador holandés Han van Meegeren; sin embargo, es el más dramático de los miles de ejemplos. Dramático además, porque mantiene en duda la obra de Johannes Vermeer, uno de los íconos más conocidos de la pintura holandesa, y en el que también nos hemos saciado en anteriores artículos.


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Joven Napolitana, una pintura de Han van Meegeren fechada aproximadamente en la década de los años veintes, cuando aún este gran falsificador no era tal. Se puede ver en la esquina derecha inferior su firma “HvM”

Henricus Antonius van Meegeren también quiso ser pintor, y malo no era, pero como hay en todo este mundo una suma de suerte y empeño, al parecer no tuvo ni lo uno ni lo otro y terminó encontrando lugar entre quienes necesitan del anonimato. Falsificador, en eso se convirtió. Dicen que compraba antiguos cuadros de poco valor para utilizar sus lienzos. Mezclaba las pinturas justo como Vermeer; de hecho utilizó dos cuadros del Maestro de Delft para entender la alquimia de los compuestos. Usaba pinceles de pelo de tejón, como se hacía antes, doblaba las pinturas para agrietarla y luego rellenaba esas pequeñas cicatrices con tinta china. No hubo especialista, en aquella primera mitad del siglo XX que pudiera desenmascararlo.


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Los discípulos de Emaús

La Segunda Guerra Mundial fue otro detonante en el éxito de Han van Meegeren. Hubo una fiebre de quienes pretendían apartar las obras de la ambición nazi y no se le miraba mucho el diente al caballo. El falsificador se convirtió de la noche a la mañana en un hombre que comía caviar mientras los Países Bajos se sumergían en una crisis. Han van Meegeren se las arreglaba para permanecer al margen de sus ventas. El anonimato es fundamental en estas cuestiones. Unos siete cuadros de Vermeer aparecieron entonces; y la crítica hablaba de la calidad indudable del Maestro de Delft. Los discípulos de Emaús, una obra pintada por Han van Meegeren en 1937 y atribuida a Vermeer fue considerada entonces como el mejor trabajo de este último.

El falsificador y Jesús entre los doctores.


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Chica mirándose en el espejo. Obra de Han van Meegeren, fechada en el año 1915. Tiza y acuarela sobre papel.

Pero uno de esos trabajos – Jesús entre los doctores, que aparece al principio de este artículo- fue a parar a manos del Mariscal del Reich Hermann Göring, y cuando los huesos de este se encontraban en Núremberg  y su amplio catálogo de obras confiscado, el nombre de Han van Meegeren salió a relucir. Era entonces solo alguien en una lista, que le había vendido un cuadro a uno de los hombres más importantes del régimen fascista. El falsificador fue detenido el 29 de mayo de 1945 bajo la acusación de colaborar con el régimen fascista. Temeroso entonces de una pena mayor confesó su falsificación. Y con tino, pues el 12 de noviembre de 1947 fue condenado a solo un año de prisión; deuda con el estado que no pudo cumplir porque un a un mes y poco se fue, de un paro cardiaco, a rendirle cuentas al propio Johaness Vermeer.  A propósito, en el juicio también tuvo que pasar por aquella prueba, como Margaret Keane en la película. El falsificador fue encerrado en una habitación para que probara su talento, al hacer una copia de Los discípulos de Emaús, pero el acusado, ni corto ni perezoso le propuso algo mejor al jurado: copiar en ese momento un cuadro de Vermeer,  y con presteza logró una falsificación de calidad aceptable, digo yo, puesto que ese cuadro nunca trascendió, y si se piensa que tras la puerta no hay un comprador.
Un vídeo sobre Han van Meegeren, que lo explica todo.

Han van Meegeren y Johannes Vermeer

Hay más de veinticinco libros que recrean la relación entre estos dos paisanos, además de innumerables artículos, a los que este se sumará en cuanto lo publique.  Esta cantidad de bibliografía, más el escándalo del juicio a que fue sometido, y por supuesto, más su calidad como pintor, han hecho de Han van Meegeren un artista cotizado… y falsificado también. Son las hechas por él, tal vez, las falsificaciones más caras que se pueden hallar en el mercado
Vermeer y Han van Meegeren, el gran falsificador del siglo XX


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Chica leyendo música, una imitación del trabajo de Vermeer por Han van Meegeren.

De Vermeer solo se conocen hoy 37 pinturas. La última de ellas fue hallada en el 2008; pero los casos de atribuciones respecto a su obra suman el doble o tal vez más. Son muchos los cuadros que han aparecido y parecen, pero no son.  Han van Meegeren, llevado por su desidia a la crítica que lo había descrito como de “talento limitado” se mudó al sur de Francia y durante seis años preparó su falsificación perfecta. Este primero: Los discípulos de Emaús, la vendió en unos cuatro millones de dólares. Usó como intermediario a un amigo que lo llevó ante Abraham Bredius, famoso experto de su época. El cuadro fue tachado de auténtico y otra circunstancia ayudó a su venta, el museo Boymans Van Beuningen, en Rotterdam, no poseía ningún Vermeer, y por supuesto, quería uno. Como también lo quiso Hermann Göring, y este hecho, que llevó a la cárcel al falso pintor, bajo la peligrosa acusación de colaboracionista, le convirtió, por esos azares de la historia en una especie de héroe. Han van Meegeren no solo era un falsificador, sino que también alguien que había burlado a los alemanes. Claro que a los holandeses ya en esta última etapa no pudo burlarlos, y enseguida apareció una larga lista de indegnizaciones. Supondrá el estimado lector que el capítulo no acaba ahí entonces. Han van Meegeren se había divorciado en falso (por supuesto) y a su esposa le había transferido gran parte de la fortuna. Luego solo bastó pararse en sus trece todo el tiempo. Jo –así se llamaba ella- no tiene nada que ver, no sabía nada. Y como no pudieron probar la complicidad, su parte de la fortuna no se pudo tocar. Ya se dijo que Han van Meegeren murió en vísperas de comenzar a cumplir su sentencia… Ah, pero Jo, que no sabía nada, ella vivió a todo tren hasta los 91 años.


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La chica del sombrero azul es una pintura atribuida a Johannes Vermer, pero que en realidad fue creada por Han van Meegeren y vendida en 1937 a la colección Thyssen. En 1958 fue declarada falsa y retirada del inventario; hoy sin embarto, se la puede hallar en reproducciones modernas, vendidas como obra de Vermeer.


Publicado el 15 de abril 2015 por Alejandro Cernuda / acernuda.com
 




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