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Francisco Herrera El Viejo (h.1590 - H.1656)
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Mensaje Francisco Herrera El Viejo (h.1590 - H.1656) 
 
Este trabajo está dedicado al pintor y grabador sevillano Francisco Herrera, conocido como el Viejo, se le considera, junto con Roelas, un pintor de transición desde el Manierismo hasta el Barroco. Roelas era mayor que él y esto condicionó que su obra se viera influida por el estilo del primero. Ambos fueron preparando el terreno para la introducción plena del Tenebrismo, cuando Ribera comenzó a enviar sus cuadros masivamente a través del puerto sevillano.

Herrera tenía un estilo vigoroso y dinámico, muy atrevido para el tono general del panorama artístico de Sevilla. Tal vez fuera esto lo que mejor enlazó con el dramatismo intenso que rezumaba la obra de la corriente caravaggesca. Su gran personalidad y su carácter irascible, que se hizo famoso entre sus contemporáneos, hizo que sus discípulos permanecieran con él poco tiempo, incluido su hijo.

Francisco Herrera, el Viejo (Sevilla; h.1590 - Madrid; h.1656); pintor y grabador español del Siglo de Oro. Se examina de pintor en 1619, trasladándose a Madrid donde muere en 1656. Discípulo quizás de Antonio Pacheco, muestra en sus obras huellas de su estilo y aun de Juan de Roelas. Acusa en su labor el conocimiento de otros artistas como Francisco de Zurbarán y Velázquez. Fue padre de otro gran pintor y arquitecto, Francisco de Herrera el Mozo.

Hacia 1610, dibuja la portada de un libro con la figura de San Ignacio de Loyola; en 1617 pinta Pentecostés, que conserva el Museo de El Greco de Toledo; de este año también data un San Lorenzo (Iglesia de La Merced (Catedral de Huelva).

En 1624 realiza su San Hermenegildo, que guarda la ex iglesia de dicho título, en Sevilla. En 1626, comienza la serie que en unión de Zurbarán trabaja para la Iglesia del Colegio de San Buenaventura, en Sevilla, donde pinta San Buenaventura recibe el hábito franciscano, que se conserva en el Museo del Prado; Santa Catalina y la familia de San Buenaventura, en la Universidad Bob Jones de Grenville (Estados Unidos), y San Buenaventura Niño, presentado a San Francisco y la Comunión de San Buenaventura, ambos de 1628, en la colección Carvalho de Villandry o en el Museo del Louvre.

Además se pueden señalar un San Diego (colección particular, Madrid, 1627), una estampa representando a la Santísima Trinidad con los retratos del rey Felipe IV y su esposa, otro del Conde-Duque de Olivares y su esposa; en 1628, un gran cuadro representando el Juicio Final, conservado en la parroquia de San Bernardo, en Sevilla; en 1635, el Bebedor, Worcester Art Museum; en 1626, Job, en el Museo de Bellas Artes de Ruán; un año más tarde La Parentela de Jesús (Museo de Bellas Artes de Bilbao).

En 1639 pinta San Basilio dictando su doctrina (Museo del Louvre), así como dibujos con figuras de Apóstoles (Galería Uffizi de Florencia, Museo del Prado y en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid). En 1643, San José con el Niño (Museo de Bellas Artes de Budapest); 1647, Milagro del Pan y de los Peces (Palacio Arzobispal, Madrid); 1648, San Jose con el Niño (Museo Lázaro Galdiano, Madrid); en 1650, Ciego tocando la zampoña (Museo de Historia del Arte de Viena).

Se considera, junto con Roelas, un pintor de transición desde el Manierismo hasta el Barroco. Roelas era mayor que él y esto condicionó que su obra se viera influida por el estilo del primero. Ambos fueron preparando el terreno para la introducción plena del Tenebrismo, cuando José Ribera comenzó a enviar sus cuadros masivamente a través del puerto sevillano. Herrera tenía un estilo vigoroso y dinámico, muy atrevido para el tono general del panorama artístico de Sevilla. Tal vez fuera esto lo que mejor enlazó con el dramatismo intenso que rezumaba la obra de la corriente caravaggesca. Trabajó en Sevilla hasta 1638, año en el cual se trasladó a Madrid, donde conoció a Diego Velázquez. Es posible incluso que éste, también de origen sevillano, hubiera sido durante un brevísimo período discípulo de Herrera, según nos cuenta en sus Vidas el historiador Antonio Palomino.

Durante la Expedición Real en 1837, el militar carlista Félix Lichnowsky estuvo en Villar de los Navarros y recuerda que aquí vio una «Coronación de la Virgen, por Herrera padre».

Espero que la pequeña recopilación realizada de este pintor español sea de vuestro interés.






Algunas obras


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Desposorios místicos de santa Catalina Autor: Francisco de Herrera el Viejo. (Sevilla, hacia 1590 - Madrid, 1654) Óleo sobre lienzo, 243 x 167 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

En esta obra, desconocida hasta el presente, una de las más importantes pinturas de la primera etapa de Herrera el Viejo, quien en el año que la firmó debía tener en torno a vienticinco años de edad. En esta época el artista permanecía aún vinculado a los principios que fundamentaron su formación y que estuvieron impregnados inevitablemente del espíritu retardario del manierismo.

Sin embargo, aunque el manierismo está presente en la obra de Herrera en los años en que está firmado este lienzo, puede percibirse en él un sentido de amabilidad y de elegancia formal del cual aún no teníamos constancia alguna. Una comparación con otras obras de este autor de fechadas de la misma época, La Inmacualda con monjas franciscanas, que procedente del convento de San Francisco de Sevilla se conserva en el Palacio Arzobispal de esta ciudad, o La Visión de Constantino, de igual procedencia y perteneciente en la actualidad al Hospital de la Santa Caridad, no manifiesta este sentido refinado y amable perceptible en la pintura que comentamos.

En efecto en esta obra de notable calidad y de grandes dimensiones encontramos una percepción de la belleza que Herrera nunca había utilizado con anterioridad con tan elevado nivel de sutileza y de refinamiento. El punto más adecuado de este tratamiento exquisito lo encontramos en la figura de santa Catalina, que arrodillada a la izquierda de la composición y suntuosamente ataviada, muestra una actitud de profundo recogimiento espiritual en el momento en que el Niño la toma de una de sus manos para situar en su dedo anular la alianza de oro con la que la distingue como su desposada. El cabello de la santa va adornado con corona y diademas advirtiéndose también que lleva elegantes pendientes y un pequeño broche pectoral. Su distinción corporal se realza con el elegante vestido bordado con temas florales que recubre su cuerpo. El pintor ha procurado identificar con más precisión a esta santa mártir colocando en el suelo la espada y la rueda que participaron en su martirio; por otra parte, sostiene con una de sus manos la palma con la que se recompensó el sacrificio de su vida.

Interesante en esta pintura es también la figura del Niño Jesús, que sentado en el regazo de su madre levanta sus ojos hacia el cielo para pedir la complacencia divina antes de otorgar a la santa del anillo que la convierte en su esposa mística. En la cabeza de este Niño se advierten grandes similitudes físicas con las de los ángeles que flanquean a la Virgen Inmaculada que Herrera ejecutó en 1613 en el retablo de la hermandad de los Gorreros que se conserva actualmente en una hornacina en el muro de las grandes de la catedral de Sevilla en la calle Alemanes.

Esta concordancia en aspectos físicos con otras obras de Herrera se intensifica áun más al advertir que el rostro de la Virgen de esta pintura es prácticamente idéntico al de la Inmaculada antes citada. En efecto, el semblante de la Virgen en esta pintura de los desposorios, concentrado y sereno, muestra una presencia mucho menos refinada que la de santa Catalina, aunque quizás es más digna y trascendente en su apariencia de humilde sencillez.

El atractivo de esta composición se complementa con la presencia en los laterales de la escena de dos ángeles músicos, uno interpretando un arpa y el otro un laúd, en los que se advierten movidas expresiones corporales y bellas facciones juveniles que intensifican el sentido de la elegancia que impera en la escena.

En la parte superior de la pintura se despliega un rompimiento de gloria presidido por el Padre Eterno, en torno al cual revolotea una corte de seis ángeles niños en movidas y aparatosas actitudes que aumentan la gracia y la vitalidad que impera en toda la composición.

Es ésta una obra completamente inédita de la cual no se poseía ninguna referencia bibliográfica con anterioridad. (Texto: Enrique Valdivieso)


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Apoteosis de san Hermenegildo. Francisco de Herrera el Viejo, 1.620. Procede de la iglesia del colegio de san Hermenegildo. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Se formó dentro del espíritu manierista que pintores como Pacheco habían impuesto, pero progresivamente fue abandonando esta orientación inicial para integrarse decididamente en la corriente naturalista. En esta obra, la escena está dividida en los dos registros: el celestial y el terrenal. En el rompimiento de gloria aparece san Hermenegildo triunfante rodeado de ángeles. En la zona de Tierra, san Isidoro somete a Leovigildo y san Leandro protege a Recaredo, el futuro rey que proclamaría el catolicismo de España en el Tercer Concilio de Toledo. El lienzo muestra las características de la madurez de su estilo con pinceladas enérgicas y sueltas que modelan rostros de acentuada individualidad y una gama de color en la que predominan los castaños dorados y negros.

Herrera el Viejo fue compañero de Juan de Roelas y padre del también pintor Francisco Herrera el Mozo. Constituye uno de los ejes principales de los inicios del Barroco en Sevilla. Su estilo, al igual que el de Roelas, debe todavía mucho al pasado Manierismo. Pero como podemos apreciar en este óleo, su estilo anticipa ya los rasgos barrocos. El sentido naturalista y corpóreo de sus personajes no escapa a los deseos de la Iglesia por enseñar con el arte los dogmas de su doctrina. El artista recurre a la tradicional división del espacio pictórico en una mitad terrenal y otra celestial, en el centro de ambas se encuentra la figura del santo, que está siendo elevado en cuerpo y alma al cielo. Esta imagen sirve como estímulo para el fiel, pues muestra a un ser humano intercesor entre la terrenalidad cotidiana y el mundo de Dios. Esta ligazón entre ambos mundos es muy evidente; si comparamos este lienzo con otro del mismo tema que pintó su hijo, la Apoteosis de San Hermenegildo del Museo del Prado, se hace más evidente este sentido terrenal del padre frente a la espiritualidad desenfrenada del hijo. Corresponden a momentos distintos de un mismo sentimiento durante el Barroco español.


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Visión de san Basilio. Francisco de Herrera el Viejo, 1.639. Procede de la iglesia del colegio de san Basilio. Museo de Bellas Artes de Sevilla.


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San Basilio dictando su doctrina. Lienzo. 243 x 194 cm. Museo del Louvre. París. Francia. Herrera el Viejo forma parte de la primera generación del Barroco en Sevilla. Dentro de ese estilo pintó este San Basilio dictando su doctrina, un cuadro de teología que le encargaron los monjes basilios de Sevilla. El lienzo mantiene una estructura compositiva manierista, puesto que Herrera se había formado durante este período; sin embargo, el modo de ejecutar la pintura, con los angelotes, el cielo en gloria, los personajes de gran tamaño y acusado dinamismo, habla de la grandiosidad del Barroco, que estaba implantándose con éxito entre los pintores españoles.


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San Buenaventura recibe el hábito de San Francisco. Francisco Herrera, el Viejo. 1628. Óleo sobre lienzo. 231 x 215 cm. Museo del Prado. Madrid. Herrera, el Viejo, se formó en el Manierismo, aunque la mayor parte de su producción la desarrolló en un estilo naturalista áspero y desabrido. Tal vez sea un residuo manierista la composición inestable de este cuadro, que centra el tema en una diagonal que atraviesa el lienzo, dejando vacía la superficie. Pero el resto de elementos pictóricos son claramente naturalistas, como la sobriedad del dibujo, la reducida gama de color, las figuras realistas hasta el punto de aparentar retratos... El tema del lienzo es San Buenaventura recibiendo el hábito de franciscano. Pertenece a una serie de lienzos que se encargó para el colegio de San Buenaventura en Sevilla, y fue pintada a medias por Herrera y Zurbarán.


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Inmaculada con monjas Franciscanas. 1614. Óleo sobre lienzo. 204 x 154 cm. Obra de Francisco Herrera el Viejo


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La curación de San Buenaventura niño por San Francisco. Lienzo, 234 x 218 cm. 1628. Obra de Francisco Herrera el Viejo


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San José y el Niño, Óleo sobre lienzo, Museo Lázaro Galdiano, Madrid. Obra de Francisco Herrera el Viejo


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Obra de Francisco Herrera el Viejo


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Santa Catalina apareciéndose a los prisioneros. 1629. Óleo sobre lienzo. Universidad Bob Jones. Greenville. Carolina del Sur. USA. Obra de Francisco Herrera el Viejo


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Cabeza de Santo degollado. Lienzo. 51 65 cm. Museo del Prado. Madrid. Obra de Francisco Herrera el Viejo


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Multiplicación de los panes y los peces. Óleo sobre lienzo. 111 x 82 cm. Museo Goya. Castres. Francia. Obra de Francisco Herrera el Viejo


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La predicación de san Juan Bautista. Obra de Francisco Herrera el Viejo


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Retablo de la Encarnación obra de Luis de Figueroa. 1627. El retablo central contiene un impresionante lienzo de Francisco Herrera el Viejo. 1627. Convento de San José. Sevilla


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'San Jerónimo penitente', de Francisco Herrera El Viejo, una de las obras donadas en marzo de 2017 por Óscar Alzaga al Museo del Prado.




Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado el pequeño trabajo recopilatorio dedicado al pintor sevillano Francisco Herrera el Viejo.


Fuentes y agradecimientos: pintur.aut.org, es.wikipedi.org, artehistoria.com, staszic.ostrowiec.pl, flg.es, usuarios.lycos.com, collycortes.com, elpais.com, flickr/enriqueluis, leyendasdesevilla.blogspot.com.es y otras de Internet.
 




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última edición por j.luis el Martes, 28 Marzo 2017, 09:03; editado 8 veces 
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Mensaje Re: Herrera El Viejo 
 
Gracias J.Luis por aumentar la galería de pintores españoles, a este paso los tenemos todos representados.  

Un Saludo.
 




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Mensaje Re: Herrera El Viejo 
 
Gracias xerbar, no te creas,      aún quedan muchos.



Saludos.
 




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Mensaje Re: Francisco Herrera El Viejo (h.1590 - H.1656) 
 
LIBROS



Un sentimiento visible

Mazzucco aborda con éxito el deseo de los hombres de ser padres en una novela que supera la cuestión reivindicativa



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'San José y el Niño', de Francisco Herrera el Viejo.

La última novela de Melania G. Mazzucco (Roma, 1966) corre el riesgo de ser leída como un panfleto militante en favor del derecho a la adopción de las parejas homosexuales. No es que entenderla de ese modo sea un disparate, pero sí una simplificación que obvia las páginas más conmovedoras de la novela, las que se encuentran no por casualidad en el corazón del libro, en el 4º capítulo de los siete que lo componen, el titulado 'Concepción', donde esta pareja de hombres que lo protagoniza —Christian y Giose— concibe no al hijo, sino el deseo de tenerlo.

Les sucede esto en el Museo de Bellas Artes de Budapest al ver una obra del pintor español Francisco de Herrera el Viejo (1590-1656), San José con el Niño Jesús, en el que están representadas dos figuras más humanas que divinas: un padre cuarentón y su hijo. Y dice la narradora en la écfrasis del cuadro: “El amor que sentía por el niño emanaba una especie de luz, un halo dorado que los iluminaba a los dos. Ese sentimiento era visible”.

Y este es precisamente el asunto de la novela: el deseo masculino de tener hijos, la paternidad de los hombres, un tema para el que los pintores italianos no han encontrado, dice la narradora, “colores ni sentimiento”. Y los novelistas tampoco, habría que añadir; ni los italianos ni los españoles. La paternidad no ha llamado la atención de nuestros escritores. Este es el desafío literario que aborda Mazzucco, del que sale más que exitosa.

Reducir la novela por tanto, a una cuestión reivindicativa o testimonial es empobrecerla, por más que el procedimiento a través del cual Christian y Giose se convierten en padres ocupe todo un capítulo. Concebido el deseo de reproducirse, Christian y Giose se ponen manos a una obra mucho más prosaica —la compra de óvulos y el alquiler del útero—, que se narra sin idealizaciones ni patetismos: estas son las dificultades administrativas, esta es la sórdida selección de las donantes que hay que hacer atendiendo a criterios eugenésicos, y estas son las consecuencias. La novela empieza con una de ellas, muy amarga: Eva, la niña con dos padres, que ha nacido, como dicen sus compañeros, “por el agujero del culo”, vive atormentada por ellos y acaba empujando a uno, que accidentalmente cae a las vías del metro.

El proceso no se dulcifica: Christian y Giose debaten sobre el derecho a concebir un hijo sin madre; reflexionan sobre la razón por la que una mujer decide alquilar su útero, y que no es otra, como sucede en la prostitución, que la necesidad económica. No se escamotea ningún aspecto: esta es la senda que hay que transitar si un hombre oye la hermosa llamada de la paternidad en el seno de una pareja de hombres homosexuales.

Pero este es el camino que se debe recorrer también si quien oye la llamada es una mujer en el seno de una pareja de heterosexuales estériles; ellos también tendrían que superar dificultades, seleccionar óvulos, alquilar útero y correr con sus particulares consecuencias, que las habría. Porque si en algo es combativa esta novela es en su intento de deconstruir la oposición homosexual/heterosexual o incluso maternidad/paternidad: no hay ninguna diferencia entre un padre y una madre, entre familia homosexual y otra heterosexual. O mejor dicho: sí la hay; pero esa diferencia es mínima comparada con otras —biológicas, económicas— mucho más brutales y definitivas, que hacen de cada nacimiento un fenómeno no sólo irrepetible, sino también desigual.

La esencia de la paternidad no radica en el género, sino en ese sentimiento visible que emana del José pintado por Francisco de Herrera y del Giose escrito por Melania Mazzucco.


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Eres como eres. Melania G. Mazzucco. Traducción de Xavier Rovira. Anagrama. Barcelona, 2016. 225 páginas. 17,90 euros
 




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Mensaje Re: Francisco Herrera El Viejo (h.1590 - H.1656) 
 
El Prado recibe pinturas de Herrera ‘el Viejo’ y Mengs

Óscar Alzaga dona seis obras españolas y extranjeras de los siglos XVI al XIX



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'San Jerónimo penitente', de Francisco Herrera El Viejo, una de las obras donadas por Óscar Alzaga al Museo del Prado.

Los fondos del Museo del Prado aumentaron ayer gracias a la donación del catedrático de Derecho Constitucional Óscar Alzaga Villaamil. El patronato de la pinacoteca aceptó seis obras que abarcan distintos periodos históricos: desde finales del siglo XVI hasta mediados del XIX y salidas de los pinceles de artistas como el italiano Jacopo Ligozzi, el alemán Anton Raphael Mengs o los españoles Juan Sánchez Cotán, Francisco de Herrera El Viejo, Antonio del Castillo y Eugenio Lucas Velázquez.

“A mí me da mucho el Prado y yo le doy poco”, comentó ayer Alzaga (Madrid, 1942) por teléfono a EL PAÍS. El histórico político democristiano explicó que su afición por el arte comenzó hace más de 50 años y que poco a poco ha ido haciéndose con una colección. Las gestiones de esta donación comenzaron hace más de dos años cuando personal del Prado se enteró de que el jurista había ofrecido uno de sus cuadros a un museo provincial, esta operación no salió y a partir de ahí el donante asegura que técnicos del museo madrileño eligieron en su casa las obras que completaban mejor el discurso expositivo.

“¿Dónde van a estar mejor las pinturas que acompañadas de las de su escuela, dentro de su contexto historicoartístico?”, reflexionaba el catedrático. Aunque los autores de las pinturas donadas figuran ya entre los maestros del Museo del Prado, están representados con obras de muy distinta naturaleza, iconografía o cronología. Su incorporación permite completar los fondos de estos pintores. Así sucede, por ejemplo, con Sánchez Cotán, de quien el Museo del Prado posee una naturaleza muerta pero hasta que ayer se incorporó Imposición de la casulla a San Ildefonso, carecía de pintura religiosa; o con Ligozzi, presente también en la pinacoteca a través de un enorme cuadro de altar muy alejado de la exquisita e inusual composición de Alegoría de la redención que ahora ingresa. Lo mismo ocurre con la obra de Mengs de pequeño formato o del tardío San Jerónimo de Herrera El Viejo.

Cuatro de las obras donadas por Alzaga fueron adquiridas en subastas en el extranjero, por lo que su entrada en el museo supone un importante aporte al patrimonio artístico español. Así como a la colección permanente de la institución ya que reseñan su “elevada calidad y su buen estado de conservación (ninguna precisa de intervención)”. Lo que confirma Alzaga cuando explica que en su casa ha cuidado las condiciones de conservación como si de un museo se tratara, controlando, incluso, la luz que entraba por las ventanas.

La calidad de las obras viene avalada, además, por su presencia en exposiciones dedicadas a sus autores como el San Jerónimo, de Herrera El Viejo en De Herrera a Velázquez. El primer naturalismo en Sevilla, que estuvo en la capital andaluza y en Bilbao, entre 2005 y 2006.


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'San Juan Bautista', de Anton Raphael Mengs, una de las obras donadas por Óscar Alzaga. Museo del Prado


Una séptima pieza pendiente

Además de las seis obras que ha recibido el Museo del Prado, la nota de prensa emitida ayer señala que también recibirá “una dotación económica para la adquisición de una séptima”. Óscar Alzaga quiere mantener la “ambigüedad” que ha dejado la institución y no concreta nada más, salvo que tanto él como otras personas han sido sondeadas por el museo para atender el pago de una obra que una familia ha ofrecido al museo. Sin dar más datos, ni título, ni autor, ni periodo histórico de la pieza, Alzaga asegura que ha adquirido el compromiso de pagar esa pieza cuando las gestiones estén cerradas, lo que cree que será con “carácter inmediato”.
 

elpais.com
 




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