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JOSÉ APARICIO INGLADA
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Mensaje JOSÉ APARICIO INGLADA 
 
Este trabajo recopilatorio está dedicado al pintor español José Aparicio Inglada (1773-1838), estudió en Roma y posteriormente fue discípulo del gran pintor frances Jacques-Louis David. Introdujo en España las bases del neoclacisismo.

José Aparicio Inglada (Alicante, 16 de diciembre de 1773 - Madrid, 10 de mayo de 1838, pintor español representante de la pintura neoclásica.

Es un pintor que se adscribe al clasicismo puro. Era hijo de Vicente Aparicio y de Manuela Inglada, el séptimo de ocho hermanos. Se formó en Valencia, en la Real Academia de San Carlos, ganando el primer premio de pintura en 1793.

Después pasó a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. En 1799, obtuvo del rey Carlos IV de España una beca para estudiar en París y, posteriormente, en Roma.

En París fue el primer alumno español de Jacques-Louis David, donde coincidió con Juan Antonio Ribera y Fernández y José de Madrazo y Agudo.

En 1805 recibió una medalla de oro por su cuadro La epidemia de España. Antes de viajar a Roma, en 1907, José Aparicio expuso, por dos veces, algunas de sus obras en los salones de la capital francesa.

En Roma, siguió su proceso de aprendizaje. Se mostró, más de una vez, fiel al rey español, al negarse a jurar fidelidad a José Bonaparte. Debido a este hecho, José Aparicio cayó preso, como el resto de los artistas españoles becados residentes en Roma, en el castillo de Sant'Angelo, siendo considerado prisionero civil en la época fernandina.

Después de ser liberado, es llamado por el gobierno español, desembarcando en Barcelona el 21 de mayo de 1815. Parte para Madrid, donde finalmente inicia su carrera, siendo nombrado en agosto pintor de cámara del rey Fernando VII de España. Un año más tarde comenzó a pintar Las glorias de España, que le tendría ocupado durante cerca de dos años. Con esta obra, comienza una gran serie de cuadros de gran tamaño que abordan temas patrióticos.

Por su obra más conocida, Desembarco de Fernando VII en la isla de León, fue nombrado académico de mérito de la Academia de San Carlos de Valencia, en 1829 y, más tarde, director de la Academia de San Fernando.

Al morir el rey Fernando VII se inició el declive de su carrera, que no era bien visto por los gobiernos liberales que siguieron. Murió en 1838, pobre y miserable.


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Copia de 'El desembarco de Fernando VII en el Puerto de Santa María'. Obra de José Aparicio Inglada / Museo Romántico, Madrid.


Su obra

A juzgar por estudiosos como Ramírez Domínguez, su estilo es académico, dibujístico, relamido y frío, con exageraciones grandilocuentes y patrioteras. Se dedica a temas históricos de carácter patriótico.

Sus obras más conocidas son: El hambre en Madrid (1818) y Desembarco de Fernando VII en la isla de León (1827). Ambos son cuadros de propaganda política de Fernando VII. De la misma época que El hambre en Madrid es La batalla de San Marcial.

Además de la pintura de historia, Aparicio cultivó el retrato de la élite política y de los grandes aristócratas y reyes como el general Castaños, o la baronesa de Mayneaud de Pancemont, entre otros, y también realizó cuadros de temática religiosa.

Espero que esta recopilación que he realizado del pintor español, sea del gusto de los visitantes de esta página, y en lo posible contribuya en su divulgación.



 



Algunas obras


José Aparicio e Inglada en el Museo del Prado

José Aparicio e Inglada (Alicante, 1770-Madrid, 1838). Pintor español, uno de los exponentes de la pintura neoclásica española. Comenzó su formación artística en el taller de los Espinosa en su ciudad natal, posteriormente estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia y en la de San Fernando de Madrid. En 1796 obtuvo el primer premio en clase de pintura por el cuadro titulado Godoy presentando la paz a Carlos IV, que le valió una pensión de 12 000 rea­les de vellón para continuar sus estudios en París, ciudad en la que permaneció entre 1798 y 1807 y donde frecuentó el estudio de Jacques-Louis David. En 1806 expuso en el Museo Napoleón el cuadro titulado La fiebre amarilla de Valencia con gran éxito, lienzo por el que fue premiado con medalla de oro. Y al año siguiente marchó a Roma, donde tuvo que permanecer hasta 1814 a causa de la invasión napoleónica. En la Ciudad Eterna pintó el cuadro El rescate de cautivos en tiempos de Carlos III, que le valió el ingreso como académico de mérito en la Academia de San Lucas. A su regreso a España, fue nombrado pintor de cámara de Fernando VII y académico de mérito y más tarde director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Se convirtió en un artista muy célebre en su momento a causa de los temas patrióticos relacionados con la Guerra de la Independencia; un claro ejemplo es El hambre de Madrid, de 1818, que evoca, muy de cerca, el cuadro El conde Ugolino y sus hijos del pintor Henry Fuseli, pintado en 1806 y difundido a través de grabados. Sus obras fueron destinadas a centros oficiales y casas nobles debido a su temática. Sin duda la más famosa pintura de este artista fue El desembarco de Fernando VII en la isla de León, de 1827, que se perdió en el incendio del Tribunal Supremo de 1915 y de la que solo se conserva un boceto en el Museo Romántico de Madrid. Diez años antes de su muerte, Aparicio fue nombrado académico de mérito de la Academia de San Carlos de Valencia.

Obras

    - El general Francisco Javier Castaños, óleo sobre lienzo, 64 x 57 cm (en dep. en el Museo del Ejército, Madrid) [P3390].
    - Don Pedro Agustín y Girón, marqués de las Amarillas, óleo sobre lienzo, 61 x 50 cm (en dep. en la Real Academia de la Historia, Madrid) [P3402].
    - El general Francisco Venegas y Saavedra, óleo sobre lienzo, 60 x 50 cm (en dep. en la ­Real Academia de la Historia, Madrid) [P3403].
    - El general don Tomás Moreno Daoiz, óleo sobre lienzo, 61 x 50 cm (en dep. en la Real Academia de la Historia, Madrid) [P3404].
    - El general Teodoro Reding de Biberegg, óleo sobre lienzo, 64 x 58 cm (en dep. en la Real Academia de la Historia, Madrid) [P3405].
    - El hambre de Madrid, óleo sobre lienzo, 315 x 437 cm, firmado, 1818 (en dep. en el Museo Municipal de Madrid) [P3924].
    - La reina de Etruria y sus hijos, óleo sobre lienzo, 199 x 150 cm, 1815 [P5221].
    - El general don Teodoro Navarro, óleo sobre lienzo, 62 x 52 cm (en dep. en el palacio de la Moncloa, Madrid) [P7681].
    - Retrato del coronel Copons, óleo sobre lienzo, 62 x 52 cm (en dep. en el palacio de la Moncloa, Madrid) [P7682].
    - Rescate de cautivos en tiempos de Carlos III, óleo sobre lienzo, 56 x 73 cm, antes de 1813 [P7944].
    - Estudio de tres figuras con manto, aguada sobre papel, 243 x 298 mm [D2445].
    - Tres figuras, una de ellas sentada, aguada, lápiz y pluma sobre papel, 212 x 151 mm [D2446].
    - Elena ed Alvina, lápiz y aguada sobre papel verjurado, 160 x 215 mm, h. 1828-1837 [D7412].


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Hambre en Madrid 1818. Óleo sobre lienzo, 315 x 437 cm. Museo del Prado (en dep. en el Museo Municipal de Madrid). Obra de José Aparicio Inglada.

Inglada pintó el cuadro más famoso de los realizados durante el reinado de Fernando VII: El hambre de Madrid, siendo de los más reproducidos en su época. En el cuadro encontramos a un grupo de soldados franceses ofreciendo alimentos a un grupo de madrileños encabezado por un anciano que recoge en su regazo a una mujer muerta mientras que un niño se apoya en su hombro. En una pilastra -donde observamos una inscripción con letras doradas en la que se proclama la fidelidad del pueblo madrileño al rey depuesto- un grupo de personajes como mondas y sobras mientras la figura de la izquierda rechaza el pan ofrecido por el militar. Al fondo, un majo se abalanza sobre los militares mientras su mujer le retiene por la capa, sosteniendo ella un bebé en sus brazos.

Las figuras están tratadas de manera noble ya que el artista intenta poner de manifiesto la nobleza de los madrileños durante la reciente contienda.



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Rescate de cautivos en tiempos de Carlos III, óleo sobre lienzo, 56 x 73 cm, antes de 1813. Obra de José Aparicio Inglada.

Este lienzo, que tenía unas medidas de 435 x 638 cm, perteneció al Museo del Prado, donde figuraba expuesto, conservándose testimonios fotográficos que permiten conocer su composición. Tanto esta última circunstancia como la existencia de un grabado de Bartolomeo Pinelli (1781-1835), del que se conservan sendos ejemplares en la Biblioteca Nacional y en el Museo Municipal de Madrid, que reproduce el cuadro, permiten identificar la obra adquirida como boceto, con significativas variantes, del original perdido. Éste era un cuadro relevante en el conjunto de la producción de Aparicio, que trabajó en él en Roma durante varios años. Terminado en 1813, Aparicio lo expuso al año siguiente en la Iglesia de Santa Maria della Rotonda en el Panteón con éxito, pues obtuvo la nominación de Académico de San Lucas. Lo ofreció después a Fernando VII, que lo aceptó. En 1815 lo llevó seguramente a España, donde pasó a las Colecciones Reales y fue expuesto en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. En ese mismo año, el artista añadió la figura de un fraile trinitario calzado, orden que también participó en el rescate junto a los trinitarios descalzos y a los mercedarios. Pasó luego al Museo Real de Pinturas y se trasladó a finales del siglo al Museo de Arte Moderno, en cuyos catálogos de 1899 y 1900 se consignaba, desapareciendo después. El cuadro recordaba el rescate, en 1768, de un amplio número de cautivos en Argel, por orden de Carlos III. Con la representación de aquel hecho, ocurrido casi medio siglo antes, Aparicio servía a la restauración de la monarquía borbónica, a la que había sido fiel hasta el extremo de haber sufrido cautiverio, como otros pintores españoles, en Roma, por haberse negado a jurar fidelidad a José Bonaparte, y también defendía el prestigio del estamento religioso, en contra de la conducta observada por Napoleón en Roma. El boceto muestra, perfectamente conseguido en tonalidad ocre y gris casi monocroma, el efecto general de las masas de figuras en la composición, acentuando su franja central mediante la iluminación que viene de la izquierda, por donde penetran a la mazmorra los frailes, uno de los cuales entrega el rescate. En el grupo de cautivos de la derecha, la condición de las figuras, una madre que da el pecho a su hijo y un anciano sostenido por dos jóvenes, acentúa el dramatismo de la escena. La emoción que suscita la redención se plasma sobre todo en el sentido de avance del grupo central, que se resuelve con un sentido triunfal en la figura del joven situado más hacia el centro. Su actitud (que Aparicio modificó, haciéndola más sosegada, en el cuadro definitivo) evoca la del Laocoonte, cuyo brazo derecho se había restaurado según una composición similar, diferente a la que hoy tiene. Esta inspiración en la Antigüedad clásica, que el pintor estudió directamente durante su amplia estancia en Roma, en obras como Sócrates enseñando (Musée Goya, Castres), con cuya cabeza guarda relación la del anciano, aparece también en alguna medida en otros desnudos de esta obra. Los situados en primer término, en penumbra, tratados como si fueran relieves, acentúan el dramatismo de la escena por su actitud de abandono, en contraste con la agitación de la multitud del último término, tras las rejas. En él la figura que mira de frente, revela la inspiración de Aparicio en la pintura neoclásica francesa. Su mirada fija aparece también en algunas figuras masculinas de El hambre en Madrid (P03924) y es representativa de la desesperación, evocando, como se ha comentado desde 1814, el personaje de Ugolino de la Divina Comedia (Texto extractado de Barón, J. en: Memoria de Actividades, Museo Nacional del Prado, 2006, págs. 70-72).



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La reina de Etruria y sus hijos, óleo sobre lienzo, 199 x 150 cm, 1815. Obra de José Aparicio Inglada.

Tanto la testamentaría de Fernando VII como el inventario de 1857 del Real Museo de Pinturas identifican el retrato representado en esta obra como el de la reina de Etruria, cuya iconografía aparece asociada al poder por medio de símbolos perfectamente codificados, como el trono, el dosel rojo, el escabel, la corona, la columna en referencia a la Fortaleza, y por las insignias de las órdenes a las que pertenecieron. Por tanto, el personaje que constituye el núcleo de este retrato triple es María Luisa Josefa Antoñita Vicenta de Borbón y Borbón-Parma (San Ildefonso, Segovia, 6 de julio de 1782-Roma, 13 de marzo de 1824), hija de Carlos IV y María Luisa, reyes de España. La infanta se desposó el 25 de agosto de 1795, en Madrid, con su primo hermano Ludovico Francesco Filiberto de Borbón-Parma -quien reinó como Luis I de Etruria (1801-1803)- (Colorno, 5 de julio de 1773-Florencia, 27 de mayo de 1803), hijo de Ferdinando III, duque de Parma y hermano de la reina María Luisa de España.Como reina regente de Etruria y posteriormente como duquesa de Lucca, lo más reseñable de su gobierno fue la protección de las artes y de las ciencias que ejerció. Entre 1817 y 1821 reunió una respetable colección de pinturas antiguas -compró, por ejemplo, las mejores piezas de la colección de Luciano Bonaparte- y modernas en sus residencias de Roma. Ostentó las bandas de las órdenes de María Luisa y de Santa Isabel de Portugal, además del lazo de la Cruz Estrellada, todas las cuales luce en el retrato, además de referencias a su estirpe borbónica a través del símbolo heráldico de la flor de lis, en la diadema y en los festones del halda. Prematuramente envejecida, pues contaría con treinta y cinco años, en nada se asemeja ya al retrato que de ella incluye Goya en La familia de Carlos IV, sino al ejecutado por Vincenzo Camuccini, conservado en la Galleria d`Arte Moderna de Florencia.La figura masculina incluida en el retrato corresponde a Carlo Ludovico o Carlos Luis de Borbón-Parma (Madrid, 22 de diciembre de 1799-Niza, 17 de abril de 1883). El primogénito de los reyes de Etruria tuvo tratamiento de infante de España y sucedió a su padre en la fantasía napoleónica del efímero reino centroitaliano, creado tras el Tratado de Lunéville, en 1801. Reinó con el nombre de Ludovico II, bajo la regencia de su madre, hasta el 10 de diciembre de 1807. Perdida Etruria, gobernó el ducado de Lucca como Carlo II, y recuperó después el título de duque de Parma y Piacenza. En el retrato luce las insignias de las órdenes del toisón de oro y de Carlos III.El tercer personaje retratado es María Luisa Carlota (en travesía marítima Livorno-Barcelona, 2 de octubre de 1802-Roma, 18 de marzo de 1857), hija menor de los reyes toscanos, quien contó con el tratamiento de infante de España como su hermano. En la efigie porta la banda de la orden de la reina María Luisa, que le fue concedida a su nacimiento. Casó en 1825 en primeras nupcias con Maximiliano, príncipe de Sajonia.Este núcleo familiar ya fue retratado en otras ocasiones, pues tres de sus componentes aparecen formando una familia dentro de la familia de Carlos IV, en el cuadro homónimo de Goya (Museo del Prado, P726). Él único caso en el que aparecen sus cuatro componentes -aunque el retrato del padre es póstumo- es una obra de François-Xavier Fabre, también conservada en el Museo del Prado (P5257). Ya como viuda, junto a sus dos hijos, la infanta reina duquesa aparece representada en una miniatura conservada en el Palacio Real de Madrid cuya composición es un claro antecedente de la obra atribuida a Aparicio.El intercambio de retratos entre familias reinantes fue algo perfectamente usual; dentro de esta costumbre, la propia María Luisa, desde su exilio romano, en 1814, envió a su hermano Fernando VII diversos retratos de su familia (Archivo General de Palacio, Secc. Reinados, Fernando VII, C. 37/2). En este sentido, en la documentación contenida en el expediente personal de Aparicio (A.G.P., Secc. Admtva., C. 138/1), el propio pintor manifiesta a Fernando VII haber acompañado desde Roma en 1815 a un cargamento con cuadros y otros efectos enviados por la reina de Etruria, entre los que es muy probable que se encontrase el retrato del Prado (Texto extractado de Sánchez del Peral, J. R. en: El retrato español en el Prado. De Goya a Sorolla, Museo Nacional del Prado, 2007, p. 74).



Otras obras


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Desembarco de S.M. el Rey Don Fernando VII en El Puerto de Santa María. 1827. Museo del Romanticismo de Madrid. Óleo sobre lienzo, 110 x 82 cm. Obra de José Aparicio Inglada.

En 1827. José Aparicio pinta uno de sus cuadros más destacados que, por desgracia, desapareció, pudiendo tener una idea aproximada gracias al boceto que se conserva en el Museo Romántico. Según Lafuente Ferrari se representa "la liberación del rey Fernando VII en el Puerto de Santa María por las tropas del duque de Angulema, en 1823". Fue uno de los cuadros más alabados de su momento al tener un amplio número de retratos, siendo una de las primeras obras de crónica pintadas en España. Las alabanzas llegaron incluso de la propia Casa Real, visitando el rey Fernando VII al pintor en su estudio.

En la composición podemos apreciar al monarca delante de un amplio grupo de personas que tienen casi todas la cabeza a la misma altura, isocefalia que recuerda a las pinturas y esculturas medievales. En el fondo aparece un edificio, con lo que el pintor consigue mayor profundidad espacial. El destacado dibujo y la limitación del colorido -empleando rojos, azules y blancos, fundamentalmente- caracterizan esta composición en la que sobresale la habilidad del maestro para conseguir la galería de retratos.


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La infanta María Teresa de Braganza. Obra de José Aparicio Inglada


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Retrato de Jean-Louis Reynier. Obra de José Aparicio Inglada


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Sócrates enseñando a un joven. 1811. Óleo sobre lienzo. 137 x 103 cm. Museo Goya. Castres. Francia. Obra de José Aparicio Inglada


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Teodoro Redinga. Obra de José Aparicio Inglada


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Retrato de la Baronesa Mayneaud de Pancemont. Signed and dated: "Roma 1812 José Aparicio" Adquirido por el MUBAG. Obra de José Aparicio Inglada.



Pues esto es todo amigos, este trabajo recopilatorio está dedicado al pintor español José Aparicio Inglada (1773-1838), estudió en Roma y posteriormente fue discípulo del gran pintor frances Jacques-Louis David. Introdujo en España las bases del neoclacisismo.


Fuentes y agradecimientos: pintura.aut.org, museodelprado.es, es.wikipedia.org, commons.wikimedia.org, artcyclopedia.com, the-athenaeum.org y otras de Internet.
 




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última edición por j.luis el Viernes, 04 Septiembre 2015, 10:35; editado 4 veces 
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Mensaje Re: APARICIO INGLADA 
 
Gracias J.Luis por este nuevo pintor español.

Un Saludo.
 




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Los mensajes deben de ser con respeto y educaci�n hacia todos los usuarios.
Xerbar Administrador del Foro.
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Mensaje Re: APARICIO INGLADA 
 
Gracias xerbar, José Aparicio Inglada, no es muy conocido, pero tiene algunas obras muy importantes y una obra muy diversificada, a la cual no es fácil acceder ni tomar imágenes. Los mejores cuadros son propiedad del Museo del Prado, algunos de los cuales están cedidos en depósito a otras instituciones, entre ellas hay dos cuadros prestados al Palacio de la Moncloa.




 

Saludos.
 




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Mensaje Re: JOSÉ APARICIO INGLADA 
 
El misterio del cuadro troceado


Un lienzo de 7 metros de de José Aparicio Inglada, que salió del Museo del Prado y se creyó destruido en un incendio en 1915, aparece despiezado en el museo Cerralbo. El Tribunal Supremo prepara una exposición que evoca esos sucesos



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Copia de 'El desembarco de Fernando VII en el Puerto de Santa María'. Obra de José Aparicio Inglada / Museo Romántico, Madrid.

Un lienzo de trasunto histórico-político, y de enorme formato, pintado en 1827 por el pintor neoclásico José Aparicio Inglada, que se daba por destruido en el incendio del Palacio de Justicia en 1915, ha sido localizado casi por casualidad. El lienzo estaba fragmentado en 21 piezas en el Museo Cerralbo de Madrid. El hallazgo se produjo durante los preparativos de una exposición en la actual sede del Tribunal Supremo para recordar el incendio de la sede judicial donde tantas obras de arte se perdieron. Todo comenzó el año pasado cuando la investigadora de la Universidad de Alicante Pilar Tébar asoció aquella gran tela hallada en el Cerralbo con las fotografías de unos retratos sueltos de personajes decimonónicos pintados por José Aparicio y que estaban en su poder.

El arte tiene muchos novios. Uno de sus amantes más vehementes lo fue en Madrid Enrique de Aguilera y Gamboa, marqués de Cerralbo. Historiador, arqueólogo y político carlista, dedicó gran parte de su vida (Madrid, 1845-1922) y de su fortuna a la investigación arqueológica y a atesorar obras de arte. Y ello con miras a crear un museo privado, hoy estatal, que figura entre los más singulares del país. Situado en el barrio de Argüelles, el museo es uno de esos recoletos enclaves madrileños que rezuman historia y belleza. Con él quería el marqués dar cuenta no solo de su propia sensibilidad y de su exquisito gusto, sino también brindar testimonio de la cultura de una época trepidante.


 1441301209_145831_1441301923_sumario_normalretrato_de_fernando_vii_procedente_de_un_fragmento_del_gran_lienzo_restaurado_por_el_museo_del_prado_museo_del_prado

Retrato de Fernando VII procedente de un fragmento del gran lienzo, restaurado por el Museo del Prado. / Museo del Prado



Un documento histórico

Fue, presumiblemente, aquel amorío histórico-artístico, trufado por su ideología ultraconservadora, el que llevó al marqués a adquirir en El Rastro, según aseguran fuentes del Ministerio de Cultura, un lienzo de enorme valor documental: El desembarco de Fernando VII en el Puerto de Santa María. La obra representa al rey Fernando VII y su recepción por el duque de Angulema en 1823. En él figura toda la familia real española —incluido el hermano del monarca y futuro pretendiente carlista Carlos María Isidro de Borbón (Aranjuez, 1788-Trieste, 1855)—, así como muchas de las principales personalidades de la época, casi medio centenar. El cuadro era propiedad de las Colecciones Reales, no de ningún vendedor privado del Rastro.

El citado duque de Angulema, Luis Antonio de Borbón, fue el espadón que dirigió a los llamados Cien mil hijos de San Luis, contingente militar con el que el Congreso de Verona sofocaría el trienio liberal-progresista en España (1820-1823), para inaugurar el periodo absolutista del monarca Fernando VII, conocido como La década ominosa (1823-1833).

Nada de particular tendría la adquisición del cuadro por el marqués de Cerralbo, de no haberse visto acompañada por varias particularidades que presentaba el lienzo, pintado en 1827 en formato de siete metros de longitud por cuatro de altura por el pintor neoclasicista José Aparicio Inglada (Alicante, 1773-Madrid, 1838). Antes se creyó que era obra de José Camarón. Por fortuna, el propio Aparicio Inglada pintó una copia del mismo lienzo, en formato reducido, hoy en el Museo Romántico.

Lo más singular del caso fue que, tras ser cedido el lienzo en 1883 por el Prado —depositario de las colecciones reales— al Ministerio de Gracia y Justicia, fue dado por destruido en el voraz incendio que devastó el Palacio de Justicia de Madrid el 4 de mayo de 1915.

Una exposición sobre aquellos sucesos, que prepara desde hace un año el Tribunal Supremo, será inaugurada el próximo jueves en la sede judicial. Las gestiones preparatorias de la muestra han llevado a confirmar que el Museo Cerralbo conservaba —eso sí, fragmentada— buena parte de aquel lienzo dado por desaparecido.

Precisamente, un fragmento del rostro de Fernando VII, procedente de aquel expolio y recién restaurado por el Museo del Prado, será exhibido en la exposición madrileña del Tribunal Supremo, que contará con 50 excelentes fotografías del estudio del periodista-fotógrafo Alfonso, que cubrió el incendio del Palacio de Justicia. Otro fragmento, el del rostro de la reina María Josefa Amalia de Sajonia, también está siendo restaurado en el Prado.


El legado del marqués

El marqués de Cerralbo donó sus colecciones al Estado en 1922. El museo por él fundado depende hoy del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Su legado fue completado años después con el de su hijastra, Amelia del Valle, marquesa de Villa-Huerta. Entre los bienes de esta herencia hay 13 retratos enmarcados y ocho fragmentos del lienzo de Aparicio.

El primer director del Cerralbo, Juan Cabré, los fotografió en 1927 y los entregó al Estado. Esas placas fueron precisamente las que sirvieron a la investigadora Pilar Tébar, de la Universidad de Alicante, para iniciar la identificación de la obra pictórica.

En el museo aseguran que algunos de aquellos fragmentos con rostros de personalidades en el lienzo de Aparicio Inglada ya fueron expuestas en el llamado Montaje Sanz Pastor, en 1944, pero en el Palacio de Justicia no había constancia conocida de tal paradero hasta fechas muy recientes.

Las dudas surgen al comprobarse que el gran lienzo que, evidentemente, no fue destruido por el fuego, fue presumiblemente sustraído tras el incendio por desconocidos y troceado. Sus fragmentos fueron a parar, nadie sabe cómo, al Rastro. Eso, en el mejor de los casos. De hecho, hay dos hipótesis. La primera señala que la partición del lienzo en piezas, correspondientes a la cincuentena de rostros cortesanos, obedeció a la prevista rentabilidad de la venta a particulares de cada uno de ellos. Otra teoría es que el marqués de Cerralbo, carlista, trocease el cuadro para ocultar que el pretendiente ultraconservador, Carlos María Isidro, aparecía en él en actitud sumisa ante una injerencia militar extranjera en la política española.



Arde el palacio, el gran lienzo se da por destruido

La justicia sanciona sucesos, pero rara vez los sucesos sancionan a la Justicia. Tal fue el caso, sin embargo, de un hecho acaecido en el palacio de Justicia de Madrid hace ahora un siglo, que su inquilino actual, el Tribunal Supremo, ha querido evocar. Lo ha hecho mediante una serie de eventos, con mapeo incluido de su fachada, conferencias, debates y juegos infantiles de divulgación de la Justicia. De su oferta cultural destaca una exposición, que será inaugurada el próximo jueves 10 de septiembre, que da noticia gráfica y textual de aquel suceso que jalonó entonces la historia de la Justicia en Madrid.

Poco después del mediodía del 4 de mayo de 1915, un ronquido agudo precedió el súbito ascenso de una gran humareda sobre la cubierta del histórico edificio de Las Salesas de Madrid: la cúspide del palacio de Justicia ardía velozmente. Gregorio Valle, de 8 años, asomado a un balcón de su casa, dio la voz de alarma. Decenas de visitantes del edificio —era día hábil— y transeúntes que circulaban por las calles inmediatas se apartaban acollonados de las aceras contiguas al palacio y desde lugares próximos elevaban, aterrados, los ojos al cielo, en apenas unos instantes cubierto por una sofocante cortina oscura. Del palacio comenzaron a salir precipitadamente ujieres, abogados, jueces y empleados, veinte de cuyas familias, hasta 23 niños, continuaban viviendo en sus áticos, ya pasto del fuego. Una directiva oficial, allí incumplida, obligaba desde el año 1913 a las familias de los funcionarios a desocupar las sedes ministeriales. El porte y las fachadas pétreas del palacio no permitían columbrar su vulnerabilidad al fuego que, por razones entonces desconocidas, había surgido en la parte superior del edificio, en la zona correspondiente a la Sección Tercera.

Alguien recordó que en los sótanos se hallaban los calabozos del ministerio de Justicia, donde permanecían encerrados varios presuntos delincuentes, a disposición del juez de guardia. Fueron sacados al exterior. La reina madre María Cristina de Habsburgo, que cruzaba la zona en automóvil, contempló el incendio en directo. El rey Alfonso XIII, que tiraba al pichón en Somontes, se presentó sobre el lugar de los hechos para instar a la creación inmediata de una comisión evaluadora de los documentos judiciales que el fuego acababa de destruir.

Un equipo de jóvenes boys scouts, (entonces llamados “exploradores”), cuya sede se hallaba en la cercana calle del General Castaños, acudió a extinguir el fuego. Bomberos del Parque de Santa Engracia, con aljibes tirados por mulos, lucharon con denuedo contra las llamas. Casi todo aquel esfuerzo resultaría inútil. Las llamas consumieron todo: muebles, enseres, esculturas y cuadros…Entre estos lienzos se creyó que había sucumbido El desembarco de Fernando VII en el Puerto de Santa María. Mas el cuadro aparecería mucho tiempo  después despiezado.

José María Armada, que olvido documentos dentro del palacio, entró en el edificio y ya no salió. Fue la única víctima. Vivía solo. Su entierro, en el que recibió trato de héroe, fue presidido al día siguiente por el ministro de Gracia y Justicia. De todo ello, el gran fotógrafo Alfonso hizo la cobertura gráfica, aún hoy paradigma del mejor Periodismo, que el Tribunal Supremo ha querido recrear en su histórica sede madrileña con una exposición evocadora de aquel suceso que estremeció la ciudad. En los actos conmemorativos, los boys scouts madrileños serán homenajeados por el cívico comportamiento de sus compañeros de entonces.


elpais.com
 




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