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VERMEER
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Continuando con las exposiciones de mis pintores favoritos, este trabajo recopilatorio está dedicado al pintor holandés Johannes Vermmeer o Jan Vermeer de Delft. (1632-1675), fue uno de los grandes maestros del realismo del siglo XVII, que fue olvidado por sus paisanos y fue redescubierto y valorado por los expertos a partir del siglo pasado.

Vermeer destacó especialmente, pintando retratos de escenas de interiores llenas de calma y serenidad, haciendo composiciones de una o dos figuras realizando alguna actividad rutinaria, como: leyendo, escribiendo, tocando un instrumento musical, etc.

Nació en octubre de 1632 en Delft, hijo de Raynier Janszoon, pintor oriundo de Amsterdam y comerciante en obras de arte; su madre se llamaba Dimpha Baltens.

La infancia del artista transcurrió en la hostería dirigida por el padre en la plaza del Mercado.

Entró en el gremio de pintores en 1653, en 1662 fue nombrado vicedecano del gremio y al año siguiente, decano. Destacó por sus retratos de escenas de interiores llenas de serenidad, compuestas con una claridad matemática e imbuidas de una luz fría y plateada, en los que una o dos figuras están leyendo, escribiendo, tocando un instrumento musical, o realizando alguna tarea doméstica.

Falleció en 1675, a la edad de cuarenta y tres años, totalmente arruinado, fue olvidado tras su muerte y no se le redescubrió hasta el Siglo XIX. A partir de entonces su reputación ha crecido de modo constante. Hoy se le considera uno de los más grandes pintores holandeses.

En sus 43 años de vida Johannes Vermeer, sin ninguna duda el máximo exponente de la pintura holandesa del siglo XVII y considerado uno de los más grandes artistas de todos los tiempos, no llegó a pintar más de 50 cuadros. Y de ellos, sólo han llegado a nuestros días 37. Vermeer trabajaba única y exclusivamente por encargo y no pintaba más de dos o tres obras al año, justo lo necesario para mantener a su mujer y a sus 11 hijos.

De las 38 obras atribuidas sin ningún género de dudas a Veermer, sólo 26 (conservadas en 15 colecciones distintas) pueden viajar. Lo que explica por qué en los últimos 100 años sólo se han realizado en el mundo ocho grandes exposiciones consagradas al maestro de Delft, de las cuales únicamente tres han logrado reunir más de cuatro cuadros del artista holandés: la que se realizó en 1996 en la National Gallery Art de Washington; la que tuvo lugar en la Galería Mauritshuis de La Haya; la que en 2001 realizó el Metropolitan de Nueva York y la que en 2003 le dedicó el Museo del Padro de Madrid. La última se está realizando en 2012 en Roma en el Museo de las Escuderías del Quirinal.

Espero que os guste la recopilación que he realizado del genio holandés Johannes Vermeer.






Algunas obras



 20el_arte_de_la_pintura_hacia_1666

Alegoría de la pintura, o El arte de la pintura o también conocido como El taller del artista. Es una famosa obra del pintor holandés Johannes Vermeer, quien hubo de pintarla hacia 1666. Está realizada al óleo sobre lienzo y mide 120 cm. de alto y 100 cm. de ancho, por lo que es la obra más grande dentro de la producción conocida de este artista. Se conserva en el Museo de Historia del Arte de Viena, Austria, donde ha estado expuesta desde que fue recibida por el gobierno austriaco en 1946. En neerlandés es conocido como De Schilderkunst o Allegorie op de schilderkunst. Este cuadro también es conocido con el título de El estudio del artista.

Muchos expertos de arte creen que la obra de arte es una alegoría de la pintura, de ahí el título alternativo de este cuadro. Es el más grande y complejo de los cuadros de Vermeer.

La pintura es famosa por ser una de las favoritas de Vermeer, y un buen ejemplo del estilo óptico de pintura. Creado en una época sin fotografía, ofrece una representación visual realista de la escena y es un buen ejemplo del estilo de la cámara oscura. Otros puntos fuertes de la obra son: el uso de colores brillantes y el impacto de la luz filtrándose por las ventanas sobre varios elementos de la pintura.

El cuadro 'El arte de la pintura' de Vermeer, se considera una pieza esencial en el catálogo de Vermeer porque el propio pintor no se separó de él ni lo vendió, ni siquiera cuando tuvo deudas. Incluso después de su muerte en 1676, su viuda Catharina lo legó a su madre, Maria Thins, en un intento de evitar su venta forzosa para satisfacer a los acreedores. El ejecutor de la herencia de Vermeer, el afamado microscopista de Delft, Anton van Leeuwenhoek, determinó que la transmisión de la obra a la suegra del pintor fue ilegal.

La pintura permaneció sin descubrir durante un siglo hasta su compra por 50 florines en 1813 por el conde austriaco, Johann Rudolf Czernin. Hasta 1860, la pintura pasó como obra de un archirrival contemporáneo de Vermeer, Pieter de Hooch. La firma de Pieter incluso se falsificó sobre la pintura. Sólo por la intervención del erudito francés experto en Vermeer, Thoré Bürger se reconoció como un original de Vermeer y de ahí comenzó su fama. El cuadro fue exhibido públicamente en Viena por la familia Czernin hasta la invasión de Austria por los nazis en 1939.

Después de la invasión nazi de Austria, altos oficiales nazis, incluido el Reichsmarschall Hermann Goering intentaron adquirir el cuadro. El conde Jaromir Czernin tenía previsto venderlo a otra persona, pero presionado por Adolf Hitler accedió a ofrecérselo por 2 millones de reichsmarks con destino al gran museo que Hitler pensaba erigir en Linz. Según alegan ahora los descendientes del conde, finalmente el precio pagado fue inferior ya que los alemanes amenazaron al propietario con enviarle a un campo de concentración. Algunas fuentes sitúan el precio en 1,65 millones, que fue pagado a través del agente Hans Posse el 20 de noviembre de 1940.

El cuadro fue rescatado de una mina de sal a finales de la Segunda Guerra Mundial en 1945, donde estaba protegido de los bombardeos aliados, con otras obras de arte. Los estadounidenses devolvieron la pintura al gobierno austriaco en 1946, puesto que se estimaba que la familia Czernin lo vendió voluntariamente, sin fuerza indebida por parte de Hitler. Pero en septiembre de 2009, los Czernin alegan que la venta fue forzosa, y reclaman una resolución justa del asunto. Según la página web del periódico español El Mundo, las autoridades austríacas estudiarán cómo actuar.

La pintura representa una escena íntima de un pintor pintando a un modelo femenino en su estudio, junto a una ventana, con el fondo de un gran mapa de los Países Bajos. La pintura tiene sólo dos personajes, el pintor y su modelo. Se cree que el pintor sería un autorretrato del artista, aunque no resulta visible su cara. Viste con lujo, lo mismo que hizo Rembrandt en El pintor en su estudio. La vestimenta lujosa subraya la idea de que el pintor no es un mero artesano sino ejecutor de un trabajo distinguido, como dijo Leonardo en su tratado:

«...el pintor está sentado delante de su obra y dirige ligero el pincel con colores bellos. Está vestido como más le gusta».

Una serie de objetos que se muestran en el estudio del artista se cree que están fuera de lugar. El suelo de mármol ajedrezado y el candelabro de oro son dos ejemplos de objetos que normalmente estarían reservados entonces para casas de las clases pudientes.

El mapa del fondo es de las Diecisiete Provincias Unidas de los Países Bajos, flanqueadas por vistas de los principales centros de poder. Fue publicado por Cleas Jansz Visscher en 1636.

Los expertos atribuyen simbolismo a varios aspectos de este cuadro. El tema es la Musa de la Historia, Clío. Esto se evidencia en que luce una corona de laurel, sostiene un cuerno (que representa la Fama, como encarnación de la celebridad), y lleva un libro (representando el conocimiento) según el libro del siglo XVI de Cesare Ripa sobre emblemas y personificaciones titulado Iconologia.

El águila de dos cabezas, símbolo de la dinastía austriaca de los Habsburgo y anteriores dirigentes de Holanda, que adorna el candelabro dorado central, puede haber representado la fe Católica. Vermeer era único al ser un católico en una Holanda predominantemente protestante. La ausencia de velas en el candelabro se supone que representaría la supresión de la fe católica.

La máscara que está sobre la mesa junto al artista se cree que sería una máscara mortuoria, representando la inefectividad de la monarquía habsburgo. Como corresponde a una alegoría, la luz natural se convierte en luz glorificadora, a través del recurso a la luz intensa que proviene de una ventana invisible, a la izquierda, y que cae directamente, sobre la modelo representando a la Musa.



 19jan_vermeer_van_delft_014

La lección de música. 1662-66. Óleo sobre lienzo. 73,5 x 64,1 cm. The Royal Collection Her Majesty Queen Elizabeth II

Gentilhombre y dama tocando la espineta, más conocido como La lección de música (en neerlandés, De muziekles), es una obra del pintor holandés Johannes Vermeer. Está realizado en óleo sobre lienzo. Se calcula que fue pintado hacia 1660. Pertenece a la Royal Collection de la Casa Real británica y se conserva en el Palacio de Buckingham, Londres (Reino Unido).

Se representa a una joven alumna recibiendo la lección de música a la que alude el título. Se ha calculado que fue pintado entre 1662 y 1665, aunque otras fuentes indican el año 1660.
La obra está firmada: IVMeer.

Es una obra representativa del autor: escena de interior, con pocos personajes, iluminada desde la izquierda, procurando representar con exactitud la perspectiva, como se ve en la mesa, la silla y la viola da gamba en el suelo.

En una habitación iluminada en pleno día, una mujer de espaldas, contra la pared del fondo, toca la espineta, mientras la escucha un hombre que se encuentra a su lado, en pie. En la tapa del instrumento puede leerse: «La música es compañera de la alegría y medicina para los dolores». Por encima de la mujer se ve un espejo, en la pared, que refleja su rostro.

La luz natural le penetra a través de la ventana de la parte izquierda del cuadro, incidiendo en las superficies pulidas, arrancando brillos a la seda de la alfombra o al cobre que se refleja sobre la jarra de porcelana blanca.

Vermeer transmite con su gran detallismo la calidad táctil de las distintas superficies: el mármol, la seda o el terciopelo.




 21la_joven_de_la_perla_hacia_1665_corresponde_al_momento_cumbre_de_su_pintura_la_mirada_es_la_gran_protagonista_y_se_complementa_con_un_gran_modelado_del_rostro

La joven de la perla, hacia 1665. Óleo sobre lienzo. 44,5 x 39 cm. Museo Mauritshuis. La Haya. Holanda Corresponde al momento cumbre de su pintura. La mirada es la gran protagonista y se complementa con un gran modelado del rostro, donde los labios son un segundo centro de atención.

La joven de la perla, también conocida como Muchacha con turbante, La Mona Lisa holandesa y La Mona Lisa del norte (en holandés Het meisje met de parel: La joven con la perla), es una de las obras maestras del pintor holandés Johannes Vermeer y, como el nombre implica, utiliza un pendiente de perla como punto focal. La pintura se encuentra en el Mauritshuis en La Haya.

Recientes escritos sobre Vermeer apuntan a que la imagen era un ‘tronie’, descripción que se hacía en Holanda en el siglo XVII a los retratos solo de ‘ cabeceo intenso ’, que no tenía intención de ser un retrato. Tras la mayor y más reciente restauración del cuadro en 1994, la sutil combinacón del color y la íntima mirada fija de la chica hacia el espectador se han realzado mucho.1 Tal realce se debe a un contraste entre un fondo muy oscuro y lo que se puede ver del cuerpo vestido de la muchacha; es decir, hay un tenebrismo que en este caso resulta casi caravaggiano, aunque sin las actitudes dramáticas del estilo, y se mantiene la típica y cristalina tranquilidad que caracteriza a la mayor parte de las obras de Vermeer de Delft.

Siguiendo los consejos de Victor de Stuer, quien durante años intentó prevenir que las raras obras de Vermeer se vendieran a grupos de extranjeros, A.A. des Tombe compró la obra en una subasta en La Haya en 1881 por sólo dos florines y treinta céntimos. En ese momento, su estado de conservación era muy malo. Des Tombe murió sin herederos y donó éste y otros cuadros al museo Mauritshuis en 1902.

En 1937, una obra muy similar, que en ese momento también se atribuía a Vermeer, fue donada por el coleccionista Andrew W. Mellon a la Galería Nacional de Arte de Washington, D.C.. Está ampliamente considerada hoy en día como falsa. El experto en Vermeer, Arthur Wheelock, alegó en un estudio de 1995 que este otro cuadro es obra del artista y falsificador del siglo XX Theo van Wijngaarden, un amigo de Han van Meegeren.



 27la_alcahueta

La alcahueta. se cree que Vermeer se autorretrató en la escena, sería el de la izquierda. 1656. Óleo sobre tela. 143 x 130 cm. Gemäldegalerie. Dresde. Alemania

La alcahueta, también En casa de la alcahueta (en neerlandés De koppelaarster) es una obra pictórica del pintor holandés Jan Vermeer del año 1656. Con esta obra Vermeer aborda la pintura de género, particularmente la denominada de burdel (Bordeeltje), una ya desarrollada por otros autores como el caravaggista Dirck van Baburen (con una obra del mismo nombre) y que pertenecía a la suegra de Vermeer, lo que influyó en su obra, pues es representado en otro cuadro suyo (Mujer sentada tocando la espineta, 1673). Este subgénero era muy apreciado en la sociedad holandesa de la época, pues servía de contraposición ante la creciente moral puritana de sus días.

En general, los Bordeeltjes derivan de una parábola bíblica, la del hijo pródigo que malgasta su fortuna en una vida licenciosa (Lucas 15:11-32). Como ocurre con muchos de estos cuadros, no son simplemente una representación ingenua de la realidad, sino la apelación a las normas y los valores modélicos promovidos en la sociedad contemporánea del pintor.

Descripción. Una mujer joven de rojizas mejillas, tal vez por causa del vino, abre su mano derecha para recibir las monedas que el hombre del sombrero de plumas se dispone a entregarle por sus servicios. El trabajo de encaje de bolillos sobre el tapiz que cubre la mesa hace suponer que la escena es casera, posiblemente una relación extramarital propiciada por la alcahueta vestida de negro que supervisa la acción.

En su obra Vermeer. La obra completa, Norbert Schneider indica que la figura masculina de negro junto a la alcahueta es «probablemente el único autorretrato de Vermeer».



 22la_encajera

La Encajera. 1669-70. Óleo sobre lienzo. 24 x 21 cm. Museo del Louvre. París. Francia. En La encajera, mejoró su nueva técnica de estilización. Representó la concentración en el trabajo cuidando el rostro y las manos y prescindiendo de detalles que desvíen la atención. Dalí, que tenía admiración por este cuadro, realizó una copia y una versión surrealista del mismo.

La obra está firmada IVMeer, ligeramente desvanecida. No se conoce con exactitud su fecha de composición, distintas fuentes señalan 1644, 1664 o 1669. Actualmente se calcula que debió pintarse hacia 1669 y 1670. Es, en cualquier caso, una obra de madurez del autor.

Es posible que su primer propietario fuera Pieter Claesz van Ruijven, de Delft, antes de 1674. Apareció en la venta Dissius de 1696 en Ámsterdam. La pintura pasó posteriormente a diversos propietarios de los Países Bajos. A pesar de su fama, en 1869 el museo Boymans de Rótterdam fracasó en su intento de adquirir La encajera. Por entonces formaba parte de la colección de Dirk Vis Blokhuyzen (1799-1869), quien al morir dejó su patrimonio de pinturas, dibujos y libros a la ciudad de Rótterdam, a cambio de que entregaran una cantidad de dinero a sus herederos. Sin embargo, no se pudo obtener ese dinero y fue subastada la colección en París en 1870; fue adquirida por el coleccionista Eugène Féral, quien lo vendió con un beneficio de casi 2.000 francos dos meses más tarde al Louvre. Fue el primer Vermeer adquirido por una colección pública francesa.

El soporte está ligeramente abierto. El lienzo se pegó a un panel de roble que mide 23,9 centímetros por 20,5 centímetros, lo que hace de esta obra la más pequeña de las que pintó Vermeer.

Es una obra típica del autor: retrata a un personaje ordinario en la intimidad de sus tareas cotidianas. Como en La lechera (h. 1658, Rijksmuseum, Amsterdam), es una de esas ojeadas a la aislada intimidad doméstica que tanto fascinaron al autor. Le gustaba observar los objetos cotidianos que lo rodeaban y pintar combinaciones diferentes de ellos. Vermeer muestra a sus figuras, recogidas en un momento íntimo, aisladas en un mundo ajeno al del espectador, envueltas en un resplandor claro y apacible, en silencio.

En este caso, se trata de una joven dedicada al encaje, encorvada sobre su trabajo. Su mirada se concentra en la labor y en el movimiento de las manos, que manipulan hábilmente bobinas, alfileres e hilo. El tema de la encajera es frecuente en la literatura y la pintura holandesas, como representación de las virtudes femeninas domésticas; así se ve, por ejemplo, en la obra de Caspar Netscher (La encajera, 1662, óleo sobre lienzo, en la col. Wallace, Londres) o Nicolaes Maes (Una mujer bordando, 1655, óleo sobre tabla, en la col. Harold Samuel, Londres). Esta representación de la virtud se refuerza en la obra a través del pequeño libro cubierto por tapicería sobre la mesa. Aunque el libro no tiene rasgos que lo identifiquen, casi con seguridad es un libro de oraciones o una pequeña Biblia.

La ambientación se reduce al mínimo: un cojín con hilos en el primer plano, la encajera en el segundo y un fondo monocolor.

La mujer no es la esposa de Vermeer, como en algún momento se ha sostenido; con toda seguridad será un miembro de la burguesía de Delft. No lleva ropas de trabajo. Vermeer sugiere la total concentración de la encajera en su trabajo a través de su postura forzada y el amarillo limón de su ropa, un color activo y psicológicamente intenso. Incluso su peinado representa en parte su estado físico y psíquico, pues está firmemente sujeto pero, al mismo tiempo, fluye en sus tirabuzones. Finalmente, los claros toques de luz que iluminan su frente y dedos enfatizan la precisión y claridad de visión que requiere este arte tan exigente del encaje. El cabello y las manos nacen de la luz que, a diferencia de la mayor parte de las obras de Vermeer, entra por la derecha, y no por la izquierda.

Este cuadro ilustra las inquietudes del autor por el estudio de la óptica. Está pintado con suaves modulaciones de luz y color. Vermeer utiliza en él un procedimiento usual: exageró lateralmente el primer plano, que muestra desenfocado, para dar mayor efecto de profundidad a la perspectiva. El genio del autor se muestra en la reproducción de las deformaciones naturales ópticas del ojo humano para crear profundidad de campo. El centro de atención es la figura femenina, quien recibe una iluminación lateral, seguramente a través de una ventana, y cuyo trabajo se describe con gran detalle y aguda mirada, en particular el fino hilo blanco estirado entre los dedos de la joven. Pero lejos de este foco visual las formas se hacen menos precisas y desenfocadas: en el primer término se encuentra la esquina de una mesa, sobre la cual está apoyado un cojín de recamar, usado para guardar los materiales de coser: del contenedor semiabierto fluyen hilos rojos y blancos, que se muestran casi como regatos abstractos de pintura. Sus formas líquidas salen en tropel sobre la igualmente sugerente tapicería que cubre la mesa; esta tapicería está pintada con pequeñas aplicaciones "puntillistas" de color puro, produciendo también un efecto de desenfoque. Hay un tercer plano: el fondo de color claro, sobre el que se recorta un tirabuzón claramente definido. De hecho, los hilos y el rizado tirabuzón contrastan con los hilos tensos de las bobinas, situando así la actividad de la encajera aislada de su entorno.

La ubicación central de la figura, junto al pequeño tamaño del cuadro, refuerzan la sensación de intimidad. No obstante, a pesar de esta sensación de proximidad con la encajera, realmente no se puede penetrar en su universo. La tapicería y la mesa se interponen entre el espectador y la encajera.

La concentración del modelo y el juego de los colores contra el gris claro del fondo hacen de esta una de las obras maestras de Vermeer. Fue especialmente valorado por los pintores impresionistas, cuyo objeto principal era la luz que nace del color. Así, Renoir consideraba que esta obra maestra era el cuadro más bello del mundo, junto con el Embarque para la isla de Citera, de Watteau. También van Gogh quedó fascinado por el color de esta pintura, y en una carta a Émile Bernard en 1888 destacó la belleza de su "arreglo amarillo limón, azul claro y gris perla."



 01jan_vermeer_van_delft_021

La lechera. 1660-1661. Óleo sobre lienzo. 45,5 x 41 cm. Rijksmuseum. Amsterdam. Holanda. Es uno de los cuadros más famosos de Johannes Vermeer. Como casi toda la obra de Vermeer, su datación solo puede ser aproximada.

En la esquina de una habitación, iluminada por una ventana que se encuentra a la izquierda del cuadro, un poco alta, se presenta la figura de una mujer, probablemente una criada, que está vertiendo leche de una jarra en un recipiente de barro que descansa sobre una mesa. En esa misma mesa, y en un primer plano, hay una cesta de mimbre, varios pedazos de pan y una jarra azulada. El resto de la habitación es bastante austera. La habitación casi desnuda apenas si alberga más decoración que un sencillo cesto colgado de una de las paredes. Destacan los sencillos dibujos de los azulejos del fondo de la escena.

Esta pintura consigue unir de un modo magistral dos conceptos que en principio parecen antagónicos: una sensación de monumentalidad y un gran sosiego. La criada se encuentra en su universo particular, en un interior casi desnudo, con la presencia de unos pocos objetos, sencillos. El gesto inmortalizado por Vermeer tiene algo de estatua antigua. Está de pie, bañada en luz. El pintor ha utilizado sus colores: el azul (realizado con un pigmento, el azul de ultramar, derivado del lapislázuli) y el amarillo, en sorprendente armonía. Los objetos de la mesa constituyen, como tantas veces en Vermeer, una auténtica naturaleza muerta, donde el pintor hace gala de su excelente técnica para la plasmación de lo sencillo, consiguiendo resultados vivos y limpios.



 16jan_vermeer_van_delft_019

Mujer con jarra de agua. 1664-1665. Óleo sobre lienzo. 45,7 x 40,6 cm. The Metropolitan Museum of Art. New York. USA. En Mujer con una jarra de agua, hacia 1662. Vermeer evolucionó su técnica hacia un modelado más sutil, evitando contrastes pronunciados y usando una iluminación tenue. El refinamiento es cada vez más complejo.

Obra típica de la madurez de Vermeer. Predominan los colores habituales en el artista: amarillo limón, azul, y el magenta. El cuadro presenta una serie de objetos característicos en la pintura del holandés: la silla, el mapa colgado de la pared, la mesa del primer plano. Las tonalidades obtenidas en ciertas partes del cuadro, como por ejemplo en el tocado, trabajado casi como si de una acuarela se tratara, hacen de esta obra un magnífico ejemplo de la sabiduría del genio holandés. Admirable es también el efecto de reflejo obtenido en la jarra que la sirvienta sostiene.



 28dama_en_amarillo_escribiendo

Dama en amarillo escribiendo, también conocida como Dama en amarillo escribiendo. Johannes Vermeer, 1665. Óleo sobre lienzo, 45 × 39,9 cm. Galería Nacional de Arte (Washington), Washington, DC, Estados Unidos

La dama está escribiendo una carta de amor con una pluma de ganso y ve interrumpida su labor, por lo que suavemente vuelve la cabeza para ver lo que está sucediendo. Se ven doce perlas (10 en el collar y dos en los pendientes), excelente recurso para el refinado juego estético en torno a los diversos grados de tonos presentes en el mantel.

Muchos de los objetos que se ven en la pintura, como el abrigo, el mantel sobre la mesa, y el collar de perlas, aparecen en otras obras de Vermeer. Esto ha llevado a especular sobre la propiedad de los objetos, atribuyéndoselos al autor y su casa e incluso que los personajes de las pinturas eran sus parientes. La modelo de esta obra podría ser su propia hija María.1 A menudo se ha sugerido que en su pintura, Vermeer buscaba conceder a sus modelos lo que podía ofrecer a su esposa y familia: la calma y prosperidad.

La obra fue donada a la Galería Nacional de Arte en Washington en 1962 por Harry Waldron Havemeyer y Horace Havemeyer. El museo posee también la obra de Vermeer La tasadora de perlas.



 12muchacha_leyendo_una_carta_hacia_1657_gem_ldegalerie_alte_meister_dresde

Muchacha leyendo una carta, hacia 1657. Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde.



 17mujer_leyendo_una_carta_vermeer

Mujer leyendo una carta, también Muchacha de azul leyendo una carta o Dama en Azul. Es una obra del pintor holandés Johannes Vermeer. Está realizada al óleo sobre lienzo. Fue pintada en 1663-1664. Mide 46,6 cm de alto y 39,1 cm de ancho. Se conserva en el Rijksmuseum de Ámsterdam, Países Bajos.

Como ocurre con La joven de la perla, la figura solitaria de una mujer permanece en pie, inmersa en sus pensamientos, esta vez en el centro de la composición. Lee una carta y parece completamente absorta en ello.

Esta pintura destaca por la simplicidad de la composición, que elimina la anteriormente obligatoria ventana de plomo a la izquierda. Incluso las sillas y la mesa que rodean a la principal y solitaria figura han perdido su importancia. Sólo el mapa sobre la pared rompe la uniformidad. La paleta de Vermeer se ha hecho muy delicada y sofisticada. Predomina el azul usada de manera amplia en la chaqueta de la mujer.

El primer plano de nuevo gana en énfasis según los preceptos derivados del telescopio invertido. Si no, el espectador se enfrenta solamente con la majestad pura de la figura principal, colocada contra la pared clara, cuya luminosidad está equibrada por el mapa pardusco. En su simplicidad clásica, grandeza y concepto casi abstracto, esta es una de las obras maestras de Vermeer.
Lectora en azul (1662-66)



 23jan_vermeer_van_delft_024

Dama al virginal. En Dama al virginal, hacia 1667–1669, hay una transición de estilo buscando una estilización. Abandonó las transiciones de color y empleó la yuxtaposición de colores. Se aprecia bien en el marco dorado de la pared.


 38mujer_sentada_ante_clavic_mbalo

Mujer sentada ante clavicémbalo. 1673-1675. Óleo sobre lienzo. The National Gallery. Londres



 25mujer_tocando_la_guitarra_hacia_1672_el_estilo_tard_o_se_extrema_algunos_detalles_son_tratados_esquem_ticamente_abandona_su_ideal_1402397547_569150

Mujer sentada tocando la espineta, también conocido como: Dama tocando el virginal de pie.es una famosa obra del pintor holandés Johannes Vermeer, hacia 1675. Óleo sobre lienzo, 51,5 x 45,5 cm. NNational Gallery. Londres. Se aprecia la decadencia de su fuerza creadora tanto en la composición, como en la luz y los detalles.

La obra está firmada IVMeer. Se trata de una de sus obras tardías.

Protagonista del cuadro es una joven mujer deliciosamente vestida, que toca una espineta decorada (a veces se habla de un clavicordio o de un virginal), sentada en el interior de una estancia: en línea con la elegancia de los vestidos de la joven, también lo que la rodea es ornamentado y rico, aunque la vista se limita a una sola esquina de la estancia.

En primer plano se ha puesto una viola da gamba; sobre la pared del fondo, un cuadro. El tema es parecido al de Dama parada cerca del clavicordio o espineta (1670-1673), con la mujer que se vuelve sonriendo al espectador, y manteniendo las manos posadas sobre el teclado del instrumento musical.

Como en otras obras tardías de Vermeer, se ha perdido la frescura, convirtiendo el sistema de distribución de los objetos en el espacio en un estereotipo. Aparece, además, un fondo con sombras de negro profundo. En este cuadro ya no es la luz la protagonista, cuando en sus obras anteriores el argumento del cuadro era, en realidad, «la penetración de la superficie de los objetos por la luz».



 28vermeer_girl_interrupted_at_her_music

La lección de música interrumpida. Johannes Vermeer. 1660-1661. Óleo sobre tela. 39,3 x 44,4 cm. Subastado por primera vez en Ámsterdam en 1810, ahora forma parte de la Colección Frick en Nueva York.

La pintura está en mal estado, lo que sin duda dificulta su estudio en profundidad. Queda de manifiesto en todo caso, la similitud y la estética aparentemente cercana con otras dos obras del mismo autor, Dama con dos caballeros (Muchacha con copa de vino) y Dama bebiendo con un caballero que tienen el mismo estilo y sistema de arquitectura.

Se representa una habitación señorial con una ventana, una mesa y un cuadro enmarcado, de uso también en los cuadros anteriores, así como la imagen falsa, en muchas otras obras de Vermeer.

En primer término hay una chica sentada leyendo una partitura musical, mientras que un caballero se acerca a ella. Hay que recordar que la música, a menudo el tema de las escenas domésticas pintadas por Vermeer, fue en el siglo XVII, alegoría y símbolo del cortejo.1 Este hecho se marca con el cuadro de la pared donde se ve un Cupido con un brazo levantado. Este modelo fue tomado de un libro popular en su momento (publicado en 1608) y simboliza la fidelidad de una pareja. Como tal, también está representado en el fondo de otro lienzo de Vermeer: Dama al virginal.



 30vermeer_the_concert

El concierto. 1665-66. Óleo sobre tela. 72,5 x 64,7 cm. Isabella Stewart Gardner Museum. Boston. USA



 29vermeer_el_astr_nomo_museo_del_louvre_1688

El astrónomo. Johannes Vermeer. 1668-1669. Óleo sobre lienzo. 51 x 45 cm. Museo del Louvre. París. Francia

Los retratos de científicos fueron un tema popular en el siglo XVII en la pintura en Holanda. El hombre representado parece ser el mismo que en El Geógrafo, obra similar pintada al mismo tiempo. Podría ser el científico Anton van Leeuwenhoek, un amigo del pintor residente en Delft.

La profesión del personaje es simbolizada por el globo terrestre (modelo de Jodocus Hondius) y el libro sobre la mesa, titulado Institutiones Astronomicae Geographicae (o Manual de Metius),1 abierto en el capítulo III, una sección en la que el astrónomo busca la inspiración de Dios. Por último, el cuadro en la pared evoca el descubrimiento de Moisés, representación del conocimiento y la ciencia.

Junto a En casa de la alcahueta, El geógrafo y El astrónomo son los únicos cuadros fechados por Vermeer.

Propiedad de Edouard de Rothschild, fue secuestrada en 1940 por los nazis tras la invasión de Francia por el ejército alemán. Una esvástica fue impresa en color negro sobre el fondo de la tabla. Fue devuelto a la familia al final de la guerra, quien la donó al estado francés como pago de impuestos, y finalmente expuesto en el Museo del Louvre desde 1982.


 13the_geographer

El geógrafo. 1668-69. Óleo sobre tela. 52 x 45,5 cm. Städelsches Kunstinstitut. Francfort. Alemania



 02jan_vermeer_van_delft_023

El oficial y muchacha riendo, también conocida como El soldado y la muchacha sonriendo, c.1658. Óleo sobre tabla 49,2x 44,4 cm. Colección Frick. Nueva York. EE. UU.

El tema de una chica alegre ante su pretendiente, que intenta seducirla con vino, ya popular en el arte neerlandés, fue utilizado por Vermeer como un estudio del espacio lleno de luz. La silueta oscura del oficial ayuda a la pintura, dándole una ilusión de profundidad, y contrasta con el juego de luz sobre la mujer y el mobiliario de la habitación.

La influencia de los interiores en cuadros del pintor Pieter de Hooch, establecido en Delft en 1653, es indiscutible en los interiores de cuadros de Vermeer como este.

El mapa de Holanda en la pared del fondo junto a las sillas, aparecen en otros cuadros de Vermeer. Este mapa, realizado en 1620 por Balthasar Florisz van Berckenrode y publicado al año siguiente por Willem Jansz Blaeu, muestra la leyenda latina “NOVA ET ACCVRATA TOTIVS HOLLANDIAE WESTFRISIAEQ(VE) TOPOGRAPHIA” que permite ubicar geográficamente la escena representada en Holanda y Frisia occidental. También permite situar cronológicamente la escena en torno a la guerra anglo-holandesa de 1652-1654.

Como signo de la sabiduría humanística, los entonces costosos mapas se muestran muy del gusto del autor. Este es uno de los cuadros señalados por los críticos en el debate sobre el uso de la cámara oscura por Vermeer.3 En 1891, el litógrafo estadounidense Joseph Pennell destacó la perspectiva fotográfica que se percibe en esta obra.



 11muchacha_dormida_o_joven_adormecida_1657

Muchacha dormida o Joven adormecida, 1657. Óleo sobre tela. 87,6 x 76,5 cm. The Metropolitan Museum of Art. New York. USA.

El tema podría indicar la decepción en el amor: la posición de la joven detrás de la mesa, con poca luz. En el lenguaje de los símbolos en boga en aquel momento,2 esta alegoría simboliza el amor desengañado: El amor requiere sinceridad.

Probablemente, en comparación con la tabla de Nicolaes Maes Moza durmiendo y criada, fue registrada en un catálogo de 1696 bajo el título de Una sierva borracha. La jarra, la copa de vino y el desorden de la habitación también sugieren el tema de la embriaguez.

Entre el amor y el sueño del alcohol, es difícil decidir: Vermeer juega principalmente con la sombra y la luz en un espacio cerrado para crear un ambiente donde toda interpretación es válida.



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La muchacha del collar de perlas (1662-66) Óleo sobre tela. 55 x 45 cm. Gemälde Galerie. Berlin. Alemania. La muchacha del collar de perlas. Es uno de los tres cuadros de mujeres pintados en su mejor momento. El amarillo y el blanco determinan la luz y el ambiente.

La pintura muestra a una mujer, tal vez embarazada, ante el espejo, poniéndose un collar de perlas. Ante ella hay una mesa cubierta con varios objetos de belleza, como una brocha para aplicarse polvos y una nota, tal vez como indicación de que se arregla para recibir a su amante.

La luz del día entra por la ventana y hace revivir los colores amarillos y brillantes de las perlas. En este cuadro, Vermeer vuelve a tratar el dilema entre la virtud y el vicio, en este caso el de la vanidad. Las perlas son símbolo de la vanidad, como indica una ilustración en Groot Schilderboek de Gerard de Lairesse, Ámsterdam, 1707.



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La tasadora de perlas o La mujer de la balanza. 1662-66. Óleo sobre tela. 42,5 x 38 cm. National Gallery of Art. Washington D.C.

Hasta hace poco, esta pintura era conocida como La pesadora de oro o Joven pesando perlas. Un análisis microscópico, sin embargo, ha revelado que los platillos de la balanza están vacíos. El brillo en los platillos no viene del amarillo estaño que se usa en otros lugares del lienzo para representar el oro. Vermeer representó perlas con una fina capa gris culminada con un brillo blanco. El brillo del platillo es de una sola capa. Además, no hay perlas sueltas sobre la tabla que indiquen la existencia de otras perlas esperando a ser pesadas.

Este análisis aparentemente trivial sobre qué es lo que se está pesando ilumina el significado de la obra, puesto que Mujer con balanza,1 como se la llama ahora, es abiertamente alegórica. La mujer está en pie entre una representación del Juicio Final que cuelga en un pesado marco negro, y una mesa con monedas y perlas irisadas, engarzadas y luminosas ante un paño de color azul oscuro;2 la joyería representaría las posesiones materiales. La balanza vacía subraya que está pesando algo espiritual más que material. El retrato de Vermeer no proporciona una sensación de tensión o conflicto, antes bien la mujer exuda serenidad. Su auto-conocimiento se refleja en el espejo de la pared, pues este objeto siempre ha simbolizado el conocimiento de uno mismo.1 Por lo tanto, la pintura sugiere la importancia de la moderación, de la conciencia de uno mismo, y una comprensión plena de las implicaciones de un juicio final.

Se convierte así en un bodegón de «vanidad», transmitiendo que la futilidad de este mundo es pura vanidad. Vermeer logra así trasponer los principios de la naturaleza muerta al cuadro de interiores y de género.

La composición se ha dibujado para centrar la atención en la pequeña y delicada balanza que sostiene la mujer. La modelo se ha identificado como Catharina Vermeer, esposa del pintor, encinta.

Los brazos de la mujer actúan como un marco, con el pequeño dedo de su mano derecha extendida para hacerse eco del mango horizontal de la balanza. El fondo del marco de la pintura está incluso alterado para proporcionar un nicho parcial para la balanza. El marco acaba más arriba enfrente de la mujer que detrás de ella. La compleja interrelación entre las verticales y las horizontales, los objetos y el espacio negativo, y la luz y sombra da como resultado una composición fuertemente equilibrada, y aun así activa. La luz penetra por la ventana e incide directamente sobre el rostro de la mujer, lo que contribuye también a darle un carácter atemporal a la pintura.1 Los platillos están equilibrados, pero dinámicamente asimétricos. Una limpieza en 1994 reveló que había un adorno de oro, previamente no detectado, en el marco negro que proporciona un enlace tonal con el amarillo de la cortina y el vestido de la mujer.

Vermeer ha dotado a Mujer con balanza de un contexto más abiertamente alegórico que sus otras escenas domésticas. Como tal, pierde algo de la interpretación subjetiva de un trabajo menor directo como La muchacha de azul leyendo una carta. No obstante, la magistral composición y ejecución de Vermeer producen una obra poderosa y conmovedora.



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Ama con laúd y Criada (The Loveletter) Johannes Vermeer - Rijksmuseum, Amsterdam


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Ama y criada, también conocida como Lady con su criada con una carta es una obra terminada en 1667-1668 por el pintor holandés Johannes Vermeer. Óleo sobre tela. 90,2 x 78,7 cm. The Frick Collection. Nueva York. USA


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Mujer joven sentada al virginal. Johannes Vermeer. 1670, óleo sobre lienzo, 25,5 × 20 cm. Colección Wynn en Las Vegas


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La mujer del laúd. 1664. Óleo sobre tela. 51,4 x 45,7 cm. The Metropolitan Museum of Art. New York. USA


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Muchacha con flauta. 1665- 1670. Óleo sobre tabla. 20 x 17,8 cm. The National Gallery of Art. Washington. USA


 41muchacha_con_velo_1402410975_122159

Muchacha con velo o Retrato de una mujer joven. 1667-1668. Óleo sobre lienzo. 44,5 x40 cm. Metropolitan Museum of Art. New York. USA


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Una dama que escribe una carta y su sirvienta, hacia 1670, pertenece también al periodo estilizado, combinó elementos habituales consiguiendo representar la serenidad con maestría


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Mujer tocando la guitarra. 1672. Óleo sobre tela. 53 x 46,3 cm. Fonds Iveahg. Kenwood. Londres. Inglaterra. El estilo tardío se extrema, algunos detalles son tratados esquemáticamente. Abandona su ideal de figuras inmóviles haciendo reír y moverse a esta mujer.


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Dama bebiendo con un caballero o La copa de vino. Jan Vermeer. 1658-1660. Óleo sobre lienzo, 66,3 × 76,5 cm. Staatliche Museen zu Berlin. Gemäldeglerie


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Dama con dos caballeros o Muchacha con copa de vino. Jan Vermeer. 1659-60, óleo sobre lienzo, 78 × 67,5 cm. Herzog Anton Ulrich-Museum en Braunschweig


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'Muchacha con sombrero rojo'. Obra de Johannes Vermeer. Pintado hacia 1666-1667. Óleo sobre tela, 23 x 18 cm. National Gallery of Art. Washington D.C.


 37vermeer_diana_en_haar_nimfen

Diana y sus compañeras o Diana y las ninfas. 1655-1656. Óleo sobre lienzo. 98,5 x 105 cm. Mauritshuis. La Haya. Holanda
     

 34alegor_a_de_la_fe

Alegoría de la Fe. 1671/74. Óleo sobre lienzo. 114 x 88 cm. Museo Metropolitano. Nueva York. EEUU


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Cristo en casa de Marta y María, hacia 1654-55 (Galería Nacional de Escocia, Edimburgo).


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Santa Práxedes. Johannes Vermeer, c. 1655. Óleo sobre tela. 101,6 x 82,6 cm. Colección privada, Moscú


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Vista de Delft, La ciudad de Vermeer. 1660-1661. Óleo sobre lienzo. 96,5 x 115,7 cm. Museo Mauritshuis. La Haya. Holanda.

Vista de Delft es uno de sus cuadros más admirados, hacia 1660-1661, (Mauritshuis, La Haya). Fue su segundo y último paisaje urbano y corresponde a una vista muy fiel. Seguramente se ayudó de una cámara oscura. La impresión de la luz está expresada con una inigualable maestría.


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La Callejuela (Het Straatje) es una pintura del artista holandés Johannes Vermeer, realizado entre 1657 y 1658 Óleo sobre lienzo, 54,3 × 44 cm. Se expone en el Rijksmuseum de Ámsterdam, y está firmado en la esquina inferior izquierda, bajo una ventana, con la firma "I V MEER". Este cuadro representa un pedazo de la vida cotidiana de los holandeses de la época, ocupados en sus quehaceres. Vermeer unió lo cotidiano y lo eterno, consiguiendo una intimidad entre el medio y el hombre. La paleta empleada por Vermeer es más clara que la que solían utilizar Jan Steen y Pieter de Hooch en escenas similares.

Como en tantas otras ocasiones, Vermeer ha realizado cambios en la composición final, eliminando por ejemplo una figura femenina que se situaba a la derecha de la entrada del callejón. La masa vegetal que se observa a la izquierda del cuadro presenta en la actualidad una tonalidad azulada, quizá por una mala reabsorción del amarillo original. Como curiosidad, este es uno de los tres lienzos en los que Vermeer pintó el cielo. Los otros dos son Vista de Delft y El Descanso de Diana.


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Posible autorretrato de Jan Vermeer, en un detalle de su obra «La alcahueta» de 1656. Veermmer sigue siendo un misterio y su biografía continua estando repleta de puntos oscuros. "No sabemos de quién fue alumno, tal vez de varios maestros. De lo que estamos seguros es de que no fue un autodidacta. Conocía las técnicas y utilizaba materiales de primer orden, cuya calidad ha permanecido inalterada en el tiempo", explica Sandrina Bandera.


Más info en:

http://es.wikipedia.org/wiki/Johannes_Vermeer

http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Cuadros_de_Johannes_Vermeer

http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/personajes/gal3661-1.htm



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Aquí estoy yo, en Julio 2007, posando frente al Rijksmuseum de Amsterdam, en esas fechas el museo estaba siendo sometido a una profunda rehabilitación que duró 10 años, hasta abrril de 2014 que fue reinagurado.



Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado este trabajo recopilatorio dedicadode al impresionante pintor holandés Jan Vermeer, su producción conocida no es muy numerosa, pues según los expertos han desaparecido muchas de sus obras, conservándose sólo 37, casi todas ellas geniales.


Fuentes y agradecimientos: pintura.aut.org, artcyclopedia.com, es.wikipedia.org, artehistoria.jcyl.es, elmundo.es, elpais.com, es.wahooart.com, claudipuchades.blogspot.com, sofiaoriginals.com, aloj.us.es y otras de Internet.
 




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Last edited by j.luis on Monday, 08 February 2016, 11:15; edited 12 times in total 
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Otro pintor desconocido para mi J.Luis, gracias por esta galería sin duda me quedo con el cuadro de "Alegoría de la pintura" que es el que mas me gustó.

Un Saludo.
 




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Gracias xerbar, este pintor holandés quizá no sea muy conocido para la mayoría, pero es un referente en la pintura, sus cuadros son muy cotizados, muy escasos los que se conservan.


A mí me gustan especialmente:

Alegoría de la pintura
La lección de música
Dama tocando el virginal de pie
Dama burguesa leyendo una carta
y la lechera...


 

Saludos.
 




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Last edited by j.luis on Tuesday, 10 June 2014, 10:32; edited 1 time in total 
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Post Respuesta: VERMEER 
 
Como ya dije en el concurso, adoro a Vermeer. Le descubri en Viena, hace más de una década. Entré en una sala vacia del kundischestoiche (nosecomoseescribe). Alli estaba “El taller del pintor, o la alegoria de la pintura” Tuve que sentarme pues noté que todo me daba vueltas... Delante de la tablilla detuve un buen rato mi caminar viajero para sentir su magia.

Y comencé a buscarle por el mundo. No se le conocen  más de cuarenta y pocas obras, asi que es fácil “poseerlas”.

Me alucinan sus claroscuros, la cálida  paleta de sus escenas costumbristas  y la dulzura de su trazo.

Ultimamente se está poniendo de moda por la pelicula “La joven de la perla”, de bella fotografia
 



 
Rosadeldesierto Send private message
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Post Respuesta: VERMEER 
 
Rosadeldesierto, me alegro que te guste tanto Vermeer, yo sólo conocía de él 10 o 12 obras... entre ellas la recordaba haber visto "La encajera" que tú pusiste en el foro... también en su día he visto en libros e Internet algunas obras que me llamaron mucho la atención, como el famoso "Taller del pintor o alegoría de la pintura", también me gustan mucho: "La alcahueta", "La lección de música" y las mencionadas en mi respuesta anterior.



Pues nada Rosadeldesierto, como gran admiradora que veo que eres de este pintor te dedico el trabajo recopilatorio que he realizado... va por ti.




 

Saludos.
 




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Last edited by j.luis on Tuesday, 10 June 2014, 10:29; edited 1 time in total 
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Post Re: VERMEER 
 


Se me olvidó comentar en su día... en el Verano de 2007 en el Rijkmuseum de Amsterdam, además de ver algunas obras de Rembrandt, Brueghel el Viejo, van Leyden, Frans Hals, Rubens y Fra Angélico, entre otros grandes maestros, también pude admirar en vivo y en directo varias obras de Vermeer, y la verdad es que me cautivó.



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Hoy en la prensa ha salido esta curiosa historia:


Una familia judía reclama un cuadro de Vermeer comprado por Hitler

La obra 'El arte de la pintura', expuesta en Viena, fue vendida a la fuerza en 1940




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El arte de la pintura, una obra del artista holandés Johannes Vermeer (hacia 1665) y vendida a la fuerza al dictador Adolf Hitler en 1940, ha sido reclamada por los descendientes de su propieario legítimo, Jaromir Czernin. Según el diario Der Standard, la obra de 130 por 110 centímetros, considerada como una de las más logradas de Vermeer y expuesta en el Museo de Historia del Arte de Viena desde 1946, era codiciada por Hitler desde 1935, dos años después de subir al poder.

Andreas Theiss, el abogado encargado por la familia para la restitución del cuadro, explicó al rotativo que Czernin no tuvo otra opción que vender el cuadro, dado que su esposa estaba estigmatizada por la ley nazi de pureza de la raza por tener sangre judía.

Agregó que los intentos de la familia Czernin por recuperar la obra después de la Segunda Guerra Mundial fracasaron, pero que ahora confía en que el Estado austríaco reconsiderará la decisión y restituirá a los descendientes de Czermin el cuadro sin necesidad de tomar otras medidas legales.

De las 37 obras que se atribuyen a Vermeer (1632-1675), El arte de la pintura es la de mayor tamaño y se considera como el legado del artista a la posteridad. Su obra más conocida es La joven de la perla, pintada hacia 1665. Dado el escaso número de sus pinturas, no existe prácticamente un mercado. El último cuadro vendido del artista holandés fue Dama al virginal (25,2 por 20 centímetros) en julio de 2004 por la casa de subastas Sotheby por 42 millones de dólares.


EL MUNDO
 




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Last edited by j.luis on Tuesday, 10 June 2014, 10:27; edited 1 time in total 
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Post Re: VERMEER 
 
Con motivo del 400 aniversario de la ciudad


'La lechera' de Vermeer regresa a Nueva York



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La pintura 'La lechera', una de las obras maestras del pintor holandés Johannes Vermeer (1632-1675), regresó después de 70 años a Nueva York para celebrar el descubrimiento por los holandeses de la ciudad con una exposición en el Metropolitan que se inaugurará el jueves.

"'La lechera' es la pintura más admirada por los holandeses", explicó el comisario de la exposición, Walter Liedtke, en la presentación ante la prensa de la tela.

La obra, en la que se muestra una sirvienta al lado de una ventana de una cocina vertiendo leche en un cuenco, supone la última pintura de la primera etapa artística del autor antes de llegar a su madurez pictórica, y recoge los elementos característicos del estilo de Vermeer —con el juego de luces y sombras, la perspectiva lineal y el realismo— que lo consagrarían en la que fue la época dorada de la pintura holandesa. "Es una obra que el espectador moderno la puede ver como una fotografía", explicó Liedtke.

'La lechera' es la pintura principal de la nueva exposición en la que, aparte de otras cinco obras de Vermeer, también se muestran los trabajos realizados por siete artistas holandeses, como Pieter de Hooch o Gabriel Metsu, y protagonizados la mayoría por criadas que, en esa época, eran vistas como un símbolo amoroso.

Es el caso, por ejemplo, del grabado 'El arquero y la lechera' (1610), y en el que el autor Jacques de Gheyn muestra a una mujer junto con su amante, un arquero inspirado en la figura de Cupido, quien apunta su flecha hacia el espectador.

La exposición, que se podrá ver hasta el 29 de noviembre, conmemora el 400 aniversario del descubrimiento por parte de los holandeses de Nueva York, a través del barco capitaneado por el británico Henry Hudson. Un aniversario que hizo viajar a la preciada 'La lechera' de Vermeer desde el museo Rijksmuseum de Amsterdam.

La anterior vez que la obra estuvo en Nueva York fue en 1939, con motivo de la exposición universal que organizó la ciudad.


EL MUNDO
 




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Last edited by j.luis on Tuesday, 10 June 2014, 10:17; edited 1 time in total 
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Post Re: VERMEER 
 
Magnifica recopilación de uno de mis pintores favoritos. Domina la tecnica de las ventanas y la luz sobre las imagenes como nadie. Exquisito trabajo.
 




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Post Re: VERMEER 
 
En el laberinto formidable del Metropolitan, un pequeño cuadro de cuarenta centímetros de lado borra todo lo demás


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La lechera (1657-1658), de Vermeer, se exhibe en el Metropolitan.
 
En un cuadro de Vermeer hay sólo una o dos figuras y unas pocas cosas en una habitación y sin embargo no se termina de ver nunca. La luz que entra por una ventana situada a la izquierda viene filtrada por gruesos cristales y es casi siempre una luz de invierno o de patio, que roza delicadamente las caras, los tejidos, los objetos, y favorece sombras suaves, como halos de presencias fantasmas. No sucede nada o casi nada en apariencia y hay algo escondido que está sucediendo siempre, delante de los ojos que miran, que descubren más cosas cuanto más atentamente recorren el cuadro, mientras la conciencia deja en suspenso los propios pensamientos y la agitación de alrededor y poco a poco se queda apaciguada en una quietud muy semejante a la que representa la pintura. El cuadro, como una música, sucede en el tiempo. El silencio de la habitación interior se traspasa a la sala del museo. La luz nublada atraviesa la ventana con la monotonía de una mañana de invierno, reflejándose en una pared de yeso desnuda, pero uno de los cristales está roto, y en consecuencia un pequeño tramo del marco está más vivamente iluminado. Pero no es luz lo que fluye, aunque lo parezca: es una diminuta pincelada rosa, y haberla advertido es una satisfacción tan íntima como la de fijarse en el clavo de la pared y después en el agujero de un clavo arrancado. Al fin y al cabo, esta pared no es la de uno de esos gabinetes en los que las damas de Vermeer leen cartas o permanecen pensativas o escuchan una música o el relato de un viajero, sino la de una cocina, una cocina más bien destartalada en la que debe de hacer frío, y en la que una sirvienta de brazos fuertes y enrojecidos por el agua helada de los fregaderos está vertiendo poco a poco la leche de una jarra en un cuenco, sobre una mesa en la que hay un cesto de mimbre y panes de corteza rubia y crujiente, y una jarra de cerámica azul marino que probablemente contiene cerveza.

En el laberinto formidable del Metropolitan, un pequeño cuadro de cuarenta centímetros de lado borra esta mañana de septiembre todo lo demás: tesoros de milenios, templos egipcios enteros, ríos de turistas, hectáreas de pintura alegórica. Delante de esta mujer de Vermeer que mira ensimismada cómo el hilo de leche se desborda de la jarra y cae lentamente en el cuenco uno sabe que toda urgencia ha desaparecido, que al menos hoy no va a sentir la impaciencia de ver o hacer más cosas. Desde lejos deslumbra por encima de todo un azul que ninguna reproducción puede trasmitir fielmente, con una vibración de mineral y de ascua, hecho con lapislázuli molido. El blanco de la leche deslizándose sobre el pico rojizo de la jarra es el mismo que el del tocado sobre la cabeza de la criada, que tiene una textura tan áspera como su ropa de trabajo invernal, y está disuelto en los grises de la pared y en los cristales de la ventana. Incluso en una escala tan pequeña, la figura humana y las cosas humildes que la rodean tienen una cualidad escultórica, el misterio de una liturgia, la dignidad de un trabajo manual que se hace en la parte menos noble de la casa y sin embargo requiere destreza y concentración absolutas. La cocinera está probablemente preparando una especie de pudding; en el cuenco hay ya huevos batidos, y después de añadir la cantidad adecuada de leche y tal vez la cerveza de la jarra azul se pondrán en remojo los trozos de pan, y el cuenco, con una tapadera también de barro, se dejará en el horno durante varias horas. La caja que hay en el suelo es un brasero de pies: fijándose más se ve un recipiente de barro en el que hay unas ascuas, lo cual refuerza la sensación del invierno, de un frío acentuado por la humedad que oscurece la pared debajo de la ventana. Un cesto de mimbre cuelga de la pared, muy alto, porque se guardarán en él alimentos fuera del alcance de los ratones; junto a él, una vasija de cobre refleja la luz con un brillo metálico y proyecta una sombra débil sobre la superficie no muy limpia del yeso. Ajena a todo y ensimismada en su tarea, la cocinera tiene una expresión casi risueña, de labios entreabiertos y ojos entornados, complacida en lo que ven sus ojos y lo que tocan sus manos, el asa de barro cocido que sostiene la derecha y la panza que se apoya en la palma abierta de la izquierda.

El éxtasis de la mirada sobre las cosas concretas tiene una parte de misticismo y de poesía y otra de adelanto científico. Es probable que Vermeer conociera la invención enigmática de la cámara oscura, que permitía proyectar las imágenes de la realidad sobre un plano luminoso, ofreciendo un grado alucinante de detallismo. Pero sus habitaciones, pobladas de objetos tangibles que se repiten de unos cuadros a otros, son espacios ideales y no lugares cotidianos, y las damas elegantes que aparecen en ellas no tienen nada que ver con la vida del propio Vermeer, un artesano de éxito moderado que cayó en la ruina un poco antes de morir, a la edad temprana de 43 años. En las casas de la pintura de Vermeer intuimos un recogimiento entre contemplativo y sensual, habitado por voces que cuentan cosas en voz baja, por ecos de pasos sobre tarimas muy pulidas y tal vez ráfagas de música que vienen tras una puerta entornada, mezclándose con un tintineo sutil de copas de cristal. Pero la casa en la que él vivía y pintaba era de dimensiones mucho más mezquinas, y aunque cerrara la puerta de su taller no dejaría de escuchar el estrépito de sus 11 hijos, las voces de su mujer, que pasó embarazada la mayor parte de su vida adulta, el trajín de las criadas.

En la misma calle, en una casa cercana, alguien más se dedicaba al extraño oficio de mirar las cosas habituales como nadie las había mirado nunca antes. A unos pasos de Vermeer vivía Antonie van Leeuwenhoek, fabricante de microscopios y quizás también de cámaras oscuras, a quien se deben algunas de las primeras descripciones detalladas de los seres invisibles que pululan en una gota de agua o de saliva, en los restos de comida que quedan entre los dientes. Vermeer observa una corteza de pan o la superficie de la pared de una cocina y está viendo y mostrándonos mundos tan asombrosos como los que había descubierto Galileo cincuenta años atrás al mirar por su telescopio. Quizás Van Leeuwenhoek, que tenía una edad parecida a la suya y fue su albacea testamentario, le hizo observar las cosas ínfimas agigantadas por la lente del microscopio. No había nada que mirado atentamente no fuera memorable. Pintar era una tarea tan material, tan sagrada, como verter leche en un cuenco y preparar un alimento sabroso. Pintar era apresar ese instante fugitivo que parece inmóvil y sigue sucediendo todavía.


Vermeer's Masterpiece The Milkmaid. Hasta el 29 de noviembre. Metropolitan Museum de Nueva York. www.metmuseum.org/



Es un artículo interesante "Ver lo visible" sobre un cuadro de Vermeer de Antonio Muñox Molina, publicado el 26 de septiembre de 2009 en EL PAÍS
 




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Post Re: VERMEER 
 
Lástima que VERMEER pintó solamente unas cincuenta obras. Si hubiese vivido más años estaríamos disfrutando bastantes más. Todas sus obras son maravillosas. He disfrutado tanto el relato del cuadro de LA LECHERA, por la cantidad de detalles que ha ido describiendo el imaginativo articulista, que he gustado como nunca esta famosa pintura. A tí, José Luis, gracias. Saludos
 



 
matias Send private message
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Post Re: VERMEER 
 
¿'Auf Wiedersehen', Vermeer?


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Un detalle de la 'Alegoría de la pintura' de Vermeer. El Kunsthistorisches de Viena homenajea a un lienzo del holandés que fue propiedad de Hitler. ¿Una despedida?


Un único cuadro, 'Alegoría de la pintura', de Johannes Vermeer (1632-1675) conforma la exposición con la que el Kunsthistorisches Museum de Viena parece querer rendir un definitivo tributo al inquietante genio holandés. ¿Se trata de un adiós al lienzo?

La obra de 130 X 110 centímetros, no es sólo la joya holandesa que completa los fantásticos fondos de la pinacoteca vienesa; también es la única obra que el museo posee de Vermeer. No es tan poco. El maestro de Delft dejó sólo 37 lienzos.

Ahora, la 'Alegoría de la pintura', también llamada 'Taller del artista'. podría estar preparándose para un cambio de domicilio. La obra ha sido reclamada por una familia austriaca con ramificaciones judías, los Czernin. Y la muestra del 'Kunst' huele a que sus antiguos propietarios tienen ganado el pleito.

La trayectoria del lienzo ha sido complicada desde que salió del taller del pintor en 1675. El Conde Rodolfo Czernin lo compró en 1804 al hijo de Swieten, un médico de origen holandés que trabajaba para la emperatriz Maria Teresa. Desde entonces, la 'Alegoría' decoró las paredes del salón del palacete de los Czernin en el centro de Viena.

Hasta que llegó Hitler. El Führer, pintor frustrado, se encaprichó con el cuadro y lo compró por 1,6 millones de marcos alemanes. Una venta que fue forzosa, dicen hoy los herederos. A cambio de aceptar una venta que no deseaban (a precio de amigo), la familia evitó los campos de concentración. La segunda mujer de Jaromir Czernin, Alix May, era judía. Hoy, sus descendientes siguen viviendo en Viena y no sueltan prenda sobre sus intenciones.

Pintada hacia 1664, la 'Alegoría' lleva expuesta al público desde 1946, cuando fue transferida por las tropas norteamericanas al museo de Viena. Desde entonces, la luz del interior del taller del pintor de Delft empezó a viajar por medio mundo. Tras una laboriosa restauración a finales de los años noventa, hizo escala en Madrid en 2003. Dos años mas tarde a Japón apesar de las advertencias de deterioro que hicieron los expertos.

Desde 2008, el lienzo tiene prohibida la salida del museo por razones de 'salud'. Pero el 2010 será un año crucial para el cuadro ya que el Estado austriaco determinará definitivamente, siguiendo siempre los veredictos de una comisión de expertos, si se devuelve o no el lienzo a los Czernin.

La muestra resalta cada uno de los legendarios objetos que conforman el cuadro: el mapa de los Paises Bajos con sus 17 provincias en la pared, la lámpara con el águila bicéfala, la cortina que convierte al espectador en un 'voyeur', la joven musa con su corona de laurel azul... Cada pieza merece un estudio individual. Microscópicos aumentos de la textura de la pintura utilizada , intentan dar respuesta a los enigmas que rodean la técnica pictórica del artista.


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'Alegoría de la pintura', de Vermeer


EL MUNDO / Ciudad de la Pintura
 




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Los actos de hoy, marcarán nuestra era, sino...

¿Qué dejaremos para el que venga mañana?

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El 'vermeer' favorito de Hitler, a juicio


Su propietario tuvo que vender la obra al Führer para proteger a su esposa, de origen judío

La familia reclama ahora el cuadro, que se expone en Viena



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El arte de la pintura, de Johannes Vermeer. "Fue el precio que hubo que pagar para sobrevivir", dice el abogado El valor de mercado del lienzo se calcula entre los 150 y los 400 millones

"Quiero ese vermeer", anunció Adolf Hitler en 1935, dos años después de llegar al poder en Alemania. Lo que ansiaba el Führer era El arte de la pintura, de Johannes Vermeer, pero hasta 1940 no consiguió comprárselo al conde Jaromir Czernin de Chudenitz y Morzin. Pagó 1,65 millones de marcos alemanes, cifra inferior al precio que hubiera alcanzado en el mercado y a los dos millones de marcos que quería el conde. Ahora, el cuadro es objeto de una demanda de restitución de sus ex propietarios, la antigua familia aristócrata bohemia-austriaca de los Czernin, contra el museo de Historia del Arte, en Viena, su dueño desde 1946.

Hitler quería que la obra (pintada entre 1666 y 1668) fuera una de las joyas del museo que planeaba levantar en la ciudad austriaca de Linz. Y Czernin, su dueño, creyó que vendiéndosela al dictador nazi ponía a su segunda esposa, Alix-May, y a su familia de sangre judía, a salvo de la ley de pureza de la raza del Tercer Reich.

El temor de Czernin no era infundado. Antes de que la Alemania nazi se anexionara a la vecina Austria en 1938, el régimen había expropiado al conde sus bienes fuera del territorio austriaco y su mujer había tenido que abandonar la población alemana de Stein en Nuremberg, donde vívía y en cuya residencia aparecieron pintadas amenazantes.

La "venta fue el precio para sobrevivir", afirma el abogado de los descendientes del conde, Andreas Theiss, quien recuerda que gracias a la transacción Alix-May no fue enviada a un campo de concentración, pero tuvo que portar, como cualquier otro judío, la estrella de David. Su marido fue expropiado, sufrió la cárcel de la temida policía secreta oficial de la Gestapo y cayó en la pobreza. Alexander Czernin, primogénito del conde, recuerda que cuando su padre le leyó la carta que confirmaba la venta de aquella obra exclamó: "Ahora estamos a salvo".

El precio que esta obra, una de las 37 que se conocen de Vermeer, podría alcanzar en el mercado oscila entre los 150 y los 400 millones de euros. Eso, claro, si la comisión de expertos independientes que se encarga del caso exige que se devuelva a sus antiguos propietarios. El veredicto se espera de junio a diciembre de este año.

Por si acaso, el museo en el que todavía está la obra le dedica, hasta el 25 de abril, una exposición monográfica, Vermeer, el arte de pintar. Quizá la última en la que esta pieza, la más grande (130 - 110 centímetros) del pintor holandés se exponga públicamente.

En 2006, la pinacoteca estatal del palacio de Belvedere ya se vio obligada a devolver dos retratos de Adele Bloch-Bauer, de Gustave Klimt, que habían sido robados por los nazis. Aquélla fue la primera vez en que un tribunal de apelaciones de EE UU exigió a un Gobierno extranjero actuar en un asunto ligado al Holocausto. "La situación es diferente", subraya el museo, porque el vermeer "fue vendido".

El lienzo, hallado por las tropas aliadas estadounidenses en una mina de sal en Altaussee (Austria) y entregado a las autoridades austriacas, es una de las piezas más valiosas de la pinacoteca vienesa. Vermeer desarrolló una técnica distinta para cada uno de los motivos que muestra: el cortinaje, la pared, la araña de latón o el mapa de los Países Bajos orientado hacia el oeste. La obra, además, está llena de mensajes y da la sensación de que se observa un momento en el trabajo de un pintor que aparece de espaldas retratando a Clío, musa de la historia en la mitología griega. Dos detalles refuerzan esta tesis: un libro en una mano y una trompeta en la otra, que se interpreta como símbolo de llamada a la batalla.

Las diferentes consistencias de los colores, unos de textura pastosa y otros, aguada, y las tres capas de pintura que emplea a veces en el lienzo han contribuido al deterioro de esta obra, que colgaba en el taller del artista. Que, por cierto, nunca quiso desprenderse de ella y de la que se cree que tenía como fin ser una tarjeta de presentación del buen hacer de Vermeer.

La exposición Vermeer, el arte de pintar presenta objetos de la época similares a los que aparecen en el cuadro y, por primera vez, el testamento original de Vermeer. La exposición es amplia y profunda y muestra la técnica de la llamada cámara oscura, que ya era utilizada por los pintores coetáneos y que se desconoce si él llegó realmente a usar. Completan la muestra otros documentos históricos como una reproducción del mapa de las 17 provincias de los Países Bajos y sus 20 ciudades antes de la paz con España en 1609.


EL PAÍS
 




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Exposición de Vermeer en las escuderías del Quirinal (Roma)


La prosperidad de la burguesía holandesa del S.XVII llega a Roma con Vermeer



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'Santa Práxedes' de Johannes Vermeer. | AFP

En sus 43 años de vida Johannes Vermeer, sin ninguna duda el máximo exponente de la pintura holandesa del siglo XVII y considerado uno de los más grandes artistas de todos los tiempos, no llegó a pintar más de 50 cuadros. Y de ellos, sólo han llegado a nuestros días 37. Vermeer trabajaba única y exclusivamente por encargo y no pintaba más de dos o tres obras al año, justo lo necesario para mantener a su mujer y a sus 11 hijos.

De las 37 obras atribuidas sin ningún género de dudas a Veermer, sólo 26 (conservadas en 15 colecciones distintas) pueden viajar. Lo que explica por qué en los últimos 100 años sólo se han realizado en el mundo ocho grandes exposiciones consagradas al maestro de Delft, de las cuales únicamente tres han logrado reunir más de cuatro cuadros del artista holandés: la que se realizó en 1996 en la National Gallery Art de Washington; la que tuvo lugar en la Galería Mauritshuis de La Haya; la que en 2001 realizó el Metropolitan de Nueva York y la que en 2003 le dedicó el Museo del Padro de Madrid.


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'Muchacha con sombrero rojo. Obra de Johannes Vermeer. Pintado hacia 1666-1667. Óleo sobre tela, 23 x 18 cm. National Gallery of Art. Washington D.C.

Todo esto para destacar la importancia de la exposición que desde hoy, y hasta el próximo 20 de enero, el Museo de las Escuderías del Quirinale dedica a Vermeer, y que reúne nada menos que ocho de sus trabajos. Un pequeño milagro, sobre todo si se tiene en cuenta que ninguna de las obras del artista holandés se encuentra en colecciones italianas.


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'Alegoría de la fe', de Johannes Vermeer.


Tres años para montar la exposición

Los ocho cuadros vienen de fuera y han sido necesarios tres largos años para montar esta exposición, que lleva por título "Vermeer, el siglo de oro de la pintura holandesa". En la muestra las ocho obras del maestro de Delft se confrontan con 50 cuadros de otros artistas contemporáneos suyos, iconos también ellos de la pintura flamenca como Carel Fabritius, Gerrad Dou o Nicolaes Maes.


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Un visitante contempla un detalle de 'Mujer con laúd', de Vermeer.

Es verdad que entre los cuadros de Vermeer que se exhiben en Roma no está el archi-célebre "La muchacha con el pendiente de perla", la obra que inspiró a la escritora Tracy Chevalier el libro del mismo título y que fue posteriormente llevada al cine, lanzando al estrellato a Scarlet Johansson. Pero, a cambio, está "La muchacha con el sombrero rojo" (1665/1667), "Dama sentada el virginal" (una especie de clavicornio), "Joven mujer en pie ante un virginal" (1670/1673) "Mujer con Laúd" (1662/1663), "Alegoría de la fe" (1670/1674), "Callejuela de Delft" (1658) y "Santa Práxedes" (1655). La exposición también incluye "Joven mujer con una copa de vino" (1659-1660), pero este cuadro sólo llegará a Roma a partir del 4 de octubre.


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Una mujer contempla la obra de Vermeer 'Joven sentada al virginal'.

Todos los cuadros de Veermer que ahora se exponen en Roma, como la inmensa mayoría de sus obras, revelan momentos íntimos de la vida cotidiana de la burguesía holandesa o vistas silenciosas de la ciudad de Delft. A diferencia de lo que ocurría en el siglo XVII con la pintura italiana, caracterizada por sus grandes dimensiones y su monumentalidad y realizada por encargo de nobles y altos cargos de la Iglesia, en Holanda los que coleccionaban arte eran los panaderos y los zapateros. "El dinero circulaba en abundancia, y el arte se consideraba una buena inversión", señala Sandrina Bandera, una de las comisarias de la muestra.


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Otra obra del maestro de Delf con el mismo tema 'Joven sentada al virginal'.

Pero Veermmer sigue siendo un misterio y su biografía continua estando repleta de puntos oscuros. "No sabemos de quién fue alumno, tal vez de varios maestros. De lo que estamos seguros es de que no fue un autodidacta. Conocía las técnicas y utilizaba materiales de primer orden, cuya calidad ha permanecido inalterada en el tiempo", explica Sandrina Bandera.


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Dos visitantes contemplan 'La callejuela' de Vermeer en las Escuderías del Quirinal. | AFP


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La Callejuela (Het Straatje) es una pintura del artista holandés Johannes Vermeer, realizado entre 1657 y 1658 Óleo sobre lienzo, 54,3 × 44 cm. Se expone en el Rijksmuseum de Ámsterdam, y está firmado en la esquina inferior izquierda, bajo una ventana, con la firma "I V MEER". Este cuadro representa un pedazo de la vida cotidiana de los holandeses de la época, ocupados en sus quehaceres. Vermeer unió lo cotidiano y lo eterno, consiguiendo una intimidad entre el medio y el hombre. La paleta empleada por Vermeer es más clara que la que solían utilizar Jan Steen y Pieter de Hooch en escenas similares.

Como en tantas otras ocasiones, Vermeer ha realizado cambios en la composición final, eliminando por ejemplo una figura femenina que se situaba a la derecha de la entrada del callejón. La masa vegetal que se observa a la izquierda del cuadro presenta en la actualidad una tonalidad azulada, quizá por una mala reabsorción del amarillo original. Como curiosidad, este es uno de los tres lienzos en los que Vermeer pintó el cielo. Los otros dos son Vista de Delft y El Descanso de Diana.



elmundo.es
 




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Exposición de Vermeer en las Escuderías del Quirinal (Roma)


La prosperidad de la burguesía holandesa del S.XVII llega a Roma con Vermeer



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'Santa Práxedes' de Johannes Vermeer. | AFP

En sus 43 años de vida Johannes Vermeer, sin ninguna duda el máximo exponente de la pintura holandesa del siglo XVII y considerado uno de los más grandes artistas de todos los tiempos, no llegó a pintar más de 50 cuadros. Y de ellos, sólo han llegado a nuestros días 37. Vermeer trabajaba única y exclusivamente por encargo y no pintaba más de dos o tres obras al año, justo lo necesario para mantener a su mujer y a sus 11 hijos.

De las 37 obras atribuidas sin ningún género de dudas a Veermer, sólo 26 (conservadas en 15 colecciones distintas) pueden viajar. Lo que explica por qué en los últimos 100 años sólo se han realizado en el mundo ocho grandes exposiciones consagradas al maestro de Delft, de las cuales únicamente tres han logrado reunir más de cuatro cuadros del artista holandés: la que se realizó en 1996 en la National Gallery Art de Washington; la que tuvo lugar en la Galería Mauritshuis de La Haya; la que en 2001 realizó el Metropolitan de Nueva York y la que en 2003 le dedicó el Museo del Padro de Madrid.


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'Muchacha con sombrero rojo. Obra de Johannes Vermeer. Pintado hacia 1666-1667. Óleo sobre tela, 23 x 18 cm. National Gallery of Art. Washington D.C.

Todo esto para destacar la importancia de la exposición que desde hoy, y hasta el próximo 20 de enero, el Museo de las Escuderías del Quirinale dedica a Vermeer, y que reúne nada menos que ocho de sus trabajos. Un pequeño milagro, sobre todo si se tiene en cuenta que ninguna de las obras del artista holandés se encuentra en colecciones italianas.


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'Alegoría de la fe', de Johannes Vermeer.


Tres años para montar la exposición

Los ocho cuadros vienen de fuera y han sido necesarios tres largos años para montar esta exposición, que lleva por título "Vermeer, el siglo de oro de la pintura holandesa". En la muestra las ocho obras del maestro de Delft se confrontan con 50 cuadros de otros artistas contemporáneos suyos, iconos también ellos de la pintura flamenca como Carel Fabritius, Gerrad Dou o Nicolaes Maes.


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Un visitante contempla un detalle de 'Mujer con laúd', de Vermeer.

Es verdad que entre los cuadros de Vermeer que se exhiben en Roma no está el archi-célebre "La muchacha con el pendiente de perla", la obra que inspiró a la escritora Tracy Chevalier el libro del mismo título y que fue posteriormente llevada al cine, lanzando al estrellato a Scarlet Johansson. Pero, a cambio, está "La muchacha con el sombrero rojo" (1665/1667), "Dama sentada el virginal" (una especie de clavicornio), "Joven mujer en pie ante un virginal" (1670/1673) "Mujer con Laúd" (1662/1663), "Alegoría de la fe" (1670/1674), "Callejuela de Delft" (1658) y "Santa Práxedes" (1655). La exposición también incluye "Joven mujer con una copa de vino" (1659-1660), pero este cuadro sólo llegará a Roma a partir del 4 de octubre.


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Una mujer contempla la obra de Vermeer 'Joven sentada al virginal'.

Todos los cuadros de Veermer que ahora se exponen en Roma, como la inmensa mayoría de sus obras, revelan momentos íntimos de la vida cotidiana de la burguesía holandesa o vistas silenciosas de la ciudad de Delft. A diferencia de lo que ocurría en el siglo XVII con la pintura italiana, caracterizada por sus grandes dimensiones y su monumentalidad y realizada por encargo de nobles y altos cargos de la Iglesia, en Holanda los que coleccionaban arte eran los panaderos y los zapateros. "El dinero circulaba en abundancia, y el arte se consideraba una buena inversión", señala Sandrina Bandera, una de las comisarias de la muestra.


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Otra obra del maestro de Delf con el mismo tema 'Joven sentada al virginal'.

Pero Veermmer sigue siendo un misterio y su biografía continua estando repleta de puntos oscuros. "No sabemos de quién fue alumno, tal vez de varios maestros. De lo que estamos seguros es de que no fue un autodidacta. Conocía las técnicas y utilizaba materiales de primer orden, cuya calidad ha permanecido inalterada en el tiempo", explica Sandrina Bandera.


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Dos visitantes contemplan 'La callejuela' de Vermeer en las Escuderías del Quirinal. | AFP


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La Callejuela (Het Straatje) es una pintura del artista holandés Johannes Vermeer, realizado entre 1657 y 1658 Óleo sobre lienzo, 54,3 × 44 cm. Se expone en el Rijksmuseum de Ámsterdam, y está firmado en la esquina inferior izquierda, bajo una ventana, con la firma "I V MEER". Este cuadro representa un pedazo de la vida cotidiana de los holandeses de la época, ocupados en sus quehaceres. Vermeer unió lo cotidiano y lo eterno, consiguiendo una intimidad entre el medio y el hombre. La paleta empleada por Vermeer es más clara que la que solían utilizar Jan Steen y Pieter de Hooch en escenas similares.

Como en tantas otras ocasiones, Vermeer ha realizado cambios en la composición final, eliminando por ejemplo una figura femenina que se situaba a la derecha de la entrada del callejón. La masa vegetal que se observa a la izquierda del cuadro presenta en la actualidad una tonalidad azulada, quizá por una mala reabsorción del amarillo original. Como curiosidad, este es uno de los tres lienzos en los que Vermeer pintó el cielo. Los otros dos son Vista de Delft y El Descanso de Diana.


Fuente: elmundo.es
 




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Un Vermeer en el mercado


La imagen religiosa, propiedad de una ex cocinera, lleva años en disputa

El lienzo que subastará Christie's podría alcanzar los nueve millones y medio de euros




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'San Práxedes', del pintor holandés Johannes Vermeer

Johannes Vermeer (1632-1675) pintó poco. Sus obras son habas contadas: 34 reconocidas, todas ellas en museos sin posibilidad, seguramente, de salir a la venta, y tres cuya autenticidad anda en cuestión, dos en manos privadas. Una de estas dos es 'San Práxedes', que para los expertos de Christie's -la casa de subastas que la venderá el 8 de julio en Londres- ha pasado a ser con toda seguridad obra del maestro de las sombras, la luz y las geometrías. 'San Práxedes' pertenecería al trabajo de Vermeer de joven y a un grupo de pinturas de tema religioso que pintó hacia 1655, la fecha en que fijó a este mártir en el lienzo para la posteridad.

El precio previsto que alcance el cuadro se ha calculado en 6 y 8 millones de libras (7.2 y 9.6 millones de euros), una cifra prudente indicativa de que es un vermeer disputado aunque en Christie's resaltan las últimas pruebas hechas por el Rijksmuseum y la universidad de Amsterdam para enfatizar que es un original del pintor de Delfos; el artista que ha destacado por la composición de sus personajes e interiores de la vida cotidiana. Los santos no fueron su fuerte, pero una obra del pintor no se ve a menudo en el mercado. El lienzo está firmado con una mera 'Meer', 1655, una contracción de su apellido.

Las dudas sobre la autenticidad de 'San Práxedes' lo han cotizado a la baja. Lo que no tiene vacilación es la procedencia del cuadro que perteneció a la coleccionista y mecenas Barbara Piasecka Johnson (1937-2013), fallecida el año pasado, quien lo adquirió en 1987, al año siguiente de formar parte de un catálogo de obras de Vermeer. La coleccionista nacida en Polonia emigró en 1968 a EEUU con cien dólares y una licenciatura en Historia del Arte que solo le sirvió para entrar a trabajar de cocinera en la residencia del hombre de negocios John Seward Johnson y su esposa Esther. Barbara no tardó en impresionar a su jefe con sus conocimientos sobre arte y a enamorarlo hasta que se casaron en 1971.

A la muerte del multimillonario en 1983, los seis hijos del difunto y Barbara protagonizaron una larga disputa sobre la herencia. Ella guardaba su colección de arte en un museo de Mónaco, donde 'San Práxedes' era ajeno a las disputas por la herencia del magnate muerto entre su propietaria y los hijos de John Seward Johnson. De viuda se trasladó a Europa y alternaba su residencia entre varias ciudades.

El año pasado falleció Barbara Piasecka Johnson en su nativa Polonia dejando instrucciones estrictas sobre el futuro de la colección al buen recaudo de un museo en Mónaco. Hace pocos meses la pinacoteca salía del museo para la venta en Christie's en beneficio de la fundación que la ex cocinera, licenciada en Historia del Arte, creó hace décadas para su labor filantrópica. La fundación continuará su filantropía con el dinero obtenido con 'San Práxedes' y el resto de la colección, tanto si es mucho porque el comprador esté convencido de que es un auténtico Vermeer como si es menos porque gravita la incertidumbre sobre quién lo pintó.


elmundo.es
 




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‘La joven de la perla’ vuelve a su casa


La obra maestra de Vermeer es la estrella de la reapertura del Mauritshuis de La Haya



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Un visitante toma una fotografía con su móvil de 'La joven de la perla'. / LEX VAN LIESHOUT (EFE)

El Mauritshuis ya no es un museo de cuento, es directamente de best-seller. La pequeña pinacoteca, verdadera caja de bombones del arte antiguo holandés situada en el corazón de La Haya, reabre la semana que viene sus puertas después de dos años de trabajos de ampliación y remodelación. Conocida por su espectacular colección, en sus paredes cuelgan entre otras joyas, iconos como La joven de la perla, de Vermeer, que vuelve a casa; La lección de anatomía, de Rembrandt y su estrella más reciente: El jilguero, de Carel Fabritius.

Más que a un lifting facial, el Mauritshuis se ha sometido a una delicada operación interna de 30 millones de euros, dirigida por Hans van Heeswijk, autor de las remodelaciones del Van Gogh y del Hermitage de Ámsterdam. Para revivir su vieja y noble figura, el museo ha duplicado su espacio gracias a la unión, por medio de un vestíbulo subterráneo, del edificio original con otro adyacente para exposiciones temporales, talleres educativos e investigación. La enorme expectación que despierta la exquisita colección de arte holandés del siglo XVII que posee ha convertido la reapertura en un acontecimiento amplificado por una curiosa circunstancia: el éxito de la última novela de Donna Tartt, cuyas más de mil páginas se venden ahora en la nueva tienda de souvenirs del museo junto a las postales que reproducen el pequeño cuadro que da título al libro, El jilguero. Theo Decker, el adolescente protagonista de la novela, se hace dueño de la pequeña tabla holandesa después de un figurado atentando en el Metropolitan de Nueva York. Es ahí donde su madre muere después de confesarle su obsesión por la obra, por ese pájaro, esa “criatura viva” que surge después de ver tantos bodegones de faisanes muertos.


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La fachada del museo Mauritshuis de La Haya tras su remodelación. / LEX VAN LIESHOUT (EFE)

“Cuando el libro salió el cuadro estaba prestado a la colección Frick de Nueva York”, uno de los destinos de una gira con paradas en Japón, Italia y Estados Unidos, que ha servido para financiar las obras. “Y ya entonces despertó enorme interés”, recordaba recientemente en La Haya Emilie Gordenker, directora desde 2008 del museo y principal impulsora del nuevo giro del centro. “Pero lo más curioso es que poco después, Oprah Winfrey recomendó en su programa otra novela, La lección de anatomía, de Nina Siegal, que también crea una ficción a partir de otra de nuestras obras maestras”.

Para Gordenker se trata de algo más que de una coincidencia. “La pintura antigua holandesa posee algo único: nos habla de nuestras vida. Por eso la sentimos tan cercana, por eso nos gusta tanto contemplarla de cerca. Nos empuja a mirar, mirar y seguir mirando. Es esa intimidad la que crea una relación especial con el cuadro. Además, y no se sorprenda, creo que también tiene que ver con su reproducción: son cuadros que quedan bien en postales y póster. Y esa cualidad les hace especiales, más accesibles, más populares”.

El misterio del El jilguero ya está enjaulado en el Mauritshuis, donde ha pasado de lucir en un panel móvil en un pasillo a contar con un espacio de honor. Es una de las escasas obras que se conocen de Carel Fabritius, que murió a los 33 años, en 1654, víctima de la terrible explosión que destruyó Delft. Demasiadas víctimas —reales y de ficción— para la memoria de un pobre pajarito. La directora del museo reconoce el extraño poder de la obra, la ilusión óptica que crea contemplarlo. El pájaro realmente parece vivo.


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Un visitante fotografía 'La joven de la perla'. / Peter Dejong (AP)

La remodelación del Mauritshuis, una casona del siglo XVII, se decidió al ver que el edificio necesitaba cambiar su climatización y sus ventanas. Su situación, puerta con puerta con el parlamento holandés, complicaba cualquier ampliación, que finalmente se resolvió con un sensato ejercicio de sostenibilidad: utilizar un edificio vecino, de principios del siglo XX y en desuso, en el que ahora están ubicadas las oficinas, la biblioteca y las demás nuevas dependencias.

En el viejo edificio solo hay una concesión a la nueva vida del museo: un ascensor circular y transparente que une la calle con el nuevo lobby subterráneo (donde está la tienda, la cafetería y la nueva entrada de acceso a los dos edificios). El resto, una vez cruzadas las puertas de la pinacoteca, es una explosión de historia y antigüedad. Paredes enteladas en colores oscuros, maderas nobles y una sala, llamada la habitación dorada, restaurada hasta el detalle para revivir sus 15 murales de Pellegrini. Un guiño al esplendor de esta vieja gloria que aún flota sobre el lago Hofvijver.

Quizá lo que más preocupa ahora a la directiva del museo es la creciente popularidad del lugar, algo que choca con los propósitos de intimidad y recogimiento que proponen las salas y que pretenden preservar. “En realidad no sabemos qué pasará y nos preocupa porque la visita debe ser confortable y tranquila. Cuando cerramos teníamos unas 260.000 visitas. Ese porcentaje no puede crecer más de un 25%. No podemos tener un millón. No lo pretendemos tampoco. Nos importa la calidad no la cantidad. En ese sentido lanzamos un mensaje contrario al del resto de los museos del mundo. No queremos colas, gracias”.


lpais.com
 




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Un Vermeer vendido por 7,8 millones


'Santa Práxedes' se ha vendido en Londres por 7,8 millones de euros



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'Santa Práxedes', de Johannes Vermeer, c. 1655. / Christie's

El óleo Santa Práxedes es toda una rareza, y por muchos motivos. En primer lugar es uno de los dos únicos lienzos del holandés Johannes Vermeer (1632-1675) que quedan manos privadas, junto a Mujer joven sentada ante el virginal. En segundo lugar, es el primero del autor que se subasta en 10 años, puesto que su pareja fue vendida en 2004 en la casa Sotheby's. Esta vez ha sido Christie's la que ha hecho cambiar de manos este martes a Santa Práxedes por 7,8 millones de euros (6,2 millones de libras).

Pero eso no es todo. La duda de la paternidad de Vermeer sobre el cuadro estuvo en duda hasta 1969, y solo unos recientes análisis del Rijksmuseum y la Free University, ambos en Amsterdam, han despejado las incógnitas sobre si el lienzo (que muestra a la santa del siglo II arrodillada frente a un recipiente con ropajes encarnados) había salido del pincel del maestro. Fue pintado por Vermeer en 1655, cuando era un joven de 22 o 23 años, por lo que podría ser el primer óleo del artista. El valor de la tela estaba estimado entre los 7,5 y los 10 millones de euros, menos de la mitad de lo que costó en su día la Mujer joven sentada ante el virginal, vendida por 24 millones de euros, cifra que cuadriplicó el precio de salida.

Según la casa londinense, los expertos que confirmaron la autoría del holandés, frente a la del italiano Ficherelli, "establecieron no sólo que el blanco de plomo utilizado en la pintura es propio de la pintura holandesa y no italiana". También "revelaron una coincidencia exacta con otra obra temprana de Vermeer, Diana y sus compañeros, en el Museo Maurithuis de La Haya". Para realizar la tela, Vermeer imitó una obra del artista italiano Florentine Felice Ficherelli (1605-1669) del mismo título y en la que aparece la misma santa encargada de velar por los mártires de la fe, pero con "su propio estilo", aseguró Christie's al presentar el óleo.

El cuadro pertenecía a la colección privada de Barbara Johnson (1937-2013), esposa del cofundador de la firma farmacéutica Johnson and Johnson, y la recaudación irá destinada a la fundación que lleva su nombre, que ayuda a niños con autismo.


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‘La joven de la perla’ lleva en realidad un pendiente de plata


Un estudio científico ofrece nuevos datos sobre el célebre cuadro de Vermeer



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Imagen de la obra de Vermeer facilitada por el museo Maurithuis.

En la historia de las perlas hay dos estrellas indiscutibles: la Peregrina, y la que adorna el pendiente lucido por la famosa joven retratada por el pintor holandés Johannes Vermeer. La primera, encontrada en Panamá en el siglo XVI, y entregada luego a Felipe II, formó parte durante siglos de las joyas de la Corona española. La otra data de 1665 y su destello mantiene intacto su poder de seducción. Pero tal vez el brillo sea engañoso y se trate, simplemente, de una lámina de plata pulida. O bien de una esfera de cristal veneciano cubierta con un barniz. Vincent Icke, un astrónomo y artista holandés, así lo afirma en la edición de diciembre de la revista divulgativa New Scientist.

A favor de la teoría de Icke juega un factor histórico, y es que el título original del óleo del maestro del Siglo de Oro no era ni mucho menos el actual. En el inventario más antiguo de su obra, efectuado en 1676, aparece como Un retrato al estilo turco. Luego pasó a llamarse Joven con turbante , y también Cabeza de joven. En 1995, un catálogo razonado del pintor lo denominó La joven de la Perla, y así continúa. Pero el estudioso, catedrático de teoría de la astronomía en la Universidad holandesa de Leiden, y premiado por sus trabajos divulgativos, se ha centrado en el brillo del pendiente. Y en su opinión, es excesivo.

A favor de la teoría de Icke juega un factor histórico: el título original no era, ni mucho menos, el actual

“Una perla natural no suele tener ese tamaño, y las capas de carbonato de calcio y de conquiolina (una proteína) que forman el nácar tendrían que ser blancas; perladas. En el cuadro, por contra, las zonas oscuras producen un efecto de espejo”, señala, en la revista. En conclusión, y teniendo en cuenta la carestía de las perlas en el siglo XVII, “lo más probable es que se trate de plata, o bien estaño, muy pulimentado”. Por otra parte, la obra era un tronie (rostro), un género propio del barroco flamenco holandés que servía para que el pintor mostrara su habilidad. La identidad del personaje retratado era lo de menos. No como con las clientas pudientes, que posaban con pulseras, collares y bordados rebosantes de perlas. Ellas subrayaban su estatus y el artista se lucía pintándolas.

Icke habla de plata o estaño para el pendiente de la enigmática muchacha. En el año 2004, sin embargo, la propia Real Galería Mauritshuis, de La Haya, donde se expone, ya sugirió que tal vez no pudiera hablarse de una perla. “Su gran tamaño, natural y no cultivada, y el hecho de que solo pudieran pagarlas los ricos (…) tal vez la chica lleva una preciosa ‘perla’ artesana”, reza el catálogo publicado entonces. Y otra cosa. La obra fue comprada en 1881, en una subasta, por dos florines en muy mal estado de conservación. Así llegó a la Sala, que la ha convertido en su mejor reclamo. Sobre todo después de que una restauración efectuada en 1994 realzara el fondo oscuro, los colores vivos del turbante y la gema.

Pero esta historia de misterios no estaría completa sin el poder ejercido por la literatura y el cine en la imaginación colectiva. La novela La joven de la Perla, de la escritora estadounidense Tracy Chevalier, tuvo gran éxito en 1999. Allí, la joven era una sirvienta de la familia Vermeer con dotes para apreciar los colores, que se enamora del artista. El retrato surge en un arrebato de inspiración, y la joya es auténtica y de la señora Vermeer, una dama de la buena sociedad. Cuando la obra fue llevada al cine en 2003 por Peter Webber, la actriz Scarlett Johansson posó como la muchacha que luce, por un momento, un tesoro. El pendiente pasó a convertirse en un icono. La propia Mauritshuis vende réplicas en su tienda de recuerdos sin problemas.

Ante la duda de los eruditos y la observación del astrónomo, Quentin Buvelot, conservador jefe de la Galería, admite que rebautizar el cuadro como La joven que lleva un pendiente parecido a una perla, resulta poco atractivo. Además, siempre quedará ella, y su mirada.


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Los sonidos en la pintura de Verger

Cuadros que reflejan cómo la música fue el motor de la vida en el siglo XVII se reúnen en una exposición en Londres en torno al artista holandés Johannes Vermeer (1632-1675), que se convierte en "estandarte del retrato musical" de la época.


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'The Guitar Player' (1672) de Johannes Vermeer. / National Gallery


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'A Young Woman seated at a Virginal', de Johannes Vermeer (1670-2)


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'The Music Lesson', de Johannes Vermeer (1662-3)


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'Young Woman Seated at a Virginal', de Johannes Vermeer (1670-1672)


National Gallery / elpais.com
 




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Vermeer no fue un genio solitario


Una exposición en el Louvre enfrenta al pintor holandés con sus coetáneos del siglo XVII

El artista de Delft los emuló, pero la blancura de su luz resulta incomparable




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'La lechera' de Vermeer.

Vermeer no fue un genio solitario, sino un pintor conectado con su época y familiarizado con la obra de sus contemporáneos. El mito del maestro alejado del mundanal ruido sería, en realidad, una herencia de finales del siglo XIX, cuando el holandés fue redescubierto por el historiador del arte Théophile Thoré, quien lo apodó “la esfinge de Delft”, constatando los misterios que aún abundan en su biografía y su infrecuente calidad de artista sin maestros ni epígonos conocidos. Una nueva exposición, que hoy abre sus puertas en el Museo del Louvre en París, rompe deliberadamente con esa leyenda. La muestra, que concluye el 22 de mayo, concentra 12 lienzos de Vermeer, de los 37 conocidos y atribuidos al pintor, y los contrapone a una cincuentena adicional de obras, firmadas por algunos de sus coetáneos, necesariamente menos conocidos, como Gerrit Dou, Pieter de Hooch, Gabriël Metsu o Gerard ter Borch.

El objetivo de este experimento inédito es demostrar que, lejos de la imagen que se sigue teniendo de él, Vermeer fue producto del mismo ecosistema: la pintura de género surgida durante el Siglo de Oro holandés, cuyos grandes nombres estuvieron al corriente de lo que pintaban los demás. “No se trata de negar el genio de Vermeer, ni de afirmar que fue solo un pintor entre otros tantos. Lo que proponemos es terminar con esa actitud de adoración, tan habitual hasta ahora, para poder analizar mejor la naturaleza de su arte y la cualidad de su contribución”, señala el comisario de la muestra, Blaise Ducos, conservador de las colecciones holandesas y flamencas del Louvre.

En 1579, la Unión de Utrecht convirtió a las siete provincias del norte de los Países Bajos, de religión calvinista frente al catolicismo del sur, en una floreciente república que perduró hasta la invasión francesa de 1795. Entre ambas fechas, las llamadas Provincias Unidas se convirtieron en el país más próspero, educado y urbano del continente. El resultado de ese contexto fue el nacimiento de una impresionante escena artística. La pintura de género, que emergió entre 1650 y 1680, fue un conjunto de pequeños formatos intimistas y austeros que inmortalizaban escenas domésticas. Una especie de reverso burgués de la pintura católica y sus cuadros de guerras y monarcas. Funcionaron también como sutiles llamadas al comedimiento y al civismo: sus personajes centrales —a menudo, mujeres— desempeñan sus actividades en una silenciosa armonía, alejada de las tentaciones de la carne y de los dramáticos claroscuros que caracterizaron la obra de Rembrandt, 30 años mayor que Vermeer.

Los artistas presentes en la muestra pintaron cuadros prácticamente idénticos. Si no en estilo ni tampoco en encuadre, sí en cuanto a los motivos escogidos. Una lección de música, la lectura de una carta. El ejercicio rutinario de un oficio humilde, como en el celebérrimo La lechera, de Vermeer, excepcional préstamo del Rijksmuseum. Las copias entre artistas resultan evidentes, tal vez como resultado de la impresionante red de transportes existente en el país, a través de canales y carruajes. “Todos los pintores holandeses de la época compartieron los mismos temas y motivos. En ese sentido, Vermeer no es nada original. Pero sí lo es su tratamiento, radicalmente novedoso”, apunta Ducos.


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'Mujer leyendo una carta', de Metsu. Roy Hewson Photo © National Gallery of Ireland



Tres días para un detalle

Los ejemplos abundan. En su Mujer con laúd, Vermeer parece inspirarse en otro lienzo de Frans Van Mieiris, con quien su personaje comparte postura y movimiento. Pero el primero logró dotarla de más naturalismo —un gesto emotivo y despistado— y alumbrarla con una luz más natural, además de vestirla con un atuendo corriente y no con vistoso hábito de cortesana. En El astrónomo, Vermeer bebe de un cuadro similar de Gerrit Dou. Pero este minucioso discípulo de Rembrandt, que necesitaba tres días para pintar el más mínimo detalle, dotó a su protagonista de instrumentos como viales y relojes de arena, propios de alquimistas y melancólicos, como si subrayara el anacronismo del personaje. Vermeer, en cambio, le daba una dignidad interpretable como un homenaje a las revoluciones científicas.

Vermeer sale vencedor de cada batalla comparativa. El factor crucial parece la blancura de su luz, que atrae la mirada de manera instintiva, permitiendo identificar un cuadro del maestro de Delft entre un millón. El comisario apunta a su dimensión moral. “No es una luz funcional, como en los cuadros de los demás. Le permite introducir un misterio y una suavidad, que favorece la meditación y la representación del silencio”, afirma Ducos. Ante sus cuadros, bromea el comisario, uno baja la voz. Ya dijo el pintor Alfred Manessier que los museos deberían obligar al visitante “a entrar con zapatillas de andar por casa, porque no se puede ver a Vermeer haciendo ruido”. A ratos, esa luz parece cobrar incluso un halo metafísico. En Mujer con balanza, cedido por la National Gallery de Washington, Vermeer parece calcar una obra similar de Pieter de Hooch. Sin embargo, deja atrás la anecdótica representación de la modelo —una mujer tasando perlas— para ir bastante más allá. Al observarla de cerca, uno se da cuenta de que esa báscula no pesa nada más que el aire. El veredicto es que Vermeer se inspiró en sus contemporáneos, pero también los dejó a años luz.

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