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Giacomo Colombo (1663-1731)
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Este trabajo recopilatorio está dedicado al escultor italiano Giacomo Colombo (Este, Padua, 1663 - Nápoles, 1731) fue uno de los escultores más importantes  activos en Nápoles en el tránsito del siglo XVII al XVIII. Originario de la ciudad de Este, donde había nacido en 1663, probablemente en el seno de una familia de origen judío, llegó a Nápoles en 1678. Aunque no sabemos las razones que motivaron su cambio de residencia, el estudioso Gennaro Borrelli apuntaba que pudo seguir los pasos del escultor Pietro de Barberis, con quien posteriormente trabajaría en la iglesia de la Croce di Lucca. De Dominici señala que fue discípulo de Domenico di Nardo, un hábil especialista en bustos-relicarios que trabajó en el Gesù Nuovo de Nápoles y cuya actividad profesional resulta hoy poco definida. Sin embargo, la única vinculación con nuestro escultor documentada hasta el momento es su presencia en Éboli para defender el sobreprecio de una de las obras cardinales del artista, la Piedad encargada por la colegiata de la ciudad. Sin llegar a negar tal posible relación de discipulado, en los últimos años la crítica tiende a redimensionar la cita del biógrafo y, aminorando su huella, considera más decisivo para su desarrollo artístico el contacto con otros escultores coetáneos, como Gaetano Patalano, algunos años mayor, o con escultores-orfebres como Nicola Ruso o Lorenzo Vaccaro, a los que suministraba modelos, según ha demostrado Gian Giotto Borrelli. Debió de ser igualmente estrecha su relación con el pintor Francesco Solimena, según insistía De Dominici en un áspero comentario, donde indicaba que éste lo habría «meglio instradato nel disegno e nelle mosse delle figure, laonde con sua direzione fece vari lavori... che riuscirono ottimamente; ma quando da se medesimo faceva il  lavoro, non era di quella bontà di quelli diretti dal Solimena». Bajo todas estas sugestiones, pero sin sometimiento alguno, su estilo evoluciona desde el Barroco fuertemente expresivo y caracterizado de sus primeras esculturas devocionales hacia un gusto elegante y refinado, propio de las nuevas corrientes rococó, que a partir de la segunda década del siglo XVIII instauraron una nueva estación en la escultura napolitana.

Un repaso a los encargos recibidos a lo largo de su trayectoria artística refleja claramente una proyección en sentido ascendente, desde sus pasos iniciales en la talla decorativa del órgano de la Croce de Lucca, contratado en 1688 y hoy perdido, a las grandes empresas en mármol de los sepulcros de Anna Maria Arduino y Niccolò Ludovisi en la iglesia de San Diego all’Ospedaletto, emprendidas entre 1703 y 1704.


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Cristo atado a la columna, 1698. Obra de Giacomo Colombo. Catedral de la Almudena.

Subsiguientemente, su crecimiento profesional fue en paralelo a su notoriedad pública. En 1689 ingresó en la corporación de pintores, siendo elegido prefecto en 1701, lo que presupone una actividad pictórica hasta ahora mal conocida, mientras que en 1718 se encuentra inscrito junto a su «rival» Nicola Fumo en la corporación de marmolistas. Prolífico escultor, fue dueño de un taller perfectamente organizado, capaz de asumir una creciente demanda exterior, sin menosprecio a la calidad del producto final. Trabajó intensamente para todo el reino de Nápoles, enviando esculturas a todas las regiones del meridione italiano:  

Abruzzo, Molise, Campania, Puglia, Basilicata y Calabria; y por supuesto a España, que constituía un foco de poderosa demanda para la escultura devocional en madera, en sintonía con su propia tradición, y cuyos encargos fueron auspiciados muchas veces por la corte virreinal, que contribuyó así a la competencia entre los talleres. Eso puede ayudar a explicar que en nuestro país se conserve una de sus obras maestras, el Cristo atado a la columna de la congregación de la iglesia de San Ginés –hoy en la Catedral de la Almudena, resuelto con sofisticado movimiento y emotiva expresión, que fue enviado en 1698 desde Nápoles por encargo del marqués de Mejorada y que suscitó desde su llegada un gran fervor popular. O la igualmente importante Transverberación de Santa Teresa del convento de Madres Trinitarias de Madrid firmada y fechada en 1726, sobre la que no están claras las motivaciones de su encargo, posiblemente propiciado por la familia Medinaceli, protectora de la comunidad. A probar el éxito de su recepción española contribuyen algunas obras tradicionalmente atribuidas al artista, como la Virgen de la Caridad de Cartagena, que no ha encontrado fácil acomodo en su catálogo, y otras obras documentadas cuyo paradero desconocemos, como la Sagrada Familia de la Virgen, llegada al convento de padres capuchinos de Cádiz en 1712 y cuya pista se pierde con su posterior traslado a los capuchinos del Pardo de Madrid...

Espero que la recopilación que he conseguido de este escultor exranjero, sea del interés de los aficionados al arte que frecuentan esta sección del foro de xerbar, y en lo posible contribuya en su divulgación.






Algunas obras


Virgen de la Caridad, patrona de Cartagena (Murcia)


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La imagen fue encargada por el Santo y Real Hospital de Caridad, siendo realizada en Nápoles por el imaginero Giacomo Colombo en el año 1723. A instancias de Manuel Aurrich y Torres, Francisco Irsino, hermano de la mencionada congregación, se desplazó a aquella ciudad volviendo con la imagen.

Fue tal la expectación que despertó la belleza de la imagen que ya desde su desembarco en el puerto de la ciudad comenzó a extenderse la devoción a la misma. Pese a que los pormenores de su adquisición y llegada a la ciudad están documentados, se acuñaría con los años una leyenda, sin ninguna base real, que le da un carácter milagroso a la llegada de la talla.

Se instaló en una capilla anexa al hospital, entonces situado en el centro de la ciudad, y poco después se construyó para ella una iglesia frente al mismo, templo en el que la imagen se situaba en un gran retablo de Nicolás de Rueda, realizado entre 1755 y 1767.

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Dos imágenes de la Virgen de la Caridad de Cartagena, obra de Giacomo Colombo

Volvería a cambiar de ubicación poco más de un siglo más tarde, cuando fue inaugurado su actual templo, la basílica de la Caridad, en septiembre de 1893 siendo entonces y nuevamente anexo al hospital. Es de planta circular y conserva un notable patrimonio artístico, con obras de Salzillo, Roque López o Wssell de Guimbarda. En el mismo se instaló también el antiguo retablo de Nicolás de Rueda, en esta ocasión en una de las capillas laterales.


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Virgen de la Caridad, de Giacomo Colombo, 1723.

La Virgen fue coronada canónicamente en 1923, siendo costeada la corona por el pueblo. Dado que las joyas de la imagen —entre ellas, la corona— fueron robadas en la Guerra Civil, le sería restituida en un acto de homenaje celebrado en 1955.

Aunque la talla, como propiedad del Hospital de Caridad, tenía como fin únicamente el de su capilla, la devoción popular fue mucha. A lo largo de los siglos XVIII y XIX en varias ocasiones la Virgen de la Caridad debió salir en rogativas, fundamentalmente en petición de lluvia. Incluso el mismo Ayuntamiento solicitó tales salidas a la Junta de Gobierno del Hospital.

También saldría en rogativas con motivo de enfermedades, como un brote de cólera que se produjo mediado el siglo XIX (véase: Pandemias de cólera en España).

La creciente devoción popular le ha dado a la Virgen de la Caridad la consideración popular de Patrona de la Ciudad, en detrimento de la que venía siendo reconocida como tal: la Virgen del Rosell.

La imagen de la Virgen de la Caridad no procesiona regularmente, siendo excepcionales y contadas las salidas desde su templo.

Celebra su día grande el Viernes de Dolores, día que se inician en Cartagena las procesiones de Semana Santa.



Teresa de Jesús. La mujer mística
 

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Este magnífico busto dieciochesco en madera policromada, procedente del Museo Diocesano "Monseñor Aurelio Marena" de la localidad italiana de Bitonto (Bari), se relaciona con el trabajo del escultor, pintor y diseñador Giacomo Colombo (Este, Padua, 1663 - Nápoles, 1731) y de su escuela. En cualquier caso, se trata de una de las más populares representaciones de la santa abulense de cuantas se conservan en Italia.

Santa Teresa se halla representada durante su éxtasis, en el momento de la transverberación. El rostro inclinado al lado derecho y los ojos entrecerrados, como si de un dramático desmayo se tratase, revelan que la religiosa se encuentra sumergida en un profundo trance místico, fruto de la intervención divina. Su corazón se destaca del hábito, después de haber sido traspasado por el ángel con la flecha en llamas.

El estilo de Colombo evoluciona desde un barroco fuertemente expresivo y caracterizado de sus primeras esculturas devocionales hacia un gusto elegante y refinado, propio de las nuevas corrientes rococó, que a partir de la segunda década del siglo XVIII instauraron una nueva estación en la escultura napolitana.  

La obra fue restaurada en 2009 por Roberto Bellantuono, bajo la dirección de Rosa Lorusso. Poco después, con motivo del Día Internacional de la Mujer, figuró en la muestra Donne Speciali. Tra Estasi e Perdizione (Mujeres Especiales. Entre el Éxtasis y la Perdición), dedicada a mujeres que nadaron a contracorriente en épocas adversas para su género, figurando también otros iconos sacros como la Magdalena o la Samaritana.

Como la Virgen de la Caridad de Cartagena, esta pieza no ha encontrado fácil acomodo en el catálogo de Colombo, hallándose más vinculada a su círculo de seguidores. Está más próxima a su Santa Rosa de Viterbo del templo de la Santa Cruz de Moliterno -confundida durante mucho con Teresa de Ávila- que con la Santa Teresa de las Trinitarias de Madrid, cuyas líneas parecen inspirarse en el modelo de Gregorio Fernández.  

Por Jesús Abades y Roberto Alonso Moral / lahornacina.com



La Inmaculada de Giacomo Colombo. Una escultura en su contexto italiano


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Giacomo Colombo (1663-1731) Inmaculada Concepción, c. 1719. Madera tallada y policromada. 78 x 43,8 x 25,5 cm. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Durante la Edad Moderna, las intensas relaciones políticas y culturales entre España y Nápoles, capital de uno de sus virreinatos, comportaron un estimulante desarrollo del coleccionismo y del patronato artístico. Los virreyes y su corte, así como eclesiásticos y comerciantes españoles residentes en la ciudad, contribuyeron extraordinariamente al envío de obras de arte con destino a residencias nobiliarias, capillas de iglesias o conventos. Es el periodo en el que triunfan las galerías y colecciones de pintura, que ya han contado con importantes y numerosos estudios, lo que  contrasta con las pocas nociones que aún tenemos del patrimonio escultórico atesorado y enviado con sus equipajes de vuelta. Bernardo De Dominici, biógrafo de los artistas napolitanos, en un breve pero ya célebre comentario a propósito de los escultores especializados en el trabajo de la madera policromada, lamentaba que apenas quedaba constancia de su actividad  porque  gran  parte  de  su  obra  había  sido  enviada fuera de la ciudad, especialmente a España. En efecto, la copiosa presencia de estas obras en territorio español prueba su circulación y el interés que despertaron entre los españoles presentes en el escenario partenopeo.

El Museo de Bellas Artes de Bilbao conserva entre sus fondos una significativa obra de esa procedencia que además se encuentra firmada en su base: «Gia...Colombo F». Se trata de una Inmaculada legada a la institución por el filántropo y coleccionista vasco Laureano de Jado (Mungia, Bizkaia, 1843-Bilbao, 1926), que ingresó por disposición testamentaria en 1927, junto a tras importantes pinturas y esculturas. La  Virgen se presenta erguida sobre una nube de la que emergen tres devotas cabezas de querubines, con las manos juntas en oración y pisando la serpiente –símbolo del pecado– y el creciente lunar –hoy perdido–. Esta forma de representación responde a un modelo iconográfico ampliamente difundido en el Barroco, que combina la Virgen tota pulchra, los atributos de la doncella apocalíptica descrita por San Juan (12, 14) y la Ipsa reparadora del pecado original del Génesis (3, 15). La elegante pose del cuerpo, al que se mantiene adherida la túnica con ligera cadencia a los pies, es sacudida por el deslumbrante tratamiento del manto, agitado con gran vivacidad a base de plegados profundos, cortantes, de fuerte grafismo, conformando una masa ondeante que se expande y enreda lateralmente. Su rostro, de gran belleza, queda enmarcado por una cabellera rubia de largos rizos que caen libremente por la espalda, adoptando un gesto que resulta de gran emotividad para el fiel, con la mirada alta, dirigida en contemplación hacia el Padre Eterno. Toda ella está interpretada con un tono sentimental que contribuye a conformar un resultado de enorme efectividad. La policromía ayuda a completar la iconografía mediante las rosas sembradas en la túnica, presentes seguramente como símbolo mariano alusivo a la pureza de la Virgen, y las estrellas doradas que pueblan el manto azul, referencia a la gracia del cielo.

Cuando, a finales de los años veinte, la obra ingresó en el museo, la presencia de escultura lígnea foránea era prácticamente desconocida en España. Ello podría justificar que poco después, al momento de incluirla en el catálogo del Museo de Bellas Artes de Bilbao, Antonio Plasencia la considerase obra anónima española del siglo XVIII, pasando inadvertida la inscripción con la firma del artista. Sea como fuere, lo cierto es que
trascurrió mucho tiempo hasta llegar a identificar correctamente a su autor, lo que sin duda ha retrasado su conocimiento y divulgación, y en consecuencia su inclusión en los estudios específicos sobre escultura napolitana.

Por Roberto Alonso Moral / museobilbao.com



Otras obras


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Más info en PDF




Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado el trabajo recopilatorio dedicado al escultor italiano Giacomo Colombo (Este, Padua, 1663 - Nápoles, 1731) fue uno de los escultores más importantes  activos en Nápoles en el tránsito del siglo XVII al XVIII. Originario de la ciudad de Este, donde había nacido en 1663, probablemente en el seno de una familia de origen judío, llegó a Nápoles en 1678. Aunque no sabemos las razones que motivaron su cambio de residencia, el estudioso Gennaro Borrelli apuntaba que pudo seguir los pasos del escultor Pietro de Barberis, con quien posteriormente trabajaría en la iglesia de la Croce di Lucca.
 

Fuentes y Agradecimientos: museobilbao.com, maravillasdeespana.blogspot.com.es, lahornacina.com, ciudadportuaria.com, reginacoeli8.blogspot.com.es, semanasantamurcia.mforos.com y otras de Internet.
 




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