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Diego Valentín Díaz (1586-1660)
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Este trabajo recopilatorio está dedicado a Diego Valentín Díaz (1586 - 1660) fue un pintor barroco español de formación manierista y una producción abundante pero escasamente evolucionada a pesar de su larga vida. Hombre culto y bien relacionado con los medios eclesiásticos, llegó a ser el pintor más prestigiado de Valladolid, donde nació, alcanzando su fama a Francisco Pacheco, con quien mantuvo correspondencia, y al propio Velázquez, que lo visitó en su casa de Valladolid poco antes de su muerte.

Isidoro Bosarte, no obstante, observó en 1804 que su memoria se había borrado ya en tiempos de Antonio Palomino, que no le dedicó biografía y a quien debieron de informar que la fundación del Colegio de Niñas Huérfanas era obra de Alonso Sánchez Coello, según recogía en la biografía de éste. En cuanto a su valoración artística, Bosarte reconocía su mérito como «perspectivo lineal», de lo que el mejor ejemplo sería el retablo fingido que pintó para la iglesia del citado colegio. También elogiaba las pinturas del retablo de la capilla del Cristo de la Luz en la iglesia de San Benito, donde valoraba, con cierta frialdad, su modo de componer, «juicioso, devoto y muy atenido al decoro». Pero mejores que la Sagrada Familia firmada en 1621, que ocupaba el centro del retablo (actualmente en el Museo Nacional de Escultura), copiada de una estampa de Rubens, le parecieron los dos pequeños cuadros apaisados de la predela, con San Pedro penitente y la Magdalena, de mejor color.

Nacido en Valladolid, fue hijo de Pedro Díaz Minaya (fallecido en 1624), pintor en la actualidad apenas conocido pero que gozó de cierta reputación. Sus primeras obras conservadas, el retablo del convento de Santa Catalina de Valladolid (1608), y los cuadros del Martirio de San Sebastián y las Lágrimas de San Pedro del Hospital de la Encarnación de Zamora (1610), dejan ver la formación manierista adquirida en el taller paterno y continuada en el taller familiar, al que también pertenecieron sus hermanos, Francisco Díaz y Marcelo Martínez Díaz.

Enviudó de su primera esposa, Ana de la Serna, en 1617, contrayendo nuevo matrimonio un año más tarde con Jacinta Gallego. Posteriormente casó con María de la Calzada. De sus dos primeros matrimonios tuvo dos hijas monjas profesas en San Salvador del Moral (Palencia). Hombre piadoso, familiar del Santo Oficio y relacionado con algunos de los sucesivos obispos vallisoletanos, a los que retrató, a partir de 1647 desempeñó el patronato del Colegio de Niñas Huérfanas de Valladolid, fundación suya según Interian de Ayala y Bosarte, con el dinero de una herencia y tras largo pleito.

Ocupado también en labores de dorado de retablos y policromado de esculturas, y reclamado desde Burgos a Santiago de Compostela, su producción en estos años centrales fue muy abundante y para ella contó con discípulos y ayudantes, el mejor conocido de ellos Felipe Gil de Mena. En 1641 hizo entrega de tres lienzos para el retablo mayor de la iglesia del monasterio benedictino de Santa María de la Corte en Oviedo, el central, de grandes dimensiones (514 x 292 cm), representando el Martirio de San Vicente y los laterales con San Benito y Santa Escolástica. Para el abad del monasterio, en carta al pintor fechada en 23 de marzo de 1641 acusando recibo de su llegada, eran «lo mejor que vi en mi vida». Pero siendo, probablemente, sus obras de mayor empeño, anteriormente atribuidas a fray Juan Ricci, permiten comprobar también las limitaciones del pintor, como ha señalado Alfonso E. Pérez Sánchez, quien encuentra en ellas reminiscencias de lo escurialense notablemente arcaicas ya en la fecha en que se pintaron.

Diego Valentín Díaz falleció en Valladolid el 1 de diciembre de 1660. En su testamento dejaba todos sus bienes al Colegio de Niñas Huérfanas, comprendiendo entre ellos doscientas sesenta pinturas, alguna inacabada y no todas de su mano, pues entre ellas se cita un retrato que le hizo Juan Carreño de Miranda. Las pinturas devotas eran, por descontado, las más abundantes, pero no escaseaban los floreros (de los que alguna muestra de su mano se conserva en la catedral de Valladolid), bodegones, paisajes y cabezas –«de ombre», «de viejo», «de la barbuda»-, que en algún caso serían estudios tomados del natural. Además figuraban entre ellas también dos pinturas de género mitológico, una que representaba a Ganimedes, «moço con un águila pintado en papel», y la otra un «lienço de benus y cupido y adonis».

Pintor erudito, corresponsal de Francisco Pacheco, a quien proporcionó los retratos de Alonso Berruguete, Felipe de Liaño y Gregorio Martínez para que le sirviesen de modelos para su Libro de retratos, él mismo preparaba un libro sobre cuestiones iconográficas que le preocupaban. El inventario de los bienes dejados a su muerte permite conocer también su rica y variada biblioteca, formada por más de quinientos volúmenes, incluyendo ciento cincuenta de dibujos y estampas encuadernados algunos en pergamino, entre los que había uno de «estampas de fábulas» y otro «de las transformaciones de ovidio en romance con estampas», junto con los consabidos repertorios de Durero, Miguel Ángel o Tempesta y la Anatomía de Valverde de Hamusco, adecuado complemento a los estudios del natural practicados en la Academia con modelo vivo que él mismo mantuvo durante algún tiempo.

Espero que la recopilación que he conseguido de este pintor español sea del interés de los aficionados al arte que frecuentan esta sección del foro de xerbar, y contribuya en su divulgación.






Algunas obras


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Presentación de Jesús en el templo, Museo Nacional Colegio de San Gregorio, Valladolid. Diego Valentín Díaz se muestra aquí como un rezagado manierista por el rigor de su composición y la insistencia en los detalles menudos y accesorios.


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Visión de Cristo como jesuita por la venerable Marina de Escobar. Pintura de Diego Valentín Díaz. Iglesia de San Miguel y San Julián (Valladolid).


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Cristo vestido de jesuita. Iglesia de San Julián y San Miguel (Valladolid). Obra de Diego Valentín Díaz


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Éxtasis de San Pablo, óleo sobre lienzo por Diego Valentín Díaz (1586-1660). Iglesia de Santiago Apóstol, Valladolid. Obra de Diego Valentín Díaz


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La Sagrada familia con San Joaquín y Santa Ana. Obra de Diego Valentín Díaz


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Florero, colección particular. Hacia 1650. Obra de Diego Valentín Díaz


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Flower painting by Diego Valentin Diaz, oil on canvas, 70 x 110 cm


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Florero, colección particular. Hacia 1650. Obra de Diego Valentín Díaz


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Florero, colección particular. Hacia 1650. Obra de Diego Valentín Díaz



Diego Valentín Díaz en el Museo Carmen Thyssen, Málaga

Este artista vallisoletano desarrolló una larga carrera en su ciudad de origen, donde se convirtió en el más importante pintor del siglo XVII, alcanzado gran reconocimiento y prestigio. Se formó con su padre, el poco conocido pintor Pedro Díaz Minaya, en un estilo aún vinculado al mundo del manierismo tardío, de eco escurialense, para después evolucionar poco hacia un lenguaje algo convencional e idealista de tonos fríos, dentro de las cualidades de la pintura del primer barroco. Su producción fue muy abundante y organizó un importante taller con numerosos oficiales y discípulos, donde se dedicó fundamentalmente a realizar retablos y obras religiosas, y también algunos retratos, cuadros de flores, y, aunque hoy no se conocen, temas de género, vanitas, paisajes y decoraciones murales. También destacó como dorador de retablos y autor de la policromía de esculturas, lo que le permitió tener una estrecha relación con Gregorio Fernández, con quien colaboró frecuentemente. Su fama se diluyó en la siguiente centuria, hasta el punto de no ser citado por Palomino en su texto de biografías de artistas. Su injusto olvido fue corregido por Antonio Ponz e Isidoro Bosarte y, especialmente, a partir de las investigaciones de Martí y Monsó a comienzos del siglo XX y de estudios posteriores.

Fue un hombre piadoso, que tuvo el título de Familiar del Santo Oficio, perteneció a numerosas cofradías locales y mantuvo una muy buena relación con los medios eclesiásticos, retratando a varios obispos de Valladolid, donde fundó un colegio para niñas huérfanas, del que fue patrono desde 1647 hasta su muerte, tras recibir la herencia de unos familiares.

Pintor culto y erudito, mantuvo correspondencia con Francisco Pacheco y conoció a Velázquez, quien fue a visitarle a su ciudad en 1660, poco antes del fallecimiento de ambos. Un año después se hizo el inventario de sus bienes, a través del cual se conoce la importancia de su rica biblioteca. Constaba de más 450 ejemplares de todos los géneros, religiosos, de astronomía, anatomía, tratados artísticos y técnicos, y obras literarias de Tirso de Molina, Lope de Vega, Quevedo y Cervantes, entre otros. También poseía un gran número de estampas, grabados y dibujos, entre los que destacan algunos modelos de Durero, Barocci, Tempesta y Rubens. En el inventario figuran además 260 pinturas, no todas de su mano. La mayoría eran cuadros religiosos, pero también se citan unos floreros, quizás pintados por él, y un retrato suyo, realizado por Juan Carreño de Miranda.


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Bodegón I. Obra de Diego Valentín Díaz, s.f. Óleo sobre lienzo, 35 x 40 cm. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga.

La producción de bodegones de Diego Valentín Díaz es poco conocida. No existen referencias documentales de este tipo de encargos, lo cual no es extraño puesto que era lo habitual en la época, al ser considerado un género menor, y en muchas ocasiones solía ser realizado en los talleres para su venta posterior, sin cliente previo.

Entre las pinturas que se citan en su testamento figuran algunos cuadros de flores, posiblemente de su mano, y en el inventario de 1661 un libro con cuarenta y cuatro estampas de flores, lo que induce a pensar que dedicó parte de su obra a estos temas. En la actualidad se conservan dos floreros que pertenecen a la catedral de Valladolid, otros dos bodegones de flores de propiedad privada y algunos ejemplos en el comercio. Los estudiosos que han tratado la dedicación de Diego Valentín Díaz a este tema han considerado como precedentes, y muestra de su interés por estas representaciones, las flores en jarrones que forman parte del gran lienzo que el artista pintó para el refectorio del convento de Portaceli de Valladolid.

Los primeros ejemplos de floreros llegaron a España desde la escuela flamenca a principios del siglo XVII, especialmente a los círculos cortesanos, y la mayoría realizados por Jan Brueghel (1568-1625). Entre los pintores españoles, el primero que incorporó a los cuadros de bodegones la pintura de flores de forma explícita fue Juan van der Hamen (1596-1631), pero quien generalizó este tipo de representaciones, independizándolas de naturalezas muertas compuestas por alimentos, animales y cacharros fue Juan de Arellano (1614-1676), el más influente artista de la pintura de flores en la Península durante los años centrales del siglo.

Estos temas, aislados, en parejas –como en esta ocasión–, o en series, estaban destinados al ornato de las viviendas de nobles y gentes acaudaladas, que deseaban embellecer sus residencias con una pintura decorativa, amable y de rico cromatismo, ya que la ornamentación era la principal función de estos cuadros. Díaz, activo en una noble y rica ciudad como Valladolid, que había sido sede de la corte en los primeros años de la centuria, debió de tener una clientela proclive a este tipo de encargos. Aunque en su principal actividad, la de pintor religioso, se mostró conservador y poco evolutivo a la hora de incorporar a su estilo las novedades del lenguaje barroco, en la pintura de flores revela su conocimiento del arte flamenco y de los nuevos géneros impulsados por el gusto de la época.

Estas dos obras tienen una composición muy similar, definida por sendas cestas de mimbre que contienen un conjunto de flores –rosas, tulipanes, iris, jacintos, narcisos…– sobre una mesa. Se ha citado en alguna ocasión que el artista muestra en sus cuadros de flores un estilo delicado y preciso, cualidades que pueden apreciase en el caso de estas dos pinturas, en las que juega con los efectos de luces y sombras para generar efectos espaciales.

La riqueza y variedad del colorido, que destaca sobre un fondo neutro algo oscurecido, y el movimiento de las formas realzan el carácter decorativo de las pinturas, acentuado también por la luminosidad que subraya la zona central de cada ramo. Este interés ornamental supera los modelos más estáticos y convencionales de las primeras décadas del siglo y permite recordar también la influencia de cuadros más decorativos de origen italiano, que Díaz conoció posiblemente a través de estampas, y fechar ambas obras en los años centrales del siglo. Por estos motivos también se puede apuntar la posibilidad de que conociera obras de Arellano, que en la década de los años 50 ya había alcanzado la plenitud de su arte.


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Bodegón I. Obra de Diego Valentín Díaz, s.f. Óleo sobre lienzo, 36 x 40 cm. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga.

La producción de bodegones de Diego Valentín Díaz es poco conocida. No existen referencias documentales de este tipo de encargos, lo cual no es extraño puesto que era lo habitual en la época, al ser considerado un género menor, y en muchas ocasiones solía ser realizado en los talleres para su venta posterior, sin cliente previo.

Entre las pinturas que se citan en su testamento figuran algunos cuadros de flores, posiblemente de su mano, y en el inventario de 1661 un libro con cuarenta y cuatro estampas de flores, lo que induce a pensar que dedicó parte de su obra a estos temas. En la actualidad se conservan dos floreros que pertenecen a la catedral de Valladolid, otros dos bodegones de flores de propiedad privada y algunos ejemplos en el comercio. Los estudiosos que han tratado la dedicación de Diego Valentín Díaz a este tema han considerado como precedentes, y muestra de su interés por estas representaciones, las flores en jarrones que forman parte del gran lienzo que el artista pintó para el refectorio del convento de Portaceli de Valladolid.

Los primeros ejemplos de floreros llegaron a España desde la escuela flamenca a principios del siglo XVII, especialmente a los círculos cortesanos, y la mayoría realizados por Jan Brueghel (1568-1625). Entre los pintores españoles, el primero que incorporó a los cuadros de bodegones la pintura de flores de forma explícita fue Juan van der Hamen (1596-1631), pero quien generalizó este tipo de representaciones, independizándolas de naturalezas muertas compuestas por alimentos, animales y cacharros fue Juan de Arellano (1614-1676), el más influente artista de la pintura de flores en la Península durante los años centrales del siglo.

Estos temas, aislados, en parejas –como en esta ocasión–, o en series, estaban destinados al ornato de las viviendas de nobles y gentes acaudaladas, que deseaban embellecer sus residencias con una pintura decorativa, amable y de rico cromatismo, ya que la ornamentación era la principal función de estos cuadros. Díaz, activo en una noble y rica ciudad como Valladolid, que había sido sede de la corte en los primeros años de la centuria, debió de tener una clientela proclive a este tipo de encargos. Aunque en su principal actividad, la de pintor religioso, se mostró conservador y poco evolutivo a la hora de incorporar a su estilo las novedades del lenguaje barroco, en la pintura de flores revela su conocimiento del arte flamenco y de los nuevos géneros impulsados por el gusto de la época.

Estas dos obras tienen una composición muy similar, definida por sendas cestas de mimbre que contienen un conjunto de flores –rosas, tulipanes, iris, jacintos, narcisos…– sobre una mesa. Se ha citado en alguna ocasión que el artista muestra en sus cuadros de flores un estilo delicado y preciso, cualidades que pueden apreciase en el caso de estas dos pinturas, en las que juega con los efectos de luces y sombras para generar efectos espaciales.

La riqueza y variedad del colorido, que destaca sobre un fondo neutro algo oscurecido, y el movimiento de las formas realzan el carácter decorativo de las pinturas, acentuado también por la luminosidad que subraya la zona central de cada ramo. Este interés ornamental supera los modelos más estáticos y convencionales de las primeras décadas del siglo y permite recordar también la influencia de cuadros más decorativos de origen italiano, que Díaz conoció posiblemente a través de estampas, y fechar ambas obras en los años centrales del siglo. Por estos motivos también se puede apuntar la posibilidad de que conociera obras de Arellano, que en la década de los años 50 ya había alcanzado la plenitud de su arte.




Colaboración con Gregorio Fernández  


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Retrato de Gregorio Fernandez por Diego Valentín Díaz. Museo Nacional de Escultura (Valladolid)


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Bautismo de Cristo, madera policromada, c.1630; escultura de Gregorio Fernández (1576-1636), policromía atribuida a Diego Valentín Díaz. Museo Nacional de Escultura, Valladolid.


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San Pedro en cátedra, madera policromada, c.1630; escultura de Gregorio Fernández (1576-1636), policromía atribuida a Diego Valentín Díaz. Museo Nacional de Escultura, Valladolid.


Tres lienzos atribuidos a Ricci, identificados como obras de Diego Valentín Díaz




Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado el trabajo recopilatorio dedicado a Diego Valentín Díaz (1586-1660) fue un pintor barroco español de formación manierista y una producción abundante pero escasamente evolucionada a pesar de su larga vida. Hombre culto y bien relacionado con los medios eclesiásticos, llegó a ser el pintor más prestigiado de Valladolid, donde nació, alcanzando su fama a Francisco Pacheco, con quien mantuvo correspondencia, y al propio Velázquez, que lo visitó en su casa de Valladolid poco antes de su muerte.


Fuentes y agradecimientos a: es.wikipedia.org, commons.wikimedia.org, pintura.aut.org, carmenthyssenmalaga.org, invertirenarte.es y otras de Internet.
 




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No debemos dejar que la Cultura muera, si muere el Arte, muere nuestra parte humana...

Los actos de hoy, marcarán nuestra era, sino...

¿Qué dejaremos para el que venga mañana?

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