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En esta sección sólo se permiten exposiciones de Pintores Españoles. La forma de abrir una exposición es el autor con su fotografía y su biografía y los cuadros de la exposición con un tamaño no superior a los 800 píxeles.


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Rogelio De Egusquiza (1845-1915)
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Este trabajo recopilatorio está dedicado a Rogelio de Egusquiza y Barrena (Santander 1845 - Madrid 1915), pintor, escultor y grabador, nacido en Astilleros, Santander. Culto y melómano, es un gran desconocido para el público. "El ilustre olvidado" le llamará Diego Bedia Casanueva, experto en arte, cuando aborde la figura de este personaje. Es escasa la biografía encontrada y apenas ha sido objeto de materia de investigación.


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Rogelio de Egusquiza fue, junto a Joaquín Marsillach, uno de los dos únicos amigos españoles que tuvo Wagner.

En un primer momento se dedica a la pintura de historia, dará paso al retrato de la alta sociedad y a escenas de género. En 1879 viaja a Munich para asistir a la representación de la tetralogía de "El anillo del Nibelungo" quedando tan impactado, que dedicará sus veinte años posteriores a la pintura wagneriana. Solo la dejará a final de siglo para concentrarse en el siglo de Oro español.

Está vinculado al Wagnerianismo madrileño.  Este pintor montañés fue admirador y amigo de Wagner. La obra del músico ejercerá enorme influencia en su pintura. Mantuvo relación personal con el compositor alemán y su mujer Cósima, siendo uno de los escasísimos españoles que logró entrar en la intimidad del círculo del Wagner junto a español el doctor José de Letamendi o Joaquín Marsillach. Se relacionó con pintores de su tiempo como Mariano Madrazo y Fortuny, Ricardo Madrazo, Beruete y Moret, Cecilio Plá... los cuales conocieron la obra de Wagner por Egusquiza.

La mayor parte de su obra wagneriana se desarrolló en París, donde fijó su residencia. Sus cuadros estudian la naturaleza del personaje e intentan transmitir su sentido y su estado anímico a partir de la expresión corporal.

Paloma Ortíz de Urbina Sobrino en su trabajo "La huella de Richard Wagner en la pintura española" dice de este personaje cultivado, polifacético y europeísta , y citando a Berruete, que "su temperamento y su competencia musical (tocaba el órgano y el piano e interpretaba las obras de su querido amigo) le inclinaron a la filosofía de Shopenhauer y a las artes alemanas, allá por el año 1876.

Su admiración por Wagner fue tal que le llevó a visitar  Bayreuth en 1879. Manteniendo a partir de entonces contacto con el compositor alemán. El "Parsifal" de 1882 marcó mucho su trayectoria pictórica. Mariano Fortuny y Madrazo dice que volvió de Bayreuth "completamente transformado y fascinado. Sólo veía armonías simples, líneas severas, entonaciones grises y austeras".

E igual que Wagner, se preocupó del tratamiento de la luz sobre la escena. Suprimir la iluminación inferior a favor de una superior, más espiritual. Son pinturas que evocan austeridad, recogimiento, soledad, concentración, pureza, espiritualidad.

Obras más significativas: Sus dos grandes lienzos, "Tristán e Isolda. La Vida" y "Tristán e Isolda. La Muerte", Retrato de Wagner, Retrato de Shopenhauer, y Luís II de Baviera. Diversos cuadros, dibujos y aguafuertes de personajes operísticos wagnerianos: Kundry, Parsifal, Amfortas, Titurel, El santo Grial... retratos y grabados de personajes célebres como Goya, Calderón de la Barca...

"La dicha y la tristeza de los dos, la muerte y la vida de los dos, todo ello estaba tan estrechamente entretejido, que lo que el uno padecía, el otro lo sentía. Lo que alegraba a uno, el otro lo percibía....Su tormento común era tan claramente visible en sus rostros, que se podían describrir indicios seguros de su amor en su aspecto exterior"  (Gottfried von Strassburg)

Espero que la recopilación que he conseguido de este artista español, sea del interés de los aficionados al arte que frecuentan esta sección de arte, y contribuya en su divulgación.






Algunas obras

    
Egusquiza en el Museo del Prado

Rogelio de Egusquiza (Santander, 1845-Madrid, 1915). Pintor, escultor y grabador español. Discípulo de Francisco Mendoza, en 1860 se traslada a París e ingresa en la Escuela de Bellas Artes, donde tiene como profesor a Léon Bonnat. En 1862 viaja por Inglaterra, Bélgica, Holanda y Alemania y en 1869 se instala definitivamente en la capital francesa. Su primera andadura está marcada por la pintura de historia, vía que pronto abandona para dedicarse a los retratos de la ­alta sociedad y a escenas de género, muy en la línea de Fortuny, a quien conoce y admira. La tensa situación política por la que atraviesa Francia le lleva a trasladarse a Madrid, aunque regresa a París tan pronto como le es posible. Desde allí viaja de nuevo a Roma, donde trabaja con Raimundo y Ricardo de Madrazo en el taller de Fortuny, que acababa de fallecer, hasta la primavera de 1875. Compagina esta actividad con su asistencia a la Academia de España. En 1876 su obra experimenta un giro decisivo motivado por la pasión que despierta en él la figura de Richard Wagner. En 1879 viaja a Múnich para asistir a la representación de El anillo del nibelungo, y queda tan sobrecogido que decide ir a Bayreuth para conocer al compositor personalmente. De regreso a París, entra a formar parte del grupo de creadores simbolistas imbuidos de wagnerianismo y acomete una serie de obras en las que se aprecia una nueva concepción del arte como vehículo místico y sacralizado. Dentro de este contexto deben entenderse sus retratos del filósofo Arthur Schopenhauer y de Luis II de Baviera, así como su participación en el primer salón de la Rosa Cruz (1892), al que concurre en las ediciones de 1893, 1896 y 1897. En la Exposición Universal de París de 1900 presenta su serie de cinco estampas sobre Parsifal, que le hace merecer la medalla de plata y, poco después, la Legión de Honor. Durante veinte años consagra su obra a esta temática wagneriana que solo al final del siglo deja paso a otros intereses, como el siglo de oro español. Dentro de esta nueva etapa lleva a cabo una serie de retratos de Calderón de la Barca, Goya y Cervantes, creadores a los que, por otra parte, empezaba a reivindicar el propio contexto finisecular. Antes de morir dona parte de su obra al Museo de Reproducciones Artísticas, a la Biblioteca Nacional y al Conservatorio Nacional de Música. A su vez, dona en 1902 al Museo de Arte Moderno una serie de dibujos y grabados que pasaría al Museo del Prado en 1971. En ella encontramos cuatro estudios de cabezas muy detallados, que constituyen una primera aproximación a los caracteres wagnerianos de Kundry, Titurel, Amfortas y Parsifal. Representadas con luz cenital y en actitud de recogimiento y concentración espiritual, estas efigies encuentran su réplica al óleo y al aguafuerte en el seno del propio Museo, que también posee un busto de bronce de Richard Wagner (1892), así como una serie de retratos al aguafuerte.


Obras en el Prado

    - Kundry, óleo sobre lienzo, 292 x 180 cm, firmado, 1906 [P6029].
    - Parsifal, óleo sobre lienzo, 242 x 186 cm, firmado, 1906 [P6030].
    - Retrato de señora, óleo sobre lienzo, 55 x 46 cm, firmado, 1913 [P6769].
    - Amfortas, óleo sobre lienzo, 240 x 180 cm, firmado (en dep. en el Museo de Cáceres) [P7137].
    - Titurel, óleo sobre lienzo, 250 x 190 cm, firmado (en dep. en el Museo de Cáceres) [P7138].
    - Retrato de Richard Wagner, bronce fundido, 49 x 24 x 23 cm, firmado, 1892 [E560].
    - Figura wagneriana, pastel sobre papel, 447 x 333 mm, firmado, 1895 [D4930].
    - Parsifal, carbón y pastel sobre papel, 450 x 370 mm, firmado, 1890 [D4931].
    - Desnudo femenino y estudio de extremidades, lápiz y pastel sobre papel, 300 x 540 mm, firmado, 1893 [D4932].
    - Titurel, sanguina sobre papel, 440 x 300 mm, firmado, 1890 [D4933].
    - Amfortas, carbón y tiza sobre papel, 516 x 381 mm, firmado, 1890 [D4947].
    - Kundry, carbón y tiza sobre papel, 490 x 370 mm, firmado, 1893 [D4948].
    - Retrato de Francisco de Goya, aguafuerte sobre papel, 470 x 350 mm, firmado, 1902 [G1517].
    - Retrato de Calderón de la Barca, aguafuerte sobre papel, 507 x 380 mm, firmado, 1902 [G1518].
    - Retrato de Calderón de la Barca, aguafuerte sobre papel, 507 x 380 mm, firmado, 1902 [G1519].
    - Tristán e Isolda, aguafuerte y punta seca sobre papel, 469 x 350 mm, firmado, 1896 [G1520].
    - Kundry, aguafuerte y punta seca sobre papel japón, 515 x 385 mm, firmado, 1894 [G1521].
    - Titurel, aguafuerte y punta seca sobre papel japón, 517 x 380 mm, firmado, 1899 [G1522].
    - Amfortas, aguafuerte y punta seca sobre papel japón, 506 x 368 mm, firmado, 1894 [G1523].
    - El Santo Grial, aguafuerte, aguatinta y punta seca sobre papel japón, 300 x 242 mm, firmado, 1893 [G1524].
    - Parsifal, aguafuerte y punta seca sobre papel japón, 509 x 365 mm, firmado, 1895 [G1525].
    - Retrato de Luis II de Baviera, aguafuerte, aguatinta, bruñidor, punta seca y rascador sobre papel japón, 507 x 400 mm, firmado [G1526].
    - Retrato de Arturo Shopenhauer, aguafuerte sobre papel, 462 x 360 mm, firmado [G1748].
    - Retrato de Ricardo Wagner, aguafuerte y aguatinta sobre papel, 550 x 385 mm, firmado [G1749].


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Santo Grial, Rogelio de Egusquiza. Aguatinta y punta seca sobre papel japonés, 300 x 242 mm, 1893. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902

Egusquiza era ya un artista de larga trayectoria cuando en septiembre de 1879 conoció personalmente a Richard Wagner, al que ya admiraba y seguía, siendo el único artista español que mantuvo una verdadera relación, aunque esporádica y respetuosa, con el compositor. El acercamiento al músico transformó por completo sus intereses artísticos, concentrándose desde entonces en la iconografía de las creaciones musicales del maestro alemán.

Con una perseverancia casi obsesiva, a lo largo de los años Egusquiza estudió en dibujos, grabados y lienzos a los protagonistas de Parfisal -la última creación operística de Richard Wagner concebida como una gran alegoría de la salvación humana-causando en su tiempo gran eco entre los escasos intelectuales y artistas españoles agrupados en torno a la Asociación Wagneriana de Madrid y alcanzando así su mayor consagración como pintor.

La afectación de cada uno de los personajes, bañados por la luz sobrenatural que irradia de la bondad redentora del Santo Grial, definió la estética de estas obras wagnerianas de Egusquizal. Para subrayar su comunión espiritual se concentra radicalmente en la expresión alucinada de las figuras, imbuidas siempre de un estilo declamatorio y teatral, de una gestualidad extrema, que corresponde a su propia naturaleza escénica y que trasmite la extraordinaria profundidad del drama interior de sus personajes.


Egusquiza

Egusquiza, Rogelio (Santander, 1845 - Madrid, 1915), pintor, escultor y grabador español, discípulo de Francisco de Mendoza, en 1860 se traslada a París e ingresa en la escuela de Bellas Artes, donde tiene como profesor a Léon Bonnat. En 1862 viaja por Inglaterra, Bélgica, Holanda y Alemania y en 1869 se instala definitivamente en la capital francesa.

Su primera andadura está marcada por la pintura de historia, vía que pronto abandona para dedicarse a los retratos de la alta sociedad y a escasas escenas de género, muy en la línea de Fortuny, a quien conoce y admira. La tensa situación política por la atraviesa Francia le lleva a trasladarse a Madrid, aunque regresa a París tan pronto como le es posible. Desde allí viaja de nuevo a Roma, donde trabaja con Raimundo y Ricardo de Madrazo en el taller de Fortuny, que acababa de fallecer, hasta la primavera de 1875. Compagina esta actividad con su asistencia a la Academia de España. En 1876 su obra experimenta un giro decisivo motivado por la pasión que despierta en él la figura de Richard Wagner. En 1879 viaja a Múnich para asistir a la representación de El anillo del nibelungo, y queda tan sobrecogido que decide ir a Bayreuth para conocer al compositor personalmente. De regreso a París, entra a formar parte del grupo de creadores simbolistas imbuidos de wagnerianismo y acomete una serie de obras en las que se aprecia una nueva concepción del arte como vehículo místico y sacralizado. Dentro de este contexto deben entenderse sus retratos del filósofo Arthur Shopenhauer y de Luis II de Baviera, así como su participación en el primer salón de la Rosa Cruz (1892), al que concurre en las ediciones de 1893, 1896 y 1897.

En la Exposición Universal de París de 1900 presenta su serie de cinco estampas sobre Parsifal, que le hace merecer la medalla de plata y, poco después, la Legión de Honor. Durante veinte años consagra su obra a esta temática wagneriana que solo al final del siglo deja paso a otros intereses, como el siglo de oro español. Dentro de esta nueva etapa lleva a cabo una serie de retratos de Calderón de la Barca, Goya y Cervantes, creadores a los que, por otra parte, empezaba a reivindicar el propio contexto finisecular. Antes de morir dona parte de su obra al Museo de Reproducciones Artísticas, a la Biblioteca Nacional y al Conservatorio Nacional de Música. A su vez, dona en 1902 al Museo de Arte Moderno una serie de dibujos y grabados que pasaría al Museo del Prado en 1971. En ella encontramos cuatro estudios de cabezas muy detallados, que constituyen una primera aproximación a los caracteres wagnerianos de Kundry, Titurel, Amfortas y Parsifal. Representadas con luz cenital y en actitud de recogimiento y concentración espiritual, estas efigies encuentran su réplica al óleo y al aguafuerte en el seno del propio Museo, que también posee un busto de bronce de Richard Wagner (1892), así como una serie de retratos al aguafuerte.



Algunas obras en el Museo del Prado


Parsifal


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Rogelio de Egusquiza - Parsifal. Óleo sobre lienzo, 242 x 186 cm. 1910. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1914

Parsifal es una ópera de Richard Wagner (1813-1883) inspirada en la leyenda artúrica del Santo Grial. Para salvar al Rey de una grave enfermedad Parsifal debe recuperar el Grial de manos del mago traidor Klingsor y sus bellas huríes, entre las que destaca la malvada Kundry que Egusquiza pinta en cuadro parejo (P06029). La victoria de Parsifal se debe a que renuncia a la tentación del placer carnal, a su autarquía y ascetismo. Las leyendas sobre personajes wagnerianos fueron tema primordial de las obras de Egusquiza que fue además de importancia capital para la introducción del wagnerismo en España, miembro de honor de la Asociación Wagneriana e inspirador de temas wagnerianos en sus discípulos y colegas. En este caso Egusquiza destaca la espiritualidad del tema con el contraste de luz y el carácter simbolista de la escena.

La última creación operística de Wagner está inspirada en un poema medieval relacionado con la literatura artúrica y narra la historia del legendario caballero Perceval, cuya vida está destinada a custodiar el Santo Grial. Con la misión de salvar a Amfortas, Gobernador del Reino del Grial, de una herida mágica producida por la Lanza de Longinos, que le ha hecho enfermar, Parsifal -considerado como un “casto inocente, iluminado por la compasión”- parte del castillo de Montsalvat. Tiene como misión recuperar esa misma lanza, que está ahora en poder del mago Klingsor, quien para impedírselo cuenta con la ayuda de Kundry. Ésta es una malvada hechicera que anhela, secretamente, redimirse de sus malas acciones que la mantienen maldita desde hace siglos, por haberse reído del sufrimiento de Cristo camino del Calvario.

El triunfo de Parsifal y su regreso a Montsalvat, debido no sólo a su habilidad como caballero sino a su ascética independencia y a la bondad de sus decisiones, coincide con la muerte de Titurel, padre de Amfortas y primer custodio del Grial y de la Lanza, fallecido sin conocer el feliz desenlace. La Lanza cura definitivamente el sufrimiento de Amfortas y Parsifal, aclamado ya como su nuevo guardián, oficia una ceremonia con el Grial tras la que Kundry queda también perdonada y encuentra descanso eterno mientras una simbólica paloma se posa primero sobre el Cáliz y finalmente sobre el propio Parsifal. El Mal, en cualquiera de sus manifestaciones, se desvanece así ante la presencia del Bien Supremo.

Aunque empezó a trabajar en ella en 1857, no la estrenó hasta 1882. Wagner la bautizó como Festival escénico sacro, prohibiendo la representación de la misma fuera del teatro de Bayreuth, único escenario donde se garantizaba una programación a la altura moral de la intensidad religiosa de su creación.

Fue precisamente en España –país en el que está ambientada la obra- dónde se estrenó legalmente por primera vez fuera de Bayreuth, en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona, el 31 de diciembre de 1913, tras levantarse la prohibición wagneriana que había sido respetada universalmente, y alterada sólo una vez por la Metropolitan Opera de Nueva York en 1903. No es extraño que España fuera el escenario de ese primer estreno respetuoso con los designios de su autor, pues era uno de los lugares fuera de Alemania donde Wagner tuvo más fervorosos –y organizados- adeptos. El propio Egusquiza es buen ejemplo de ello, pues participó, junto a otros importantes personajes culturales del momento, de la llamada Asociación Wagneriana de Madrid, y otras agrupaciones parecidas surgieron en varios puntos del país, dedicadas a promover la difusión de su música. Algunas, como la de Barcelona, destacaron enormemente en el panorama internacional por sus brillantes y activas iniciativas.


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Kundry. Rogelio de Egusquiza. Óleo sobre lienzo, 296 x 180 cm. 1906. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1914

Personaje femenino principal de Parsifal, último drama musical en tres actos de Richard Wagner (1813-1883) donde alcanza el ideal de redención de carácter cristiano (Festival Sagrado). Estrenado en 1882, Kundry tiene sus correspondencias en carácter y estética en los personajes de Venus en Tannhäusser (1845) y de Ortud en Lohengrin (1850), ambos definidos por el autor. Su actitud es fuertemente contradictoria y siempre sumida en permanente división: como animal repta y se humilla sirviendo a los intereses de los caballeros del Grial, su máximo objetivo; cuando es servidora del mago Klingsor, se transforma sin embargo, en mujer deseable, muy sensual, poseedora de un gran atractivo erótico y capaz de perturbar intensamente a los mismos caballeros. Su registro corresponde al de mezzosoprano o al de soprano dramática.


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Titurel, Rogelio de Egusquiza. Sanguina sobre papel, 440 x 300 mm, 1890. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902.


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Amfortas. Rogelio de Egusquiza. Clarión y carbón sobre papel, 516 x 381 mm. 1890. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902


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Kundry. Rogelio de Egusquiza. Carbón y clarión sobre papel, 490 x 370 mm. 1893. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902


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Parsifal. Rogelio de Egusquiza. Carbón y pastel sobre papel, 450 x 370 mm. 1890. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902


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Titurel. Rogelio de Egusquiza. Aguafuerte y punta seca sobre papel japonés, 517 x 380 mm. 1893. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902


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Amfortas. Rogelio de Egusquiza. Aguafuerte y punta seca sobre papel japonés, 506 x 368 mm. 1894. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902


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Kundry. Rogelio de Egusquiza. Aguafuerte y punta seca sobre papel japonés, 515 x 385 mm. 1894. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902


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Parsifal. Rogelio de Egusquiza. Aguafuerte y punta seca sobre papel japonés, 509 x 365 mm. 1895. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902


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Richard Wagner. Rogelio de Egusquiza. Aguatinta, 550 x 385 mm. Antes de 1902. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902


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Luis II de Baviera. Rogelio de Egusquiza. Aguatinta sobre papel japonés, 507 x 400 mm. Antes de 1902. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902


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Richard Wagner. Rogelio de Egusquiza. Bronce fundido, 49 x 24 x 23 cm. 1892. Madrid, Museo Nacional del Prado. Donación del autor, 1902



Otras obras


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Una noche en Venecia. Rogelio de Egusquiza


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Dama obdervando una foto. Firmado R. Egusquiza. 1915.  óleo sobre madera, 28 x 21 cm


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'Seated woman in pink'. Rogelio de Egusquiza


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Un caballero de la alta sociedad, firmado y "un amigo paganos, R. Egusquiza" con dedicación, 1915 óleo sobre lienzo, 55 x 45 cm.


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'Dama sentada sobre una alfombra de piel de león.' Rogelio de Egusquiza


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Al final del baile. Firmado R. Egusquiza. 1915. Óleo sobre panel, 105 x 70,5 cm


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Un descanso durante el baile. Firmado y fechado por Rogelio de Egusquiza 1879. Óleo sobre lienzo, 55 x 85 cm


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Muerte de Tristan e Isolda. Rogelio de Egusquiza. 1910. Óleo sosbre lienzo,  1.600 x 2.400 mm. l Museo de Bellas Artes de Bilbao



Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado el trabajo recopilatorio dedicado a Rogelio de Egusquiza  (1845 - 1915), pintor, escultor y grabador, nacido en Astilleros, Santander. Culto y melómano, es un gran desconocido para el público. "El ilustre olvidado" le llamará Diego Bedia Casanueva, experto en arte, cuando aborde la figura de este personaje. Es escasa la biografía encontrada y apenas ha sido objeto de materia de investigación. Curiosamente Egusquiza fue, junto a Joaquín Marsillach, uno de los dos únicos amigos españoles que tuvo Wagner.


Fuentes y agradecimientos: museodelprado.es, es.wikipedia.org, commons.wikimedia.org, wikigallery.org, kolybanov.livejournal.com, tuca-artzeche.blogspot.com.eselpais.com y otras de Internet.
 




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No debemos dejar que la Cultura muera, si muere el Arte, muere nuestra parte humana...

Los actos de hoy, marcarán nuestra era, sino...

¿Qué dejaremos para el que venga mañana?

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Post Re: Rogelio De Egusquiza (1845-1915) 
 
Rogelio de Egusquiza, el español que retrató a Wagner



 user_50_retrato_de_wagner_por_rogelio_de_egusquiza_1883

'Retrato de Wagner', por Rogelio de Egusquiza (1883).Durante el último cuarto del siglo XIX, las obras –tanto musicales como literarias– del compositor alemán Richard Wagner arrasaban en toda Europa, hasta el punto de que en aquellos años se desató una auténtica fiebre “wagnerista” por buena parte del continente.

Este fervor por la obra del alemán era sobre todo de carácter estético, y estaba estrechamente vinculada con la pintura, y más en concreto con la corriente simbolista, influyendo en artistas como Fantin-Latour o Gustav Klimt.

En España esta nueva “ola” artística llegó con cierto retraso, aunque cuando lo hizo fue con un notable impacto. En Cataluña el influjo wagnerista alcanzó a artistas como Ramón Bas, Salvador Alarma o, ya más tardíamente, Salvador Dalí. Mientras, en la capital, un grupo de entusiastas seguidores del compositor alemán había creado la Asociación Wagneriana de Madrid, que se reunía habitualmente en el célebre restaurante Lhardy.

Todos los habituales a las reuniones del restaurante, entre los que se encontraban el dueño del local, Agustín Lhardy, el pintor Aureliano de Beruete o Tomás Campuzano, compartían un mismo interés por la música y la pintura a partes iguales. Sin embargo, fue uno de estos wagnerianos miembros del grupo madrileño, el pintor cántabro Rogelio de Egusquiza, quien acabó por convertirse en el máximo exponente de la estética wagneriana en España.

Egusquiza es en la actualidad poco más que un desconocido, no sólo entre el gran público, sino incluso entre buena parte de los historiadores del arte. Sin embargo, su trayectoria artística –más convencional en sus inicios, pero enormemente interesante en su etapa de madurez– estuvo estrechamente vinculada a la obra de Wagner, de quien llegó a ser amigo personal, y a quien tuvo el honor de retratar en varias ocasiones.

A diferencia de sus colegas y contemporáneos, Egusquiza pasó la mayor parte de su vida fuera de España –sobre todo en París–, aunque siempre mantuvo un estrecho contacto con Madrid, donde residía su hermana. En su primera etapa como pintor, el artista cántabro apenas destacó como autor de obras de género y algunos retratos de menor importancia. En 1860, con sólo quince años, se había trasladado a París y había ingresado en la Escuela de Bellas Artes de la capital gala, aprendiendo junto a Léon Bonnat.

Su trayectoria, sin embargo, no dio un giro radical hasta 1876, cuando la estela del compositor alemán se cruzó en su vida. En aquel año, Rogelio de Egusquiza tuvo ocasión de leer uno de los ensayos de Wagner, y gracias a él descubrió al mismo tiempo los escritos del filósofo Schopenhauer. Aquel descubrimiento de ambos autores fue toda una revelación, y como él mismo explicó, desde entonces decidió “vivir para la pintura, y no de la pintura”.


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'El Santo Grial', grabado de Egusquiza (1901) | © The Trustees of the British Museum

A partir de ese momento la admiración y obsesión de Egusquiza por Wagner fue en aumento, hasta el punto de que en 1879 el artista cántabro viajó hasta Bayreuth para conocer en persona a su ídolo intelectual y artístico. Egusquiza cumplió su objetivo, y el encuentro con Wagner resultó tan catártico que, como el mismo confesaría después, cambió su vida para siempre.

En los años siguientes, el cántabro continuó visitando a Wagner en diferentes ocasiones, entablando una sincera amistad con el compositor alemán. La confianza llegó a tal punto que, incluso, el músico llegó a encargarle varios retratos. El primer de ellos se lo encargó tras su primera visita a Bayreuth, aunque parece ser que no resultó del total agrado de Wagner, por lo que Egusquiza pronto inició otro.

Mientras trabajaba en aquella obra, el pintor español visitó por última vez al músico en 1882, y durante aquella nueva estancia en Bayreuth, tuvo oportunidad de asistir a la representación de la ópera ‘Parsifal’, hecho que volvió a afectar profundamente al artista, influyendo de forma notable en su producción artística.

Desde aquel momento, la carrera pictórica de Egusquiza giró casi en exclusiva en torno a los ciclos wagnerianos, y en especial a los vinculados con los mitos del Grial, adoptando a partir de entonces una estética plenamente simbolista, en perfecta coherencia con el estilo que estaban desarrollando en aquel entonces otros simbolistas europeos.

Cuando unos meses más tarde –en febrero de 1883–, su admirado Wagner fallecía en Venecia, Egusquiza iniciado ya el giro definitivo a su obra plástica. Tras conocer la triste noticia del fallecimiento del compositor, el artista cántabro envió a su viuda el segundo retrato en el que había estado trabajando, un grabado realizado al aguafuerte.


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Detalle de 'Parsifal' (1910) | Crédito: Museo Nacional del Prado.

El original quedó en manos de la esposa de Wagner, pero Egusquiza decidió vender las pruebas a sus intermediarios para que imprimiesen copias del grabado. El artista las vendió por un precio de 19 francos, mientras que sus compradores las revendieron por nada menos que 70.000. En pocos meses, el retrato de Egusquiza ilustraba páginas de periódicos, libros y libretos musicales con el rostro de Wagner, alcanzando una difusión inesperada.

Con el paso de los años, Egusquiza continuó explorando su vertiente simbolista, siempre de la mano de la estética wagneriana. En 1891, mientras continuaba en París, había entrado en contacto con los rosacruces simbolistas del círculo de Péladan, e incluso llegó a exponer con ellos en varios de sus Salones.

Igualmente importante fue la influencia que ejerció el pintor en el grupo de artistas e intelectuales vinculados a la Asociación Wagneriana de Madrid –entre ellos a Mariano Fortuny, Beruete o Federico Madrazo–, de la que fue nombrado socio de honor. No en vano, Egusquiza fue uno de los pocos españoles –junto con el doctor José de Letamendi– que pudo disfrutar de la amistad personal del músico alemán, escribiendo además en las páginas del Bayreuth Blätter, la publicación creada por Wagner.

A su muerte en 1915, acaecida en Madrid, Egusquiza seguía cultivando la estética wagneriana a la que tanto debía y a la que había dedicado su vida y gran parte de su obra. Curiosamente, coincidiendo con su muerte desaparecía también el grupo wagneriano de Madrid, y con ambas pérdidas la obra del cántabro comenzó a quedar en el olvido.

Hoy buena parte de sus grabados, bocetos y pinturas se encuentran repartidos entre la Biblioteca Nacional de Madrid –a la que donó en 1903 un buen número de obras–, el British Museum y el Museo del Prado. En la pinacoteca madrileña, precisamente, se recordará a partir del próximo 5 de noviembre, y hasta el 7 de septiembre de 2014, la obra y la figura de este singular simbolista español en la muestra El Mal se desvanece. Egusquiza y el Parsifal de Wagner en el Museo del Prado.


Fuente: es.noticias.yahoo.com / Por Javier García Blanco | Arte secreto –  3 nov 2013
 




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Post Re: Rogelio De Egusquiza (1845-1915) 
 
Rogelio de Egusquiza, un pintor amigo de Wagner
    


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Rogelio de Egusquiza - Kundry (1906)

ROGELIO DE EGUSQUIZA fue, junto a Joaquín Marsillach, uno de los dos únicos amigos españoles que tuvo Wagner. Dado que Egusquiza era pintor y que nosotros siempre nos hemos interesado por el tema de Wagner y la pintura, era lógico que nos sintiésemos atraidos por su vida y su obra.

En nuestro libro “Pintores Wagnerianos”, elegimos seis pintores de cuya obra queríamos ocupamos con el máximo de detalle dentro de nuestras posibilidades económicas y uno de ellos fue naturalmente el ilustre compatriota. Habíamos recibido toda la colaboración posible de los Museos del Prado, Badajoz y Santander, así como de la Biblioteca de Catalunya y de la “Bibliothèque et Musée de l’Opéra” de París, pero seguíamos sin localizar algunas obras importantes. Los Museos del Prado y Santander nos informaron de que la Sra. Sonia Blanco estaba preparando una tesis doctoral sobre este pintor. Nos pusimos en contacto con ella y, dado que nosotros los teníamos, le facilitamos una serie de datos que ella desconocía, como era el texto de la carta de Egusquiza a Cósima Wagner que se conserva en Bayreuth, el artículo que publicó en las “Bayreuther Blätter” y los comentarios que sobre él se hallan en los Diarios de Cósima. Como sea que tenía que presentar su tesis doctoral inmediatamente le dimos esta información telefónicamente. Por nuestra parte, le rogamos nos indicase el paradero de algunas de las obras del pintor. Nunca recibimos contestación a nuestras cartas. Citamos este ejemplo como muestra de que en ocasiones los más entusiastas defensores de un artista logran lo contrario de lo que pretenden, no contribuyen a difundir la obra del autor en que están especializados, sino que más bien lo dificultan. Debido a la falta de colaboración de la señora Sonia Blanco, en nuestro nuevo libro “Das Werk Richard Wagners im Spiegel der Kunst”, la obra de Egusquiza se halla sólo modestamente representada aunque nuestro deseo hubiera sido el de darle mucha más importancia. Naturalmente, y pese a tener nosotros por él un interés preferente, tuvimos que realizar gestiones para enteramos de datos de 150 artistas diferentes y no pudimos dedicar a cada uno todo el tiempo que hubiésemos deseado. Esta falta de colaboración fue verdaderamente una lástima.

Ahora, la Fundación Botín ha impulsado la celebración de una Exposición dedicada al pintor Rogelio de Egusquiza y ha editado un soberbio catálogo donde pueden verse unas 30 obras de este pintor cántabro sobre temas relacionados con Richard Wagner reproducidas con la mejor calidad, más otras tantas sobre temas diversos. Pese a nuestro interés desde siempre por la obra de Egusquiza, hasta ahora no habíamos conseguido obtener una visión global de este peculiar artista. Dado que Joaquín Marsillach falleció el mismo año que el Maestro, sólo quedaba Rogelio de Egusquiza como wagneriano español vivo entre los que conocieron a Wagner. Durante muchos años el wagnerismo en España únicamente estuvo representado por él, ya que en las listas de miembros de la asociaciones wagnerianas del mundo, el nombre de Rogelio de Egusquiza era el único español que figuraba, aunque como residente en París.

El recientememente fallecido Julio Caro Baroja en el prólogo que tuvo la amabilidad de hacernos para nuestro libro “Richard Wagner y el Teatro Clásico Español”, indicaba sobre este artista; “Recuerdo también ahora que, siendo estudiante de bachiller, se abrió en Madrid una exposición del pintor wagneriano y schopenhaueriano Rogelio de Egusquiza (1845-1915) y que ésta no contribuyó demasiado a wagnerizar a los jóvenes, porque las obras de aquel artista consistían en grandes cuadros “de figura”: es decir, que representaba a los personajes de las óperas en actitudes melodramáticas y no daba impresiones o notas de ambiente ni de conjunto”. Efectivamente esta peculiar manera de tratar el tema wagneriano es en cierto modo poco habitual y en un primer momento puede llegar a defraudarnos pues siempre, al remitimos al tema de la pintura wagneriana, esperamos la plasmación en la tela de la visión ideal de las descripciones wagnerianas que por su dificultad sólo se pueden lograr mediocremente aún en el mejor teatro. Los cuadros de Egusquiza estudian la naturaleza del personaje e intentan transmitir su sentido y su estado anímico a partir de la expresión corporal. Ahora precisamente, a través de esta magnífica exposición y su no menos impresionante catálogo, puede analizarse este aspecto con detalle. El artista quiere que podamos entender al personaje, simplemente por sí mismo, al margen de todo lo que le rodea. A este respecto mencionaremos como único ejemplo, la diferencia que se percibe entre el Amfortas que se reproduce en la página 161 del catálogo (o la página 30 de nuestro libro “Pintores Wagnerianos”) y la que reproducimos en la contraportada de la presente revista, dibujo especial hecho por el pintor para la publicación “Bayreuther Festblaetter” de 1884. Comparemos la expresión de las manos y del rostro y observaremos que en el que reproducimos se acentúa más la gravedad y el sufrimiento del personaje, pudiéndose explicar quizás por el hecho de que este dibujo le fue encargado para el número monográfico dedicado a la muerte de Wagner y que el artista estaría todavía bajo lo efectos de tan infausto acontecimiento.

Como hemos mencionado antes, Rogelio de Eguzquiza fue, junto al Dr. Letamendi, el único colaborador español en las “Bayreuther Blätter”, con un artículo titulado: “Ueber die Beleuchtung der Bühne”[existe traducción en la hemeroteca ]en el que estudia los efectos de la luz en el teatro:
“Cuando contemplamos directamente la naturaleza, la hora del día influye involutariamente en lo que vemos: en el color, en la fuerza, en las propiedades de la luz, en la dirección” y por ello insistía en la necesidad de mejorar este aspecto de las representaciones de Bayreuth suprimiendo definitivamente las candilejas pues “tanto en el interior de un templo, en un palacio o en cualquier otro edificio, en el campo o en el lugar ideal donde el compositor nos transporta para mostramos a sus dioses y sus héroes, la luz proviene de todos lados, excepto del suelo”. Para Egusquiza este aspecto es decisivo ya que Wagner "no olvidó la iluminación en su obra, ya que indicaba en diversos momentos la hora exacta del suceso, incluso la música ayuda a expresar el tipo de luz que se necesita. El gran genio se dio cuenta del efecto que producía en el espectador el alba, el amanecer, el sol de medio día y todos los cambios de luz hasta llegar a la oscuridad". Este artículo está fechado en París el 20 de diciembre de 1884 y fue publicado en el número de junio de 1885 de la aludida publicación.

En un artículo de las dimensiones del presente es imposible extenderse lo que desearíamos sobre el personaje. Digamos que el ya mencionado catálogo de la exposición contiene interesantes comentarios sobre su vida y mucho más todavía el libro “Rogelio de Egusquiza, pintor y grabador” de Aureliano de Beruete. La Exposición ha culminado con un concierto con lieder de Wagner, los habituales de Mathilde Wesendonck, así como algunos otros menos frecuentes, habiendo colaborado modestamente en dicho concierto a través de las traducciones de estos lieder menos conocidos. Queremos felicitar desde estas páginas a todos cuantos han hecho posible la exposición, el catálogo y el concierto.
Incluyendo a la Sra. Sonia Blanco quien si bien no nos prestó en su día la atención que esperábamos de ella, no podemos negar que desborda entusiasmo por la obra de Egusquiza y que ha contribuido a la recuperación y redescubrimiento del prestigioso artista.

Fuente: archivowagner.com / Por Jordi Mota y María Infiesta



El Museo del Prado actualmente les rinde un homenaje, la exposición titulada:

El Mal se desvanece. Egusquiza y el Parsifal de Wagner en el Museo del Prado
 
Del 4 de noviembre de 2013 al 7 de septiembrede 2014
Sala 60, planta baja. Edificio Villanueva


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