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Ángel María Cortellini Hernández
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Mensaje Ángel María Cortellini Hernández 
 
Este trabajo recopilatorio está dedicado al pintor Ángel María Cortellini Hernández (Sanlucar de Barrameda, Cádiz, 1819 – Hacia 1891) fue un pintor español. Era hijo de un italiano del Piamonte que se había casado con una nativa de la villa gaditana. Fue un pintor volcado con el costumbrismo, aunque también trabajó el retrato.

Comenzó a dar clase de dibujo a muy temprana edad en su ciudad natal, para luego pasar a ser alumno del maestro sevillano Joaquín Domínguez Bécquer. A los 17 años viaja a Italia tierra de su familia paterna y recorre ciudades norteñas tales como Turín, Milán y Génova. Dos años dura sus peripecias por tierras italianas para más tarde regresar a Sevilla y continuar su formación.

En 1847 se traslada a Madrid, donde su buen hacer pictórico le permite instalarse allí permanentemente. Apreciado por sus maestros de bellas arte en la capital, recibe el nombramiento de Pintor de la Real Cámara y realiza los retratos de la reina Isabel II de España y su marido Francisco de Asis de Borbón. En 1866 recibe la medalla de oro de la Exposición Nacional gracias a Retrato de señora. Igual premio recibió en 1871 con el cuadro titulado La batalla de Wad-Ras.

La Colección Carmen Thyssen-Bornemisza conserva cuato magníficas obras costumbristas. Se trata de 'El cante de la moza', 'No más vino', Francisco Montes "Paquiro", antes de una corrida', 'Salida de la plaza'. Actualmente estas obras están expuestas en el Museo Carmen Thyssen de Málaga.

También el Museo del Romanticismo en Madrid alberga varias obras, especialmente retratos.

Espero que la recopilación que he conseguido de este pintor español, sea del interés de los aficionados al arte que frecuentan esta sección, y contribuya en su divulgación.





Algunas obras


Angel María Cortellini en el Museo Carmen Thyssen de Málaga


Angel María Cortellini Hernández (Sanlúcar de Barrameda, 1819 - Sanlúcar de Barrameda, 1891) Nacido en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) el 27 de septiembre de 1819, su formación académica comienza muy tempranamente, en 1828, en la Escuela de Bellas Artes local, perfeccionando poco después su habilidad técnica bajo la tutela del pintor Joaquín Domínguez Bécquer (1817-1879). En 1837, bajo la protección de sus familiares italianos, se traslada al Piamonte, y en Génova, Turín y Milán continúa sus estudios artísticos.

En 1842 vuelve a Sanlúcar, y asesorado por Joaquín Domínguez Bécquer se matricula en las clases de Yeso y Natural en la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla, a la vez que se forma bajo la dirección de Manuel Barrón en técnicas paisajísticas y estudia la obra de Murillo, conociéndose de él copias de La huida a Egipto y de La Sagrada Familia. Fruto de esta etapa formativa son obras que representan escenas de marcado costumbrismo: majos, toreros, bailarinas, rincones populares con elementos arquitectónicos emblemáticos, bailes y tabernas; elementos todos ellos identificativos de los cuadros firmados en la etapa sevillana y gaditana de Cortellini.

En 1848 se traslada a Madrid y se presenta a la Exposición de la Academia de San Fernando y a la convocada por el Liceo Artístico y Literario con dos cuadros, uno de ellos un Retrato de Francisco Montes. La contemplación de este último cuadro por los reyes dio un giro a su trayectoria artística al ser llamado a Palacio para realizar un retrato de Francisco de Asís, siendo nombrado posteriormente, en 1850, pintor honorario de cámara, retratando sucesivamente la efigie de los soberanos, o copiando en algunas ocasiones los retratos reales ya realizados por los primeros pintores de cámara.

En 1854, por encargo regio, se traslada de nuevo a Italia con el fin de perfeccionarse con el estudio de las obras de los grandes maestros italianos; estancia que se vio truncada rápidamente por los avatares políticos críticos del momento. De nuevo en Madrid, y siguiendo el estilo del retrato oficial impuesto por el gran Federico de Madrazo, se hace con una gran clientela entre la nobleza y la burguesía adinerada.

Desde 1856 concurre asiduamente a las Exposiciones Nacionales con este tipo de retratos, obteniendo una mención honorífica en la edición de 1860 por el retrato de su esposa y en la de 1867 una medalla de tercera clase por el de la actriz María Muñoz.

A partir del año 1871 cambia la temática de sus cuadros, presentando bodegones y retratos colectivos con trasfondo histórico, como La batalla de Wad-Ras, cuadro que en realidad representa una sucesión de pequeños retratos con un fondo bélico en la lejanía.

La última referencia biográfica data de su presentación a la Exposición Nacional de 1887, si bien Gaya Nuño establece la fecha de su fallecimiento en 1899, aunque sitúa la de su nacimiento en 1840, lo que nos induce a pensar que tal vez confunda las fechas de nacimiento y muerte de su hijo, también llamado Ángel Cortellini, que fue marinista de cierta fama, especializado en cuadros de combates navales, formado en el estudio de su padre.


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El cante de la moza. Escena de taberna. 1846. Óleo sobre lienzo, 40 x 31 cm. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga. Obra de Angel María Cortellini Hernández.

En 1846, el mismo año en que Cortellini firmaba en Cádiz esta pintura también conocida como Majos de Triana y Toreros con una guitarrista, se publicó en Londres Gatherings from Spain, que completaba la obra Handbook for Travellers in Spain que Richard Ford, observador sagaz e implacable de la España de la época, había dado a la imprenta un año antes y que gozó de enorme difusión entonces. Ese espléndido libro de Ford todavía hoy sirve como una de las más imprescindibles fuentes para el estudio de la percepción de nuestro país en ese momento. En la obra, se describen las habitaciones de fondas, tabernas y ventas que conoció el viajero, y que no distan mucho de la que puede verse en el cuadro: «Las paredes, por lo general, están sencillamente enjalbegadas; los irregulares suelos, de ladrillo, se suelen cubrir de estera de esparto». Aunque en ese escrito público era ciertamente comedido, se mostraba menos atenuado en una carta enviada a su amigo Addington, embajador inglés en Madrid, sobre las mujeres de Sevilla: «Con escalofríos, incómodas, envueltas en sus chales, (están tumbadas) en sus grandes casas, como graneros no amueblados. Una estera y unas pocas sillas forman el inventario de sus bienes muebles». En la escena, ambientada casi al dictado de esas palabras, se ven varios personajes que se divierten entregados a uno de los espectáculos cotidianos que sorprendieron y fascinaron a dicho escritor inglés: el de las sobremesas, costumbre típica del país. En efecto, una joven toca la guitarra sentada en el centro de la taberna, mientras una anciana parece vigilarla dada la presencia de dos hombres, uno en pie, a sus espaldas, y el segundo sentado a su izquierda, que la mira de manera solícita y al cual ella parece atender.

Ford justifica así lo que parece verse en el cuadro: «Para poder sentir el encanto de la guitarra y de las canciones españolas ha de oírse a una vivaracha andaluza, esté o no adoctrinada en el arte; ellas manejan el instrumento como la mantilla o el abanico; dijérase que forma parte integrante de su ser y que tiene vida, pues realmente todo ello requiere una gracia y un abandono que no es fácil hallar en las mujeres de climas del norte o de zonas más encorsetadas».

El estilo característico de Cortellini en su primera etapa –esta pintura se viene considerando la más temprana conocida– es de modelado rotundo y dibujado, y en ella asoma tímidamente la perfección técnica que años después, instalado ya en la Corte, le proveyó de una discreta pero suficiente clientela. La exquisita sutileza del color de los vestidos de la bella guitarrista, o el pulso primoroso con que describe sus alhajas, la facilidad con la que están ejecutados los trajes de los majos, recreándose en los detalles más atractivos de su tipismo, así como el desenvuelto manejo de sus poses, sueltas y flexibles, mitigan algunas debilidades de perspectiva como la del respaldo de la silla o la descuidada factura del perfil de la anciana.

Enmarcada por el alfeizar de la ventana, como un cuadro dentro de un cuadro –de hecho es el más importante elemento de decoración de toda la estancia–, puede distinguirse perfectamente la más significativa construcción sevillana, la Catedral hispalense con la Giralda a un lado. Esta vista de Sevilla desde la ventana, original recurso de composición empleado por Cortellini para enfatizar el carácter andaluz de su obra, coincide perfectamente con la visión que en ese momento muchos lienzos andaluces ya popularizaban por toda Europa, de la mano de los viajeros que se los llevaban como recuerdos de sus jornadas andaluzas, o de comerciantes que los compraban en Sevilla y en Cádiz para venderlos en el extranjero.

La obra, seguramente compañera de otra escena de taberna del mismo autor junto a la que ingresó en la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza (cat. 29), fue litografiada por Federico González para la Revista Médica de Cádiz, conservándose un ejemplar en el Museo Romántico de Madrid.


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No más vino. Escena de taberna. 1847. Óleo sobre lienzo, 40 x 31 cm. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga. Obra de Angel María Cortellini Hernández.

En el interior de una bodega o taberna, en la que se distinguen a la derecha los barriles para conservar los caldos, un joven trata de escanciar más licor a una muchacha que, sentada en un banco, de espaldas al espectador, tapa la boca de su vaso con las manos, mientras la mesonera –una anciana mujer con tocas de viuda–, con su mano derecha sujeta el brazo del animoso mozo y con la izquierda, le reprende. Junto a ellos, un segundo individuo, ya sin chaqueta, rasguea las cuerdas de una guitarra. Este último parece uno de los Fígaros que vio Richard Ford por esos mismos años en las veladas nocturnas en mesones y posadas de toda España: «Se empieza a oír el rasgueo de una guitarra, pues nunca falta un patilludo Fígaro que esté enterado de la llegada de los huéspedes, y acuda a la reunión por puro amor al arte y al encanto de un cigarro».

En la composición de la obra que comentamos, también conocida como Una taberna, Cuadro costumbrista o Toreros en la taberna, sobresale la concepción escenográfica del espacio, casi de tramoya, que junto con el tratamiento de la figura de la mujer cubierta por un grueso manto, ponen el acento en la trascendencia de la estancia formativa del artista en el Piamonte italiano, donde no sólo conocería las pinturas de aquellos escenográfos sino que se interesaría, al menos superficialmente, por el floreciente coleccionismo de antigüedades clásicas –y que ya en Sevilla su maestro José Domínguez Bécquer le debió inculcar en su Academia del Antiguo– que parecen inspirar algunas de las figuras de sus primeras obras, como esta anciana o la que aparece de perfil en El cante de la moza (cat. 28), de la misma Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, y probable pareja de esta pintura.

Cortellini se muestra muy hábil en el manejo de los colores, tanto en las sutilezas de los tonos tenues del vestido de la muchacha, como en los más brillantes rojos del atuendo del guitarrista, y especialmente en las prendas más oscuras de los dos hombres, mientras que pierde capacidad de modelado en los blancos de las telas de todas las figuras. Resulta muy contrastado el modo acabado y preciso con que describe los detalles de cada personaje, como las flores del cabello de la joven, o las botas de los dos personajes masculinos, mientras que no se detiene prácticamente en la caracterización del ambiente de la taberna, dejándola simplemente abocetada.

Este tipo de escenas de discusiones y revuelos de taberna se hicieron indispensables en los repertorios iconográficos de los pintores costumbristas, incluyendo el del propio Cortellini, ya que esos establecimientos reunían al completo el repertorio de tipos humanos –majos, chulas, contrabandistas, toreros, bailaoras...– y situaciones –riñas y altercados peligrosos, prostitución, fiestas, baile...–, que interesaban a sus potenciales clientes.


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Francisco Montes "Paquiro", antes de una corrida. La despedida del torero. 1847. Óleo sobre lienzo, 40 x 31 cm. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga. Obra de Angel María Cortellini Hernández.

En la habitación de una casa, el maestro acaba de terminar de vestirse el traje de luces y se dispone a salir hacia la plaza de toros, apremiado por su mozo de espadas, que recoge de una silla la muleta y los estoques. Dos mujeres le detienen para obsequiarle con un vaso de vino, que la más joven se dispone a servirle y que el diestro rechaza con la mano, ante la inminente responsabilidad de la lidia.

Este interesante lienzo, relativamente conocido entre los aficionados a los toros por su curiosa iconografía, forma parte de una pequeña y atractiva serie de cuadros de idéntico formato con temas taurinos pintada por Cortellini en 1847, que perteneció a la Colección Urquijo, y constituida además por los titulados La despedida del picador, con el que éste haría pareja por la correspondencia de su argumento; El baile, quizá el de mayor refinamiento y calidad pictórica de todo el conjunto, y Salida de la plaza (cat. 31), adquirido junto a éste para la colección de la baronesa Carmen Thyssen-Bornemisza, y con el que, desgajados ambos del resto, forma actualmente pareja.

Además de sus valores puramente pictóricos, el cuadro es muestra bien elocuente de la fama verdaderamente extraordinaria que gozó en su tiempo el diestro Paquiro, sin duda una de las figuras más legendarias y veneradas del mundo del toreo en la España isabelina y, seguramente, uno de los matadores cuya efigie tuvo en su época mayor difusión iconográfica. Así, además de numerosos grabados y litografías de su figura, fue pintado por algunos de los pintores más destacados del romanticismo español, como José Elbo (1804-1844), que realizó un interesante retrato doble de Francisco Montes «Paquiro» y su esposa, que se conserva en el Museo Taurino de Lima, José Domínguez Bécquer (1805-1841), que le efigió junto a su cuadrilla como Montes, primera espada de España, grabado por Bayot, o el conocido pintor y buen aficionado a los toros Ángel Lizcano (1846-1929) que, ya en 1904, realizaría un nuevo retrato del diestro de busto. Aún se conocen otras efigies pictóricas de este matador, como la atribuida a Eugenio Lucas Velázquez (1817-1870), resuelta con una técnica verdaderamente fogosa y temperamental; otra, derivada de ésta y reducida al busto; un pequeño retrato de cuerpo entero, aunque de identificación un tanto dudosa; y una curiosa estampa que representa a «El torero Francisco Montes Paquiro en el trance de matar un toro en las fiestas Rea¬les de 1846 en la Plaza Mayor de Madrid, con motivo del augusto enlace de SS.MM. los Reyes y SS.AA.RR. los Duques de Montpensier».

Pero, sin duda, la mejor y más conocida efigie pictórica de Montes es el magnífico retrato pintado por el valenciano Antonio Cavanna (1815-1840), referencia para numerosas repeticiones del retrato del diestro y que serviría igualmente de modelo para el lienzo de Cortellini que, en efecto, copia literalmente las facciones y posición de su rostro. No obstante, consta que el propio Cortellini había pintado cuatro años antes, en 1843, un Retrato de Francisco Montes en la plaza de la Maestranza de Sevilla, actualmente en paradero desconocido, que seguramente sería el inmediato referente del artista a la hora de realizar después esta escena con el famoso espada como protagonista.

Francisco Montes Reina, inmortalizado en el arte de Cúchares con el sobrenombre de «Paquiro», nació en Chiclana (Cádiz), donde fue bautizado el 13 de enero de 1805. Aunque su familia era ajena por completo al mundo de los toros, ya que su padre era administrador de las fincas del marqués de Montecorto, desde pequeño mostró gran afición por el ganado de reses bravas. Así, en 1830, su nombre figuraba ya como espada en la plaza del Puerto de Santa María, debutando en sus primeros tiempos como «Paquiro de Chiclana». Tras triunfar en las plazas de Sevilla y Jerez de la Frontera, y asistir a unas cuantas clases de la recién creada Escuela de Tauromaquia de la capital hispalense, tomó la alternativa en Madrid el 8 de abril de 1831. Famoso por su arrojo y valentía, se enfrentaba a peligrosas suertes como la lidia simultánea de dos toros, el salto de la garrocha o el salto del trascuerno, entonces ya en desuso y que él restituyó para la lidia, llegó incluso a picar él mismo algunos toros, siendo frecuentes las lidias en solitario de corridas completas.

En 1847, año en que está pintado este lienzo, Paquiro había reducido ya considerablemente su actividad taurina, que esa temporada centró en las plazas de Andalucía y algunas del norte, había mostrado su voluntad de retirarse. Su caída definitiva tuvo lugar en la corrida celebrada en Madrid el 21 de julio de 1849, donde sufrió una importante cornada en la pierna por el toro «Rumbón», de la ganadería de Manuel de la Torre y Rauri, de la que nunca llegó a recuperarse, pues se complicó su convalecencia con unas fiebres malignas que le llevaron a la tumba el 4 de abril de 1851, cuando tan sólo contaba cuarenta y seis años. Su muerte fue una verdadera conmoción en la España taurina de su tiempo, llegando a escribir Estébanez Calderón unos sentidos sonetos en su memoria.


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Salida de la plaza. 1847. Óleo sobre lienzo, 40 x 31 cm. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga. Obra de Angel María Cortellini Hernández.

Compañero del lienzo que representa a Francisco Montes «Paquiro», antes de la corrida hoy también en la colección de la baronesa Carmen Thyssen-Bornemisza (cat. 30), ambos formaban parte de una pequeña serie con otras dos escenas tituladas, respectivamente, Despedida del picador antes de la corrida y El baile, de idéntico formato y firmadas todas ellas en Cádiz en 1847; conjunto desgraciadamente desgajado en la actualidad.

El cuadro representa el momento de la multitudinaria salida del gentío al finalizar una corrida de toros por una angosta calle que va a dar a la plaza, cuya silueta se vislumbra al fondo. Hacia el primer término camina con su pareja la misma joven que en el cuadro compañero se disponía a servir un vaso de vino a «Paquiro», y que ahora se pasea agarrada del brazo de un gallardo mozo de largas patillas, impecablemente vestido con traje corto, y que porta una larga vara en su mano izquierda. La mujer atiende arrobada su conversación, mientras pasan junto a un puesto de buñuelos situado en una esquina de la calle, resguardado a la sombra. El resto de los bulliciosos personajes que pueblan la calle apenas están esbozados, centrándose así la atención del espectador en la pareja protagonista.

Ángel María Cortellini es conocido fundamentalmente por su faceta como correcto retratista, en la estela del purismo elegante y afectado impuesto en la corte isabelina por el gran maestro Federico de Madrazo; labor por la que gozó de cierto reconocimiento en su tiempo y que sería su fuente fundamental de ingresos. Sin embargo, no es menos interesante su actividad como pintor de escenas de costumbres, en las que, por otra parte, muestra su estilo más personal y de las que estas estampas taurinas son excelente testimonio, guardándose además en la colección de la baronesa Carmen Thyssen-Bornemisza otras dos pinturas de este género firmadas en estos mismos años por el artista, y procedentes de la colección Urquijo.

En ellas pueden advertirse las características habituales en este tipo de pintorescas escenas de costumbres que marcaron decisivamente la pintura romántica andaluza, definidas por el tipismo anecdótico de sus argumentos, su colorido brillante y su gusto por el detalle en la descripción de tipos e indumentarias. Sin embargo, los cuadros de este género pintados por Cortellini presentan unos rasgos estilísticos muy personales que demuestran su sólida formación académica, apreciables fundamentalmente en el modelado rotundo del volumen de los personajes, especialmente evidente en el presente lienzo, en el que se advierte un tratamiento plástico radicalmente distinto entre la pareja principal y el resto de las figuras, así como en sus considerables proporciones dentro de las escenas, que les concede un protagonismo absoluto frente al entorno escenográfico en que se desenvuelven, reducido a una simple referencia espacial.

Por otra parte, son muy característicos de este artista sus modelos humanos, particularmente los femeninos, de rostro ovalado, nariz larga, ojos grandes y boca breve, mostrando siempre, incluso en este tipo de obras menos trascendentes, un particular refinamiento técnico en el que asoman sus considerables facultades como artista, y que puede advertirse sin dificultad en aspectos como la descripción de los ropajes y el modelado de sus pliegues o en la contenida expresión gestual de las figuras a las que, aún tratándose de tipos populares, logra infundir una sutil elegancia, huella todo ello de las rigurosas enseñanzas académicas en las que forjó su estilo.

Textos: Ana Gutiérrez, Carlos G. Navarro y José Luis Díez / carmenthyssenmalaga.org



Ángel María Cortellini en el Museo del Romanticismo


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Bandoleros, c. 1845. Óleo sobre llienzo. Sala VII Costumbristas Andaluces. Museo del Romanticismo. Madrid. Obra de Ángel María Cortellini

Junto a su abundante producción retratística, Cortellini fue autor de diversas obras religiosas, bodegones, cuadros costumbristas y de historia, con especial predilección por la representación de toreros, bandidos y majas. A esta temática costumbrista pertenece el cuadrito que lleva por título 'Bandoleros', actualmente expuesto en la Sala de los Costumbristas Andaluces (Sala VII). El catálogo de su producción presenta un gran número de obras perdidas, en paradero desconocido o sólo conocidas por referencias literarias.


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Dolores Chavarri y Romero. 1866. Óleo sobre lienzo. Museo del Romanticismo. Madrid. Obra de Ángel María Cortellini

La producción artística de Cortellini se puede dividir en dos etapas, diferenciadas por la temática y la técnica empleadas. La primera abarca
desde su formación hasta 1848 y se localiza fundamentalmente en Sevilla y Cádiz, caracterizada por la influencia de la escuela costumbrista sevillana de tradición murillesca. La segunda etapa, se inicia con su llegada a Madrid, donde el pintor se centra casi exclusivamente en el género del retrato, interesándose por la obra del valenciano Vicente López.


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Basilio de Chávarri. 1861. Óleo sobre lienzo. Museo del Romanticismo. Madrid. Obra de Ángel María Cortellini


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Rita Romero. 1863. Óleo sobre lienzo. Museo del Romanticismo. Madrid. Obra de Ángel María Cortellini

Fue un pintor que obtuvo un gran reconocimiento como retratista, especialmente parte de la realeza, aunque también hizo encargos para personajes distinguidos en Madrid y provincias. Pertenecen a este género los retratos de Basilio Chávarri y su esposa Rita Romero, situados en la escalera de acceso a la exposición permanente del Museo Nacional del Romanticismo.


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Francisco de Asís. Óleo sobre lienzo. Museo del Romanticismo. Madrid. Obra de Ángel María Cortellini


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El infante Francisco de Paula. 1855. Óleo sobre lienzo. Museo del Romanticismo. Madrid. Obra de Ángel María Cortellini


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Isabel II. Óleo sobre lienzo. Museo del Romanticismo. Madrid. Obra de Ángel María Cortellini


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Retrato de niña, ca. 1857. Óleo sobre lienzo, 106 x 91.5 cm. Museo del Romantis¡cismo. Madrid. Obra de Ángel María Cortellini



Otras obras


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'Retrato de caballero'. Colección privada. Obra de Ángel María Cortellini


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'Retrato masculino'. Colección privada. Obra de Ángel María Cortellini


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'Retrato de dama'. Colección privada. Obra de Ángel María Cortellini


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San Basileo. Colección privada. Obra de Ángel María Cortellini


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Retrato de Don Serafín María de Sotto y Abach, III conde de Clonard, marqués de la Granada, Teniente General de los Ejércitos Nacionales, Ministro de la Guerra, Presidente del Gobierno y Académico de número de varias Academias (1793 - 1862). Obra de Ángel María Cortellini


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Retrato de una dama en rosa y blanco. 1855. Museo de Bellas Artes de Bilbao. Obra de Ángel María Cortellini


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Retrato de Doña Antonia Roca. Museo de Bellas Artes de Valencia. Obra de Ángel María Cortellini


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Retrato pintado por Angel María Cortellini y Hernández, 1866. Congreso de los Diputados.


Enlace interesante del Museo del Romanticismo



Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado el trabajo recopilatorio dedicado al pintor Ángel María Cortellini Hernández (1819 – Hacia 1891) fue un pintor español. Era hijo de un italiano del Piamonte que se había casado con una nativa de la villa gaditana. Fue un pintor volcado con el costumbrismo, aunque también trabajó el retrato.


Fuentes y agradecimientos: carmenthyssenmalaga.org, museoromanticismo.mcu.es es.wikipedia.org, gogmsite.net, congreso.es, arcadja.com, lagunomunoz.com, niceartgallery.com y otras de Internet.
 




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