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En esta sección sólo se permiten exposiciones de Pintores Extranjeros. La forma de abrir una exposición es el autor con su fotografía y su biografía y los cuadros de la exposición con un tamaño no superior a los 800 píxeles.


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Alex Katz
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Este trabajo recopilatorio está dedicado al pintor estadounidense Alex Katz. Calificado a veces como artista-pop. Está muy vinculado a la ciudad de Nueva York. Ingresó en 1946 en la Cooper Union School of Art and Architecture. Se caracteriza por sus composiciones planas, es conocido por sus siluetas o 'cutouts', retratos pintados sobre madera recortada, que lleva realizando desde los años 60. Desde finales de los años cincuenta se dedica a realizar, esencialmente, retratos.


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Alex Katz. Nueva York, 1927. Pintor vinculado a la ciudad de Nueva York, comienza su formación artística en la Cooper Unión Art School de la misma ciudad, en el año 1946 y a partir de 1949, estudia pintura y escultura en la Escuela Skowhwgan. De marcada personalidad, realizando una pintura limpia y directa, surge en plena explosión del expresionismo abstracto norteamericano, su primera exposición individual data de 1954, siendo un pintor de difícil clasificación dentro de una tendencia artística determinada.

Figuración realista y colorista, antítesis de la obra de Pollock o de De Kooning, es contraria a las pautas pictóricas dominantes de la época y a la revolución que el expresionismo abstracto supuso, por lo que en alguna ocasión se ha querido clasificar como hiper-realista, aplicando un criterio continuista. Katz, cultiva un realismo "aparente", pues si retrata de manera objetiva su entorno o su círculo de amigos, plásticamente se preocupa de cuestiones más abstractas, como los contrastes de color, los efectos lumínicos y el modo de incidir estos sobre una superficie, por lo que su hubiera que determinar un precedente, seria la pintura de Hopper la más cercana a sus presupuestos. Desde otro punto de vista, se ha querido considerar su obra como precedente del Pop Art, pero sus puntos de partida les separan radicalmente. Katz es ante todo un pintor "humanista", su centro temático es el hombre, mientras que para los Pop, el núcleo temático reside en el "medio", dentro del cual el hombre, es considerado un elemento más, de un modo casi objetual.


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A Katz, le interesa lo observable del hombre, como método para llegar a su esencia. Influenciado por las teorías renovadoras de la psicología en los años cincuenta como el "conductismo" de Skinner, el propio artista escribe: "En mis retratos comienzo con la intención de conseguir la apariencia de la persona". Partiendo de lo simple, la sucesión de estímulos y respuestas, intenta captar lo complejo del ser humano. En el plano estético, esto le lleva a conformar unas composiciones selectivas, como la mirada, y casi cinematográficas, en su estructura. Sin ninguna pretensión narrativa, con la eliminación de elementos anecdóticos en los fondos de sus retratos, nos muestra a los personajes en la mas primaria de las actividades, existir.

Gracias a la renovación en el gusto por la pintura figurativa en los años ochenta, la obra de Katz ha sido progresivamente revalorada, convirtiéndose en uno de los artistas de mayor nombre en el arte de la segunda mitad del siglo XX. Radical y continuo en su propuesta desde sus comienzos, continúa pintando y residiendo en la misma ciudad que le vio nacer.


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Katz, delante de 'Waking' (1984), composicón fotográfica de Gilbert&George presente en la exposición de noviembre de 2012 del Guggenheim de Bilbao.

Espero que os guste la recopilación que he conseguido este pintor estadounidense, y en la medida de lo posible contribuya en la divulgación de su obra.






Algunas obras


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Sudadera II, de Alex Katz


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Chaqueta verde, de Alex Katz


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Vivien, de Alex Katz


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Jessica, de Alex Katz


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El nadador de Alex Katz


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Vaca, de Alex Katz


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The black dress, de Alex Katz


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Noche: El Baile de William Dunas 1. Obra de Alex Katz


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Noche: El Baile de William Dunas 2. Obra de Alex Katz


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Noche: El Baile de William Dunas 3. Obra de Alex Katz


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Noche: El Baile de William Dunas 4. Obra de Alex Katz


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Blue Umbrella nº 2. 1972. Obra de Alex Katz


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'Ulla con sombrero negro' (2010). Obra de Alex Katz


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'January 4' (1992). Obra de Alex Katz


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'Techo', de 1989. Obra de Alex Katz


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'Elise' de 2013. Obra de Alex Katz


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'Oportunidad' (Anne), 1990. Obra de Alex Katz


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'El apartamento de Nabil', 1976. Obra de Alex Katz


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'Laure and Alain', 1964-1991. Obra de Alex Katz






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Web de Alex Katz




Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado el trabajo recopilatorio dedicado al pintor estadounidense Alex Katz. Es pionero del arte pop. Está muy vinculado a la ciudad de Nueva York. Se caracteriza por sus composiciones planas, es conocido por sus siluetas o 'cutouts', retratos pintados sobre madera recortada, que lleva realizando desde los años 60. Desde finales de los años cincuenta se dedica a realizar, esencialmente, retratos.



Fuentes y agradecimientos a: picassomio.es, elpais.com, anusk-anuska.blogspot.com.es, es.wikipedia.org, imageandart.com, canalpatrimonio.com, micasaesmimundo.blogspot.com, mediabistro.com, mollyandmary.wordpress.com, luisan.net, fadwebsite.com, lolita-chiq.blogspot.com y otras de Internet.
 




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Last edited by j.luis on Friday, 27 February 2015, 13:58; edited 5 times in total 
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Cóctel en casa de Alex Katz


Una exquisita retrospectiva del pintor estadounidense, pionero del arte pop, inaugura un espacio en Madrid



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Alex Katz, fotografiado en Madrid junto a sus obras Eleuthera (izquierda) y 3 de enero, uno de los retratos de Ada, su mujer.
    
El pintor figurativo estadounidense Alex Katz (Nueva York, 1927) tiene buena memoria para las lecturas y para algunas citas, no recuerda casi nunca nombres o caras y se declara un completo desastre con las fechas. De los ocho integrantes de Up in the bleachers (1983), una de sus canónicas pinturas grupales desplegada ayer ante sus ojos con monumental cromatismo, recuerda al joyero, a "aquella chica tan guapa que salió brevemente con él", al galerista, "al poeta de 16 años", a la mujer del vestido verde y a la "hermana de aquellos dos artistas de Downtown". Y lo cierto es que da gusto verlos, tan guapos y tan sofisticados, con sus jerséis de pico, las corbatas finas y las americanas de corte exquisito. "Ese es mi mundo, no voy a disculparme por ello. Bohemios de clase alta. No sé hacer otra cosa que pintar lo que veo a mi alrededor", se excusaba Katz, alto, delgado y con el mismo ademán ausente de sus personajes.


Alex Katz: "Mi mundo es el de los bohemios de clase alta y no me voy a disculpar"

Se halla en Madrid para apoyar la apertura del nuevo espacio que su galerista español Javier López inaugura en asociación con el portugués Mario Sequeira. Cruce entre fundación exquisita retirada del mundo y chalet de estilo modernista, se erige en la forma de dos prismas plateados en la exclusiva urbanización de La Florida, a las afueras de Madrid. La exposición de Katz, que se abre mañana al público, aunque solo mediante cita previa, reúne una treintena de piezas -en muchos casos provenientes de colecciones privadas- entre paisajes, retratos de última generación y pinturas de gran formato. Las mismas que lo han hecho célebre en su reconfortante y obstinada estilización y cuyo enorme tamaño las ha mantenido a menudo lejos de España.

Y el lugar parece el idóneo no solo por su espaciosidad. No cuesta imaginar que cuando las luces se apagan y todo el mundo se va, sus personajes descienden de los óleos y entonces los chicos de Thursday night #2 (1974) tontean con Sharon & Vivien (2009) y con las bañistas que se tocan con indolencia en el espectacular mural Eleuthera (1984), mientras sirve unas copas Ada, la mujer de Alex y su principal modelo -en la exposición hay tres retratos de ella-, a quien ha retratado incansablemente a lo largo de cuatro décadas.

La elección de la obra de Katz para el inicio de una aventura empresarial algo incierta se antoja una apuesta segura; este pintor, coetáneo de la segunda generación de la abstracción estadounidense y precursor del arte pop, goza del favor de los coleccionistas y de los museos del mundo (del Whitney al IVAM, muchos se han rendido a su genio). Aunque no siempre fue así. Hijo de cultos emigrantes rusos, cuando este "notable jugador de baloncesto" irrumpió en los cincuenta, la escena de Nueva York estaba más por la labor de la abstracción que de la pureza de líneas, los brillantes campos de color y el realismo optimista de sus pinceles.


Alex Katz: "No estoy de acuerdo con los que dicen que el realismo ha de ser deprimente"

De sus contemporáneos tomó prestada la monumentalidad y el gusto por el gesto. "Nadie sabía en qué saco meter mi agresividad. Siempre me moví más cómodamente entre los poetas: de John Ashbery a Frank O'Hara o Ted Berrigan. Así me convertí en el pintor con peores críticas de la historia", recuerda con sorna. "Una vez el Times me puso tan mal que necesitó mucho espacio. Me llamó mi madre y me dijo: 'Alex, al menos te han hecho algo de caso por fin'. Debió de ser en 1966".

Más o menos por aquella época cambió su suerte, que no ha dejado de mejorar con los años, pese a que su obra, que confecciona en el estudio-casa que mantiene en West Broadway desde 1968, sigue más o menos igual. "El tiempo y las nuevas generaciones me dieron la razón", dice con la soberbia de un octogenario que se mantiene en atlética forma.

Acaso sea porque la crisis del mundo del arte, igual que las tendencias o el retrato descarnado de las hojas salmón de los periódicos, sigue sin ir con él. ¿Demasiado tarde para una vuelta por la cruda realidad? "Creo que la tradición dicta que el realismo ha de ser una cosa deprimente y yo no estoy de acuerdo. Toda esta gente", añade señalando a sus amigos congelados al óleo, "es real, se lo puedo asegurar".


elpais.com
 




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La pintura fría de Alex Katz, uno de los pioneros del ‘pop art’, llega al Macuf


Obras de gran formato prestadas por colecciones privadas integran la muestra




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María in black, una de la obras de Alex Katz que se exhiben desde hoy en el Macuf.

La frivolidad también puede ser una forma de arte y el estadounidense Alex Katz (Nueva York, 1957) es sin duda uno de los que mejor han sabido reflejarla en un un cuadro. Su nombre está entre los que construyeron el pop art, aunque su trayectoria tiene diversos matices que impiden considerarlo simplemente como un artista de este estilo. El Museo de Arte Contemporáneo Unión Fenosa Gas Natural (Macuf) abre hoy una exposición que repasa la trayectoria del pintor a través de una veintena de obras de gran formato.

David Barro, comisario de la muestra, explica que la nueva generación de pintores que ha emergido en los últimos años es la que ha acabado concediendo un lugar en la historia a la obra de Katz, ya que “se había olvidado que hay muchos tipos de realismo y el que práctica Katz, sofísticado y elegante, también es uno de ellos”. Las obras de Katz no tratan de provocar una emoción en el espectador sino que se conforman con presentarnos un universo cool, con el que el artista se identifica.

Las obras de Katz no tratan de provocar una emoción en el espectador

La influencia del cine y la televisión es uno de los rasgos que distinguen la obra de Katz. De ahí que en sus cuadros abunden los primeros planos que consiguen magnificar a los personajes que nos presenta. En la normalidad que acostumbra a retratar Katz aparece siempre algo, difícil de definir, que lo acaba convirtiendo en sofísticado. Barro apunta que la exposición es también una reivindicación de la historia de la pintura, ya que artistas como Katz incorporaron a esta disciplina artística muchos elementos que han utilizado otros pintores posteriormente. Uno de los impedimentos para calificar a Katz como un artista pop es que su pintura es mucho más enigmática y menos política que la que realizan los pintores más destacados del pop art. Como declaró en alguna ocasión el propio Katz su pintura “suena a jazz”, de ahí que en la inauguración de la muestra que se celebra esta tarde vaya a sonar un grupo de este estilo musical que tratará de conducir al público al ambiente que el pintor neoyorquino plasma en sus obras.

Todas las piezas que se exhiben en el Macuf proceden de coleccionistas privados y el valor de algunas de ellas ronda el millón de euros. Para entender la importancia de Katz baste señalar que su obra se encuentra en las colecciones del Whitney Museum, del Metropolitan, del MOMA, todos ellos en Nueva York, y de la Tate Gallery londinense, entre otros.


elpais.com
 




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Medio siglo intentando comprender la figura (y la psique) humana


La galería Thaddaeus Ropac presenta en Francia una retrospectiva del pintor neoyorquino Alex Katz centrada en el retrato




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'Laure and Alain' de Alex Katz. / Paul Takeuchi (© Alex Katz / ADAGP, Paris, 2014)

Si se mira fijamente a los ojos de los personajes que ha retratado el pintor Alex Katz a lo largo de medio siglo, llama la atención un detalle cuya lectura es, queda admitido de partida, subjetiva y por tanto perfectamente cuestionable: los ojos femeninos en sus cuadros resultan más expresivos, cobran más vida que los ojos masculinos. Y son los iris azules los que más facilitan la conexión con el espectador. Esa impresión queda subrayada por la fuerza de los cut-outs (figuras recortadas en aluminio) Women in jackets, que abren la retrospectiva Alex Katz, 45 Years of Portraits 1969-2014 en el espacio que posee el galerista austriaco Thaddaeus Ropac en Pantin (Francia).

Al igual que el galerista español Javier López en Madrid, Ropac ha aprovechado su sede satelital en las afueras de París —un antiguo edificio industrial reconvertido— para exhibir las obras de gran formato de Katz, cuya observación requiere de una distancia considerable y cuyos colores resultan vivificados por la luz natural que inunda el inmenso espacio.

"Cuando inauguramos esta sede invitamos a Alex y a Ada [su esposa] a visitarla", explica Ropac. "Le dije a Alex que sería un sueño poder hacer una retrospectiva de sus retratos desde finales de los 60". Su sueño se ha cumplido, como atestigua la exposición inaugurada el pasado 2 de marzo en presencia del artista y el catálogo que acompaña la muestra, con textos del escritor e historiador del arte Adrien Goetz y la periodista Suzy Menkes (Condé Nast).

En el recorrido de la exposición centellea especialmente el tema de la mujer como figura bella y enigmática

"Aunque hay algunas obras puestas a la venta", añade Ropac, "fue un proyecto esencialmente no comercial, y estamos orgullosos de poder contar con obras increíbles de colecciones privadas, públicas y muchas de la colección del autor".

En esa labor, el carisma y el vigor del casi nonagenario Katz (Brooklyn, Nueva York, 1927) han jugado un papel importante. "Nada más bajar del avión [que le trajo a París desde Nueva York], sin darse tiempo a descansar ni un minuto, vino a la galería; en una hora, aproximadamente, había replanteado la disposición de las obras. La exposición resultó así mucho mejor de lo que habíamos planeado", asegura el galerista.

Con una inequívoca ilusión en la mirada, su inconfundible acento de Brooklyn y entre intercambios de miradas cómplices y enamoradas con su esposa, Katz se aviene a explicar a la prensa, en diálogo con el galerista, algunas de las obras expuestas, que componen un tratado sobre la figuración y el uso del color como evocador de la melancolía estilizada.

Katz afirma que sus figuras recortadas en metal, pintadas con óleo sobre aluminio, tienen su origen en "una obra que estaba pintando que no iba bien". Al recortar la figura humana pintada sobre un lienzo adosado a la madera, no le gustó la rugosidad de los bordes de la madera recortada. En el aluminio hallaría un material que le ofrecía los resultados deseados al pintar un retrato y delimitar la silueta en metal. Los cut-outs también le llevaron a la conclusión de que "no existe el tamaño real en pintura. Esa proporción es arbitraria".

En el centenar de obras que incluye la retrospectiva encontramos con frecuencia a su esposa Ada, a amigos y familiares, y a hombres y mujeres que se alinean en series o se agrupan en lo que Katz llama overlapping volumes (volúmenes superpuestos). Katz, que ha colaborado extensamente en la producción de espectáculos de danza (a la que ha dedicado una gran parte de su obra), parece actuar como coreógrafo cuando dispone sus personajes en diferentes planos, como en la obra Private domain (1969). Y borda el retrato psicológico y anímico en cada rostro presentado, desde sus primeros cuadros hasta las obras más recientes, de 2013.

    Como ocurriera con los cuadros de Hopper existe el peligro de que Katz guste sin ser comprendido

Adrien Goetz


En el recorrido de la exposición centellea especialmente el tema de la mujer como figura bella y enigmática. Más allá de la presencia recurrente de Ada, la especialista en moda Suzy Menkes lleva la interpretación a su terreno al afirmar que Katz suele retratar a mujeres "con un toque subversivo" y "un lenguaje corporal refinado, cultivado". No siempre es así: muchos de sus cuadros, prescinden de ropa, fondos y objetos para que el espectador no pueda sino sumergirse en la mirada de la persona retratada (Clarissa), 1989).

Adrien Goetz nos advierte de que, "como ocurriera con los cuadros de Hopper, existe el peligro de que Katz guste sin ser comprendido". Cita para ello la presencia de temas recurrentes en sus retratos: "Los placeres suaves de la vida, los privilegios elitistas del nuevo mundo, las conversaciones silenciosas que uno desearía poder escuchar y prolongar, el modo en que esos rostros envejecen de forma tan bella…". No se dejen engañar, dice Goetz en el texto que introduce al artista. "No hay nada fácil en su obra. Es un intelectual, complejo, y no se puede apreciar a primera vista" esa posición singular que ocupa "en la línea divisoria entre la abstracción y la figuración".

Este año podría ser bautizado como 'el año Alex Katz': a esta retrospectiva se unen las exposiciones del Museo Mattatuck en Estados Unidos (con obras de la colección del Whitney Museum) y las que le dedicarán el Albertina Museum de Viena y la Tate Modern de Londres. Y el artista sigue un ritmo frenético: "Trabajo los siete días de la semana, y no he tomado unas vacaciones en los últimos 15 años".

Como muestra de esa fertilidad expositiva y ejemplo de esa laboriosidad, Thaddaeus Ropac, que lleva exhibiendo a Alex Katz desde 1998, nos presenta una vertiente del artista —el retrato— que no calma sino acrecienta la sed de comprensión, de introducirse en los personajes. ¿Por qué? El propio Katz nos deja esta idea para la reflexión: "Te crees que ves a través de los ojos. No es así. Ves a través de tu cultura".


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'January 4' (1992) se muestra en la retrospectiva 'Alex Katz, 45 Years of Portraits 1969-2014' en la galería Thaddaeus Ropac de París.


elpais.com
 




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Alex Katz: Contra la marea


Tres exposiciones internacionales rinden homenaje a Alex Katz esta primavera

Despreciado por el canon de la crítica y tachado de artista superficial durante décadas, el octogenario pintor estadounidense asiste por fin a un reconocimiento unánime



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‘Roof’ (1989) de Alex Katz se expone en la muestra parisiense ‘45 años de retratos (1969-2014)’.

Por Álex Vicente

El día ha empezado mal, pero se ha terminado arreglando a tiempo para la inauguración. Puestos a escoger, Alex Katz prefiere que brille el sol. “Así es como mis cuadros tienen mejor aspecto”, dice el pintor estadounidense, bañado en la luz que inunda la galería de techos acristalados que su marchante abrió hace año y medio en la periferia de París. Katz se presenta con deportivas, bronceado perfecto y una sonrisa indeleble, que transmiten la sensación de estar conversando con una persona mucho más joven. Cumplirá 87 años este verano, pero conserva un aspecto asombroso. “Tengo buenos genes. Procedo de una familia de superhéroes. Podría hacer 200 abdominales si me lo propongo”, dice. Podría estar en Florida, tostándose al sol como cualquier jubilado. Pero prefiere estar aquí, atravesando océanos para defender su nueva exposición que muestra una distinguida selección de retratos realizados en las últimas cinco décadas. Será solo el primero de los homenajes que le depara 2014. Katz también será objeto de una exposición en Viena, donde el Albertina expondrá sus dibujos a partir de mayo, y de otra en Londres, donde la Tate Modern le dedicará una de las salas de su permanente, honor solo destinado a las grandes figuras del siglo pasado.

    Yo pinto el presente. Comentar lo político, lo psicológico y lo sociológico de mis cuadros arruinaría la magia

A Katz se le ha tratado de pintor frívolo y mundano hasta decir basta, desdeñado por el canon e incomprendido por una crítica que nunca tuvo muy claro dónde ubicarlo. Tras décadas de menosprecio, la gloria ha terminado llamando a su puerta. “Por fin se están poniendo al día conmigo. No sé por qué les ha costado tantos años”, ironiza. Katz admite que nunca lo puso fácil, siendo un pintor figurativo en tiempos de abstracción, además de un aficionado a llevar la contraria por sistema. Como The New York Times dijo una vez, Katz se ha empeñado en “nadar contra la marea de las revoluciones anteriores”. “Como mi madre solía decir, si todo el mundo se hubiera puesto a pintar rostros, yo hubiera preferido las nucas”, reconoce. “Le ha costado ingresar en el canon, pero finalmente ha arraigado”, opina el crítico Juan Manuel Bonet, exdirector del IVAM y del Museo Reina Sofía y responsable de una de las primeras grandes muestras que celebraron a Katz en Europa, en 1996. “Es una alegría que cada vez más gente entienda su grandeza y comprobar que no hace falta pertenecer a un movimiento para construir una obra consistente y ejemplar, que ha abierto camino a pintores más jóvenes”. Por ejemplo, los cotizadísimos Peter Doig o Elizabeth Peyton se reclaman herederos de Katz.

De entrada, cuesta entender qué subversión podían encerrar unos lienzos que hoy parecen de lo más convencional. “Mire ese de ahí —solicita Katz, apuntando a Private Domain, retrato de los integrantes de una compañía de danza—. Sé que hoy resulta banal, pero en los sesenta me insultaban por él. La gente odiaba mis exposiciones y no tenía ningún problema en decírmelo”. De hecho, cuando se observa a sus personajes durante unos segundos, el trazo sencillo y los tonos pastel ceden lugar a un desconcierto inexplicable. Por ejemplo, sus bailarines están observados desde ángulos imposibles, superpuestos sin perspectiva válida, aparejados en planos distintos a partir del azar más improbable. En el siglo anterior, su admirado Manet había despertado estupor con Un bar aux Folies-Bergère y el inverosímil reflejo de su camarera en un espejo, lo que no le impide colgar hoy en cualquier comedor de clase media. A Katz le sucede algo parecido.


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El pintor dice que su objetivo siempre fue dibujar “como lo hacían Picasso o Matisse, pero con un trazo más preciso”. Lo consiguió pintando rostros gigantes con brocha gorda, a los que hacía resaltar sobre fondos neutros, sin perspectiva ni profundidad, como en un reclamo publicitario en un billboard neoyorquino de los cincuenta. “Buscaba una superficie agresiva”, explica Katz. “Cuando vi su obra por primera vez, a mediados de los setenta, me pareció anómala, ambiciosa e impredecible. Estaba compuesta por imágenes íntimas y cotidianas, pero pintadas a la misma escala heroica que utilizaba la escuela abstracta”, explica Robert Storr, ex conservador jefe del MoMA y decano de la Yale School of Art.

Hijo de inmigrantes rusos que huyeron tras perder la fábrica familiar durante la Revolución, Katz nació en 1927 en Brooklyn y creció en un barrio de clase media de la vecina Queens. “Fue uno de los primeros suburbios residenciales en Estados Unidos. Fue extraordinario crecer en un lugar así: a cinco millas del océano, junto a un campo de golf, rodeado de familias de religiones y países distintos”, relata. Katz nunca aprendió ruso ni yiddish. “Mi padre creía en la asimilación. Es decir, nada de lenguas extranjeras en casa. Fue un hombre que me influyó mucho, porque no tenía ningún gusto por el trabajo. Prefería ir a nadar que pasar la tarde trabajando”, recuerda. “Cuando le dije que quería ser artista me apoyó, tal vez porque tenía gustos de esnob europeo”. Sin embargo, el pintor se terminó dedicando a su pasión con una tenacidad casi estajanovista. “Mi padre se tomó su oficio como un trabajo de 9 a 5”, revela su hijo, el poeta Vincent Katz. “Desde que tengo uso de razón lo he visto pintando. Su estudio estaba en nuestra casa y se pasaba el día metido allí. Aunque estuvo absorto por la pintura, no fue un padre ausente. Es un hombre menos torturado que muchos otros artistas”.

De manera algo reductora, la obra de Katz ha sido interpretada como la máxima ilustración de un estilo de vida neoyorquino y refinado, de espíritu chic y exclusivamente wasp. Sus héroes parecen salir de inauguraciones en el Soho neoyorquino —donde sigue viviendo y pintando “siete días a la semana”—, antes de marcharse a pasar el fin de semana en el frondoso jardín de sus cottages en Nueva Inglaterra. Su celebérrimo The cocktail party (1965) parece el máximo epítome de ese microcosmos a ratos glamuroso, pero también silenciosamente desesperado. El mismo en que transcurren las novelas de Richard Yates, los cuentos de John Cheever y las series como Mad Men. Katz dice que no recuerda aquella época con nostalgia. “Hoy la gente siente una fascinación por los años de Eisenhower que no logro comprender. Entonces odiábamos aquel remilgo y aquella represión. Aunque lo entiendo desde el punto de vista estético: a todo hombre le queda bien un traje”, asegura.


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Ada with Flowers, 1980, de Alex Katz

Katz no entiende que se le haya tratado de retratista oficial de una élite blanca, anglosajona y protestante, dados sus orígenes. “Sé que he retratado a gente elegante que vestía bien. Supongo que eso es lo que molesta. ¿Qué quiere que le diga? Nunca me interesó retratar a los pobres”, reconoce. “Quería reflejar una nueva escena de artistas que emergía en Nueva York, pero no todos eran wasps. Siempre he pintado lo que tenía ante mis narices. Para mí, el realismo era eso”, dice. Robert Storr le da la razón: “Responde a una tradición puritana considerar que lo estiloso es superficial y que no merece atención. En realidad, el mundo de Katz está formado por gente hecha a sí misma. De acuerdo, es un mundo marcado por la sofisticación. Pero es una sofisticación que no han heredado, sino que se han ganado”.

No deja de sorprender que Katz pintara de esta manera justo cuando la desazón y el tormento se introducían en el paradigma estadounidense, rompiendo con una larga tradición academicista. Menos de medio siglo antes, Winslow Homer seguía pintando zorros en la nieve y truchas saltando sobre el curso fluvial. ¿Cómo logró mantenerse al margen del cambio de orientación que introdujo el expresionismo abstracto? “No me estimulaba lo social ni lo político. Esos temas siempre me dejaron frío”, responde. Dice que ni siquiera va a votar. “Lo haría si pudiera elegir entre un candidato bueno y otro malo, pero me siento incapaz de elegir entre uno malo y otro peor”. Se muestra reticente cuando le pedimos que especifique quién es quién, pero lo termina escupiendo: “Obama sería el malo, y su antecesor, el peor”.

Así y todo, en su obra se detecta una visión embellecedora de una América pudiente y patricia, retratada sin crueldad ni sarcasmo. Tal vez observada con el anhelo de quien quiere formar parte del mismo círculo, pero que se tiene que conformar con mirar. Katz descarta la teoría. “Esa era la gente que me rodeaba”, responde. “Crecí con estadounidenses de origen inglés y alemán, algún irlandés y algún italiano. No crecí rodeado de judíos. En el ejército, los soldados judíos se empeñaban en integrarme en su grupo, pero no porque yo les cayera especialmente bien, sino porque yo también era judío. Eso nunca me gustó”, recuerda. El crítico Barry Schwabsky, que publicará en otoño un ensayo sobre su obra en Phaidon, sí lo comparte. “La crítica estadounidense no ha explorado esta pista, pero la identidad de Katz como judío asimilado resulta esencial para entender su reto. Supongo que no se ve a sí mismo como un outsider, aunque en el fondo lo sea”, argumenta.

En los cincuenta, tras ingresar en la Cooper Union —escuela de arte de Manhattan—, prefirió mantenerse a distancia de todo club que le aceptara como socio. Demasiado figurativo para ser emparentado con Pollock, De Kooning y sus allegados, pero con una obra demasiado temprana para ser catalogada como pop, pese a crear partiendo de elementos similares, surgidos de la sociedad de consumo y los medios de masas. “Si tuviera que colgarme una etiqueta, diría que soy prepop”, sostiene. “En los cincuenta, me solía meter en cualquier sala de cine y veía películas en sesión continua. Aquellos westerns me inspiraron para mis encuadres”, apunta. “Ahora ya no voy al cine. No hay nada mejor para ponerse enfermo que pasar dos horas con gente tosiendo”.


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'Red Coat' 1983, de Alex Katz

En el pasado, Katz incluso afirmó que Andy Warhol le había robado alguna idea. “Pero hizo bien, porque los buenos artistas roban. Los malos solo toman prestado”, dijo una vez. El poeta y artista Gerard Malanga, íntimo colaborador de Warhol, reconoce escuetamente la conexión. “Al principio de los sesenta, cuando empezamos a trabajar las serigrafías, Andy recalcó que la primera fase de sus cuadros, antes de aplicarles la serigrafía, le recordaba a la obra de Alex”, confiesa. A diferencia del amo y señor de la Factory, Katz sería ignorado por la intelligentsia neoyorquina hasta que Frank O’Hara, mascarón de proa de la vanguardia poética en la ciudad y comisario asociado del MoMA, decidió comprar dos de sus cuadros. “Nunca lo había hecho por otro artista. Por primera vez, me dije que no debía de ser tan malo como me decían”, recuerda el pintor.

Pese a la gloriosa fachada de sus retratos, en sus cuadros se detecta casi siempre una aflicción mal disimulada, que subraya esa tensión clásicamente norteamericana entre la superficie impoluta y el tormento subterráneo. En 1987, la escritora Ann Beattie firmó un libro sobre los personajes de Katz, a los que no veía como semidioses con armarios de ensueño, sino como “personas que no logran conectar en un mundo de alienación, tristeza y conflicto”. Refractario a dar claves de lectura, Katz termina por confesar que no le faltaba razón. “Beattie acertó en casi todo. Solo falló con dos o tres personajes. Pero no me salga con esas ideas tan francesas. No se puede mezclar el existencialismo con el mundo de las fiestas”, sentencia. Le decimos que poder, se puede. Otra cosa es que no quiera. “Comentar lo político, lo psicológico y lo sociológico que encierran mis cuadros no me interesa”, responde. “Yo pinto el momento presente. Hablar de esas cosas arruinaría la magia que encierra el encuentro que propongo con ese presente fugaz”.

Mientras Katz ahondaba en sus respuestas, su mujer, Ada, se ha instalado en la butaca vecina. Se la reconoce de inmediato, habiendo inspirado varias docenas de cuadros. Un año menor que Katz, esta neoyorquina de origen italiano fue bióloga y directora de una compañía de teatro. ¿Ha sido también su musa? “No sé si me gusta esa palabra”, afirma Katz. “Diría que ha sido una modelo especialmente bella y maleable, que siempre encontraba un gesto grácil y perfecto. Aunque a veces se acabara cansando de mí”, añade el pintor, bajando la voz. Pero Ada le ha oído perfectamente: “¿Cuándo he perdido yo la paciencia?”, protesta, evidenciando que llevan sesenta años casados, antes de seguir observando el vacío. A su alrededor, la tarde termina y la luz empieza a cambiar. Aparecen en sus cuadros esos reflejos sombríos que ya se adivinaban con el sol en el cénit. Puestos a escoger, Katz preferiría que se esfumaran. Aunque en el fondo sabe que su obra gana cuando la sobrevuelan.


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Alex Katz - 'Ulla con sombrero negro' (2010).



A Alex Katz nadie le encargó jamás un retrato


Por Francisco Calvo Serraller

De entrada, hay algo fascinante en el artista estadounidense Alex Katz (Nueva York, 1927): la dificultad que tienen los críticos para calificar y clasificar su obra. En efecto, unos lo consideran como perteneciente al pop art por practicar la figuración y husmear en la vida cotidiana, pero otros piensan que encaja mejor en el nuevo realismode los años 1960-1970, por su tendencia a individualizar paisajes, ambientes y personas. Esta perplejidad crítica ante Katz me recuerda la que hubo frente a su compatriota Edward Hopper (1882-1967), también cogido como en ascuas al no saber distinguir en él tampoco lo que tenía de realista y de abstracto. ¡Qué más da! A la postre, es estupendo hallar artistas hoy que no cuadran con las etiquetas al uso, me atrevería a decir que como corresponde. Sea como sea, uno de los rasgos que caracterizan a Katz es su redundante afición por el retrato, un género muy desacreditado por el arte contemporáneo por considerarse trasnochado tras la invención de la fotografía y por haber estado tradicionalmente asociado al encargo. A Katz, que yo sepa, nadie le encargó jamás un retrato, como lo corrobora el hecho de que la mayor parte de los retratos que ha ejecutado en su ya dilatada vida fueran lo que hizo de su mujer, la bella Ada del Moro, a la que empezó a retratar desde 1957 en adelante, lo que, ya en 1981, le llevó a Lawrence Alloway a calificarla como “la musa constante” del pintor.

Al margen de las locuras del día, aprovechando la ocasión, podemos cavilar un poco sobre lo que ha sido y es el retrato, un género artístico atrapado desde sus remotísimos orígenes en la dialéctica entre el ser y el parecer; esto es: entre lo real y lo ideal, o, en fin, si se quiere, entre cómo somos y cómo nos gustaría que los demás nos vieran. Esta indeclinable dicotomía existencial se dramatiza aún más cuando se trata de una representación artística, porque fija de una vez por todas y, como quien dice, para siempre nuestra imagen. El retrato tradicional impuso un modelo heráldico, el llamado retrato de aparato, en el que lo importante era destacar las insignias que revestían de poder al modelo más que sus distintivos rasgos individuales; o sea: que se retrataba al rey, príncipe, aristócrata, magistrado o prelado, recalcando con sumo cuidado el correspondiente boato, a la vez que corrigiendo con descaro sus defectos físicos invalidantes. Un prototipo ideal más que un simple individuo. Frente a ello, el mundo moderno apostó cada vez más por primar el parecido físico del retratado, entre otras cosas, porque el emergente burgués no tenía más rasgo relevante que el de precisamente su individualidad, que se acredita por vencer con el propio mérito cualquier contingencia adversa. En este sentido, hoy esta función representativa está casi monopolizada por la fotografía digital, que no solo nos documenta gráficamente todos y cada uno de los momentos de nuestra vida cotidiana, sino que además nos permite retocarla casi a nuestro arbitrio. ¿Por qué entonces molestarse hoy por pintar o hacerse pintar un retrato? En realidad, salvo la nunca obsoleta corriente de figuración realista que recorre todo el siglo XX y la actualidad con una u otra motivación y desigual fortuna, además de otros raros, solo se estila hacer retratos al modo de Andy Warhol; es decir, el de representar a famosos como tales, como iconos, una curiosa forma de volver sobre lo heráldico, aunque ahora gestionado a través de la publicidad.

A partir del somero panorama descrito, cabe preguntarse qué papel desempeña el raro Alex Katz haciendo retratos. Su estilo pictórico, que es lineal, esquemático, aplanado y de campos cromáticos uniformes, nos recuerda a la figuración pop, así como la forma de encuadrar sus retratos en ambientaciones cotidianas, pero Katz no solo no hace iconos, incluso cuando sus modelos son escritores o artistas eventualmente reconocidos, sino que —y esto es lo más relevante— los representa de una forma siempre individualizada. Cuando, por ejemplo, pinta reiteradamente a su mujer Ada, nunca lo ha hecho de manera serial, sino sucesiva, de modo que, siendo cada vez ella misma, la vemos siempre diferente. Pintando como él lo hace, esta pretensión individualizadora es todo un desafío, porque, a partir de este estilo esquematizado, parece un imposible determinar las enrevesadas especificaciones físicas y psicológicas del modelo, y no digamos ya cargar con empatía emocional el sumario ambiente que le rodea. En una palabra: desde mi punto de vista el gran mérito de Katz como retratista es haber sabido captar la singularidad única de sus modelos en cada uno de los momentos, a su vez, únicos en los que han sido efigiados por él, haciéndolo encima con la más extraordinaria parquedad de medios pictóricos, ya que, por así decirlo, extrae de ellos su trasfondo más profundo y complejo mediante la técnica más simplificada. Por último, tampoco es desdeñable las instalaciones que ha llevado a cabo Katz al juntar troceados retratos, que recorta como si se tratasen de esculturas, para luego aleatoriamente conjuntarlos de manera grupal, tal cual si fuesen piezas de un ajedrez existencial de asistentes a una party.

El término retratar proviene etimológicamente del latino retrahere, que significa, entre otras cosas, “sacar de nuevo”, “revivir” o “replicar”. En la tradición del clasicismo artístico, se diferenciaba el genérico retratar, que comportaba una representación lo más exacta posible de cualquier cosa, del imitar, que suponía una visión selectiva —idealizada— de lo real. Katz, sin embargo, conjuga estas dos maneras antitéticas, de manera que nos proporciona toda la rica urdimbre de lo simbólico con los medios formales más extremadamente sencillos y directos, lo cual es una hazaña técnica y mental. Los innumerables retratos de su esposa realizados por Katz me recuerdan el título de esa célebre novela de Nabokov, Ada o el ardor, pero para remarcar, en el caso del pintor neoyorquino, con cuánto helado control cabe representar, cada vez de manera distinta, a la misma mujer amada. ¡Qué escalofrío!

elpais.com



Alex Katz. 45 years of portraits, 1969-2014

- Galería Thaddaeus Ropac. Pantin (París). Hasta el 12 de julio. Alex Katz.
- Drawings, cartoons, paintings. Albertina. Viena. Del 28 de mayo al 28 de septiembre.
- Artist Rooms: Alex Katz. Tate Modern. Londres. Del 28 de mayo al 1 de marzo de 2015.
 




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No debemos dejar que la Cultura muera, si muere el Arte, muere nuestra parte humana...

Los actos de hoy, marcarán nuestra era, sino...

¿Qué dejaremos para el que venga mañana?

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