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Mateo Cerezo 'el Joven'
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Este trabajo recopilatorio está dedicado al pintor español Mateo Cerezo, conocido como Mateo Cerezo el Joven, para diferenciarlo con el padre, llamado Mateo Cerezo el Viejo. Alcanzó más fama que su progenitor. Se formó con su padre en pintura devota.

En 1654 se trasladó a Madrid y fue discípulo de Juan Carreño de Miranda y es posible también que estudiase con Antonio de Pereda. Entre 1656 y 1659 trabaja tanto en Burgos como en Valladolid, instalándose definitivamente en Madrid en 1660. Trató temas religiosos y bodegones.

Mateo Cerezo (Burgos, 19 de abril de 1637 - Madrid, 29 de junio de 1666), pintor barroco español.

Cerezo es integrante de la tercera generación de pintores madrileños del Barroco. Curiosamente, todos ellos murieron jóvenes. En este caso, Cerezo murió a los 40 años, por lo cual su obra es muy escasa: hemos de tener en cuenta que un joven que deseaba ser pintor en España se inscribía a los nueve años de edad en el taller de un pintor. Allí desarrollaba faenas manuales de limpieza y mantenimiento del taller. Sólo a partir de los 15 ó 16 años se le permitía empezar a pintar, rellenando fondos o partes poco importantes de los cuadros del maestro. Se conseguía la suficiente autonomía sólo hacia los 20-25 años. Eso nos deja para Cerezo tan sólo 15 años de actividad profesional; su caso no es extraño, sino de lo más frecuente entre los pintores de su generación, fallecidos todos muy jóvenes. Los temas que trató Mateo Cerezo fueron religiosos y bodegones, habiendo sido discípulo del gran Carreño de Miranda.

Su estilo fue el del típico Barroco madrileño, influido por el tenebrismo y orientado a abastecer la ingente demanda que creaba en Madrid el hecho de ser Corte real y sede de las principales Órdenes religiosas.

En su estilo se observan reminiscencias de su maestro Carreño, de Francisco de Herrera, de Tiziano, de Juan van der Hamen y de Anthony van Dyck. Su paleta es cálida y variada y sus composiciones poseen particular elegancia. Murió joven, a los cuarenta años, por lo que su obra conservada es escasa, y gran parte de ella puede contemplarse en el Museo del Prado de Madrid, así como en el Museo de Burgos.

Sus obras más destacadas:

- Varias Magdalenas, destacando la del Mauritshuis, La Haya.
- Ecce Homo, 1650, Museo de Bellas Artes de Budapest.
- Asunción de María, c. 1650, Museo del Prado, Madrid.
- Cristo en la cruz.
- Magdalena penitente, 1661, Rijksmuseum, Amsterdam.
- San Agustín, 1663
- Magdalena penitente, 1664, Galería Czernin, Viena.
- Boda mística de Santa Catalina. Museo del Prado, Madrid.
- Bodegón de cocina. Museo del Prado, Madrid
- Una pobre alma ante el tribunal, Museo del Prado, Madrid.

Espero que os guste la recopilación de este pintor español, y en la medida de lo posible, este trabajo contribuya en la divulgación de su obra.





Algunas obras


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Los desposorios de Santa Catalina. Autor: Mateo Cerezo el Joven. 1660. Óleo sobre lienzo. 207 x 163 cm. Museo del Prado. Madrid. Santa Catalina de Alejandría fue una santa mártir, condición que aparece indicada en este lienzo por la rueda de martirio que aparece a sus pies, en un fragmento. El tema del lienzo es una recreación devocional sobre la vida de la santa, quien se casó místicamente con la figura del Niño Jesús. Ésta es la escena que vemos, en la cual el Niño, sostenido por la Virgen, pone la alianza a la doncella. Ésta se ha aproximado al conjunto que forma la Sagrada Familia, con un San José en la sombra, debido al escaso protagonismo que se le concedía a su participación en la infancia de Jesús. Por un lado de la escalinata se acerca también el primo de Jesús, San Juanito, llevando el cordero que hace alusión a la muerte en la cruz. La escena se desarrolla bajo un dosel rojo, con angelitos revoloteando, en un clima apacible con un paisaje al fondo de estilo italianizante. El pintor se muestra además como un prodigioso bodegonista en los diversos objetos secundarios que adornan la escena principal, como el cesto de frutas que está a los pies de la Virgen. Es un rasgo típico del Barroco español.



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El juicio del alma. Autor: Mateo Cerezo el Joven. Óleo sonre lienzo, 145 x 104 cm.. Madrid. Uno de los casos más desafortunados de la escuela barroca madrileña es el de Mateo Cerezo, muerto a los 29 años cuando tenía por delante una prometedora carrera. Formado en la escuela de Carreño, seguirá las órdenes de su maestro a la perfección, asimilando el estilo de Van Dyck y Tiziano que tanto admiraba Carreño. Estas influencias se aprecian claramente en este bello lienzo, poniendo Cerezo de manifiesto sus excelentes dotes como pintor. La temática del juicio de un alma tiene sus orígenes en el teatro religioso popular, encontrándose pinturas del siglo XV con este asunto. Sin embargo, Cerezo ha incorporado novedades respecto a la iconografía tradicional al emplear las dos santos intercediendo por el joven. Así, en la zona superior, encontramos la figura sedente de Cristo juez, con el torso desnudo, la bola del mundo sobre su pierna izquierda y el brazo derecho alzado. Junto a Jesús contemplamos a la Virgen María, vistiendo manto blanco y túnica marrón, como el hábito del Carmelo. En la zona inferior se halla el alma cristiana representada como un joven semidesnudo que eleva su mirada hacia Dios y se lleva los brazos al pecho en actitud suplicante. A su derecha se sitúa santo Domingo de Guzmán - portando en su mano el rosario que le entregó María - y a su izquierda apreciamos a san Francisco de Asís - mostrando un pan -; ambos visten el hábito correspondiente a su respectiva orden. Cerezo envuelve en nubes todos los personajes y crea una composición organizada a través de dos planos enlazados por líneas diagonales. Su estilo es rápido y vaporoso, empleando colores cálidos - azul, rojo, naranja - junto a las tonalidades oscuras tan habituales en el barroco, resultando una obra de gran atractivo. Los rostros de los personajes no carecen de expresión, otorgando incluso cierta teatralidad al conjunto.



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Aparición de la Virgen a San Francisco de Asís / La Porciúncula. Obra de Mateo Cerezo el Joven. Óleo sobre lienzo, 246 x 176 cm. Fundación Lázaro Galdiano. Madrid. Escena sobre fondo de boscaje. El santo arrodillado en primer término derecha en alto y a la izquierda, la Virgen con el Niño en sus brazos, que se vuelve hacia el santo, grupo de angelitos bajo ellos.
 

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Cristo después de la flagelación. Obra de Mateo Cerezo el Joven


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Magdalena. Óleo sobre lienzo, 110 x 88,5 cm. Obra de Mateo Cerezo el Joven


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Inmaculada Concepción. 1664. Óleo sobre lienzo, 73 x 56 cm. Hermitage Museum. Obra de Mateo Cerezo el Joven


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María Inmaculada, Óleo sobre lienzo, 188 x 130 cm. Capilla del Palacio de Peñaranda. Obra de Mateo Cerezo el Joven


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Cuadro religioso de Mateo Cerezo el Joven. Galería londinense de Dereck Johns, en la actualidad es el propietario del lienzo tras adquirirlo a una familia belga. La firma autógrafa de Mateo Cerezo, aparece en el centro de la parte inferior (Matheo zereço) con una pequeña rúbrica sobre el apellido, tal y como se presenta en otros lienzos. Eso y otras características claves del pintor burgalés ha permitido devolverle la autoría de un cuadro que a principios del siglo XX fue subastado en dos ocasiones como obra de Murillo.


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San Agustín. Óleo sobre lienzo, 208 x 126 cm. Museo del Prado. Obra de Mateo Cerezo el Joven


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Asunción de María, c. 1650. Óleo sobre lienzo, 207 x 163 cm. Museo del Prado, Madrid. Obra de Mateo Cerezo el Joven


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Ecce Homo, c. 1650. Óleo sobre lienzo, 98 x 75 cm. Museo de Bellas Artes de Budapest. Hungría. Obra de Mateo Cerezo el Joven


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Inmaculada. Convento de Santa Paula (Sevilla). Obra de Mateo Cerezo el Joven



Bodegones y naturalezas muertas


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Nature Morte Aux Poissons Et Légumes. Colección privada. Atribuido a Mateo Cerezo el Joven


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Bodegón con peces. Museo de Navarra. Obra de Mateo Cerezo el Joven


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Bodegón con peces, c. 1661. Óleo sobre lienzo. 79 x 102 cm.. Acervo do Museo Nacional de San Carlos, Cidade do MéxicoNatureza morta com peixes. Obra de Mateo Cerezo el Joven


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Bodegón de carne, c. 1661-64. Óleo sobre lienzo, 74 x 97 cm. En el águlo superior izquierdo, un jarro de Santiago decorado en azul y mostrando la Cruz de Santiago. Academia de San Carlos de Méjico. Obra de Mateo Cerezo el Joven



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Mateo Cerezo el Joven - Bodegón de cocina. Hacia 1664, óleo sobre lienzo, 100 x 127 cm. Museo Nacional del Prado. Sobre unos bloques prismáticos de piedra -que nada tienen que ver con lo que es la realidad de una cocina- se disponen una serie de elementos de muy diversa índole que transmiten una gran variedad de sensaciones táctiles y visuales. El desorden es sólo aparente, pues hay una composición muy cuidada que ordena todo y que subraya lo que la obra tiene de exhibición artificiosa. Se trata de una obra espléndida –deudora de modelos flamencos y napolitanos- que, además de recrear la vista del espectador en un momento en que la comida era una preocupación cotidiana para gran parte de la sociedad, constituye un auténtico ejercicio para demostrar las capacidades pictóricas de su autor. Esta obra se atribuye a Mateo Cerezo por su relación con dos bodegones firmados actualmente conservados en el Museo de San Carlos de México.




El padre: Mateo Cerezo el Viejo


Los Cerezo. Familia de pintores burgaleses formada por padre e hijo, ambos de nombre Mateo.

Mateo Cerezo el Viejo desarrolló su actividad pictórica durante el segundo tercio del siglo XVII, en la ciudad de Burgos, y llegó a ser uno de sus pintores más solicitados.

Estilísticamente se muestra plenamente imbuido por el tenebrismo. Se especializó en cuadros religiosos, donde se encuadra toda una serie de lienzos que hizo con el tema del Santo Cristo de Burgos, de calidad muy desigual. Dentro de esta serie se puede incluir el cuadro de la parroquia de La Victoria en Cascante, firmado por "Matheo Zerezo", duro de líneas y acentuado tenebrismo.

Mateo Cerezo el Joven, hijo del anterior, nació en Burgos en 1637 y murió en Madrid en 1666, a donde debió de trasladarse alrededor de 1654. En su formación artística, además de lo que aprendió en su ciudad natal, influyeron, una vez en Madrid, pintores cortesanos como Pereda, Carreño y Herrera el Mozo así como los ecos de la pintura veneciana flamenca, ingredientes característicos de la escuela madrileña del momento. Además de cuadros de tema religioso -Vírgenes, Cristos y santos- Mateo Cerezo el Joven realizó cuadros de bodegones, a base de pescaderías, carnicerías, hortalizas etc; en ellos no se muestra ajeno a la brillantez flamenca.


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Cristo De Burgos Ode Las Enagüillas. Obra de Mateo Cerezo el Viejo


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Santo Cristo De Burgos. Óleo sobre lienzo, 163 x 122 cm. Obra de Mateo Cerezo el Viejo. El lienzo lleva la firma ‘Matheo Zerezo’ en el centro del cuadro, justo debajo de la cruz. El cristo lleva faldellín blanco con puntillas, tres huevos blancos en los clavos de los pies, llagas en los brazos, lamarca de la lanza en el costado, los ojos cerrados y la boca abierta sobre un fondo negro.

Mateo Cerezo el Viejo. Aunque sin tanta fama como su hijo, Mateo Cerezo el Joven, su obra pertenece al tenebrismo barroco del siglo XVII. Este artista trató en varias ocasiones el tema del Santo Cristo de Burgos. Así, se sabe de la existencia de otros cuadros semejantes de Mateo Cerezo el Viejo en la catedral de Santo Domingo de la Calzada, en el monasterio de las Huelgas Reales de Valladolid o en la iglesia de Santa Marina de Oxirondo, en Bergara (Guipúzcoa).


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San Juan Bautista. Círculo de Mateo Cerezo el Viejo



Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado el trabajo recopilatorio dedicado al pintor español Mateo Cerezo el Joven. Se formó en pintura devota con su padre llamado Mateo Cerezo el Viejo. En 1654 se trasladó a Madrid y fue discípulo de Juan Carreño de Miranda. Cerezo fue una de las figuras más notables de la escuela madrileña del segundo tercio del s. XVII.


Fuentes y Agradecimientos a: es.wikipedia.org, pintura.aut.org, artehistoria.jcyl.es, elprado.es, leyendasdesevilla.blogspot.com.es, arcadja.com, balclis.com, museodeburgos.com, servwebarte.filosofia.uma.es, diariodeburgos.es, artcyclopedia.com, museodelprado.es, flg.es, lasedades.es, leodegundia.blogspot.com, enciclopedianavarra.biz, salmonetesyanonosquedan.blogspot.com.es y otras de Internet.
 




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RESTITUYEN A MATEO CEREZO EL JOVEN UNA INMACULADA ATRIBUIDA A COELLO


Un estudio del doctor en Historia del Arte Jesús Ángel Sánchez Rivera otorga al pintor burgalés la verdadera autoría del cuadro del monasterio de las Comendadoras de Santiago de Madrid


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Inmaculada. Mateo Cerezo 'el Joven'. Este óleo sobre tabla destaca por el color, la destreza técnica y el manejo del non finito.

No es la primera vez que el estilo de Claudio Coello (1642-1693) y el de Mateo Cerezo (1637-1666) se confunden. Ambos pintores pasaron por el taller de Juan Carreño de Miranda y los dos fueron permeables a la pintura de Rubens y a la de Van Dyck. Grandes maestros del estilo barroco, destacaron por el tratamiento de la luz heredado de los pintores venecianos, la pincelada elegante y la riqueza en los ropajes o los elementos decorativos. Pero, mientras el artista madrileño terminó como pintor de cámara, la carrera del de Burgos concluyó a tan temprana edad (murió a los 29 años) que su obra es bastante más escasa, aunque ambos sean grandes pintores del siglo XVII.

Y como al César hay que darle lo que es del César, un estudio llevado a cabo por el doctor en Historia del Arte Jesús Ángel Sánchez Rivera restituye a Mateo Cerezo una Inmaculada que fue atribuida a Coello. Este profesor de la Universidad Complutense de Madrid sacó a la luz el hallazgo en febrero de este año, aunque ha sido ahora cuando se ha publicado el estudio como parte de los trabajos de un simposio que se celebró en septiembre.

La investigación devuelve al pintor burgalés la autoría de un óleo sobre tabla datado en 1660 que representa a la Virgen encarnada por una joven de dulces rasgos y largos cabellos que está acompañada de cinco querubines. La pintura en cuestión se halla en el monasterio de las Comendadoras de Santiago de Madrid, que curiosamente atesora otra Inmaculada de Mateo Cerezo y un Cristo de Burgos firmado por su padre, Mateo Cerezo el Viejo.

La Inmaculada que fue atribuida a Claudio Coello conserva en la parte superior del marco, que es el que tuvo desde un principio, la firma y la fecha de la obra: ‘Zerezo 1660 F’. Además de por la inscripción (la grafía es similar a la de otras pinturas firmadas por el burgalés), a juicio del historiador el óleo pertenece a Mateo Cerezo «por su estilo y por la presencia de la otra espléndida Inmaculada que conserva este mismo monasterio».

La obra permite apreciar la maestría de este extraordinario pintor. «Se observa una gran destreza técnica, de pinceladas muy sueltas y de un espléndido uso del color», detalla el experto. Se puede reconocer también el manejo del non finito, recurso pictórico que creó Miguel Ángel y que da ese carácter de ‘no terminado’ al cuadro.


Fuente: museodeburgos.com
 




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EL PINTOR MATEO CEREZO EN VALLADOLID I


El retablo mayor del Convento de Jesús y María


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Retablo mayor. Convento de Jesús y María. Valladolid

El presente retablo es, quizás, uno de los más importantes, y desconocidos, de Valladolid. La particularidad reside, en cierto modo, en que junto al desaparecido de la iglesia penitencial de la Pasión, es uno de los primeros retablos vallisoletanos que recibieron influencia madrileña en su diseño. La importancia primordial del citado retablo de la Pasión residía en ser el primero, en Valladolid, que utilizaba la columna salomónica.

El retablo de la iglesia del Convento de Jesús y María se engloba dentro de la etapa prechurrigueresca. Este tipo de retablo, desarrollado entre 1650-1690, aproximadamente, será el primero que lleve notas barrocas. En él se utilizará la columna salomónica y el orden gigante, habrá una multiplicación de elementos decorativos respecto a épocas pasadas, esa decoración poco a poco irá adquiriendo mayor bulto. Los marcos son de tarjetillas, los machones del remate se decoran con festones. Consta de un orden tetrástilo. Grandes tarjetas cactiformes sobre las pinturas y hornacina central.

El retablo fue concertado en Valladolid entre los patronos y el ensamblador Francisco Velázquez el 29 de abril de 1658, teniéndose que realizar sobre una traza del arquitecto retablista madrileño Sebastián de Benavente. El retablo tenía que llevar un grupo escultórico titular, que se encargaría al escultor Juan Rodríguez, y cinco lienzos de pintura con respaldos de tabla para evitar así las arrugas. Por todo ello el ensamblador cobraría 11.500 reales, teniendo por obligación el acabarlo en un plazo de año y medio a partir de la fecha del contrato. En el asiento de obra nada se dice del pintor que habría de realizar los lienzos que afortunadamente están firmados en 1659, aunque no todos.

El estado actual del retablo difiere de la descripción realizada en 1724 por Palomino. Según él constaba de las mismas pinturas que hoy subsisten, pero en el banco y en los pedestales de las columnas existían otras: el Salvador en la puerta del sagrario y a sus lados San Pedro de cuerpo entero, con la historia de su martirio al fondo, y San Pablo, con su conversión a lo lejos. Además, en las columnas, había otras dos de San Antonio de Padua y de San Francisco recibiendo los estigmas. La misma descripción hace Ponz. Tormo en 1927 lo dio por perdido, siendo Pérez Villanueva, en 1935 quien lo exhumó, dando cuenta de los cinco lienzos para los que el contrato de 1658 reservaba espacio, y de la ausencia de las pinturas citadas por Palomino en el banco del retablo, que para él estaban integradas en otros retablos colaterales.

La parte escultórica del retablo, como hemos visto, fue realizada por Juan Rodríguez (h.1616 – h.1674), un escultor que pese a lo avanzado del siglo seguirá utilizando los modelos establecidos por Gregorio Fernández. A pesar de todo será uno de los seguidores del maestro gallego que mejor concilie las pautas establecidas éste y su estilo propio. Las esculturas del retablo son la Virgen con el Niño de la hornacina central, y dos virtudes que se posan en el ático. Los pliegues tan quebrados señalan una creciente barroquización. Como anécdota señalar que en el patio del convento se halla otro grupo escultórico similar, realizado en piedra, que debió de estar colocado en la hornacina central de la fachada del primitivo convento, sito en el actual Paseo de Recoletos.


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La Virgen con el Niño. Retablo mayor


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Virtud A


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Virtud B


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La Virgen con el Niño. Patio del convento

Sin lugar a dudas el mayor valor del retablo, y lo que le hace especialmente importante, son las pinturas. El autor de las mismas fue el magnífico pintor burgalés Mateo Cerezo (1637-1666). Cerezo desde muy joven trabajó en Madrid, en el taller de Juan Carreño de Miranda, y se distinguió enseguida como pintor ágil y suelto, de gran facilidad para asimilar el estilo de los grandes maestros. En 1658 el pintor se asienta durante una temporada en Valladolid, ciudad por entonces carente en estos años de pintores de cierta categoría, por lo que no le faltarían encargos. Los óleos del retablo de Jesús y María serían su primer trabajo en la capital del Pisuerga, aunque ya los había contratado en Madrid con los patronos del convento, don Ventura de Onís y su hijo don Antonio de Onís, que ocupaba un cargo en el Real Consejo de Hacienda.

Las razones por las que Mateo Cerezo fue llamado a intervenir en este retablo nos son desconocidas, pero se pueden intuir. El retablo fue planificado en Madrid para ser ejecutado asimismo bajo un modelo arquitectónico madrileño. Lo más probable es que en Madrid Sebastián de Benavente, como tracista del retablo, se encargara de buscar al pintor adecuado y que luego toda la obra se diera a hacer en Valladolid con el concurso del pintor elegido. Sebastián de Benavente debió de recomendar o contratar a Cerezo en calidad de joven destacado en el panorama artístico madrileño y, además, por principiante, más económico.

El tema central del retablo es una magnífica Asunción (2,30 x 1,64, en él, la Virgen asciende en medio de una nube luminosa impulsada por pequeños ángeles, acogidos al aparatoso manto azul que se despliega esplendoroso. Destaca especialmente en el cuadro la mística expresión en el rostro de la Virgen y el cuidado movimiento de sus manos, características en los cuadros de Cerezo. El óleo aparece firmado y fechado: “Matheo Zereço f/1659”. La Asunción posee el recuerdo de la pintura madrileña de la primera mitad de siglo. La tipología deriva de una composición de Rubens grabada por Schelte à Bolswer que en las mismas fechas, un poco antes quizá, también copiaba Carreño en su Asunción, del Museo de Poznan (Polonia).


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La Asunción

En las enjutas laterales de este gran cuadro figura San Buenaventura (1,70 x 1,20 m.), en el que sobresale el buen estudio que realiza Cerezo de la cabeza del Santo anciano, de rasgos dignos y nobles, destacando la espesa barba, que cubre la parte inferior del rostro, mientras que sus ojos se elevan firmemente hacia lo alto para recibir la inspiración divina. En una mano sostiene la pluma y la otra permanece abierta y expectante. El resto de la figura del santo aparece oculta por el hábito, que cae en pliegues verticales, y su sencilla composición apenas permite adivinar la anatomía de personaje. De parecidas características es el lienzo en que aparece Santa Isabel de Hungría (1,70 x 1,20). La cara de la Santa denota haber sido extraída del mismo boceto que el de la Anunciación y que figura en otras muchas obras del pintor. En la cara, la boca está entreabierta en mística expresión, mientras que los ojos van hacia lo alto. Una mano aparece suavemente apoyada en el pecho, mientras la otra sostiene, junto al regazo, un ramo de rosas. También es vertical y estático el estudio del cuerpo de la Santa, cubierto por el hábito, que cae hasta los pies.


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San Buenaventura


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Santa Isabel de Hungría

En el primer cuerpo del retablo se encuentra la Adoración de los pastores (1,66 x 0,95), donde una Virgen niña, casi adolescente, extiende las manos, contemplando al Niño Dios con expresión infantil en su rostro. Detrás, San José levanta los ojos al cielo, con la habitual expresión en el rostro de las demás figuras del retablo. A su izquierda los pastores se arrodillan adorando al Niño. Un suave paisaje invernal cierra el fondo, rompiendo con el claroscuro que reina en el cuadro. Esta obra presenta una marcada influencia perediana y orrentesca; la disposición de los personajes y sus tipos se aproximan a los de las obras de estos artistas y, en general, a los esquemas de la pintura madrileña de la primera mitad del siglo XVII.


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La Adoración de los Pastores

En el lado opuesto se encuentra la Adoración de los Reyes (166 x 0,95). En él Melchor se arrodilla para ofrecer su presente al Niño, que está sentado en el regazo de la Virgen, mientras San José y los otros reyes contemplan la escena. De fondo, vuelve a aparecer un paisaje invernal similar al de la Adoración de los pastores. La impronta perediana cobra aún más fuerza que en este lienzo, pues sigue literalmente el esquema utilizado por Pereda en el retablo mayor de la parroquial de Pinto. Indiscutiblemente, aunque muy influido por el arte de Pereda, el joven Cerezo comienza ya a poner su toque personal en estas obras.


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La Adoración de los Reyes Magos

Desconozco donde se encontrarán en la actualidad las pinturas que citaba Palomino como integrantes del banco del retablo: Efigie del Salvador (0,28 x 0,40 m.), San Pedro (0,19 x 0,55 m.), San Pablo (0,19 x 0,55 m.). Solo sé que hasta no hace muchos años estas pinturas formaban parte de otros retablos de la misma iglesia.



Artículo publicado en Dic. de 2012 por Javier Baladrón Alonso / artevalladolid.blogspot.com.es
 




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EL PINTOR MATEO CEREZO EN VALLADOLID II


El lienzo de "Cristo en el Sepulcro"  de Mateo Cerezo el Joven, de la iglesia de San Lorenzo de Valladolid y su fortuna iconográfica



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Cristo en el Sepulcro, de Mateo Cerezo el Joven. Iglesia de San Lorenzo, Valladolid.

La pintura de Cristo en el Sepulcro, custodiada en la iglesia parroquial de San Lorenzo es, quizás, la mejor pintura que dejó en la ciudad el maravilloso pintor burgalés Mateo Cerezo, si bien deberíamos llamarle Mateo Cerezo “el joven” puesto que su padre, llamado de forma homónima, también se dedicó a la pintura. Este último, bastante peor pintor que el hijo, se hizo muy famoso por sus representaciones del Cristo de Burgos, del cual tenemos algún ejemplo Valladolid, por ejemplo en el Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana.


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Dos Cristos de Burgos del Monasterio de San Joaquín y Santa Ana firmados por Mateo Cerezo el Viejo

La representación de Cristo en el Sepulcro gozó de un gran éxito en Castilla, y sobre todo en los alrededores de Valladolid, tanto inmediatamente como aún tiempo después. Así tenemos, aunque con variantes, múltiples ejemplos tanto en la provincia vallisoletana, como en la burgalesa, y en otros lugares. Mateo Cerezo estuvo en Valladolid en 1658, y posiblemente parte del siguiente. El cuadro, con unas medidas bastante generosas (253 x 135 cm.) tuvo que ser pintado en la ciudad en aquellos momentos.

Ya los más antiguos repertorios bibliográficos sobre temas del arte se refieren ya a este lienzo. Así, en las Vidas de Palomino se hace referencia a una obra de Mateo Cerezo en Valladolid, con estas palabras: “Hay también otro cuadro suyo del Sepulcro de Cristo; con unos ángeles llorando, que le tienen en la sacristía de la parroquial de San Lorenzo, y lo ponen el Viernes Santo en el altar mayor, y es cosa peregrina”. Es obra de autoría absolutamente segura, a pesar de que Palomino habla de ángeles, y no hay sino solo uno. Pero debe tenerse presente que Palomino no estuvo en Valladolid, y se sirvió para su relato de los informes que le transmitieron.

La iconografía de Cristo yacente antes de ser depositado en el sepulcro y con ángeles guardando o llorando su cuerpo es una transformación peculiar de Cerezo a partir de varios antecedentes famosos, desde Annibale Carraci hasta Pereda, pasando por los ejemplos de Van Dyck y Ribera, y por las esculturas vallisoletanas de Gregorio Fernández, cuyos prototipos serían de gran importancia. Así, por ejemplo, el modelo del cuerpo muerto procede del grabado de José de Ribera y de las versiones de Antonio de Pereda del Llanto sobre Cristo muerto (Madrid, col. particular), y los altos almohadones están en las esculturas de Gregorio Fernández como sustituto teatral al regazo de la Virgen de la Piedad del mismo Van Dyck.

La figura de Cristo es de tamaño de natural. Hay que tener presente que como dice Palomino, el cuadro se ponía el Viernes Santo delante del altar mayor, lo mismo que se hacía con los Yacentes de escultura y por supuesto con los de Gregorio Fernández. Por eso mismo está el cuerpo inclinado y la cabeza de frente, para que lo aprecie bien el espectador. Descansa sobre un sudario, la cabeza apoyada en doble almohada, sin duda siguiendo el modelo de Gregorio Fernández. Hay también delante dos clavos y la gruesa corona de espinas, elementos concebidos como bodegón. Debe observarse que los clavos aparecen deformados, para resaltar que estuvieron profundamente clavados y hubo necesidad de un gran esfuerzo para extraerlos. Un ángel acaba de levantar el sudario que cubría el cuerpo. Es el elemento que justifica una escenificación dramática, que recomendaba San Ignacio, pues el tema es invención.

El dibujo es sólido y los colores acordes con la temática. Es admirable el blanco del sudario y las almohadas; un tono verdaderamente preciosista. El cuerpo sin vida tiene tonalidades broncíneas y ácidas que contrastan con el tono azul de la túnica del ángel, tornasolada en violáceos y dorados reflejados por el manto. El rostro de este ángel, de ascendiente en Van Dyck, con un fuerte carácter expresionista, se cubre con un rosario de lágrimas desde los ojos hasta la boca enrojecida y entreabierta. Es el más claro antecedente de uno de los prototipos de Magdalena penitente que Cerezo desarrollará hacia 1664...

Leer completo este interesante artículo publicado en Nov. de 2013 por Javier Baladrón Alonso.



Fuente: artevalladolid.blogspot.com.es
 




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Los actos de hoy, marcarán nuestra era, sino...

¿Qué dejaremos para el que venga mañana?

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El empresario Plácido Arango dona al Prado 25 obras de su colección


La operación incluye óleos de los siglos XVI y XVII, entre los que hay un lienzo de Mateo Cerezo



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De izquierda a derecha, Falomir, Zugaza, Pérez-Llorca y Marina Chinchilla, ante reproducciones de obras donadas por Arango.

La mayor parte de las obras que atesora el Museo del Prado, inaugurado en 1819, procede de las colecciones que durante tres siglos formaron los Habsburgo y los Borbones. El resto ha ido llegando por la vía de las adquisiciones y por desinteresadas donaciones de auténticos amantes de la pinacoteca. El último gesto de amor al Prado lo firma Plácido Arango, empresario de origen mexicano y presidente del Patronato del museo entre 2007 y 2012. Arango ha donado a la pinacoteca 25 obras de su colección de arte antiguo, con derecho a usufructo vitalicio, que reforzarán la presencia de los artistas españoles y de los que realizaron su obra en España.

En el valioso lote hay cuatro artistas que estaban inéditos en el museo: Felipe Pablo de San Leocadio, Pedro de Campaña, Francisco Barrera y Francisco López Caro. El resto enriquece su presencia en las salas: Zurbarán (con tres importantes lienzos), Luis Tristán, Eugenio Cajés, Alejandro de Loarte, Francisco Barreda, Francisco Herrero El Mozo, Francisco de Goya o Corrado Giaquinto. En total hay 15 artistas representados, de los que seis entran en el museo con más de una obra. Son pinturas y litografías que reflejan el gusto personal de Arango y que el empresario adquirió fuera de España.

Para hacer pública la noticia, el equipo directivo del Prado —con su director, Miguel Zugaza, el presidente del patronato, Jose Pedro Pérez-Llorca, y el director adjunto, Miguel Falomir— lanzó una convocatoria de prensa propia de los grandes acontecimientos del museo. Previamente, en el Casón del Buen Retiro se había celebrado una sesión plenaria con los dos nuevos vocales: el hispanista John Elliott y Álvaro Fernández-Villaverde y Silva, marqués de Santa Cruz. No asistió, sin embargo, el nuevo ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo, por encontrarse en Santander; no pudo participar de la alegría que mostraron al salir miembros del patronato como Javier Solana, Carmen Giménez, Carmen Iglesias, Emilio Lledó o Rafael Moneo, el arquitecto responsable de la ampliación del edificio de Villanueva, quien calificó la sesión de “histórica”.

Pérez-Llorca arrancó con una buena noticia asegurando que el museo se autofinancia en un 70% y que el resto procederá de las aportaciones del Estado, el objetivo que se había propuesto el Patronato. Explicó que la situación es posible por el aumento de las visitas y las ventas en las tiendas del museo. Las cuentas han sido aprobadas por la intervención general del Estado. El gasto de 2014 fue de 38 millones, dos menos de lo presupuestado.


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Plácido Arango dona al Museo del Prado 25 obras de quince artistas de su colección.


“Muy honrado”

A Zugaza y a Falomir les correspondió hablar de la histórica donación de Plácido Arango. El conjunto de las obras donadas se irá incorporando de manera gradual a las salas y se irá viendo en exposiciones temporales, como la programada para el próximo otoño dedicada a Luis de Morales. El 7 de julio, unas diez obras serán presentadas en una sala del museo que ayer estaba aún por determinar. Arango, poco aficionado a las entrevistas, no asistió al patronato ni compareció en la conferencia de prensa, aunque hizo llegar unas palabras: “No hay mayor satisfacción para un coleccionista que ver cómo el fruto de su labor sirve para enriquecer un museo público tan mágico e irrepetible como es el Museo del Prado. Me siento muy honrado al pensar que este grupo de obras principales reunidas a lo largo de mi vida vayan a encontrar su destino final en el Prado, museo al que me encuentro tan estrechamente vinculado como agradecido”.

Zugaza recordó que no es la primera contribución de Arango al museo. En 1991 donó los 80 grabados que integran la primera edición de los Caprichos de Goya, publicada en Madrid en 1799. Contribuyó a la restauración de Las Meninas consiguiendo que viniera a Madrid John Brealey, jefe del Departamento de Restauración del Metropolitan Museum, y colaboró económicamente y medió para que retornara a España La Marquesa de Santa Cruz de Goya.

El director del Prado aseguró que el gesto de Plácido Arango es histórico. “La última donación equiparable sería la de la familia Várez-Fisa. Está en la órbita de legados tan impresionantes como el de Cambó o Pedro Fernández Durán”. Sobre la valoración económica, Zugaza prefirió no hacer estimaciones porque son obras que no están en el mercado y, hasta que no estén depositadas en el museo, las aseguradoras no pueden hacer ningún cálculo. “El valor artístico es inestimable y eso es lo importante”, concluyó el director del Prado.



Las obras donadas por Plácido Arango al Prado

Con esta donación, junto a la realizada en 1991 compuesta por ochenta grabados de la serie de "Caprichos" de Goya, Plácido Arango se une a la nómina más selecta de donantes que generosamente han contribuido a ampliar la calidad y representación histórica de las colecciones del Prado

El conjunto de obras donadas al Museo del Prado por Plácido Arango Arias se enmarca en el ámbito de la pintura española y de los artistas europeos que trabajaron para la corte española en una amplia secuencia cronológica entre los siglos XVI y XIX. Casi todas fueron adquiridas en el extranjero, lo que convierte su regreso a España en un extraordinario enriquecimiento de nuestro patrimonio histórico-artístico.

La donación incluye piezas de Pedro de Campaña, Luis Morales, Luis Tristán, Francisco de Zurbarán, Eugenio Cajés, Alejandro Loarte, Herrera el Mozo, Mateo Cerezo, Antonio del Castillo, Valdés Leal, Corrado Giaquinto y Francisco de Goya entre otros.

Cuatro de los artistas presentes en la donación actual: Felipe Pablo de San Leocadio (h. 1480-1547), Pedro de Campaña (1503-h. 1580), Francisco López Caro (1598-1661) y Francisco Barrera (1595-1658) permanecían inéditos en el Prado, siendo particularmente reseñable la incorporación de las exquisitas pinturas del flamenco afincado en Sevilla Pieter van Kempeneer (Pedro de Campaña): Camino del Calvario y Descendimiento, por su decisiva contribución al desarrollo de la pintura española del Renacimiento. También destacan los tres lienzos de Francisco de Zurbarán (1598-1664): Inmaculada Concepción, Inmaculada niña y el hamletiano San Francisco en oración, que permiten al Prado zanjar, por fin, su deuda con el pintor extremeño.

Por otro lado, la donación de Toros de Burdeos de Francisco de Goya (1746-1828), unidos a la donación previa del mismo Arango de los Caprichos, culmina la magnífica colección de la obra impresa del aragonés en el Prado.


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El Descendimiento, Pedro de Campaña. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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Camino del Calvario, Pedro de Campaña (h. 1547). Óleo sobre tabla de roble, de 73,5 cm de diámetro. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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La Crucifixión, de Luis de Morales (h. 1566). Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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La Resurrección, de Luis de Morales. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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San Juan Bautista, Antonio del Castillo y Saavedra. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'Calvario', de Luis Tristán. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'Inmaculada Concepción', de Francisco de Zurbarán (1625-30). Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'Inmaculada Niña', de Francisco de Zurbarán (1656). Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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San Francisco en oración, de Francisco de Zurbarán. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'El Sueño de San José', de Francisco de Herrera el Mozo (1662) .Óleo sobre lienzo, 208,3 x 195,5 cm. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'Pícaro de cocina', de Francisco López Caro (1620). Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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Febrero, Bodegón de Invierno, Francisco Barrera. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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Bodegón con cesta de uvas y otras frutas, de Alejandro Loarte. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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Adoración de los pastores, de Felipe Pablo de San Leocadio. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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La Inmaculada Concepción, de Mateo Cerezo. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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La Natividad, de Eugenio Cajés. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'San Juan Bautista', de Juan de Valdés Leal. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'Inmaculada Concepción', de Juan de Valdés Leal (1682). Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'El famoso americano Mariano Ceballos', de Francisco de Goya (1825). Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'[Plaza partida]', de Francisco de Goya (1825). Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'[Bravo toro]', de Francisco de Goya (1825). Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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Diversión de España, de Francisco de Goya (1825). Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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Piedad, de Corrado Giaquinto. Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'La Serpiente de Bronce', de Corrado Giaquinto (1743). Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.


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'El milagro del Agua', de Corrado Giaquinto (1743). Museo del Prado, Madrid. Donación Plácido Arango.

Ficha del Museo del Prado sobre la donación de Plácido Arango



Fuente: elpais.com / elimparcial.es / museodelprado.es / abc.es
 




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