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Juan Fernández "el Labrador"
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Este trabajo está dedicado al pintor Juan Fernández, llamado El Labrador, fue un pintor barroco español activo entre 1629 y 1636, especializado en la pintura de naturalezas muertas. En su producción, hasta la fecha solo tiene trece obras catalogadas, de las que personalmente conozco cinco que alberga el Prado y son de excepcional calidad. También hay otras dos en la colección permanente del Museo Cerralbo.

Juan Fernández fue un pintor enigmático, de quien únicamente se sabe que vivía alejado de la Corte dedicado a pintar flores y frutas, principalmente uvas según lo que recogen los inventarios de pinturas de la época, tarea con la que alcanzó reputación internacional. Antonio Palomino, a quien alcanzó esta fama, pero que nada sabía de su vida, dedicó unas líneas a «Juan Labrador Pintor Insigne», suponiéndole discípulo de Luis de Morales y muerto en Madrid, de mucha edad, hacia 1600. Fue también Palomino quien, al creerle discípulo de Morales, imaginó que sería extremeño sin mayor razón. El único dato del que se dispone para fijar su lugar de residencia, y quizá de nacimiento, es la mención a una pintura de una «porcelana de uvas, dos búcaros, unas castañas y bellotas» en el inventario de la colección del primer marqués de Leganés, realizado en 1655, atribuida al «labrador de las Navas», en referencia, probablemente, a las Navas del Rey en la provincia de Madrid.

Sir Arthur Hompton (1629-1635), secretario de Sir Francis Cottington, diplomático inglés en la corte de Madrid, pone de manifiesto en su correspondencia el interés propio y de su señor por adquirir obras del pintor, tarea no exenta de dificultad, pues «nunca viene aquí sino en Semana Santa». Ese voluntario apartamiento, que ha dado lugar a alguna literatura en relación con el menosprecio de Corte, se explicaría más fácilmente si, como parece probable, el apelativo de labrador no fuese simplemente un seudónimo sino el reconocimiento de un oficio que nunca abandonaría. Hopton manifestaba también que le había animado a pintar flores, «las cuales todavía no he visto. Si resultan tan buenas como sus frutas, enviaré a su señoría algunas de ellas». Por su intermediación dos obras del pintor llegaron a Carlos I de Inglaterra, una de las cuales, Naturaleza muerta con membrillos y bellotas, pertenece aún a la colección real británica, donde ya en 1639 aparecía inventariada. Este óleo, junto con un Florero en colección particular firmado «el labrador Ju° fernandez 1636», son las únicas obras que pueden considerarse seguras de su mano, a partir de las cuales ha sido posible establecer un estilo y atribuirle nuevas obras. Pintor de tradición caravaggista, el Labrador sitúa sus objetos sobre fondos negros y utiliza la luz dirigida para conferir volumen a dichos objetos, descritos tras paciente observación de forma plenamente individual y con un pormenor casi flamenco, subrayando su aspecto humilde.

La orientación caravaggista de la pintura de "el Labrador", podría deberse al influjo de Juan Bautista Crescenci, marqués de la Torre, establecido en Madrid en 1617, protector de artistas y fijador del gusto en la corte de Felipe IV, además de pintor él mismo de algunos bodegones. Debió de ser Crescenci quien despertara el interés de los círculos cortesanos por Fernández, del que ofreció cuatro paisajes en venta en Madrid a Carlos I de Inglaterra, lo que indica que en su actividad pictórica no se limitó a los bodegones. En el inventario del Palacio Nuevo hecho a la muerte de Felipe V, en 1747, se menciona también un Retrato de filósofo atribuido al labrador, que es sin duda el Filósofo escribiendo depositado por el Museo del Prado en la Universidad de Sevilla, atribuido en ocasiones a José de Ribera. Alguno de sus cuadros llegará también a la corte francesa con Ana de Austria, hermana de Felipe IV y esposa de Luis XIII de Francia.

Entre los óleos que se le atribuyen, pueden destacarse sendas parejas de racimos de uvas del Museo Cerralbo de Madrid, en los que parece quererse poner de manifiesto el parangón con Zeuxis, que engañó a la naturaleza con el arte, y un Florero, antes atribuido a Zurbarán, en el Museo Nacional del Prado, al que en 2006 se han agregado otros cuatro bodegones con el mismo tema de los racimos de uvas colgados procedentes de la colección Naseiro.

Espero que os guste la recopilación de este misterioso pintor español y en la medida de lo posible este trabajo contribuya en la divulgación de su obra.





Algunas obras


El Labrador en el Museo del Prado


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Florero. Obra de Juan Fernández "el Labrador", c. 1635 - 1636. Óleo sobre lienzo, 44 x 34 cm. Museo Nacional del Prado



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Bodegón con dos racimos de uvas. Obra de Juan Fernández "el Labrador", c. 1629 - 1630 Óleo sobre lienzo, 29 x 38 cm. Museo Nacional del Prado. Procedencia: Adquisición Colección Rosendo Naseiro, 2006 (Num. de catálogo: P07906)

El sobrenombre “el Labrador” lo adquirió Juan Fernández debido a que vivía en el campo, donde se especializó en cuadros que representaban frutos. Su calidad hizo que fueran apreciados en las cortes inglesa y española, y que el nombre del pintor haya sido mencionado con admiración por los primeros historiadores de la pintura española. Entre esos frutos, desarrollo un especial interés por la descripción de racimos de uvas, que construye con una técnica claroscurista, destacándolos sobre un fondo oscuro y utilizando las luces y las sombras para modelar los volúmenes y crear un poderoso efecto de ilusión y de realidad. A través de esa técnica alcanza una gran capacidad individualizadora, que le permite no sólo precisar las distintas variedades a las que pertenecen las uvas, sino también su diferente estado de maduración.

Varios de los cuadros con racimos de uvas en los que se especializó el Labrador se disponían en parejas, como las obras P07903 y P07904 y esta y la P07905.


  
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Dos racimos de uvas colgando con mosca. Obra de Juan Fernández "el Labrador". Cronología: Segundo tercio del siglo XVII. Óleo sobre lienzo, 29 cm x 38 cm. Museo Nacional del Prado. Procedencia: Adquisición Colección Rosendo Naseiro, 2006 (Num. de catálogo: P07905)

Varios de los cuadros con racimos de uvas en los que se especializó el Labrador se disponían en parejas, como la P07903 y P07904 y esta obra y la P7906. En uno de los racimos aparece una mosca sobre una uva, un detalle aparentemente banal, pero muy interesante para conocer algunos conceptos relacionados con el género de la naturaleza muerta. El insecto es un estímulo naturalista que permite al pintor jugar con las fronteras entre arte e ilusión y le sirve para subrayar el avanzado estado de maduración de la uva. Pero a cualquier espectador culto de esa época sin duda le recordaría también viejas anécdotas, narradas por los escritores clásicos, acerca de la capacidad de algunos pintores griegos para imitar verídicamente la naturaleza y engañar a los sentidos.



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Cuatro racimos de uvas colgando. Obra de Juan Fernández "el Labrador". Hacia 1630. Óleo sobre lienzo, 45 x 61 cm. Museo Nacional del Prado. Procedencia: Adquisición, 2006 (Num. de catálogo: P07903)

El sobrenombre “el Labrador” lo adquirió Juan Fernández debido a que vivía en el campo, donde se especializó en cuadros que representaban frutos. Su calidad hizo que fueran apreciados en las cortes inglesa y española, y que el nombre del pintor haya sido mencionado con admiración por los primeros historiadores de la pintura española. Entre esos frutos, desarrollo un especial interés por la descripción de racimos de uvas, que construye con una técnica claroscurista, destacándolos sobre un fondo oscuro y utilizando las luces y las sombras para modelar los volúmenes y crear un poderoso efecto de ilusión y de realidad. A través de esa técnica alcanza una gran capacidad individualizadora, que le permite no sólo precisar las distintas variedades a las que pertenecen las uvas, sino también su diferente estado de maduración.



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Bodegón con cuatro racimos de uvas. Obra de Juan Fernández "el Labrador". Hacia 1630. Óleo sobre lienzo, 44 x 61 cm. Museo Nacional del Prado. Procedencia: Adquisición, 2006 (Num. de catálogo: P07904)

El sobrenombre “el Labrador” lo adquirió Juan Fernández debido a que vivía en el campo, donde se especializó en cuadros que representaban frutos. Su calidad hizo que fueran apreciados en las cortes inglesa y española, y que el nombre del pintor haya sido mencionado con admiración por los primeros historiadores de la pintura española. Entre esos frutos, desarrollo un especial interés por la descripción de racimos de uvas, que construye con una técnica claroscurista, destacándolos sobre un fondo oscuro y utilizando las luces y las sombras para modelar los volúmenes y crear un poderoso efecto de ilusión y de realidad. A través de esa técnica alcanza una gran capacidad individualizadora, que le permite no sólo precisar las distintas variedades a las que pertenecen las uvas, sino también su diferente estado de maduración.



El Labrador en el Museo Cerralbo


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Bodegón con dos racimos de uvas. Obra de Juan Fernández, el Labrador, c. 1630. Óleo sobre lienzo, 28x26 cm. Museo Cerralbo. Madrid.

Juan Fernández, el Labrador es uno de los artistas más enigmáticos y desconocidos del siglo XVII. De él sólo sabemos su nombre y que desarrolló su actividad en la provincia de Madrid alrededor de 1630. Existe constancia de que el artista vivía a las afueras de esta ciudad, en pleno campo, y que acudía a ella periódicamente con sus lienzos para venderlos a los coleccionistas más distinguidos de la Corte. Este estilo de vida rural fue lo que dio origen a su seudónimo “ El Labrador”, por el que era conocido entre sus contemporáneos.

Este pequeño cuadro hace pareja con otro de la colección de iguales dimensiones y similar factura. Ambos son racimos de uvas a tamaño real que aparecen suspendidos de forma aislada por finas cuerdas, recortados sobre fondos oscuros, y con un punto de vista muy cercano. Recrea una atmósfera casi etérea con fuertes impactos lumínicos, dando aspecto de “trampantojo”. La luz produce una delicada modulación provocando un efecto naturalista, ya que incide directamente sobre el volumen en la composición de los racimos.

Lo más llamativo de sus obras es el detallismo con que plasma los objetos, que revelan el largo tiempo que pasa observando detenidamente cada detalle de los racimos. Presta una atención pormenorizada al describir las calidades de la superficie de la piel de las uvas, remarcando su aspecto traslúcido, el color diferente de cada una y su recubrimiento céreo o “pruina” que la naturaleza proporciona a este fruto para su protección Llega incluso a representar las uvas que han perdido su jugo y se han convertido en pasas.



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Racimo de uvas blancas. Obra de Juan Fernández, el Labrador, c. 1630. Óleo sobre lienzo, 28x26 cm. Museo Cerralbo. Madrid.

Pintura al óleo sobre lienzo con bodegón en el que se representa un racimo de uvas blancas que cuelga de un cordel, en un espacio oscuro. Obra de Juan Fernández, conocido como "El Labrador", que llegó a ser uno de los pintores de bodegón más afamados del siglo XVII español. Los bodegones, también llamados naturalezas muertas, solían estar destinados a decorar los comedores de las casas señoriales, contribuyendo a celebrar la comida y los placeres de la mesa.



Otras obras


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Bodegón con uvas, manzanas, nueces y jarra de terracota, c. 1633. Óleo sobre lienzo, 62,5 x 46,5 cm. Colección particular. Obra de Juan Fernández el Labrador


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Florero, c. 1635 - 1636. Óleo sobre lienzo, 44 x 34 cm. Colección particular. Obra de Juan Fernández, el Labrador


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Bodegón. Colección Miguel Granados. Obra de Juan Fernández el Labrador


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Bowl with melon, figs and mushrooms, 1620. Canvas, Private Collection. Obra de Juan Fernández, el Labrador



Atribuciones


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Nature morte de fleurs et de cédrats. Oil on canvas, 71x 48.50 cm. Colección particular. Atribuido a Juan Fernández el Labrador


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A still life with herring. Colección particular. Atribuido a Juan Fernández el Labrador


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Still life of wild mushrooms on a forest floor, oil on canvas, 48.26 x 66.04 cm. Colección particular. Atribuido a Juan Fernández el Labrador


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Still life of black grapes and other fruit in a basket, white grapes resting on a ledge, oil on canvas, 50.80 x 66.04 cm. Colección particular. Atribuido a Juan Fernández el Labrador


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Filósofo escribiendo. Museo Nacional del Prado, depósito en la Universidad de Sevilla. Atribuido en el inventario de 1747 del Palacio Real de Madrid a Juan Fernández, el Labrador de las Navas.

Fuente: De Herrrera a Velázquez. Catálogo de la exposición, Bilbao 2006, pág 161



Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado trabajo recopilatorio dedicado al pintor español Juan Fernández, llamado el Labrador, estuvo activo entre 1629 y 1636, especializado en bodegones. Un artista muy misterioso, poco conocido para el gran público, pero con un talento excepcional.


Fuentes y Agradecimientos: museodelprado.es, pintura.aut.org, es.wikipedia.org, museocerralbo.mcu.es, elpais.com, arsmagazine.com royalcollection.org.uk, lessing-photo.com, arcadja.com, olemiarte.com, artinfo.com, blog.mnac.es y otras de Internet.
 




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Próxima exposición en el Museo del Prado: 'El Labrador' del 11 de marzo al 16 de junio 2013 - Comisario: Ángel Aterido, especialista en pintura española del Siglo de Oro



El Labrador



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Dos racimos de uvas colgando, Juan Fernández el Labrador. Óleo sobre lienzo, 29 x 38 cm, c. 1629 - 1630, Madrid, Museo Nacional del Prado

El Museo brindará al público la excepcional oportunidad de contemplar, por primera vez reunida, toda la producción conocida de Juan Fernández el Labrador, pintor español de la primera mitad del siglo XVII y referente de los inicios de la historia del bodegón en España. Su fama como pintor de naturalezas muertas, reclamadas por los coleccionistas, traspasó las fronteras hispanas y sus obras llegaron a las colecciones reales inglesas.

Las cinco obras del artista que posee el Museo, un florero -adquirido en 1946 a un coleccionista privado, que posiblemente en el siglo XVII formó parte de las colecciones reales - y cuatro obras que ingresaron en 2006 con la colección Naseiro, se presentarán junto al resto de su obra conocida, procedente en su mayor parte de coleccionistas privados internacionales, para contribuir a la mejor difusión y conocimiento de la extraordinaria producción de este misterioso y exquisito pintor.



Fuente: elprado.es
 




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Post Re: Juan Fernández "el Labrador" 
 
El Prado resuelve el enigma de ‘El Labrador’



El museo descubre en una muestra la misteriosa figura del pintor de bodegones Juan Fernández, que estuvo activo en Madrid en la primera mitad del siglo XVII



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Vista de la obra 'Bodegón con uvas, manzanas, frutos secos y jarra de terracota' (1633), de Juan Fernández, el Labrador EFE

Poco, por no decir casi nada, sabemos de Juan Fernández El Labrador y sus discretas circunstancias biográficas. Para la posteridad quedó, eso sí, la extraordinaria atención por el detalle y el amor por la naturaleza y sus cíclicas razones de este pintor de bodegones activo en Madrid en las décadas veinte y treinta del siglo XVII. Con tan inciertos mimbres, El Prado ha inaugurado hoy la estupenda exposición El Labrador, Naturalezas muertas, que aguarda hasta el 16 de junio al visitante en la sala de la planta superior de la ampliación reservada a las muestras más exquisitas. O traducido: a las apuestas más eruditas y de menor tirón popular.

El recorrido reúne 11 de los 13 bodegones conocidos del pintor. En él, y en el catálogo de la muestra, producto de los estudios del comisario Ángel Aterido, está contenido todo lo que hoy conocemos de la misteriosa trayectoria del artista. Que no es mucho… A saber: pudo nacer en Cáceres o Badajoz y vivía fuera de Madrid (¿quizá en Ávila?). Bajaba a la corte una sola vez al año, más o menos por estas fechas, para mercadear con su arte. Casi con toda seguridad giró en la órbita del romano Giovanni Battista Crescenzi, maestro en las intrigas artísticas en tiempos de Felipe III y Felipe IV y que en un documento se refirió a él como su “criado”. Era ágrafo y probablemente analfabeto. Trabajaba el campo, de ahí el sobrenombre. Y su pintura, tan paradójicamente delicada en su escaso refinamiento, cosechó adeptos en Inglaterra, gracias al gusto de los embajadores de Londres en Madrid, sir Francis Cottington y sir Arthur Hopton, que impulsaron y moldearon su trayectoria. Y regalaron al rey Carlos I algunos de sus óleos, como el otoñal Bodegón con uvas, membrillos y frutos secos, prestado al Prado por la colección de la actual reina de Inglaterra.

También tenemos constancia de que le obsesionaban las uvas. O mejor, la idea de una uva. Blancas, tintas y en todas sus variantes. Presentadas en racimos solitarios que cuelgan con la inesperada presencia de una mosca, o en grupos de dos, tres y cuatro. A ellas consagró sus primeros esfuerzos, como indica el viaje propuesto por el Prado. Las pintaba con fidelidad a los preceptos del naturalismo de principios de su siglo, el de Sánchez Cotán y otros, a cuyo arte remiten sus lienzos. Y las disponía con un premonitorio gusto por la abstracción y el hechizo seductor de lo inexplicable.

Las composiciones del Labrador se resisten a la catalogación. Los frutos cuelgan de no se sabe bien dónde en escenas en penumbra, en las que una potente luz fría delimita las formas. El resultado produce un efecto que le vale, según el comisario Aterido, el apelativo de “Zeuxis moderno”, en referencia al pintor clásico que elevó la uva a la categoría de arte.

Tras las vides vendrían las flores, gracias a los consejos disuasorios de los diplomáticos ingleses. Un increíble Florero marca en la muestra la ruptura con lo anterior, pese a que en la esquina inferior izquierda asoman unas uvas difíciles de distinguir. El cuadro es uno de los cinco que del autor posee El Prado; los otros cuatro, también incluidos en la muestra, entraron en la pinacoteca con la compra en 2006 de la colección de bodegones de Rosendo Naseiro, como parte de un lote que incluía los circunstancialmente famosos lienzos que el empresario y coleccionista adquirió de otro tesorero del PP, Luis Bárcenas.

Prueba del olvido sufrido hasta fechas recientes por la figura del Labrador es que ese Florero fue comprado en 1946 por el marqués de Lozoya, creyendo que era de Zurbarán. Fue antes de que se hallase la firma temblorosa de Juan Fernández en la parte posterior de un cuadro, perteneciente hoy a una colección particular holandesa que denegó su préstamo para la exposición (falta además otra pieza montada en un cabinet británico). A partir de ese descubrimiento y como parte de una labor detectivesca sostenida desde los años setenta, se ha ido inventariando a partir de un puñado de documentos el misterio de este pintor, que ya luce en el Prado con los honores denegados durante cuatro siglos. Y como un indisimulado reclamo: los responsables de la pinacoteca confían en que la muestra sirva para que afloren nuevas piezas de su enigmática producción.


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Bodegón con cuatro racimos de uvas, Juan Fernández el Labrador. Óleo sobre lienzo, 44 x 61 cm. Hacia 1630, Madrid, Museo Nacional del Prado.



Fuentes: elpais.com / museodelprado.es
 




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Post Re: Juan Fernández "el Labrador" 
 
Exposición del Museo del Prado

Juan Fernández el Labrador

12 de marzo - 16 de junio de 2013


Comisario: Ángel Aterido, especialista en pintura española del Siglo de Oro



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Juan Fernández el Labrador. La documentación referente a Juan Fernández localizada hasta la actualidad se limita a los siete primeros años de la década de 1630. Era conocido como el Labrador por su origen campesino y, aunque se supone que nació en Extremadura, no se sabe nada de su nacimiento o primera formación artística. Fue criado de un importante noble italiano, Giovanni Battista Crescenzi, quien ejercía una importante influencia en los asuntos artísticos de los reinados de Felipe III y Felipe IV. Crescenzi fue uno de los promotores de la naturaleza muerta y todo indica que incentivó al Labrador a que se aplicara en la representación de frutas. El género estaba en pleno desarrollo y demanda en la corte madrileña y en toda Europa. El aspecto humilde de sus bodegones, tremendamente sencillos y a la vez asombrosamente realistas, debió causar gran impacto en un momento en el que estas representaciones se estaban haciendo más complicadas y barrocas.

Hacia 1633 Juan Fernández dejó Madrid, y según sus primeros biógrafos se retiraría al campo donde se dedicaría a “retratar” los productos naturales, con los que tendría gran familiaridad. Se dice que acudía a la corte en Semana Santa a vender sus cuadros, que eran adquiridos para las colecciones más importantes de la nobleza. Ente sus clientes estaba el embajador británico, sir Arthur Hopton, quien envió cuadros del Labrador al rey Carlos I. También poseyó alguna de sus obras la reina de Francia, Ana de Austria; con lo que fue uno de los pocos artistas españoles que fue conocido fuera de la Península en el siglo XVII.

Su fama se basaba en un personal planteamiento para representar flores y frutas, sobre todo las uvas, que fueron el objeto principal de sus cuadros. En sus bodegones hacía una particular mezcla de la tradición del naturalismo con unos encuadres desconcertantes. Su detallismo extremo se potenciaba con la violenta iluminación heredera de Caravaggio y la visión muy cercana de las frutas. El fondo oscuro y la ausencia de referencias al espacio los hace completamente atemporales, en especial las visiones de los racimos de uvas suspendidos, de una estética cercana a planteamientos propios del arte contemporáneo. Aunque se relaciona con la evolución del género en la primera mitad del siglo XVII, su obra supone una aportación singular para la época.

La enigmática personalidad del artista, alejado de la corte en su momento de mayor madurez y empeñado en un nuevo naturalismo a contracorriente de su tiempo, resulta aún más exclusiva porque se conservan muy pocas de sus pinturas. Aunque hay referencias antiguas a obras de El Labrador, en la actualidad sólo se le pueden atribuir con seguridad trece.
 

La exposición del Museo del Prado se articula en dos secciones que muestran la evolución del artista en sus composiciones, desde las primeras obras en las que representa exclusivamente racimos de uvas hasta sus últimas pinturas conocidas en las que las uvas se combinan con otros elementos.

Un Zeuxis moderno

Los racimos de uvas son objeto preferente de representación en el género de la naturaleza muerta desde su origen, a fines del siglo XVI y principios del XVII. Con ellos los artistas podían demostrar su maestría captando sus calidades, estructura o madurez. Pero, al mismo tiempo, les servían parar evocar al público culto un remoto episodio que reivindicaba la superioridad de la pintura. Según los textos clásicos, el pintor griego Zeuxis de Heraclea (siglo V a.C.) llegó a realizar con tal fidelidad las uvas que los pájaros acudieron engañados a picotear un cuadro en el que pintó estas frutas.

En sus primeras obras conocidas el Labrador solo utilizó uvas, presentadas de forma desconcertante. Los racimos, minuciosamente detallados, aparecen suspendidos en la oscuridad, violentamente iluminados y eliminada toda referencia espacial. Su aspecto natural y de instantánea reta al ojo del espectador de su época, evidenciando la extraordinaria capacidad mimética de su autor, suficiente para equipararlo a un Zeuxis moderno.

Naturaleza en el lienzo: primavera y otoño

A partir de 1633 el Labrador comenzó a pintar composiciones más complejas en las que las uvas, su verdadera marca de autor, se combinan con otros elementos. Estos bodegones reúnen siempre especies vegetales que fructifican en la misma estación, o que se conservan bien en meses posteriores. Generalmente son productos del final del verano o del otoño, que conviven con los racimos en pequeñas repisas vistas frontalmente y destacadas sobre fondos en sombra. En ellas reina un aparente desorden en el que se añade algún recipiente refinado, de materiales brillantes o coloridos, que marca un sutil contraste con la sencillez de bellotas o castañas.

Estos cuadros constituyen auténticas celebraciones otoñales, en las que la variedad de frutos supone una demostración de humilde abundancia. A este personal repertorio unió en 1635, por sugerencia quizás de sus clientes británicos, la representación de ramos de flores. Con ellas adquirió fama, por su frescura y sensación realista, incorporando así nuevos colores primaverales a su paleta.


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Florero Juan Fernández el Labrador. Óleo sobre lienzo, 44 x 34 cm c.1635 - 1636, Madrid, Museo Nacional del Prado


Listado de obras de la exposición dedicada a Juan Fernández el Labrador

  
Un Zeuxis moderno

1. Dos racimos de uvas colgando
    Óleo sobre lienzo, 29 x 38 cm
    c. 1629 - 1630
    Madrid, Museo Nacional del Prado

2. Bodegón con dos racimos de uvas
    Óleo sobre lienzo, 29 x 38 cm
    c. 1629 - 1630
    Madrid, Museo Nacional del Prado

3. Racimo de uvas blancas
    Óleo sobre lienzo, 28 x 26 cm
    c. 1630
    Madrid, Museo Cerralbo

4. Dos racimos de uvas blancas
    Óleo sobre lienzo, 28 x 26 cm
    c. 1630
    Madrid, Museo Cerralbo

5. Bodegón de uvas
    Óleo sobre lienzo, 41 x 57 cm
    c. 1630 - 1635
    Madrid, colección Colomer

6. Cuatro racimos de uvas colgando
    Óleo sobre lienzo, 45 x 61 cm
    c. 1630 - 1635
    Madrid, Museo Nacional del Prado

7. Bodegón con cuatro racimos de uvas
    Óleo sobre lienzo, 45 x 61 cm
    c. 1630 - 1635
    Madrid, Museo Nacional del Prado

Naturaleza en el lienzo: primavera y otoño

8. Florero
    Óleo sobre lienzo, 44 x 34 cm
    c. 1635 - 1636
    Madrid, Museo Nacional del Prado

9. Bodegón con uvas, membrillos y frutos secos
    Óleo sobre lienzo, 83 x 68,4 cm
    c. 1633
    Lent by The Royal Collection Trust on Behalf of Her Majesty The Queen

10. Bodegón con uvas, manzanas, frutos secos y jarra de terracota
    Óleo sobre lienzo, 62,5 x 46,5 cm
    c. 1633
    Colección particular

11. Bodegón de uvas, bellotas y copa de manzanas
    Óleo sobre lienzo, 40,4 x 50,5 cm
    c. 1633
    Colección Particular, Cortesía Artur Ramón Art, Barcelona


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Bodegón con uvas, manzanas, nueces y jarra de terracota, Juan Fernández el Labrador. Óleo sobre lienzo, 62,5 x 46,5 cm, c.1633, Colección particular


Fuente: museodelprado.es
 




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No debemos dejar que la Cultura muera, si muere el Arte, muere nuestra parte humana...

Los actos de hoy, marcarán nuestra era, sino...

¿Qué dejaremos para el que venga mañana?

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