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Pío Baroja
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Mensaje Pío Baroja 
 
Continuando con la serie de grandes biografías de ilustres españoles… Este octogésimo cuarto trabajo recopilatorio, está dedicado al escritor Pío Baroja, fue un destacado miembro de la Generación del 98. Pío fue enterrado en un cementerio civil como él quería y entre los que cargaron su ataúd estuvieron sus amigos Camilo José Cela y Ernest Hemingway.

0pio_barojaPío Baroja (San Sebastián, 1872 - Madrid, 1956) Novelista español. Por su padre, como por su madre, perteneció a familias distinguidas, muy conocidas en San Sebastián; entre los ascendientes de la madre, existía una rama italiana, los Nessi.

Este poco de sangre italiana que llevaba en las venas no dejó nunca de halagar a nuestro autor, aunque su orgullo se cifró siempre en su ascendencia vasca. Eran tres hermanos: Darío, que murió, joven aún, en Valencia; Ricardo, que fue pintor y escritor y gozó también de alguna fama, y Pío, el novelista. Era éste el menor de los hermanos. Ya muy separada de ellos, nació Carmen, que había de ser la gran compañera del novelista.

El padre de Baroja, don Serafín, era ingeniero de minas, profesión que, unida a su temperamento inquieto y errabundo, llevó a la familia a continuos cambios de residencia. Ello no dejó de ser una suerte para el futuro novelista, que, de este modo, pudo conocer desde niño diversas partes de España, y sobre todo, Madrid, su amor más grande después de Vasconia, donde había de florecer su vocación y conseguir por último la fama.

Baroja permaneció poco tiempo en su ciudad natal; tenía siete años cuando sus padres se trasladaron a Madrid donde don Serafín había obtenido una plaza en el Instituto Geográfico y Estadístico; de Madrid pasaron a Pamplona, siempre por exigencias del cargo del padre y de sus deseos de mudanza. Desde Pamplona volvió la familia a Madrid; esta vez a don Serafín no le impulsaría ya solamente la inquietud, los deseos de cambio: sin duda entró también en su decisión la necesidad de educar a los hijos.

Cuando abandonó Pamplona tenía Baroja catorce años cumplidos; había asistido con sus hermanos a las clases del Instituto, y sobre todo reñido y correteado por las murallas; no sabemos si había ya emborronado alguna cuartilla, pero sí que había leído a Julio Veme, a Mayne Reid, el Robinsón, y había soñado ya con aventuras maravillosas, Junto al Arga, o subido a un árbol de la Taconera.

Había estudiado Baroja en San Sebastián las primeras letras, continuándolas en Madrid; antes, en Pamplona había frecuentado la escuela, como hemos dicho, y había empezado a asistir a las clases del Instituto; prosiguió en Madrid los estudios, y lo hizo finalmente en Valencia, donde terminó la carrera de Medicina, doctorándose posteriormente en la capital de España. Fue, por lo general, un pésimo estudiante; estuvo siempre mucho más interesado en las novelas que en los libros de texto; su carácter arisco y rebelde le perjudicó también en gran manera, pues acabó riñendo con algunos de sus profesores y no despertó simpatías en ninguno.

Aparte de esto, pasó toda su juventud entre dudas; nunca supo bien qué carrera le gustaba estudiar; en verdad, no le interesaba ninguna. Sólo las letras le atraían, pero tampoco en las letras veía clara su vocación. Antes de ir a Valencia había empezado algunos cuentos, artículos, tal vez una novela, pero lo rompió todo o lo dejó olvidado. Sus fracasos de estudiante, como es fácil suponer, se debieron más a falta de interés que de talento. Pocos escritores ha habido de vocación más segura y que se moviese más inseguro, con más dudas sobre su vocación, y aún mucho después, escrita ya buena parte de su obra, se preguntaba si sería verdaderamente escritor.

Al terminar sus estudios, Baroja se trasladó a Cestona, en el país vasco, donde había conseguido una plaza de médico. No tardó en advertir que aquello no era lo suyo; al poco tiempo estaba asqueado del oficio; había reñido con el médico viejo, con quien compartía el cuidado de la salud de aquellos pueblos, como había reñido antes con sus profesores; se había enemistado con el alcalde y, naturalmente, con el párroco y con el sector católico del pueblo, que le acusaban de trabajar los domingos en su jardín.

Se fue de allí asqueado del pueblo, del médico y hasta de los enfermos, cuando menos de algunos de éstos, y se trasladó a San Sebastián, donde estaba en aquel momento la familia. Permaneció algún tiempo en San Sebastián, y de allí salió para Madrid. En la capital estaba su hermano Ricardo, que, también sin empleo, se ocupaba en un negocio de pan de una tía de ellos que había quedado viuda. Ricardo le había escrito a su hermano que estaba harto del negocio y que iba a dejarlo. Baroja vio el cielo abierto ante él, y sin vacilar un instante escribió a su hermano que iba a Madrid, con la intención de ocuparse de aquel negocio.

De este modo, se vio convertido en dueño de un comercio de pan, sobre lo cual se le gastaron después tantas bromas y le irritaron de tantas maneras, sin contar los disgustos que se derivarían para él de la marcha del negocio. En Madrid, no obstante, había algo para él que estaba por encima de todo: de la vulgaridad del oficio y de las burlas que se le pudiesen gastar; allí podría, en efecto, reanudar los contactos con sus antiguos amigos, frecuentar los medios literarios, ponerse, en realidad, en contacto con su vida, volver de un modo o de otro a aquello que cada vez con mayor certeza sentía que era su vocación.

A poco de llegar a Madrid, instalado ya en el negocio, empezó sus colaboraciones en periódicos y revistas; en 1900 publicaba su primera obra Vidas sombrías, colección de cuentos, que empezó a darlo a conocer. Eran, en su mayoría, cuentos escritos en Cestona sobre temas de aquella región y de sus experiencias de médico; se trataba de vidas humildes, y reflejaban toda la tristeza de aquel medio, y la tristeza, sobre todo, que reinaba entonces en su alma -mezclada con ráfagas de cólera-.

Puede decirse que en su primera obra estaba ya en germen toda su obra futura. Vidas sombrías constituyó un éxito, un éxito del que el propio autor se sintió sin duda asombrado; de su libro se ocuparon con elogio Azorín, Galdós y sobre todo Unamuno, que se entusiasmó con él, especialmente de uno de los cuentos, "Mary-Belche", y quiso conocer a su autor.

A partir de entonces Baroja fue dedicándose más y más a las letras, y apartándose cada vez más del negocio, hasta dejarlo del todo y consagrarse exclusivamente a su vocación. En algún momento Baroja llevó a cabo alguna incursión en el campo de la política, arrastrado más que por su convicción, por el ambiente de la época y por el ejemplo de algunos de sus compañeros, como por ejemplo, Azorín. Efectivamente, Baroja se presentó para concejal en Madrid, y más adelante para diputado por Fraga.

Estas tentativas, como era natural, constituyeron dos rotundos fracasos; tampoco él lo había tomado demasiado a pecho. Se retiró cada vez sin gran disgusto; nos divirtió después contándonos las peripecias, y volvió al camino de las letras del que nunca habría ya de apartarse.

Fue Baroja un gran viajero; los libros y los viajes fueron sus grandes aficiones, puede casi decirse que sus únicas aficiones. Sus viajes por España los hizo casi siempre acompañado; fue unas veces con sus hermanos, Carmen y Ricardo, otras con amigos; hizo uno con Maeztu y otro con Azorín, en sus comienzos, y más adelante, con Ortega y Gasset, que le llevó en algunas ocasiones en su automóvil.


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Monasterio del Paular, lugar donde Pío toma contacto con Nietzche. Las excursiones al entorno de este paraje fueron habituales en su periodo de bohemia.

Baroja llegó a ser uno de los escritores que conoció mejor la España de su tiempo, cosa que se puede comprobar en sus novelas. La ciudad más visitada -también la más querida de las ciudades extranjeras- fue París. En ella pasó un largo tiempo en sus últimos años, cuando huyó de España durante la guerra civil. También estuvo en Londres y más adelante en Italia; viajó por Suiza, Alemania, Bélgica, Noruega, Holanda y Jutlandia, escenario de su trilogía Agonías de nuestro tiempo, con la magnífica El torbellino del mundo, con que encabeza la trilogía.

Fuera de esto, su residencia habitual fue Madrid, y más adelante Vera del Bidasoa, donde adquirió la casa de Itzea, y donde pasó los veranos con su familia. En este tiempo su destino estaba ya fijado, y con él su norma de vida; Baroja consagraba su tiempo a escribir y a viajar. Sus producciones iban apareciendo con gran regularidad y su fama creciendo hasta situarle en pocos años entre las primeras figuras de la nación. Esta actividad no cesó apenas durante su vida, de manera que es el escritor de su tiempo que cuenta con una obra más copiosa; también más diversa y más rica.

Entre sus mejores obras merecen citarse Vidas sombrías, publicada en 1900; Inventos y mixtificación de Silvestre Paradox, de 1901, en la cual evoca sus días de estudiante en Pamplona, con el ambiente de la ciudad; Camino de perfección (1902), confesión íntima y muy personal, en que podemos verle en las dudas y vacilaciones de su juventud, y que causó vivísima impresión. Muy bella, y bastante lograda, aunque de otro tono, es El mayorazgo de Labraz (1903), escrita también con recuerdos de Cestona, en que relata admirablemente la vida en un pueblo de España, con influencias tal vez de la vieja tragedia.

Importante es también en la producción barojiana la trilogía que siguió a estas novelas, que apareció bajo el subtitulo "La lucha por la vida", formada por La busca, Mala hierba y Aurora roja; aparecidas primero en folletín, y publicadas en volúmenes sueltos en 1904, ofrecen en mucha parte, en su desarrollo, las características de aquel género; en ellas el autor recoge admirablemente el ambiente de los barrios bajos del Madrid de su tiempo, en las primeras luchas sociales; merecen también citarse Zalacaín el Aventurero y Las inquietudes de Shanti Andía, novela la primera situada en la tierra vasca y en la época de las guerras carlistas, y la segunda, dedicada a la vida del mar con recuerdos de antepasados del escritor, de aventuras, de piraterías, y sobre todo con evocaciones de su infancia en San Sebastián, parte que constituye tal vez lo mejor del libro.

Estas dos novelas eran aquellas por las cuales mostró Baroja una cierta preferencia, especialmente por Zalacaín y en ella por la figura del héroe. No obstante, la obra más importante del novelista es sin duda Las memorias de un hombre de acción, novela cíclica, que escribió a lo largo casi de su vida y que terminó ya en la vejez. Consta esta obra de veintidós volúmenes y el héroe central es un antepasado suyo, G. de Aviraneta, que tuvo alguna importancia en los hechos políticos de su tiempo; en tomo a la existencia de su héroe, el autor reconstruye toda una época agitada y terrible de España; se incluyen en ella las guerras de la Independencia y carlistas, con tumultos y sublevaciones, en los días de Fernando VII e Isabel II.

Es una amplia evocación que tiene de novela, de historia y de folletín, pero siempre dentro de un gran rigor histórico, y todo fundido y recreado por la imaginación del escritor. Destacan en esta serie El escuadrón de Brigante, Los recursos de la astucia, El sabor de la venganza, Las figuras de cera, La nave de los locos y La senda dolorosa, dedicada ésta, en su mayor parte, al trágico fin del conde de España.

Aparte de estas obras, Baroja escribió algunos ensayos; sus libros de recuerdos, Juventud, egolatría (1917); Las horas solitarias y La caverna del humorismo (1918); eran éstas las obras preferidas por Ortega y Gasset, que aconsejaba al escritor que persistiera en aquel género; ya en sus últimos años Baroja dio a la prensa sus Memorias. Estas Memorias constituyen un monumento de la época, una evocación de su vida, y de la vida de su tiempo, con las figuras más importantes con las que trató, tanto en las letras como en las artes.

Sus Memorias constituyen asimismo un documento inapreciable para el conocimiento del autor, acaso su libro más interesante, el de lectura más agradable, y con el cual coronaba su obra y, puede decirse, su existencia. En este tiempo vivía en Madrid con su familia, con la que continuó viviendo hasta su muerte; su producción alcanzaba ya una cifra muy importante, y aunque no gozaba quizá de la fama que merecía, su nombre figuraba entre los tres o cuatro más destacados de la nación. En 1935 fue admitido como miembro de la Academia de la Lengua. Fue quizá, y sin quizá, el único honor oficial que se le dispensó.

En sus novelas, el autor se sitúa de lleno en la escuela realista; sigue en ellas las huellas de los grandes maestros europeos, que brillaban aún más en su tiempo, de Balzac, Stendhal, de Tolstoi y Dickens, que fueron sus autores predilectos, y los pocos que admiró sin reservas al lado de Dostoievski; se notan también en él influencias de los folletinistas franceses, cuya lectura le apasionó en su juventud, con las de la picaresca española, Quevedo, Mateo Alemán y El Lazarillo, no menos evidentes.

En las ideas dominaba al principio Nietzsche, pero poco a poco este entusiasmo fue cediendo, quedando en un escepticismo, muy cerca de Montaigne y, sobre todo, de Voltaire, al que leyó y admiró, pero que era también muy suyo. El fondo de sus libros es, por esto, pesimista; no obstante, en la forma, en sus descripciones de paisajes, de escenas, se muestra como un enamorado de la vida, un entusiasta, con una nota continua de alegría y, podríamos decir, da optimismo, que contrasta con el fondo amargo y sombrío de toda su obra.


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Placa en el «Edificio Baroja», Ruiz de Alarcón, 12, su último domicilio en Madrid.

Descuella Baroja en la evocación de ambientes, en las descripciones de pueblos y paisajes, y sobré todo, en la pintura de tipos; a veces tiene en sus descripciones algo de pintor, y nos recuerda en algunas ocasiones a Goya, especialmente en sus novelas de la guerra civil. No estuvo adherido a ninguna escuela, ni formó parte, en cuanto a influencias, de ningún grupo; fue, en este aspecto, el más rebelde de los escritores y el más independiente en todos los sentidos.

El mundo predilecto de sus creaciones fue el de las gentes humildes, los desventurados; pero al lado de ellos, sintió una viva predilección por toda suerte de seres fantásticos, locos, de gente rara y absurda; a todos se acercó con su ironía, con sus sarcasmos a veces, con su humor amargo, pero también con una gran piedad, con un deseo de redención y de justicia, que le emparenta con los grandes novelistas de Europa, sobre todo con Dickens, que fue al que más admiró.

Baroja ha sido, sobre todo por sus ideas y por su manera de exponerlas, el literato más discutido, el más atacado de los escritores de su tiempo. Tal vez por el desorden habitual en sus novelas, y más aún por el tono ofensivo que adoptó para tantas cosas, por su sinceridad brutal, no alcanzó nunca la fama que merecía, la fama que alcanzaron muchos otros con menos méritos que él. El tiempo, en su labor justiciera, le ha ido situando en su lugar y hoy está considerado, dentro y fuera de su patria, como el primer novelista de la España de su tiempo, al lado de Galdós, y para algunos por encima de éste.

Espero que recopilación de información e imágenes que he preparado os resulten interesantes y contribuya en la divulgación y conocimiento de este ilustre personaje.




Lista completa de trabajos realizados de grandes biografías de ilustres españoles o asimilados



Resumen Biográfico:


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Pío Baroja y Nessi (San Sebastián, 28 de diciembre de 1872 – Madrid, 30 de octubre de 1956), escritor español de la llamada Generación del 98.

Pío Baroja perteneció a familias siempre muy distinguidas y conocidas en San Sebastián relacionadas con el periodismo y los negocios de imprenta. Su bisabuelo paterno, Rafael, fue en Oyarzun impresor del periódico La Papeleta de Oyarzun y de otros textos durante la guerra contra Napoleón. Su abuelo del mismo nombre, Pío Baroja, editó en San Sebastián el periódico El Liberal Guipuzcoano (1820-1823) durante el Trienio Liberal e imprimió la Historia de la Revolución Francesa de Thiers en doce tomos, con traducción de Sebastián de Miñano y Bedoya. Los hijos de Rafael Baroja, Ignacio Ramón y Pío, continuaron con el negocio de imprenta y un hijo de este último, Ricardo, tío del novelista, será, con el tiempo, editor y factótum del periódico donostiarra El Urumea. Entre los ascendientes de la madre había una rama italiana lombarda, los Nessi, a la que el escritor debe su segundo apellido.


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Pío Barojaren familia. Carmen Nessi erdian eserita dago.

Pío fue el tercero de tres hermanos: Darío, que murió joven aún en 1894; Ricardo, que sería en el futuro también escritor y un importante pintor, conocido sobre todo por sus espléndidos aguafuertes, y Pío, el hermano menor, que dejaría la profesión de médico por la de novelista. Ya muy separada de ellos, nació Carmen, que habría de ser la inseparable compañera del novelista y la mujer del futuro editor de su hermano, Rafael Caro Raggio, ocasional escritora también. El padre de los Baroja, Serafín, era, al par que hombre inquieto, periodista de ideas liberales, ingeniero de minas, lo que llevó a la familia a constantes cambios de residencia por toda España. El continuo ir y venir de su familia inculcó al futuro novelista la afición a los viajes y le permitió conocer bien el país. A los siete años marchó con su familia a Madrid, donde el padre obtuvo una plaza en el Instituto Geográfico y Estadístico; pero volvieron a Pamplona y de nuevo a Madrid. Baroja había leído ya a clásicos juveniles (Julio Verne, Mayne Reid y Daniel Defoe). Se libró del servicio militar, que le repugnaba. En 1891 terminó la carrera de medicina en Valencia y se doctoró en 1894 en Madrid con una tesis sobre El dolor, estudio psicofísico.


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Pio Baroja, ilustre literato autor de la novela 'El Mundo es Ansi' recientemente publicada.

Pío Baroja como estudiante no destacó, más por falta de interés que de talento, y ya por entonces se le apreció un carácter gruñón, arisco y descontentadizo; no simpatizó con profesor alguno y se mostró hipercrítico con todo; ninguna profesión le atraía, sólo escribir no le disgustaba. Leyó bastante filosofía alemana (Inmanuel Kant y Arthur Schopenhauer), decantándose por el pesimismo de este último. Tímido y retraído al mismo tiempo, nunca se casó. Tras defender su tesis, marchó en ese mismo año de 1894 a Cestona, en Guipúzcoa, con plaza de médico. Pero el oficio le asqueaba y riñó con el médico viejo, con el alcalde, con el párroco y con el sector católico del pueblo, que le acusaba de trabajar los domingos en su jardín y de no ir a misa, pues, en efecto, era ateo; tras pasar un año allí volvió, pues, a San Sebastián, dispuesto a ser cualquier cosa menos médico, y encontró su oportunidad en Madrid, donde su hermano Ricardo dirigía una panadería (Viena Capellanes) porque una tía les había legado el negocio; Ricardo le había escrito que estaba harto y quería dejarlo y Pío decidió encargarse él mismo de regentar la tahona. Sobre eso le gastaron bastantes bromas: «Es un escritor de mucha miga, Baroja» — dijo de él Rubén Darío a un periodista. A lo cual respondió el escritor: «También Darío es escritor de mucha pluma: se nota que es indio». Instalado en Madrid, empezó a colaborar en periódicos y revistas, simpatizando con las doctrinas sociales anarquistas, pero sin militar abiertamente en ninguna. Al igual que su conterráneo Miguel de Unamuno, abominó del nacionalismo vasco, contra el que escribió su sátira Momentum catastrophicum.


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Baroja en 1900 publicó su primer libro, una recopilación de cuentos titulada Vidas sombrías, la mayoría compuestos en Cestona sobre gentes de esa región y sus propias experiencias como médico. En esta obra se encuentran en germen todas las obsesiones que reflejó en su novelística posterior. El libro fue muy leído y comentado por prestigiosos escritores como Miguel de Unamuno, que se entusiasmó con él y quiso conocer al autor, por Azorín y por Benito Pérez Galdós. Baroja fue así acercándose cada vez más al mundillo literario y abandonando el negocio de panadería hasta dejarlo por completo. Tuvo especial amistad con el anarquista José Martínez Ruiz, más conocido como Azorín, e hizo, impulsado por él, algún intento de entrar en política, presentándose de concejal en Madrid y de diputado por Fraga, pero fracasó. Al acercarse Azorín al partido de Antonio Maura, rompió su antigua amistad. De igual manera tuvo amistad con Maeztu. Con él junto con Azorín formaron durante un breve período el grupo de los Tres.


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Retrato de Pío realizado por Ramón Casas, se trata de un dibujo al carbón y pastel (ca. 1904-0) en su periodo inicial como escritor.

Pío Baroja viajó después por toda Europa (residió varias veces en París, estuvo algún tiempo en Londres, y pasó por Italia, Bélgica, Suiza (donde tuvo un gran amigo, el filonazi nietzscheano Paul Schmitz), Alemania, Noruega, Holanda y Dinamarca) y acumuló una impresionante biblioteca especializada en ocultismo, brujería e historia del siglo XIX, que instaló en un viejo caserío que se compró en Vera de Bidasoa y restauró con gran gusto, convirtiéndolo en el famoso caserío de Itzea, donde pasaba los veranos con su familia. Sus viajes por España los hizo casi siempre acompañado por sus hermanos Carmen y Ricardo, pero también por Ramiro de Maeztu, Azorín, Schmitz e incluso José Ortega y Gasset en una ocasión, en la que recorrieron en automóvil gran parte del recorrido realizado por el general Gómez con su famosa expedición durante la Primera Guerra Carlista.


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El árbol de la ciencia

Pío Baroja en sus novelas reflejó una filosofía impregnada con el profundo pesimismo de Arthur Schopenhauer, pero que predicaba en alguna forma una especie de redención por la acción, en la línea de Friedrich Nietzsche: de ahí los personajes aventureros y vitalistas que inundan la mayor parte de sus novelas, pero también los más escasos abúlicos y desengañados, como el Andrés Hurtado de El árbol de la ciencia o el Fernando Ossorio de Camino de perfección (pasión mística), dos de sus novelas más acabadas. Terminó por identificarse con las doctrinas liberales y por abominar del comunismo, sin abandonar en ningún momento sus ideas anticlericales, su misoginia y sus un tanto arcaicas concepciones antropológicas lombrosianas. En 1935 fue admitido en la Real Academia de la Lengua; fue acaso el único honor oficial que se le dispensó.

Cuando estalló la Guerra Civil veraneaba en su casa de Vera de Navarra, al pie de la frontera con Francia. Le detuvo la columna carlista que desde Pamplona se dirigía a Guipúzcoa. Tras pasar un día en prisión, fue puesto en libertad por intervención del militar Carlos Martínez de Campos, duque de la Torre (años más tarde preceptor del príncipe de España, Juan Carlos). Se trasladó inmediatamente a Francia en un automóvil, estableciéndose en París, en el Colegio de España de la Ciudad Universitaria, gracias a la hospitalidad que le ofreció el director de dicho colegio, el Sr. Establier (hospitalidad que le fue agriamente reprochada al director por el entonces embajador de la República en Francia, Araquistain, quien personalmente y a través de su esposa, hizo repetidas gestiones ante el director Establier para que expulsase a Baroja de su alojamiento, gestiones que no dieron el menor resultado).


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Gregorio Marañón y Pío Baroja, dos médicos, dos escritores, en París, en 1939.

En el periodo 1936-39 regresó a España (Zona Nacional) varias veces, y en una ocasión (1937) estuvo en Suiza albergado por su amigo filonazi Paul Schmitz; en una de ellas fue a Salamanca (enero de 1938) para jurar como miembro del recién creado Instituto de España y para gestionar la publicación de artículos periodísticos muy críticos con la República en general y con los políticos republicanos (como el muy famoso "Una explicación" publicado en el Diario de Navarra, 1-IX-1936).


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Detalle de la estatua de Pío Baroja en el Parque del Retiro de Madrid.

Terminada la Guerra Civil, residió todavía una corta época en Francia y se estableció más tarde definitivamente entre Madrid y Vera de Bidasoa. Siguió escribiendo y publicando novelas, sus Memorias (que alcanzaron gran éxito) y una edición de sus Obras Completas. Sufrió algunos problemas con la censura, que no le permitió publicar su novela sobre la Guerra Civil, Miserias de la guerra, ni su continuación, Los caprichos de la suerte. La primera fue publicada por sus sucesores en 2006, en edición del escritor [Miguel Sánchez-Ostiz,][1] precedida, entre otros títulos, por Libertad frente a sumisión en 2001. Sostuvo en su domicilio de Madrid una tertulia de sesgo escéptico (en la cual participaban diversas personalidades, entre ellas novelistas como Camilo José Cela, Juan Benet y otros)


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Valle-Inclán retratado hacia 1930 por Vicente Moreno.

Su hermana Carmen murió en 1949 y su hermano Ricardo en 1953. Afectado poco a poco por la arterioesclerosis, murió en 1956 y fue enterrado en el cementerio civil como ateo, con gran escándalo de la España oficial, a pesar de las presiones que recibió su sobrino, el antropólogo Julio Caro Baroja, para que renunciase a la voluntad de su tío. El entonces ministro de Educación Nacional, Jesús Rubio García-Mina, asistió en su calidad de tal al entierro. Su ataúd fue llevado en hombros entre otros por dos de sus admiradores, Ernest Hemingway y Camilo José Cela, el uno era premio Nobel de literatura y el otro llegaría a serlo años más tarde. También el escritor norteamericano John Dos Passos declaró su admiración y su deuda con el escritor.



Análisis de su obra


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Baroja cultivó preferentemente el género narrativo, pero se acercó también con frecuencia al ensayo y más ocasionalmente al teatro, la lírica (Canciones del suburbio) y la biografía.

El propio autor agrupó sus novelas, un poco arbitrariamente, en nueve trilogías y una tetralogía, aunque es difícil distinguir qué elementos pueden tener en común: Tierra vasca, La lucha por la vida, El pasado, El mar, La raza, Las ciudades, Agonías de nuestro tiempo, La selva oscura, La juventud perdida y La vida fantástica.

- Tierra vasca agrupa La casa de Aitzgorri (1900), El mayorazgo de Labraz (1903) y Zalacaín el aventurero (1909).

- La lucha por la vida integra La busca (1904), Mala hierba (1904) y Aurora Roja (1905).

- La raza está formada por El árbol de la ciencia (1911), La dama errante (1908) y La ciudad de la niebla (1909).

- El pasado agrupa La feria de los discretos, Los últimos románticos y Las tragedias grotescas.

- La vida fantástica está formada por Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), Camino de perfección (pasión mística) (1901) y Paradox rey (1906).

- Las ciudades agrupa César o nada (1910); El mundo es ansí (1912); La sensualidad pervertida: ensayos amorosos de un hombre ingenuo en una época de decadencia (1920).

- El mar: Las inquietudes de Shanti Andía (1911); El laberinto de las sirenas (1923); Los pilotos de altura (1931); La estrella del capitán Chimista (1930).

Los amores tardíos: El gran torbellino del mundo (1926); Las veleidades de la fortuna (1927); Los amores tardíos (1942).

- La selva oscura: La familia de Errotacho (1932); El cabo de las tormentas (1932); Los visionarios (1932).

[b- ]La juventud perdida: Las noches del Buen Retiro[/b] (1934); Locuras de carnaval (1937); El cura de Monleón (1936).


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El Monasterio de las Descalzas en Madrid (izquierda), la calle de Capellanes (derecha) donde pasó Pío Baroja parte de su juventud. En la actualidad esta calle se denomina de la Misericordia.

A las novelas de la última etapa de la vida de Baroja se las suele llamar "Novelas sueltas" porque no terminaron de formar trilogía, pero no por intención del autor, ya que debido en primer lugar a su agotamiento como escritor propio de un hombre de más de 70 años, como por razones de censura (así las de tema de la guerra civil) u otras razones no se hicieron así: Susana y los cazadores de moscas (1938), Laura o la soledad sin remedio (1939), El caballero de Erlaiz (1943), "El puente de las Animas" (1944), El hotel del Cisne (1946) y El cantor vagabundo (1950).Tanto el "Puente de las Animas" como "El cantor vagabundo" formarían con otra no publicada o nunca escrita la trilogía "Saturnales". "El hotel del cisne" serie la primera pieza de otra inconclusa trilogía que llevaría por nombre "Días Aciagos". En sus últimos años intentó escribir una nueva trilogía sobre la Guerra Civil, pero la censura franquista impidió la publicación; modernamente, sin embargo, con la llegada de la democracia, han empezado a imprimirse algunas de ellas; la primera ha sido Miserias de la guerra, y se anuncia la publicación de la siguiente, A la desbandada.


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Biblioteca de Pío Baroja. Itzea, casa de los Baroja.

Entre 1913 y 1935 aparecieron los 22 volúmenes de una larga novela histórica, Memorias de un hombre de acción, basada en la vida de un antepasado suyo, el conspirador y aventurero liberal y masón Eugenio de Aviraneta (1792-1872), a través del cual refleja los acontecimientos más importantes de la historia española del siglo XIX, desde la Guerra de la Independencia hasta la regencia de María Cristina, pasando por el turbulento reinado de Fernando VII. Son las siguientes: El aprendiz de conspirador (1913), El escuadrón del «Brigante» (1913), Los caminos del mundo (1914), Con la pluma y con el sable (1915), que narra el período en que Aviraneta fue regidor de Aranda de Duero, Los recursos de la astucia (1915), La ruta del aventurero (1916), Los contrastes de la vida (1920), La veleta de Gastizar (1918), Los caudillos de 1830 (1918),La Isabelina (1919), El sabor de la venganza (1921), Las furias (1921), El amor, el dandysmo y la intriga (1922), Las figuras de cera (1924), La nave de los locos (1925, en cuyo prólogo se defiende de las críticas hacia su forma de novelar vertidas por José Ortega y Gasset en El Espectador), Las mascaradas sangrientas (1927), Humano enigma (1928), La senda dolorosa (1928), Los confidentes audaces (1930), La venta de Mirambel (1931), Crónica escandalosa (1935) y Desde el principio hasta el fin (1935).


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Detalle del escritorio de Pío Baroja. Itzea, casa de los Baroja.

Baroja publicó en 1938, en la editorial Reconquista "Comunistas, judíos y demás ralea" libro formado por fragmentos de obras y artículos de Baroja anteriores a 1936 y del tiempo de la propia guerra. Un extracto de la obra: Esta última época ha demostrado lo que muchos hemos creído: Que el parlamentarismo no es fecundo. Es imposible. El parlamentarismo es una hoguera que lo consume todo a su lado; la dictadura puede ser la salvación.... En el libro también dedica alabanzas a Franco y al régimen nazi, y menciona que recibió de regalo una esvástica, que guarda como regalo antisemita.


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Sello de Pío Baroja

Baroja publicó también cuentos, como los que recogió en Vidas sombrías (1900) e Idilios vascos (1902); libros autobiográficos y de memorias (Juventud, egolatría y los ocho volúmenes Desde la última vuelta del camino, compuestos por El escritor según él y según los críticos, 1944; Familia, infancia y juventud, 1945, Final de siglo XIX y principios del XX, 1946; Galería de tipos de la época, 1947; La intuición y el estilo, 1948; Reportajes, 1948; Bagatelas de otoño, 1949; y La Guerra Civil en la frontera, 2005). Además redactó biografías como Juan van Halen o Aviraneta o la vida de un conspirador (1931); ensayos, como El tablado de Arlequín (1904), La caverna del humorismo (1919), Momentum catastrophicum, Divagaciones apasionadas (1924), Las horas solitarias, Intermedios. Vitrina pintoresca, Rapsodias. Pequeños ensayos, El diablo a bajo precio, Ciudades de Italia, La obra de Pello Yarza y otras cosas, Artículos periodísticos y algunas obras dramáticas: La leyenda de Jaun de Alzate (1922), Nocturnos del hermano Beltrán, Todo acaba bien... a veces, Arlequín, mancebo de botica, Chinchín, comediante y El horroroso crimen de Peñaranda del Campo.


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Hogar de Pío Baroja. Itzea, casa de los Baroja.

Defensor de una novela abierta, ya que considera ésta como un fluir en sucesión («La novela en general es como la corriente de la historia: no tiene principio ni fin; empieza y acaba donde se quiera.»), compone sus obras a través de una serie de episodios dispersos, unidos, muchas veces, por la presencia de un personaje central.

La mayor parte de los personajes barojianos son seres inadaptados, que se oponen al ambiente y la sociedad en la que viven, aunque impotentes, incapaces de demostrar energía suficiente para llevar lejos su lucha, acaban frustrados, vencidos y destruidos, en ocasiones físicamente, en muchas otras moralmente, y, en consecuencia, condenados a someterse al sistema que han rechazado.

El escepticismo barojiano, su idea de un mundo que carece de sentido, su falta de fe en el ser humano le llevan a rechazar cualquier posible solución vital, ya sea religiosa, política o filosófica y, por otro lado, le conducen aun marcado individualismo pesimista, y no por ello anarquizante.


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Pío Baroja en 1959, fotografiado por Nicolás Muller.

A menudo se ha reprochado a Baroja su descuido en la forma de escribir. Eso se debe a su tendencia antirretórica, pues rechazaba los largos y laberínticos periodos de los prolijos narradores del Realismo, actitud que compartió con otros contemporáneos suyos, así como el afán de crear lo que denomina una «retórica de tono menor», caracterizada por:

- Empleo del período corto.
- Sencillez y economía expresiva: «El escritor que con menos palabras da una sensación es el mejor».
- Impresionismo descriptivo: selección de rasgos significativos más que reproducción fotográfica al detalle característica de los minuciosos y documentados narradores del Realismo.
- Tono agrio, selección de un léxico que degrada la realidad a tono con la actitud pesimista del autor.
- Breves ensayos e intensos intermedios líricos.
- Tempo narrativo rápido, cronotopo dilatado.
- Diálogos respetuosos con la oralidad y la naturalidad.
- Deseo de exactitud y precisión, rasgos estilísticos que confieren la amenidad, el dinamismo y la sensación de naturalidad y vida que el escritor pretendía para sus novelas.


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Miserias de la Guerra: A ningún lector de Baroja se le oculta que la publicación de Miserias de la guerra es todo un acontecimiento literario, largamente esperado, sobre todo para aquellos de sus lectores, sean estos o no "barojianos", que, en los últimos años, han venido reclamando con impaciencia notoria su publicación.


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Retrato de Julio Caro Baroja, sobrino del novelista, en la casa familiar en Vera de Bidasoa.



Cementerio Civil de Madrid


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Entrada del Cementerio Civil de la Almudena (Madrid)

El Cementerio Civil de Madrid forma parte de la Necrópolis del Este, junto con el Cementerio de La Almudena (del que se encuentra separado por la antigua carretera de Vicálvaro, hoy avenida de Daroca) y el Cementerio judío.

El origen de un cementerio civil viene dado por una Real Orden de 2 de abril de 1883, que establecía que en los ayuntamientos cabeza de partido judicial y en aquellos de más de 600 vecinos debía establecerse, al lado del cementerio católico, pero respetando el cerramiento de éste y con entrada independiente, un espacio cerrado destinado a los difuntos fuera de la religión católica.

El Cementerio civil de Madrid se inauguró con la inhumación de Maravilla Leal González, que falleció el 9 de septiembre de 1884.


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Mausoleo dedicado a Pí y Margall


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Tumba de Pablo Iglesias

En él se encuentran enterrados -además del escritor Pío Baroja-, los presidentes de la Primera República Estanislao Figueras, Pi y Margall, y Nicolás Salmerón; el fundador del Partido Socialista Obrero Español Pablo Iglesias; los líderes socialistas Julián Besteiro, Francisco Largo Caballero o Dolores Ibárruri -la Pasionaria-, ; los filósofos Pedro Laín Entralgo y Xavier Zubiri; la dirigente comunista Dolores Ibárruri, el pedagogo Francisco Giner de los Ríos; o el urbanista Arturo Soria.


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Tumba de Pío Baraja. Cementerio Civil de Madrid. El único reconocimiento oficial que obtuvo en España fue ser miembro de la  Real Academia de la Lengua en 1935.  Pío Baroja se fue París durante la guerra civil y regresó cuando la guerra había terminado.  Quería ser enterrado como ateo en el cementerio civil, este hecho conmocionó a la sociedad española que por ese entonces era franquista y católica.  Pío  fue enterrado en el cementerio civil como él quería y entre los que cargaron su ataúd estuvieron sus amigos Camilo José Cela y Ernest Hemingway.



Bibliografía


Alarcos Llorach, E. 1973. Anatomía de «La lucha por la vida». Oviedo.
Arregui Zamorano, M. T. 1998. Estructuras y técnicas narrativas en el cuento literario de la generación del 98: Unamuno, Azorín y Baroja. Pamplona.
Baeza, F. (ed.). 1961. Baroja y su mundo, 3 vols. Madrid.
Caro Baroja, J. 1973. Los Baroja. Madrid.
Caro Baroja, P. 1987. Guía de Pío Baroja. El mundo barojiano. Madrid.
Cipliajauskaite, B, 1972, Baroja, un estilo, Madrid, Ínsula.
Cueto Pérez, Magdalena, 1985, Aspectos sistemáticos en la narrativa de Pío Baroja: El árbol de la Ciencia. Oviedo. Universidad de Oviedo.
del Moral, C. 1974. La sociedad madrileña fin de siglo y Baroja. Madrid.
Elizalde, I. 1975. Personajes y temas barojianos. Bilbao.
González López, E. 1972. El arte narrativo de Pío Baroja en las trilogías. Nueva York.
Iglesias, C. 1963. El pensamiento de Pío Baroja. México.
Navarro, K. 2006. [http://alberdania.net /liburua_fitxa.php?str_mod=col&id_coleccion=14&int_pas_ini=0&id_libro=316 Pío Barojaren Donostia]. Irún
Sánchez-Ostiz, Miguel, Pío Baroja, a escena Madrid, Espasa-Calpe, 2006.
Sánchez-Ostiz, Miguel, Tiempos de tormenta. Pío Baroja 1936-1941, Pamplona, Pamiela, 2007.
Sánchez-Ostiz, Miguel, Derrotero de Pío Baroja Irún, Alberdania, 2000.


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Zalacaín el aventurero de Pío Baroja. La obra narra las aventuras y desventuras de un muchacho vasco, Martín Zalacaín, nacido en Urbía y criado por el viejo Miguel Tellagorri, un cínico de la taberna del Arcale. Su hermana, la Ñasía o Ignacia es pretendida de amores por el señorito Carlos de Ohando, su enemigo y hermano de Catalina de Ohando, a la que Zalacaín ama, por lo que Zalacaín la casa con un amigo suyo, Martín Bautista, ayudante del panadero del pueblo, que se irá a vivir a Zaro, un pueblecito vascofrancés, pero que luego acompañará a Martín Zalacaín en muchas de sus correrías.


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Zalacaín el aventurero, la película.


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Caserón en Vera del Bidasoa donde residió Pío Baroja durante los años del conflicto.


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Ruiz de Alarcón, 12, su último domicilio en Madrid.


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Busto del escritor Pío Baroja, instalado en el centro de la ciudad de Aranda de Duero, Burgos



Enlaces interesantes


Portal sobre Pío Baroja: http://piobaroja.gipuzkoakultura.net/

La web de Pío Baroja:http://www.losbaroja.com/

50 aniversario de la muerte de Pío Baroja: http://www.amarlibros.com/index.php...e-de-pio-baroja


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Retrato de Pío Baroja y Nessi, por Joaqín Sorolla

Retrato de Pío Baroja y Nessi (San Sebastián el 28 de diciembre de 1872 y murió en Madrid el 30 de octubre de  1956). Pío Baroja nunca se casó tal parece que era un misógino. Era el menor de tres hermano y su hermana más joven Carmen Baroja fue la única mujer que prácticamente estuvo presente en su vida y que le acompañó en su trayectoria como novelista. Carmen era una mujer muy culta y escribía ocasionalmente.  


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Pío Baroja viajó un tiempo por Europa y visitó París, Alemania, Italia, Suiza, Holanda y Bélgica. Su primer libro fue “Vidas Sombrías” y sin duda su libro más conocido fue “El árbol de la ciencia (1911)”.  


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En sus últimos años, la salud de Pio Baroja se vio muy deteriorada por una grave arteriosclerosis que le fue diagnosticada por el gran médico y escritor Gregorio Marañón. En mayo de 1956 sufrió una fractura de fémur a causa de una caída, de la que si bien fue operado, le mantenía ya postrado en la cama. Fue allí donde recibió al genial Ernest Hemingway quien le visitó por sorpresa un 9 de octubre de 1956, momento que se recoge en la foto que acompaña el texto. Hay que decir que el concepto que Baroja tenía de Hemingway no era del todo positivo, lo veía como un hombretón que solía estar rodeado de mujeres de vida demasiado alegre y que derrochaba dinero aquí y allá, en definitiva alguien poco serio. Así podremos entender que cuando Hemingway se le presenta en su dormitorio llevándole como presentes una bufanda, unos calcetines y una botella de whisky, Baroja que no estaba ya para muchas historias dijera:

- ¿Qué coño hace éste aquí?

- He venido a decirle - respondió Hemingway- que el Premio Nobel se lo merecía más usted que yo, incluso se lo merecían más Unamuno, Azorín o Don Antonio Machado.

- Bueno, basta, basta, -le dijo Don Pío- que como siga Ud. repartiendo el Premio así vamos a tocar a muy poco.

No sé si se llegaría a beber el whisky, pero el caso es que Pio Baroja falleció pocos días después y Hemingway fue uno de los que llevaron sobre sus hombros el féretro. Como siempre el talento de los nuestros es más valorado fuera que dentro. Nada nuevo.


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Estatua en bronce de Pío Baroja (1872–1956) sobre un pedestal de granito. Realizada por el escultor Federico Coullaut-Valera Mendigutia (1912–1989) en 1979. Inaugurada en el Parque del Retiro de Madrid el 17 de marzo de 1980.



Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado este trabajo está dedicado al escritor Pío Baroja, fue un gran escritor, y todo un referente de la llamada Generación del 98.

    
Fuentes y agradecimientos a: es.wikipedia.org, biografiayvidas.com, elpais.com, unapizcadecmha.blogspot.com.es, amarlibros.com, margaritaxirgu.com, filosofia.com, garcianieto.com, blogs.diariovasco.com, todocoleccion.net, panoramio.com, sp.depositphotos.com, flickr.com, cervantesvirtual.es, orienteeterno.blogspot.com y otras de Internet
 




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Mensaje Re: Pío Baroja 
 
La Historia es una suma de biografías. La serie viene a llenar una laguna en la historiografía española


Un tratado de Mainer sobre Baroja inaugura una importante colección de vidas ilustres



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Ignacio de Loyola, Mariano José de Larra, Benito Pérez Galdós, Muguel de Unamuno y Pío Baroja. / SCIAMMARELLA

A las biografías les ocurre lo que a los viejos colchones de lana. Cada cierto tiempo conviene airearlas y darles la vuelta. El símil es de José-Carlos Mainer, que abre la colección de Españoles eminentes, impulsada por la Fundación Juan March y publicada por Taurus para tratar de fomentar el género biográfico, con un ensayo sobre Pío Baroja (1872-1956), que en “un 30% es biografía y un 70% interpretación de la obra literaria”.

El autor de El árbol de la ciencia no tuvo una vida “particularmente relevante” en acontecimientos, pero ha inspirado numerosos ensayos biográficos, además de dejar escritas sus propias memorias en dos ocasiones (1917 y 1944). “Ese era el principal problema”, señala Mainer, “pero lo que hay sobre Baroja son biografías que oscilan entre la descalificación absoluta o la visión casi hagiográfica. Yo he buscado equilibrar el tratamiento de los datos biográficos con la lectura de su obra. Ni me enfado con Baroja cuando su literatura falsifica datos porque su compromiso con los lectores no le obliga a la veracidad ni lo he puesto en un altar”.

La elección del autor de Zalacaín, el aventurero para arrancar una colección de biografías puede resultar sorprendente. ¿Conserva especial vigencia? Mainer bromea antes de defender que sí. “No hay un Ibex 35 de cotizaciones literarias, pero tengo la impresión de que, a pesar de que no era muy alta cuando se muere, hoy es uno de los más leídos de su tiempo. Eduardo Mendoza, Andrés Trapiello y Antonio Muñoz Molina son tres autores que entre sí se parecen poco y los tres son barojianos”.

Con Baroja se estrena una colección que pretende promocionar el género en España, donde está lejos de tener el arraigo anglosajón. Javier Gomá, director de la Fundación Juan March, cita dos objetivos más. Uno persigue proporcionar biografías modernas de españoles sobresalientes, de los que se excluyen personajes políticos “porque ya han recibido bastante atención”. El otro aspira “a reescribir la historia de la cultura de España a la luz de la ejemplaridad de determinados nombres”.

Gomá pone el ejemplo de 1812, ahora que se celebra el bicentenario de la aprobación de la Constitución de las Cortes de Cádiz, para recordar que los acontecimientos pueden alimentar “una pluralidad de interpretaciones” y visiones discrepantes. Hay, sin embargo, personajes que sobrevuelan sobre la discrepancia y concitan aplausos unánimes. “Casi todos, pese a su opuesta ideología, se descubren con admiración o con respeto ante un Jovellanos o un Goya, por mencionar españoles que por fortuna ya cuentan con buenos estudios biográficos”.

Los ocho elegidos iniciales son hombres. “La historia de la cultura ha sido injusta con las mujeres”, señala Gomá, que baraja incluir alguna española eminente en el futuro, dado que la colección está abierta. Sus directores, los historiadores Juan Pablo Fusi y Ricardo García Cárcel, han sugerido a dos autoras, Teresa de Jesús y Emilia Pardo Bazán, pero Gomá duda de la oportunidad dado que ambas cuentan con notables biografías escritas en los últimos años.

Tras la combinación Baroja-Mainer, este año está prevista la publicación de los ensayos sobre Miguel de Unamuno, escrito por Jon Juaristi, e Ignacio de Loyola, encargado a Enrique García Hernán. El resto de los títulos abordan las figuras de Bartolomé de las Casas, el cardenal Cisneros, Benito Pérez Galdós, José Ortega y Gasset y Mariano José de Larra, que significa la primera incursión de Santos Juliá, gran especialista en el siglo XX, en el XIX de la mano de un hombre de vida corta pero azarosa y de pluma admirada.

Juan Pablo Fusi aprecia un despegue del género. “La historiografía española ha tendido más hacia temas más clásicos como la historia social, las instituciones o las cuestiones políticas, pero en los últimos 20 años se ha vuelto la vista hacia la biografía”. Fusi cita ensayos publicados en las últimas décadas que ya son referentes historiográficos, como las biografías de Azaña (Santos Juliá), Franco (Paul Preston), el conde-duque de Olivares (John H. Elliott) o la reina Isabel II (Isabel Burdiel), que mereció el último premio Nacional de Historia. “Thomas Carlyle decía que la historia no es más que la suma de muchas biografías”, cita Juan Pablo Fusi, para quien una biografía es “un estudio de la condición humana en una circunstancia histórica”.

Ese estudio ha sido paticorto en el caso del cardenal Cisneros, a juicio del hispanista francés Joseph Pérez, que trabaja sobre su biografía. Ya no tiene dudas sobre su arranque: “Se dice de Sócrates que nació viejo. Lo mismo se podría decir de Cisneros”. Está convencido el historiador que la figura habría torcido el camino español. “Cisneros llegó muy tarde al poder y lo conservó muy poco tiempo. Si hubiera vivido cinco o diez años más, el rumbo de la historia de España habría cambiado totalmente”. Tajante, sentencia: “Fue el mejor estadista de la Europa de su tiempo”.

Pérez ahonda en aspectos más ignorados del cardenal al que, en su opinión, se simplifica a menudo como el mecenas que impulsó la universidad de Alcalá y la impresión de la biblia políglota o el defensor de la ortodoxia católica. “No se tienen en cuenta a menudo sus aspectos políticos y económicos. Si hubiera continuado en el poder nunca se habría firmado el decreto de los alumbrados en 1525, muchas de las obras que animó a publicar fueron luego incluidas en los libros prohibidos. Y en economía probablemente habría limitado las exportaciones de lanas de Castilla al extranjero para favorecer la industria textil nacional”.

Recuerda Pérez que los franceses, tras comparar las figuras de Richelieu y Cisneros emitieron un dictamen inapelable: “Cisneros era muy superior”.


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Mensaje Pío Baroja2 
 
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Pío Baroja desde su obra



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Manos del escritor Pío Baroja.

La perspectiva que ha adoptado José-Carlos Mainer en su biografía del autor de 'César o nada' parte de sus escritos para llegar a desentrañar la intimidad del ser humano. Autor incómodo tanto para los demócratas como para el franquismo, requiere hoy una nueva valoración

La figura y la obra de Pío Baroja no han dejado nunca de despertar interés, tanto entre los lectores como entre los críticos literarios o los historiadores de las ideas. Más allá del valor de sus ficciones, objeto de una recepción tan desigual entre sus contemporáneos como entre quienes se asomaron y se siguen asomando a ellas después de su muerte en 1956, la razón tal vez haya que buscarla en su condición de narrador obsesivo y, al mismo tiempo, de atento testigo de la historia de España desde la pérdida de las colonias hasta los primeros años del franquismo. Sobre Baroja y sobre el tiempo crucial que le tocó vivir se ha acumulado durante más de medio siglo una abundante bibliografía que ha permitido incrementar el conocimiento pero que también ha acentuado el riesgo de la redundancia. En la nueva biografía del escritor, titulada, escuetamente, Pío Baroja, e incluida en una colección sobre “españoles eminentes”, José-Carlos Mainer ha conseguido conjurarlo al invertir la perspectiva habitual en este tipo de trabajos: no va de la vida a la obra sino de la obra a la vida, desarrollando hasta sus últimas consecuencias la idea de que los autores del 98 personalizan la escritura además de profesionalizarla.

Mainer comienza estableciendo un sugerente paralelismo entre la obra de Baroja y la del sudafricano Coetzee, quien, como el autor de La busca, se vale de su propia experiencia en sus novelas autobiográficas, Infancia, Juventud y Verano. Al igual que en Baroja, la ficción de Coetzee no recae tanto sobre los hechos como sobre el punto de vista desde el que se narran, como si el empeño de ambos escritores fuera imaginar una galería de personajes desde la que contemplarse a sí mismos. Mainer subraya el recurso a las técnicas del folletín y de la novela de aventuras y de viajes en el caso de Baroja, lo que, en principio, debería alejarlo de la personalización de la escritura. Pero, incluso en esa parte de su obra que más parece entregarse a la fantasía, Baroja se mantiene fiel a su experiencia y a su propósito de dar cuenta de ella: Mainer suscribe y hace suya la definición de “aventurero pasivo” con la que lo describe Miguel Sánchez-Ostiz. La indagación en el yo que Baroja comparte con otros autores de la generación del 98, además de con Coetzee, estará también en el origen de “un género a medio camino entre el reportaje y la ficción” que, señala Mainer, “estaba inventando” cuando se decide a escribir sobre el atentado contra Alfonso XIII perpetrado por Mateo Morral.


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'Pío Baroja' de José-Carlos Mainer / Taurus. Madrid, 2012 / 462 páginas. 20 euros (electrónico: 10,99)

En el trayecto de la obra a la vida, Mainer no evita dar cuenta de las ideas de Baroja que autores como Giménez Caballero invocaron para incorporarlo a las filas del fascismo y que, desde otros ámbitos ideológicos, despertaron los recelos o el abierto rechazo de Ramón J. Sender, Luis Martín-Santos o Manuel Vázquez Montalbán en periodos sucesivos. A lo largo de Pío Baroja, Mainer no intenta ningún género de exculpación pero tampoco de condena, enfática de puro obvia: el autor de El árbol de la ciencia mantuvo una actitud favorable a la colonización de Marruecos basada en argumentos racistas, asumió con crudeza los tópicos antisemitas, se manifestó contra la democracia y a favor de las salidas dictatoriales, mostró su admiración por “la tendencia de la Alemania actual”, refiriéndose a la de 1933. En contrapartida, nunca dejó de proclamar un irreductible laicismo y un individualismo radical, en todo punto incompatible con el totalitarismo comunista, contra el que Baroja se pronunció de forma expresa en repetidas ocasiones, y con el fascista, que, en palabras de Mainer, “tardó en entender en los mismos términos de repudio”. Si una cara de su ideología resultaba grata al franquismo, la otra hacía de él un escritor incómodo. Y precisamente esta condición de escritor incómodo fue la que, en estricta simetría, lo avaló entre los opositores a la dictadura, lo mismo que sucedió con otras figuras relevantes que regresaron a España después de la Guerra Civil.

La rigurosa indagación de Mainer en la vida y la obra de Pío Baroja tiene, entre otras virtudes, la de reiterar una de las más importantes tareas que sigue pendiente en la historia de las ideas en España: filiar correctamente la tradición liberal. El indiscutible valor literario de la obra de algunos autores entre los que Baroja ocupa un lugar destacado nada dice de sus actitudes civiles y políticas. De la misma forma que sus actitudes civiles y políticas no sirven para negar el valor literario de sus obras. No es una paradoja que solo se produzca en la literatura española; lo que sí parece más característico de España es la inercia de seguir considerando como partidarios del liberalismo a unos escritores, incluso, a unos magníficos escritores, que poco o nada tuvieron que ver con él.


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Mensaje Re: Pío Baroja 
 
Al rescate de la intimidad


Proliferan en los últimos años biografías y memorias. ¿Ha dejado de ser España ese país pudoroso de escaso culto a lo privado?



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Valle-Inclán retratado hacia 1930 por Vicente Moreno.

La pelea entre la escritura íntima y el pudor casi siempre acaba en España con la victoria del segundo. Y eso tiene bastante que ver con la suerte de las autobiografías, correspondencias y biografías… Nada más decepcionante y superficial que las breves memorias que Galdós dictó en 1915, casi al final de su vida. Casi tan livianas como lo son, pese a su gracejo, las de Rafael Alberti, La arboleda perdida. Las acertó, sin embargo, un escritor de alcance más popular, Pío Baroja, que hizo de sus recuerdos (y los de sus lectores), Desde la última vuelta del camino, un cálido exorcismo del tiempo que añoraban uno y otros. Con algunas excepciones de mucho peso —la Automoribundia, de Ramón Gómez de la Serna, y los espléndidos cuatro volúmenes de Los pasos contados, de Corpus Barga, una obra mayor—, casi todas las memorias largas y sistemáticas de escritores españoles del siglo XX han sido pergeñadas por secundarios, a menudo mal avenidos con su destino: el rencor se nota más en las Memorias de un desmemoriado, de Luis Ruiz Contreras, que en La novela de un literato, de Rafael Cansinos Assens, mucho más interesante…

En este país de escaso culto a la intimidad también se ha tardado mucho en lograr que las vidas privadas eminentes llegaran a ser un bien público. Pocas instituciones acogen legados escritos y pocas familias los conservan y los venden; hasta no hace mucho, era más frecuente encontrar papeles valiosos en los tenderetes del Rastro que en las bibliotecas. La inevitable censura de lo confesional ha sido frecuente, casi siempre por hipocresía e ignorancia, aunque alguna que otra vez con razones muy legítimas (como ha sucedido en el caso ejemplar de Federico García Lorca; mucho de esas prevenciones se traslucen en las preciosas páginas de Recuerdos míos, las pudorosas pero desgarradas memorias de su hermana Isabel).

Pero los tiempos han cambiado y hoy la publicación de epistolarios de escritores ya no es una novedad. De los muchos empeños editados o en marcha (que han modificado nuestro conocimiento de sus autores), citaré solamente algunos de los más recientes: la Correspondencia de Juan Valera (bajo la dirección de Leonardo Romero), el Epistolario completo de Unamuno (a punto de salir su primer tomo, en edición definitiva de Colette y Jean Claude Rabaté), la Correspondencia entre Pedro Salinas y Jorge Guillén (por Andrés Soria y Enric Bou), el Epistolario completo de Luis Cernuda (obra de James Valender) y el Epistolario de Juan Ramón Jiménez (que —a falta de un volumen— ha compilado Alfonso Alegre Heitzmann)… De añadidura, los dos últimos libros citados forman parte de un proyecto de investigación y edición, “Epístola”, que promueve desde 2001 –con destino a la red y en algún caso, a la imprenta- la Fundación Giner de los Ríos, con la colaboración de la Residencia de Estudiantes.

Las biografías, cuando no son un currículum o una apología, siempre preferirán un aura nítida a un dato gris aunque seguro. Y por eso, las cartas, las confidencias, las notas personales son el sustento de este género. Pero lo cierto es que, durante mucho tiempo, la filología y la historiografía académicas recelaron de estos pecios del pasado. Para toda una época del análisis literario ninguna información biográfica debía de interferir la interpretación del texto. Para los historiadores de 1960 tampoco había documento más probo que la contabilidad o el informe, y nada que tuviera atisbos de sesgo personal podía formar parte del resultado final.

En aquellas calendas se desdeñaba a los inventores de la moderna biografía europea (Emil Ludwig, Stefan Zweig, Lytton Strachey y, por qué no, André Maurois) cuyas obras se leyeron con fascinación entre los años veinte y los cuarenta… Pero hoy se vuelve a hacerlo, cuando ya se habla también del “giro lingüístico” de la Historia y se escudriñan con fruición los documentos personales. En el tiempo del esplendor de las biografías, el siempre avizor Ortega impulsó una colección de “Vidas españolas del siglo XIX”, que reveló a Benjamín Jarnés como biógrafo de Bécquer, Castelar, Zumalacárregui o Sor Patrocinio, aunque la mejor obra de aquella serie llevara firma del exquisito Antonio Marichalar, Riesgo y ventura del Duque de Osuna (1930). Pero el mejor biógrafo español fue Gregorio Marañón, que escribió conocidas y sólidas indagaciones sobre el Conde-Duque de Olivares y Antonio Pérez pero también hipótesis más atrevidas sobre Amiel. Un estudio sobre la timidez y sobre Tiberio. Historia de un resentimiento. Luego la biografía empezó a parecer un género menor. Y es llamativo que sólo en las letras catalanas del periodo franquista sobrevivió con vitalidad el género biográfico y el memorialístico, quizá porque el catalanismo es una tradición hogareña hecha de nombres propios. Las biografías y los Homenots de Josep Pla dan la clave emocional de esa función colectiva, como después lo confirmaron el éxito de los libros de memorias (Gaziel y Josep Maria de Sagarra, escritores, o Claudi Ametlla y Amadeu Hurtado, políticos).

De un modo parecido, también la Transición convocó recuerdos, autojustificaciones, diarios y biografías: más nombres propios… La colección “Espejo de España”, que ideó Rafael Borrás Betriu en 1973, fue el depósito propicio del reencuentro del silencio con la memoria al que contribuyeron oportunistas, arrepentidos, avispados y megalómanos, a través de sus recuerdos propios y de las biografías que les dedicaron otros. Pero también dio piezas del calibre de Casi unas memorias, de Dionisio Ridruejo, o de Lorca, Buñuel, Dalí: el enigma sin fin, de Agustín Sánchez Vidal. Desde 1988, el Premio Comillas, de Editorial Tusquets, dio otro empaque al mismo propósito. Y al lado de memorias muy notables (las de Carlos Barral, Carlos Castilla del Pino o Jaime Salinas) se sucedieron en su catálogo las biografías insólitas: Ricardo Muñoz Suay (por Esteve Riambau), Luis Martín Santos (por José Lázaro) o Leopoldo María Panero (J. Benito Fernández). A la par, Anagrama también dio espacio en su catálogo a notables memorias y a oportunas biografías: la memorable La vida rescatada de Dionisio Ridruejo, de Jordi Graci; En busca de José Antonio, de Ian Gibson (cuya vida de Lorca fue un hito capital de 1985-1987) o de Lorca, Buñuel, Dalí: el enigma sin fin, de Agustín Sánchez Vidal. Y desde 1988, el Premio Comillas, de Tusquets, insistió en el propósito. Al lado de memorias muy notables (las de Carlos Barral, Carlos Castilla del Pino o Jaime Salinas) se sucedieron las biografías insólitas: de Ricardo Muñoz Suay (por Esteve Riambau), Luis Martín Santos (José Lázaro) o Leopoldo María Panero (J. Benito Fernández). A la par, Anagrama también dio espacio en su catálogo a memorias (las de J.M Caballero Bonald) y biografías: La vida rescatada de Dionisio Ridruejo, de Jordi Gracia, y Mientras llega la felicidad, una biografía de Juan Marsé, de Josep Maria Cuenca.

Y se revocó, por fin, el prejuicio filológico que decretaba la banalidad de toda “falacia intencional”. La Unidad de Estudios Biográficos, de la Universidad de Barcelona, se creó en 1994 por Anna Caballé, que es autora, entre otros libros, de Francisco Umbral. El frío de una vida y Carmen Laforet. Una mujer en fuga (en colaboración con Isaac Rolón); Manuel Alberca, un colaborador de la Unidad desde primera hora, ha publicado recientemente otro titulo notable, La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán, que ha sido precisamente el ganador del último Premio Comillas. La colección “Españoles eminentes”, de la Fundación Juan March y Editorial Taurus, ha sido una idea de Javier Gomá y Juan Pablo Fusi, cuyo título homenajea el de un libro (bastante irreverente, por cierto) de Lytton Strachey (Victorianos eminentes). Pero la eminencia no es forzosamente ejemplaridad, como saben los editores y los autores de las biografías de esta serie: desde 2012 hasta fecha se han publicado la de Baroja (Mainer), Ignacio de Loyola (Enrique García Hernán), Unamuno (Jon Juaristi), Cisneros (Joseph Perez) y Ortega y Gasset (Jordi Gracia). Y se anuncian la de Larra (escrita por Santos Juliá, a quien ya debemos Vida y tiempo de Manuel Azaña) y la de Galdós (Jordi Canal).

José-Carlos Mainer es catedrático emérito de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza y autor de Pío Baroja (Taurus, 2012).


Publicado el 6 de junio de 2015 por: elpais.com
 




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Mensaje Re: Pío Baroja 
 
Hallado un libro inédito de Pío Baroja sobre la Guerra Civil

'Los caprichos de la suerte' cierra la trilogía del autor sobre el conflicto

El manuscrito fue encontrado en Itzea, la casa familiar de los Baroja en Bera (Navarra)




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Pío Baroja (centro) posa durante una reunión con familiares y amigos en su casa 'Itzea', en Vera, en 1955. / EFE

Con un hombre que viaja a pie de Madrid a Valencia mientras comprueba los jirones de vida que España se ha dejado en la Guerra Civil empieza la novela inédita de Pío Baroja, Los caprichos de la suerte. Con esta obra el escritor donostiarra (San Sebastián, 1872 - Madrid, 1956) cerraba la trilogía de la Guerra Civil española, Las Saturnales, iniciada con El cantor vagabundo y Miserias de la guerra, publicada en 2006. Es el último hallazgo barojiano, encontrado en una carpeta olvidada en los archivos de Itzea, la casa familiar de los Baroja en Bera (Navarra), y que confirma tres elementos del escritor: su obsesión por el conflicto español y las teorías sobre sus causas, la presencia de un amor frustrado, habitual en su narrativa, y su estilo directo y claro.

Un hallazgo que aparece unos 65 años después de haber sido escrito y que será publicado en noviembre por Espasa, según informaba ayer el diario ABC. El libro tendrá dos presentaciones: la primera es la novela como tal con un prólogo posicional y la segunda en la colección Austral, en edición no crítica pero sí filológica y con un prólogo de José-Carlos Mainer sobre Baroja y la Guerra Civil. Mainer es el encargado de esta edición y de las Obras completas del escritor en Galaxia Gutenberg.

Los caprichos de la suerte confirma y amplía, según Mainer, “la visión absolutamente negativa de la Guerra Civil. Baroja consideraba que fue una barbaridad y que la culpa la tuvo en buena medida la democratización de la política, y la politización de la sociedad española, incluso la República, donde la gran víctima fue la burguesía”.

Es parte de la mirada de Juan de Oyarzun, aquel hombre que cruza España a pie, y a través del cual se vislumbra la vida de Pío Baroja. Su gusto por las caminatas y la observación de los paisajes y sus descripciones impresionistas mezcladas de reflexiones. Y su obsesión: la Guerra Civil. A medida que la novela avanza, los tintes autobiográficos también lo hacen. De Madrid a Valencia, de Valencia a París, y luego a América, un viaje que siempre tuvo en mente Pío Baroja.


Censura del franquismo

“No hemos descubierto El árbol de la ciencia, ni es una de sus grandes obras, pero sí tiene un enorme interés para completar su trilogía de la Guerra y sus reflexiones sobre la misma”, asegura José-Carlos Mainer.

Como el mismo De Oyarzun, la trama de la nueva novela tiene tres estaciones, cuenta Mainer: nace y procede de Los caprichos del destino, una novela corta de comienzos de los años cuarenta; se desarrolla y finalmente se hace grande en el libro ahora hallado, Los caprichos de la suerte. De éste nacerán, además, dos nuevas obras barojianas: El hotel del cisne y Aquí, París.

La novela hallada, escrita entre 1948 y no más tarde de 1952, seguramente fue creada en Madrid, pero apareció en Itzea, en aquel caserón de tres plantas rodeado de árboles que Pío Baroja compró en 1912 a las afueras de Bera y cerca del arroyo de Xantelerreka, en Navarra. Allí, en las carpetas organizadas por la familia, aguardaba esta historia de la cual algo avanzaba ya Miguel Sánchez-Ostiz en 2006 en el prólogo de Miserias de la Guerra: “No hay, que yo sepa, versión final, sino tres paquetes de cuartillas mecanografiadas cosidas con liza, perfectamente publicables porque apenas tienen (o necesitan) correcciones”. Una publicación que el franquismo truncó. Hasta ahora. Cuando en otoño aparezcan Los caprichos de la suerte, se completará el proyecto literario y de pensamiento de Baroja. Si las dos primeras partes están en el marco de la Guerra Civil, la tercera se sitúa a comienzos de la posguerra y de la II Guerra Mundial.

El original de la novela inédita son unos folios manuscritos de Baroja. Tradicionalmente, el escritor los pasaba luego a alguien para que lo mecanografiara, muchas de las veces a José García Mercadal, según recuerda José-Carlos Mainer. Y no eran cuartillas comunes. A Baroja le gustaba que fueran mecanografiadas de manera apaisada, con lo cual cada línea era más larga y permitía avanzar rápidamente al girar menos el rodillo de la máquina. Son poco más de 200 hojas con muchas anotaciones, apuntes y añadidos, cuya cuidadosa transcripción ha hecho Ernesto Viamonte.

“Pío Baroja se pasó la posguerra escribiendo sobre la Guerra Civil y ahora se completa su mirada y panorama”, afirma Mainer. Para el catedrático, escritor y crítico, las tres novelas están interconectadas más allá del tema central. Lo más barojiano de Los caprichos de la suerte, cuenta Mainer, es la descripción del viaje inicial “con fuerza e intensidad que no es fácil encontrar en el último Baroja por su enorme sensibilidad del paisaje”. Es la mirada de aquel hombre que desde el centro del país camina y camina mientras ve que la España del ayer sombrío sigue ahí.


Se completa el corpus de Baroja

Que existía una trilogía, unos textos inconclusos, que se conservaban en la casa de los Baroja en Bera, siempre se ha sabido. En 1972, año del centenario del nacimiento de Baroja, en una exposición en la Biblioteca Nacional, ya se mostraron algunas cuartillas, fragmentos de esa trilogía. Ya entonces Andrés Amorós quiso publicar ese mismo año un texto hallado y titulado Madrid y la revolución, a cuya publicación se opuso la familia. En la muy útil y documentada Guía de Pío Baroja. El mundo barojiano, que editó el otro sobrino de don Pío, Pío Caro Baroja, ya se hablaba, en el apartado de novelas inéditas, de algunos títulos escritos a finales de su vida —el año que viene, 2016, se cumplen 60 años de su muerte—, donde se encontrarían algunos de estos textos incompletos, confusamente ordenados, y más delicados. Se decía en 1987, año de aparición de esta Guía, que era propósito de la familia “darlas a la lux con un estudio”. Algunos de estos libros se han ido publicando en los diez últimos años en la propia editorial familiar, Caro Raggio Editor, que lleva ahora el hijo de Pío Caro Baroja. Y en 2006 apareció Miserias de la guerra (Alianza) y en noviembre llegará Los caprichos de la suerte (Espasa).

Es de esperar que la publicación de la novela inédita acabe por completar el siempre vivo y complicado corpus narrativo de un autor que frente a
polémicas y leyendas sigue siendo estando vigente. Un escritor siempre vivo y lleno de interés.


elpais.com
 




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Mensaje Re: Pío Baroja 
 
Obra inédita



'Los caprichos de la suerte', la novela inédita de Pío Baroja que ve la luz


'Los caprichos de la suerte', escrita por Pío Baroja en 1950, seguía inédita hasta ahora.

Última novela de la trilogía 'Las Saturnales', esta pieza ve por fin la luz con el sello de la editorial Espasa




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Manuscrito de 'Los caprichos de la suerte', la novela inédita de Pío Baroja. JESUS G. FERIA

"Hay que reconocer que los grandes acontecimientos no producen buena literatura, más bien sirven para engendrar libros mediocres. En las épocas de lucha y de violencia, la energía se enfoca íntegra en la acción y no queda remanente alguno para otras actividades".

Así lo señala Pío Baroja en el breve prólogo de Los caprichos de la suerte antes de empezar a contarnos las peripecias de Luis Goyena y Elorrio, un periodista vasco que huye a Valencia, en tiempos de la Guerra Civil, para embarcarse hacia Francia y vivir en el París del exilio, pero también el París de las tertulias y del desencanto a las puertas de una nueva guerra en Europa.

Los caprichos de la suerte es una novela inédita (la única que quedaba) de Pío Baroja, y con ella se cierra su trilogía Las Saturnales, sobre los tiempos de la Guerra Civil y sus consecuencias. Las tres novelas se escribieron en la misma época, pero tuvieron distintas aventuras editoriales.

El primer título, El cantor vagabundo, se publicó en 1950; el segundo volumen, Miserias de la guerra, no pasó la autorización de la censura y permaneció inédito hasta el 2006, año en el que el escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz publicó una transcripción del texto. Ahí ya se señalaba la existencia de una tercera parte, que ahora Espasa, la editorial en la que publicaba Baroja, recupera y lanza en una cuidada edición de Ernesto Viamonte-Lucientes y con introducción de José-Carlos Mainer. Este catedrático aragonés es uno de los grandes especialistas en Baroja y el responsable de la edición de sus Obras Completas que, en 16 volúmenes, publicó Círculo de Lectores a finales de los años noventa.

Fue el propio Mainer el que se encargó de sacar adelante esta novela inédita. Pío Caro-Baroja, sobrino nieto del escritor y representante de sus herederos, lo recuerda: "Hace unos tres años vino José-Carlos a consultar unos datos a la biblioteca familiar y ahí se encontró con este texto, una novela que estaba acabada, pero que tenía un gran trabajo de reconstrucción. Es la tercera versión de la original, un texto que dio a mecanografiar, pero luego añadió amplios párrafos y anotaciones al margen, escritos con esa letra apretada y ya borrosa de mi tío. Se ha tenido que hacer una labor casi paleográfica".

Los caprichos de la suerte es la última obra inédita de Pío Baroja. "Quedan cosas sueltas y fragmentarias: semblanzas, memorias, miscelánea que iremos agrupando y publicando poco a poco, pero ninguna obra importante", comenta el sobrino nieto, que es el responsable de Caro Raggio, la editorial familiar que, desde que se fundó en 1972, ha ido publicando, con un criterio casi artesanal, las obras del escritor de la Generación del 98 y de su familia: Julio Caro Baroja, Pío Caro Baroja (padre), Ricardo Baroja y Carmen Caro.

"Al escritor, la guerra le preocupaba mucho. Muy pronto editó en Chile un volumen de ensayos y artículos titulado Ayer y hoy, en el que dejaba bien claro cuál era su actitud ante la contienda, ganara quien ganara. Los personajes de sus novelas no cuestionan la República, aunque reprueban el caos y el desorden que produjo, y ven el estallido del conflicto como una cosa de locos. Baroja siempre mantuvo la idea de que la guerra la había perdido la clase media, que era la suya", dice José-Carlos Mainer, quien habla de otras obras del escritor que ya tocaron parcialmente el tema: Todo acaba bien... a veces, de 1937; Susana, de 1939, y Laura o la soledad sin remedio, que considera la mejor.

Sus memorias, Desde la última vuelta del camino (1944-49), aparecieron en siete tomos y en ellos no se habla de la Guerra Civil. Sería en el año 2000 cuando sus herederos autorizaron la publicación de dos volúmenes más que abordaban el delicado asunto.


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Pío Baroja, paseando por el campo. NICOLÁS MULLER

En los últimos años, Pío Baroja escribía de una forma fragmentaria, tomaba textos de un lado y de otro y hacía añadidos y apaños, como un collage, según José-Carlos Mainer, quien señala que Los caprichos de la suerte es una nueva reescritura de su relato Los caprichos del destino, publicado en el volumen Los enigmáticos en 1948. "Es la historia de un personaje hastiado de la guerra, que huye a París, participa en tertulias y se enamora de una mujer".

El paralelismo de la acción es evidente, aunque la nueva obra es una novela de 200 páginas y tiene otros protagonistas. "Hay un capítulo", dice José-Carlos Mainer, "en el que aparece, en el bar del hotel, un viejecito que habla de que Alemania ya no es lo que era y arremete contra el nazismo. Ese personaje es el propio Baroja". También hay referencia al hotel Cisne, lugar que fue protagonista de una novela del mismo título, lo que muestra que en los últimos años las historias de este novelista melancólico se construían como vasos comunicantes.

Pío Baroja es uno de los más grandes narradores del siglo XX. Sus mejores y más populares títulos los escribió a principios de siglo: Zalacaín, el aventurero, Silvestre Paradox, El árbol de la ciencia, Las inquietudes de Shanti Andía, Camino de perfección...

Para José-Carlos Mainer es uno de los novelistas que mejor ha envejecido y cuyas obras siguen gozando del favor del público. "El resurgir de Pío Baroja se inició en 1972, con su centenario; continuó con la publicación de sus obras completas y hoy es un autor que se lee y leen también los jóvenes. Yo le considero un escritor de salida, con cuyos libros uno se puede iniciar en la lectura, mientras que Azorín sería un autor de llegada, para lectores que ya tienen experiencia".

El novelista no ha dejado tantos discípulos como admiradores de prestigio. Nombres tan dispares como Luis Martín Santos, Miguel Delibes, Juan Benet, Juan Marsé, Vázquez Montalbán o Muñoz Molina han mostrado sus simpatías y devoción por el viejo gruñón indomable.

Uno de los escritores que mejor conoce, y que ha seguido de cerca la obra de Pío Baroja, es Andrés Trapiello. "En Las armas y las letras, hace más de veinte años, ya hablo de la existencia de esas dos novelas sobre la Guerra Civil, que entonces sus herederos no consideraron oportuno publicarlas. Pío Baroja fue un hombre independiente, que se mantuvo fiel a sí mismo, y no estuvo nunca ni con unos ni con otros. Por eso fue incómodo para los dos bandos".

Para Andrés Trapiello las mejores obras de Pío Baroja son las de los primeros años. "Son novelas tradicionales de muy cuidada factura, armazón y argumento. En los últimos años se esmera menos en construir la novela, no cuida la estructura, pierde un poco de fuelle, pero su prosa es y está más vigorosa que nunca. Eso se nota en sus libros de memorias. Nadie tiene tan viva la facultad de contar como Baroja".

En su libro Otoño en Madrid hacia 1950 (año en el que Baroja escribió Los caprichos de la suerte), Juan Benet recuerda así sus visitas al novelista: "Era todo lo contrario a un maestro y aquel que acudiera a su casa para oír de sus labios lecciones magistrales, opiniones muy agudas... podía salir defraudado".


elmundo.es
 




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Mensaje Re: Pío Baroja 
 
DECADENCIAS



Baroja y Cela, juntos




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De izquierda a derecha, Camilo José Cela, Julio Caro Baroja y Pío Baroja.

Camilo José Cela (1916-2002) con su aire voluntariamente rudo y provocador en público, a las veces hasta un poco hotentote, era en privado un hombre muy cordial y que sabía mucha literatura. Pero tenía que ser en privado. Yo no sabía (hasta este librito que edita Fórcola, Recuerdo de don Pío Baroja, miscelánea de artículos y una conferencia de Cela sobre "el viejo oso vascongado") que un Cela joven fue asiduo visitante del Baroja ya "en la última vuelta del camino", que le pidió un prólogo para La familia de Pascual Duarte, y que habitual de la casa de Ruiz de Alarcón y sus tertulias, fue uno de los que llevó a hombros el féretro de Baroja, el 31 de octubre de 1956, hacia el Cementerio Civil. Entre quienes estaban en casa de Baroja cuando este falleció, el día antes, con 84 años y arterioesclerótico, estaba Hemingway.

Lo del prólogo es curioso y lo narra también Julio Caro, el sobrino. Cela llevó a Baroja una copia de La familia... y le pidió un prólogo, era en 1941. Baroja lo leyó y le gustó "aquel cúmulo de barbaridades" (empezaba el llamado tremendismo) pero le dijo que no al prólogo porque "no quería terminar en la cárcel a su edad". Cela lo aceptó de buen grado y hasta terminaron bebiendo un oporto. Es cierto que varios se han preguntado cómo La familia... logró sortear la férrea censura de la época. Que Camilo fue siempre un incondicional de Baroja, al que juzgaba el mejor novelista español, "el hombre que jamás pidió nada a nadie", se muestra desde una carta abierta que dirige en 1946 al rey de Suecia pidiendo el Nobel para Baroja y que la prensa española incomprensiblemente no publicó entonces, hasta el mismo día de 1989 en que Cela sí recibió ese premio Nobel de literatura.

Con su habitual bravuconería declaró en una entrevista a Blanco y Negro que él era el español que más merecía tal premio pero que "gustoso se lo cedería a su viejo amigo y maestro, Pío Baroja". A Cela le gustaba el individualismo barojiano, su amor a la acción y la aventura, pero sólo en los libros, su fértil caudal de escritura, "su indumentaria que rezuma acogedora displicencia", lo que la torna similar a su prosa que parece desgalichada, pero que lo es con toda intención, en las antípodas de Azorín, de quien sin embargo Baroja fue buen amigo, aficionados a pasear por El Retiro y a las librerías de viejo. Ortega y Gasset es muy citado por Cela, pues muchos han olvidado que el acendrado filósofo fue adicto barojiano como declara en su artículo de 1916, Ideas sobre Pío Baroja.

Solitario, gruñón, tierno, letraherido, Baroja parece un hombre de pura intimidad con boina, gato y mantita en las rodillas. Pero muy a menudo es un grande (y por ello ahí sigue) "el humilde y decente, el íntegro y burlón Pío Baroja". Yo también lo creo. Baroja es un estilista a su modo y un gran escritor porque casi cualquier novela suya que empieces (no hace falta que sea Silvestre Paradox o Camino de perfección) te atrapa su prosa desflecada, y no la sabes dejar. Casi nada.


Por LUIS ANTONIO DE VILLENA / elmundo.es
 




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Mensaje Re: Pío Baroja 
 
Novela inédita de Pío Baroja


‘Los caprichos de la suerte’, el testamento literario de Baroja

El sobrino nieto del escritor presenta la obra, que completa la trilogía 'Las saturnales', en la casa familiar de Itzea



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El sobrino nieto del escritor Pío Baroja presenta la obra

Una carpeta gris anudada con dos cintas rojas guarda el testamento literario, sentimental e ideológico de Pío Baroja, que este miércoles se ha presentado en Itzea, casa de los Baroja en Bera (Navarra). Se titula Los caprichos de la suerte (Espasa). Los valores de este obra son múltiples: fue la última novela que escribió el autor donostiarra, es la última novela inédita, es la historia en la cual el escritor recrea su experiencia del comienzo de la Guerra Civil española (su detención, huida a Francia e intención de viajar a América) y con la que cierra su trilogía sobre la Guerra Civil titulada Las saturnales, compuesta por El cantor vagabundo (1950) y Miserias de la guerra (2006), donde aparece por primera vez el personaje protagonista de esta novela inédita y acontecimiento literario.

Pío Baroja (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956) se centra, esta vez, en la posguerra y los albores de la Segunda Guerra Mundial en París con tintes muy autobiográficos. Narra la travesía que emprende Luis Goyena y Elorrio, un periodista y escritor, una especie de alter ego suyo, para huir de los jirones de vida en que ha quedado convertida España. Primero hace el camino a pie de Madrid a Valencia, hasta que logra llegar a París, con el sueño de terminar en América. Pero luego, en París, aparecerá Pío Baroja, identificado como “un señor viejo del hotel Palais Royal”, que dará su opinión sobre temas como la Alemania de la época, el nazismo o Francia, y se verá su cambio de percepción frente a estas cuestiones.

Es una novela con pasajes muy barojianos, como ese arranque donde presenta a los personajes de manera muy real y describe el paisaje desolador que él ve a medida que cruza el país. También es una novela de ideas donde en las diferentes conversaciones de los personajes, sobre todo del protagonista, Baroja deja traslucir sus teorías literarias y opiniones sobre el comunismo, lo español y los españoles, la sociedad, los pueblos de la época, el optimismo, la amistad, la mediocridad y el amor y el desamor.

“Los caprichos de la suerte siempre ha estado localizada en mi familia, pero no se había publicado por varios motivos: primero por temor a la censura franquista; luego en 1972 empezamos la edición de toda su obra hasta que apareció en 2006 Miserias de la guerra, censurada por la dictadura a comienzos de los años 50, hasta que hace tres años, cuando José-Carlos Mainer preparaba la biografía de Baroja, le propusimos la edición de esta obra que cerraba Las saturnales”, cuenta Pío Caro-Baroja Jaureguialzo, sobrino nieto del escritor de clásicos del siglo XX como El árbol de la ciencia. Lo hace en la biblioteca que tenía Pío Baroja en el caserón de Itzea, a orillas del arroyo de Xantelerreka. La novela llegará a las librerías el 5 de noviembre.

El original de Los caprichos de la suerte tiene 276 páginas más apéndices, que en la edición de Espasa son 190 páginas más una introducción de José-Carlos Mainer. Es la tercera versión: la primera es el manuscrito perdido, la segunda es la obra mecanografiada con tinta azul y la tercera es esta misma pero con docenas de tachaduras, correcciones, añadiduras y adendas hechas de puño y letra de Pío Baroja con pluma negra. En realidad, las tres primeras páginas están escritas a mano y el resto de folios están mecanografiados de manera apaisada, que era como Baroja solía hacerlo, con lo cual cada línea era más larga y permitía avanzar rápidamente al girar menos el rodillo de la máquina. La transcripción la ha hecho Ernesto Viamonte y la edición e introducción Mainer, editor de las obras completas de Baroja, en Galaxia Gutenberg.

Baroja escribió esta novela, y el proyecto de Las saturnales, entre 1949 y 1951, en su casa madrileña de la calle Ruiz de Alarcón, número 12. “Allí vivió su exilio interior tras la Guerra Civil que pasó fuera del país. En 1950 publicó El cantor vagabundo, luego pecó de ingenuo y presentó Miserias de la guerra que fue censurada y tal vez por ese motivo decidió no exponerse con Los caprichos de la suerte”, explica Caro-Baroja.

La novela está en Itzea porque es allí donde está todo lo concerniente a los Baroja. Una casa tapizada de unos 40.000 libros en la que los armarios no guardan ropa sino más libros. Impregnado del desencanto de la España de la guerra y posguerra, Pío Baroja solo volvió a su paraíso de Itzea de manera muy esporádica y puntual. La última vez fue en 1955, un año antes de su fallecimiento. Sus caminatas por el campo navarro las sustituyó por las del Parque del Retiro, en Madrid, cercano a su casa.

En Itzea sorprendió a Baroja el alzamiento del 18 de julio de 1936. Quedó en zona nacional. El escritor fue detenido, casi fusilado, pero al final fue puesto en libertad. El 22 de julio, con su sobrino Julio, se fue andando cinco kilómetros hasta cruzar la frontera con Francia. Luego volvería. Pero se instalaría, básicamente, en París. Esa travesía física, intelectual y espiritual es la que novela en Los caprichos de la suerte. Allí están tres de sus temas capitales: su obsesión por el conflicto español y las teorías de sus causas, la presencia de un amor frustrado y su estilo directo, claro y libre de retórica. Y un deseo: viajar a América. “Ese es el debate central de la novela, y que vive el protagonista entre viajar o quedarse”, señala Caro-Baroja.

Los caprichos de la suerte confirma y amplía, según Mainer, “la visión absolutamente negativa de la Guerra Civil. Baroja consideraba que fue una barbaridad y que la culpa la tuvo en buena medida la democratización de la política, y la politización de la sociedad española, incluso la República, donde la gran víctima fue la burguesía”.

Esta novela inédita, dice Mainer, nace y procede de Los caprichos del destino, una novela corta de comienzos de los años cuarenta; se desarrolla y finalmente se hace grande en el libro ahora hallado, Los caprichos de la suerte. De éste nacerán, además, dos nuevas obras barojianas: El hotel del cisne y Aquí, París. Según Caro-Baroja no hay más inéditos de ficción. Quedan algunas semblanzas y ensayos.

Esta obra que cierra Las saturnales, en clara referencia mitológica a Saturno devorando a sus hijos, se abre con un prólogo: “Hay quien sospecha –los emborronadores de papel somos suspicaces- que el que escribió este libro, medio en serio medio en broma, fue Luis Goyena y Elorrio. Se dice que primero le dio el título de la Danza de la muerte…”.


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Retrato de Pío Baroja, sin fecha y sin autor.


Diferentes ideas de Baroja en 'Los caprichos de la suerte'

Entre las ideas del testamento literario de Pío Baroja se encuentra algunas sobre sus compatriotas: “El español actualmente está cerrado en su utopía y no acepta nada de los demás. Haga lo que haga y diga lo que diga. Así es muy difícil que puedan entenderse”.

Sobre la sociedad: “Vivimos en una época mediocre y cruel. Cuando se llegue a una época mediocre y apacible, la gente estará contenta. Ahora puede suceder que este pobre ideal mediocre no se pueda alcanzar y se repita en la sociedad la historia del anillo de Polícrates”.

Sobre el comunismo: “En Rusia parecer ser que han suprimido todos los leprosos. Cuando supriman los tuberculosos, los escrofulosos, los sifilíticos y con ellos los escritores individualistas que se burlan de Karl Marx o de cualquier otro profeta mesiánico y judaico, entonces Stalin comenzará a edificar su verdadero paraíso soviético. Y quizá en esa época habrá mucha gente que encuentre demasiado aburrido este planeta nuestro”.

Sobre la amistad: “Había muchas clases de amistad, pocas que no tuviesen algún interés egoísta encubierto, más o menos inconsciente. No era fácil creer que hubiera un sentimiento humano que no tuviese su fondo de utilidad”.

Sobre el amor y el desamor: “La canción decía así: ‘Buena suerte en el amor / Elorrio ya no tendrá; / queriendo ser seductor / Elorrio fracasará. / Que vaya al norte o al sur / es lo mismo para él; / honrado, caco o tahúr / no tiene suerte ni ley”.



elpais.com
 




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No debemos dejar que la Cultura muera, si muere el Arte, muere nuestra parte humana...

Los actos de hoy, marcarán nuestra era, sino...

¿Qué dejaremos para el que venga mañana?

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última edición por j.luis el Jueves, 29 Octubre 2015, 17:16; editado 1 vez 
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Mensaje Re: Pío Baroja 
 
Novela inédita de Pío Baroja


Avance de ‘Los caprichos de la suerte’, habla Pío Baroja

El escritor hace una breve aparición en la novela a través un alter ego identificado como "un señor viejo del hotel Palais Royal', de París. Expresa su opinión sobre Alemania en la II Guerra



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Portada de 'Los caprichos de la suerte de Pío Baroja'.

EL PAÍS avanza un capítulo de Los caprichos de la suerte (Espasa) donde Pío Baroja, hace una breve aparición a través un alter ego identificado como "un señor viejo del hotel Palais Royal", de París. En esta novela inédita, el escritor muestra algunas señales de cambio, según José-Carlos Mainer, encargado de esta edición y de las obras completas el Galaxia Gutenberg. En la novela, ese hombre habla de Alemania y el nazismo. Ya en ese momento era aliadófilo.

Con esta obra, que llegará a las librerías el 5 de noviembre, el escritor donostiarra (San Sebastián, 1872 - Madrid, 1956) cerraba la trilogía de la Guerra Civil española, Las Saturnales, iniciada con El cantor vagabundo y Miserias de la guerra, publicada en 2006. Es el último hallazgo barojiano, encontrado en una carpeta olvidada en los archivos de Itzea, la casa familiar de los Baroja en Bera (Navarra), que confirma tres elementos del escritor: su obsesión por el conflicto español y las teorías sobre sus causas, la presencia de un amor frustrado, habitual en su narrativa, y su estilo directo y claro.

A continuación el avance:


Tercera parte. Capítulo V

Conversaciones

 
Abel Escalante iba pasando de una tienda a otra para

realizar de la mejor manera posible la venta que le habían encargado.

Elorrio se quedó fuera y se dedicó a mirar los escaparates.

De pronto se encontró al lado de Gloria, de Evans y de

un señor viejo del hotel Palais Royal.

—¿Le espera usted a Abel? —le preguntó Evans.

—Sí. Ha entrado aquí, en esa tienda, a vender algo.

—Sí, son joyas de una señora que está en el hotel —advirtió

Gloria.

—Le esperaremos un rato —dijo Evans paseando.

—Muy bien.

Se alejaron un poco de la tienda y volvieron.

—Aquí, en una de estas casas, vive Colette Willy —dijo

Gloria—. ¿Le gusta a usted? —preguntó al inglés.

—¿Ha leído usted La vagabunda?

—Sí. No hace mucho que la he leído. Yo creo que quizá

sea, en la actualidad, el mejor escritor de Francia.

—Es muy posible.

Después Evans y Elorrio hablaron de los autores ingleses

y de norteamericanos, mientras Abel Escalante traba-

jaba sin duda su venta, agotando todos los recursos para

obtener el mejor resultado.

—¿Qué opinión tienen ustedes de los alemanes? —preguntó

Evans a Elorrio.

—Poco. No he estado en Alemania.

—Yo de joven —indicó el señor viejo del hotel— cogí

la época en que los españoles elogiaban todo lo alemán: la

ciencia, la música y la filosofía. Yo no sentía ninguna hostilidad

por los alemanes. La guerra del año 14 me parecía

una de tantas para alcanzar la hegemonía de Europa. He

estado varias veces en Alemania, he conocido varios alemanes

en España; era gente amable y simpática, que se

avenía a razones y no manifestaba sentimientos distintos a

los demás. Recuerdo un grupo de cinco o seis que encontramos

hace años en el monasterio del Paular. Eran todos

jóvenes y casi todos electricistas, la mayoría bávaros y

gentes del sur. Se manifestaban aficionados a la lectura.

Unos leían a Carlyle, otros, a Dickens y otros, Don Quijote.

El único petulante y soberbio era uno pequeño, rubio y

chato. Este era prusiano. ¿Así que es usted prusiano?, se le

preguntaba. Sí, gracias a Dios, contestaba él con seriedad.

Yo había ido al campo con un suizo, amigo mío, muy culto.

Los jóvenes alemanes hablaban con él, le llamaban señor

doctor y le tenían muchas consideraciones. Entonces se

discutía a Nietzsche, y el hablar de Nietzsche producía en

los jóvenes alemanes una sonrisa, como si se tratara de

algo demasiado debatido que no había que tomar en consideración.

Un día se propuso que los que estábamos en el

Paular fuéramos al pico de Peñalara, que se eleva dos mil

trescientos o dos mil cuatrocientos metros sobre el nivel

del mar, para ver desde allí salir el sol. Fueron con nosotros

tres o cuatro muchachas. Los alemanes estuvieron

muy atentos, desembarazaron a las muchachas, en la subida

al monte, de los abrigos que les sofocaban, y a nosotros

mismos, como más viejos, nos quitaron los gabanespara llevarlos ellos. Luego, en lo alto del monte, arreglaron

una tienda de campaña, encendieron fuego, se mostraron

amabilísimos y todo el mundo hizo grandes elogios

de ellos. Años después, al finalizar la guerra del 14, estuve

algunas semanas en Alemania y me chocó la sequedad y

dureza de la gente, y la poca dignidad de los empleados

de hoteles, oficinas y ferrocarriles, que pedían propinas de

una manera cínica. Después no he vuelto a conocer alemanes.

He visto por los periódicos la evolución de Alemania

bajo el mando de Hitler y sus campañas de destrucción, de

incendio, de asesinato y de robo en Austria, Checoslovaquia

y Polonia.

—¿Así que la opinión que tuvo usted de los alemanes

individualmente, no coincide con la que tuvo después de

ellos en conjunto? —preguntó Elorrio.

—Es verdad, no coincide.

—Así que no tiene usted una opinión clara sobre ellos.

—¿Yo qué opinión voy a tener? Pienso que, sea porque

Alemania es así, de una manera congénita, o porque ha

evolucionado de un modo patológico hacia una especie de

locura, hoy es un pueblo monstruoso, y que todos los países

de Europa deberían reunirse para dominarlo, sujetarlo

y ponerle una camisa de fuerza.

—¿Y con relación a Francia?

—Respecto a Francia, mi concepto sobre ella ha sido un

poco a la inversa. La primera vez que vine a París, hace

más de cuarenta años, conocí algunos franceses chauvinistas

que despreciaban todo lo extranjero, algunos dreyfusistas

exagerados y dogmáticos, y alguno que otro escritor

decadente, que no pensaba más que en imitar a Baudelaire,

a Mallarmé o a Oscar Wilde. Luego, en épocas sucesivas,

he conocido a gente más sencilla, más amable y más

cordial.

—Yo creo que para el extranjero Francia es muy dura

—dijo Elorrio.

—Sí, puede ser —contestó el viejo—. Francia, después

de la guerra del 14, ha perdido cierto empaque y se ha reconcentrado

en sí misma. Todos los pueblos europeos tienden

a lo mismo, más o menos claramente se van haciendo

nacionalistas.

—¿París?

—Todavía nos llega a nosotros sus últimas fragancias

—dijo Elorrio—. Algo así como el aroma que queda en un

frasco de perfume cuando el líquido que contiene se ha

consumido...

—Sí, París hace cuarenta años estaba muy bien —dijo el

señor de edad—. Los cafés con tertulias de gente conocida,

el bulevar animado, las terrazas de los cafés llenas. Era

mucho más alegre que ahora. ¡Qué teatros! La Bartet, a la

que vimos trabajar en On ne badine pas avec l´amour y en

otras creaciones suyas. Le Bargy, con su elegancia y su aire

impertinente. Lucien Guitry, la Réjane, Sarah Bernhardt e

Yvette Guilbert, a la que vimos muy joven y luego hemos

alcanzado a ver muy vieja. De ese alegre París, ya extinguido,

recordamos, como un símbolo, aquella pareja de

Colette y la Polaire, acompañando al fantasmón de Willy,

con su sombrero de copa en un automóvil primitivo, grupo

tan adecuado para hacer la delicia de los caricaturistas,

Sem y tantos más. Entonces se cantaba «Le Père La Victoire

» y «En revenant de la revue» imitando a Paulus, que

era un chansonnier vasco que tuvo un momento de gran

popularidad. Aunque sea triste decirlo —terminó el

viejo—, la verdad es que ya los pueblos latinos no representamos

nada. Francia quiere brillar sola, boicoteando a

Italia, a España y a Portugal. No le cuesta mucho hacer

que Italia, España y Portugal no se distingan, pero ella

tampoco se luce. No tiene prestigios y, aunque quiere inventarlos

y sostenerlos, no puede. París no tiene el gran

atractivo del siglo XVIII y XIX, sin proponérselo o proponiéndose,

va dejando de ser internacional.

Abel Escalante, después de vender las alhajas en muy

buenas condiciones y de despedirse muy amablemente de

la tendera, fue a unirse con sus amigos.

Abel había conseguido un éxito a fuerza de labia. Madame

Berastegui no podría quejarse porque la cantidad

que le iba a dar, producto de la venta de las alhajas, iba a

ser crecida.



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Mensaje Re: Pío Baroja 
 
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La novela inédita de Pío Baroja


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La editorial Espasa ha editado 'Los caprichos de la suerte', la novela que el escritor Pío Baroja no llegó a publicar por problemas con la censura. En la fotografía, el libro que se publica y a la derecha los manuscritos originales.


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Entre las ideas del testamento literario de Pío Baroja se encuentran algunas sobre sus compatriotas: “El español actualmente está cerrado en su utopía y no acepta nada de los demás. Haga lo que haga y diga lo que diga. Así es muy difícil que puedan entenderse”. Fotografía facilitada por Espasa del prólogo del manuscrito de 'Los caprichos de la suerte'.


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Pío Caro-Baroja Jaureguialzo, sobrino nieto del escritor Pío Baroja, con el original del libro 'Los caprichos de la suerte', en Bera.


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Extracto de 'Los caprichos de la suerte' | Sobre la sociedad: “Vivimos en una época mediocre y cruel. Cuando se llegue a una época mediocre y apacible, la gente estará contenta. Ahora puede suceder que este pobre ideal mediocre no se pueda alcanzar y se repita en la sociedad la historia del anillo de Polícrates”.


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Extracto del capítulo V de 'Los caprichos de la suerte' | Sobre el comunismo: “En Rusia parecer ser que han suprimido todos los leprosos. Cuando supriman los tuberculosos, los escrofulosos, los sifilíticos y con ellos los escritores individualistas que se burlan de Karl Marx o de cualquier otro profeta mesiánico y judaico, entonces Stalin comenzará a edificar su verdadero paraíso soviético. Y quizá en esa época habrá mucha gente que encuentre demasiado aburrido este planeta nuestro”.


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Extracto del capítulo V de 'Los caprichos de la suerte' | Sobre la amistad: “Había muchas clases de amistad, pocas que no tuviesen algún interés egoísta encubierto, más o menos inconsciente. No era fácil creer que hubiera un sentimiento humano que no tuviese su fondo de utilidad”.


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Extracto del capítulo V de 'Los caprichos de la suerte' | Sobre el amor y el desamor: “La canción decía así: ‘Buena suerte en el amor / Elorrio ya no tendrá; / queriendo ser seductor / Elorrio fracasará. / Que vaya al norte o al sur / es lo mismo para él; / honrado, caco o tahúr / no tien suerte ni ley”.



Javier Hernández / Jesús G. Feria (EL PAÍS)
 




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Mensaje Re: Pío Baroja 
 
Rescoldos de la hoguera

El escritor hizo con la Guerra Civil lo que con otros conflictos: contarla a su público



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Pío Baroja hizo con la Guerra Civil lo que siempre había hecho con las grandes conmociones del país que le toco vivir: contarla a su público. Lo hizo con la guerra carlista, que fue una vivencia casi intrauterina; con la desmoralización de 1898 y el nacimiento del proletariado madrileño; con el atentado de Mateo Morral y la mala simiente del terrorismo; con la Europa que sobrevivió a 1918; con la España de la República. La novela Los caprichos de la suerte es el remate de una trilogía, Las saturnales,que escribió febrilmente entre 1949 y 1951, cuando contrastó su opinión y sus recuerdos con las muchas cosas que le contaron sus contertulios, las criadas de casa y los amigos libreros. No vio nada bueno en su balance: incompetencia de los políticos, doctrinarismo en todos los partidos, turbios deseos de venganza en las masas; cerrilismo en gentes más influyentes.

Su previa exploración de la república recibió su nombre —La selva oscura— del temeroso paraje en que se encontró Dante al inicio de la Divina Comedia. Las saturnales eran las fiestas romanas del solsticio de invierno que consagraban la vuelta al desorden primitivo y al derroche, seguramente para celebrar el final del ciclo anual de los cultivos. Se celebraban con un banquete en que esclavos y amos llegaban a intercambiar sus funciones. Baroja siempre creyó que de aquella sangría suelta de 1936 sólo vendría el final de la clase media, la suya, menos culpable que ninguna de aquel desastre. De eso trata Los caprichos de la suerte: de un periodista republicano desazonado que huye a París, de una historia amorosa tardía a la que pone fin el egoísmo, de un París vivaz sobre el que ya planea la negra sombra de otra guerra y de una desesperanzada huida final a América (que Baroja tentó sin decidirse a la postre).

Ya no hay nada más de relieve en la gaveta de Itzea… Y esta última obra tiene ecos de otras: el personaje de Procopio Pagani viene de El hotel del Cisne, que es la novela de los españoles que vivieron en París la Segunda Guerra Mundial y que abrió la trilogía inacabada Días aciagos; un capítulo entero fue removido de nuestro relato para integrarse en Aquí París, y una trama parecida se había esbozado en la novela corta Los caprichos del destino, ya publicada en 1948. Restos de un naufragio, rescoldos de un fuego: “Serán ceniza, mas tendrá sentido", dijo Quevedo del fin del amor constante.


Por José-Carlos Mainer / elpais.com
 




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