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Metropolitan Museum Of Art (Nueva York)
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El noble arte de mofarse del poder


El Metropolitan de Nueva York disecciona seis siglos de retratos satíricos

El museo exhibe 160 piezas de esta disciplina iniciada en Pompeya




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Una de las piezas de la serie de litografías Les grimaces, del artista Louis Léopold Boilly.

Incluso en estas fechas, cuando la meteorología se antoja apropiada para pasearse por las inacabables instalaciones del Metropolitan, se puede visitar sin agobios de ningún tipo The infinite jest: caricature and satire from Leonardo to Levine, una exposición que ilustra al visitante sobre los años que lleva el hombre mofándose del hombre y que estará en la Gran Manzana hasta principios de marzo.

Da la bienvenida al respetable una gigantesca reproducción de un icono del dibujo con intenciones humorísticas: The King of Brobdingnag and Gulliver, del legendario caricaturista británico James Gillray, considerado por muchos el más importante de la historia de las islas y que cosechó fama (y un mucho de fortuna) en la Inglaterra de finales del siglo XVIII e inicios del XIX. En realidad, la exposición, de tamaño modesto y más centrada en la calidad que en la cantidad y cuyas 160 piezas pertenecen, casi en su totalidad, a la colección permanente del Metropolitan (o MET, como se conoce popularmente a la institución), pretende ser un repaso a un arte cuyas raíces se hunden en los muros de Pompeya, allí donde la caricatura apareció por primera vez. La palabra caricatura procede del verbo italiano caricare (cargar, en español), ya que se supone que la característica principal de este dibujo satírico es añadir algo evidente y voluminoso a la imagen de la persona a la que se pretende retratar.

La exposición del MET arranca con un trabajo de Leonardo, un dibujo de formato minúsculo pero de enorme peso específico, según advierte una de las comisarias de The infinite jest, Nadine Orenstein, en el catálogo de la muestra, porque con él se liquidan de un plumazo las inevitables convenciones que tratan a este género como algo menor.

Las caricaturas han sido siempre un intento de aproximarse a la realidad, política o social, a través de la exageración y el humor, creando entidades más cercanas a los personajes invocados que a las versiones oficiales de estos mismos. Su objetivo, que iba desde la simple burla a la reflexión más afilada, no ha cambiado con los siglos, y de hecho sigue siendo uno de los instrumentos más temidos (y odiados) por los poderosos de turno, a tenor de lo que sucede en Europa cada vez que alguna publicación satírica se atreve con ciertos tótemes religiosos. Viendo a Napoleón, a Churchill, a infinidad de presidentes y ministros, a dictadores de todos los colores junto a profetas, papas y cardenales; contemplando sus gigantescas narices, sus orejas deformadas o sus descomunales cabezas, observando su vanidad a través de la altura de sus sombreros o del tamaño de sus posaderas, no es extraño que al visitante le asalte la impresión de que, a pesar de todo, el mundo no ha cambiado demasiado.

El repaso del MET encuentra en el Renacimiento la primera piedra angular del género e incluye piezas maestras de artistas míticos como el mencionado Gillray, Thomas Rowlandson, Samuel Hieronymuss Green o el propio Goya. Del español se muestran cuatro grabados de la serie Los Caprichos, que llevan la sátira a un nivel cercano a la pesadilla.

En los seis siglos que abarca The infinite jest (donde no solo hay dibujo y pintura sino también escultura) se puede encontrar a un buen nombre de genios contemporáneos empezando por Al Hirschfeld, el viñetista habitual de The New York Times, fallecido en 2003, y cuyos lápices retrataron a Truman Capote, Buster Keaton, Groucho Marx o Dorothy Parker. Como referente ineludible ocupa una privilegiada posición en la muestra, flanqueando la puerta de entrada. Le acompañan Robert Crumb, David Levine (especialista en el universo literario) o Enrique Chagoya, al que se debe una pieza curiosa: tomando como base un trabajo de 1816 del dibujante George Cruikshank, Chagoya inventa una alegoría sobre la presidencia de Obama, broche de oro de una exposición con un mensaje claro: la caricatura sigue siendo un asunto muy serio.


elpais.com
 




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Last edited by j.luis on Monday, 22 September 2014, 15:49; edited 1 time in total 
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Exposición de fotografía en el Metropolitan


DESNUDITOS


'Naked before the camera' cuenta la historia del desnudo fotográfico



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'Dos mujeres desnudas', de Félix-Jacques-Antoine Moulin (1850).

El desnudo es tan viejo como el arte y su irrupción en la fotografía no se hizo esperar. Primero en la Francia libertina del siglo XIX y luego en algunos artistas de la Inglaterra victoriana, siempre dispuestos a esquivar a los censores con la excusa de los estudios antropológicos o las clases de anatomía. El Metropolitan neoyorquino indaga esta primavera en los orígenes del desnudo fotográfico en la exposición 'Naked before the camera', que se acaba de inaugurar en la sede central del museo y permanecerá en cartel hasta principios de septiembre.

La muestra evoca la preeminencia del cuerpo humano en el arte primitivo y en las esculturas grecorromanas y guía al espectador por una senda que primero exploraron artistas parisinos sin lustre y que poco a poco recorrieron grandes nombres como George Brassaï o Diane Arbus.

La exposición se abre con una imagen del legendario fotógrafo francés Félix Nadar (1820-1910) que muestra a una mujer desnuda escondiendo el rostro con el codo. Lo de menos es la identidad de la modelo: una actriz cuya promiscuidad inspiró el personaje de Musetta en 'La Bohème'. Lo importante es la precocidad de la fotografía y la firma de un artista que unos años después ganaría prestigio como dibujante y como retratista de la burguesía de París.


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'Mujer desnuda en el estudio', de Franck-Françoise Genes (1856-59).

Al principio los desnudos florecieron al calor de la voluntad de los pintores, que descubrieron un modo de ahorrar congelando el posado de sus modelos. Así fue como prosperaron fotógrafos como Julien Vallon (1795-1866), que se ganó la vida vendiendo una serie de desnudos que artistas como Gustave Courbet utilizaron para sus cuadros.

Eran desnudos casi siempre femeninos. Pero en ocasiones los artistas capturaban también el cuerpo de modelos masculinos como demuestra una imagen de Charles-Alphonse Marlé (1821-1867) que enseña un hombre barbudo evocando quizá los placeres del Edén.

El auge del desnudo en la fotografía no es un fenómeno fortuito. Ocurre en el París donde están pintando Ingres y Delacroix y donde florecen los burdeles y el entretenimiento para adultos. Los artistas solían cubrir sus obras con una pátina de respetabilidad pero no siempre lo lograban. A Félix Moulin (1800-1875) lo encerraron un mes en la cárcel por una imagen demasiado obscena. Más afortunado fue Nadar, al que un hospital parisino le permitió fotografiar nueve veces a un hermafrodita cuyos genitales se pueden contemplar en el Metropolitan.

Las primeras imágenes pertenecen a una cierta edad de la inocencia. Pero a finales del siglo XIX los fotógrafos aspiran a exprimir el desnudo más allá de su propia realidad. Es el caso del paisajista Gustave le Gray (1820-1884), que plasma a una mujer en un sofá de terciopelo. Las piernas recuerdan a un Cristo yacente y el pelo evoca a la Medusa de la mitología griega. Es un posado elaborado en el que se adivina el germen de la vanguardia y de la pornografía.


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'Mujer desnuda', de Nadar (1860-1861).

El desnudo fotográfico se vuelve una excusa para el surrealismo en la cámara de Man Ray y un instrumento de análisis en la de Brassaï, que retrata la vida de los burdeles parisinos. La exposición incluye las imágenes que el británico George Washington Wilson tomó de las tribus zulúes y las de Alphonse Bertillon, un policía parisino que fotografiaba los cuerpos de las mujeres degolladas en la ciudad del Sena.

Al igual que otras ramas del arte, el desnudo fotográfico también estuvo presente en obras experimentales como las de Bill Brandt o Hans Bellmer-Doll, cuyas imágenes remiten a los horrores de la Alemania Nazi. La revolución sexual abrió un terreno virgen en el que hubo sitio para propuestas como la de Irvine Penn (1917-2009), que se ganaba la vida haciendo retratos de modelos para para 'Vogue' y fotografiaba luego mujeres rotundas cuyas carnes recuerdan a las de las diosas primitivas de la fertilidad. La exposición incluye también desnudos más recientes. Los más llamativos son un retrato hogareño de dos jubilados nudistas de Diane Arbus (1923-1971) y una imagen de Robert Mapplethorpe donde se muestra a la cantante Patti Smith en cuclillas y sosteniendo los tubos de un radiador.


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'Naked before the camera' cuenta la historia del desnudo fotográfico



elmundo.es
 




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Cómo hacer una colección de arte



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La escritora Gertrude Stein, en su casa de París, ante su célebre retrato pintado por Picasso. (Foto de archivo)

Ahora que en el Metropolitan de Nueva York está a punto de clausurarse la exposición Los Stein coleccionan. Matisse, Picasso y la vanguardia parisina me ha dado por pensar en el coleccionismo en este momento, cómo ha cambiado, si es posible encontrar un conjunto de obras tan extraordinario como el que reunieron los hermanos Stein –Leo, Michael y sobre todo Gertrude, la mirada más arriesgada de los tres y una de las escritoras más brillantes del siglo XX norteamericano. Pues los cuadros expuestos  en las salas del museo neoyorquino –y poseídos por los Stein- son en su mayoría especiales y en muchos casos –como en el del retrato de Gertrude de Picasso- extraordinarios. Y son, en primer lugar, fruto del gusto personal de unos ojos que andan detrás de la novedad, entendida en el sentido más positivo del término. A lo largo de las salas se puede recorrer el desarrollo del arte desde los amigos impresionistas de Leo hasta los amigos cubistas de Gertrude,  si bien, en el fondo, todo está gobernado por Matisse y Picasso, las grandes pasiones de uno y otra respectivamente, cuyas obras mostraron los Stein en los salones de su casa mucho antes de que fueran famosos. Junto a ellos aparecen deliciosas obras como las de Marie Laurencin y trabajos de Gris y Picabia, prodigioso recorrido por la transformación del gusto de toda una época, el que los Stein escriben junto a sus amigos,  los grandes creadores que coleccionan y apoyan cuando no son nadie.

Luego, a medida que vamos avanzando, en la última sala, el nivel de las obras mostradas  baja un poco, quién sabe si porque algunos de los viejos maestros no tienen ya el antiguo vigor o porque los artistas mostrados allí carecen de la fuerza de los grandes vanguardista. Tal vez tiene razón Breton al decir que con  los años se va perdiendo la mirada de la juventud. Es cierto que se comprende mejor la producción de los coetáneos: ese el el ojo que funciona de verdad.


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Piso parisino de Gertrude Stein en la Rue de Fleurus, 1933–1934. © The Metropolitan Museum of Art

Y, sin embargo, ante muchas de las colecciones hoy, incluso privadas, que no son sino el trabajo de un tercero que funciona como asesor, colecciones corporativas en las cuales faltan esos lazos de amistad y apuesta que encontramos en las de los Stein, es posible pensar si no se podría volver a coleccionar de este modo: con pasión y generosidad. De hecho, cuando algún día volvamos la vista hacia la mayoría de las  colecciones actuales, incluso a las particulares, nos daremos de bruces con una evidencia: muchas son demasiado parecidas porque se han   hecho siguiendo una moda, arriesgando poco, comprando lo que los demás compran también. Ocurre , por ejemplo, con algunas de las colecciones más famosas de los 80: han envejecido mal y, sobre todo, han envejecido idénticas.


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Henri Matisse, Mujer con sombrero, 1905. Óleo sobre lienzo, 79,4 x 59,7 cm. San Francisco Museum of Modern Art

En un país con pocas colecciones como el nuestro, con muchas de ellas muy modestas además, quizás se note menos, pero basta con echar un vistazo a muchas de las grandes colecciones de los últimos años para darse de bruces con una decepción semejante a la de la última sala de los Stein. Porque una cosa está clara: o la colección la hace el propio coleccionista, siguiendo sus propios gustos y hasta sus intuiciones, o se corre el riesgo de crear conjuntos de piezas sin alma o con un alma ajena, como ocurre cuando se colecciona para otros. A la hora de hacer una buena colección no es posible ser eficaz. Ocurrió incluso con Breton y Doucet.

Coleccionar es un acto de la pasión o del afecto, lo demuestra Gertrude Stein. Es un acto  incluso de amistad, no un modo de ganarse la vida ni de tener asegurado el futuro a través de piezas que aumentarán su valor. Por eso frente a  cualquier colección privada es fácil distinguir  si se trata de una “colección corporativa” o de una “colección apasionada”: la primera se ajusta a la moda, la segunda al deseo del propietario. Esa es la que creará el gusto. Y eass son las colecciones que permanecerán en el tiempo y pasarán a la historia, aunque en principio busquen sólo vivir la historia en primera persona. O precisamente por este -como en el caso de los Stein.


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Retrato de Gertrude Stein (1905-1906), de Picasso.© 2011 Estate of Pablo Picasso / Artists Rights Society (ARS), New York

El París de los Stein, el arte de un siglo: http://elpais.com/diario/2011/10/08...801_850215.html



elpais.com
 




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Exposición de Matisse en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York



Matisse y su evolución hacia el éxtasis



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Still Life with Purro I (1904), de Matisse

Al gran modernista francés Henri Matisse (1869-1954) no le gustaba formar parte de ningún grupo. A principios del siglo XX lideró la breve arremetida de los fauvistas —aquellas “bestias salvajes” de colores intensos y texturas contundentes— pero, por lo demás, se abstuvo de los movimientos distintivos del arte moderno.

Estaba en comunión con artistas del pasado lejano o no tan lejano, y periódicamente se codeaba con el cubismo y la obra de su máximo rival, Picasso. Pero su principal deseo era, como él decía, adentrarse “cada vez más en las profundidades de la pintura verdadera”. Este proyecto fue en todos los sentidos una excavación, y lo logró en parte profundizando en su propia obra, revisitando ciertas escenas y temáticas una y otra vez y, en ocasiones, creando copias en apariencia similares, aunque drásticamente diferen-tes, de sus cuadros.


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Laurette in a Green Robe, Black Background. Henri Matisse

Su evolución rigurosa aunque ilimitada es el tema de la muestra Matisse: in search of true painting  [Matisse-: en busca de la verdadera pintura], en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, una de las exposiciones más apasionantemente instructivas sobre el pintor (dura hasta el 17 de marzo). Tan cautivadora como sucinta, la muestra aborda la extensa carrera de este maestro francés con solo 49 cuadros, pero casi todos son obras estelares, cuando no esenciales.

Esta exposición arroja nueva luz sobre la tendencia del artista a copiar y a trabajar en serie. Los cuadros van en parejas o en grupos alineados según la temática: dos naturalezas muertas con fruta y compota, de 1899; dos versiones de un joven marinero recostado en una silla, de 1906, o cuatro vistas, de 1900 a 1914, de Notre Dame desde la ventana de Matisse, al otro lado del Sena.


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Laurette Seated on a Pink Armchair. Henri Matisse

En la última galería se exponen cinco cuadros de finales de los años cuarenta que representan el estudio de Matisse en Vence con colores planos y saturados y vibrantes motivos de plantas y telas. Figuran entre los últimos lienzos que pintó antes de embarcarse en el gran viaje final de los recortables.


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Interior with Goldfish (19124), de Matisse

Distribuidos en ocho galerías, cada pareja o grupo constituye un miniseminario. Juntos, muestran a Matisse vagando incesantemente entre extremos, revisando implacablemente su camino hacia la grandeza con ideas radicales sobre la economía y el acabado. Debe prestarse atención a su hábito de pintar colores oscuros sobre tonos claros para crear un brillo de fondo sutil. Matisse buscaba una franqueza implícitamente moderna que generaba una valiente intimidad entre artista, objeto y espectador. Decía que “trabajaba para avanzar hacia lo que sentía, hacia una especie de éxtasis”.


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Interior with a Violin (Room at the Hôtel Beau-Rivage)  (1918), de Matisse

La práctica de copiar nació de su formación académica, que, por una larga tradición, consistía en copiar a los viejos maestros del Louvre. Pero Matisse orientó este ejercicio hacia el presente, copiando obras mucho más contemporáneas y probando estilos diferentes, en su mayoría posimpresionistas. La primera galería incluye la naturaleza muerta en homenaje a Cézanne (1904) y otra obra que representa la misma composición con el estilo puntillista de Paul Signac (1904-1905).

Todavía más interesantes son las dos naturalezas muertas de 1899 con compota y fruta. Una es un rico y exhaustivo tributo posimpresionista (Van Gogh, Gauguin, Cézanne, Vuillard) bañado de una luz melosa. La otra es más exigua: la fruta y las jarras se representan mediante siluetas planas de colores llamativos.


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Bowl of Apples on a Table (1916), de Matisse

La segunda y tercera galerías de esta exposición invitan a reflexionar sobre marineros y desnudos con bufandas blancas. Y es casi asombroso ver que la espléndida Vista de Notre Dame (1924), casi toda ella azul, del Museum of Modern Art tiene un insólito hermano gemelo fechado el mismo año: una panorámica relativamente realista de esa catedral. En los años treinta, Matisse empezó a utilizar fotografías de sus cuadros. Sin duda, era otra forma de preservar ideas artísticas para utilizarlas en el futuro, pero también enviaba instantáneas a los clientes y las valoraba como una prueba en contra de las afirmaciones de los críticos de que sus cuadros estaban hechos demasiado deprisa. En 1945 llegó a exponer seis lienzos, cada uno de ellos rodeado de su correspondiente fotografía, en la Galerie Maeght de París.


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Still Life with Compote, Apples, and Oranges (1899), de Matisse

La séptima galería de la exposición presenta tres cuadros entre sus fotografías probatorias, que verifican que el progreso de Matisse a menudo era extenuante y que, a pesar de ello, el artista sorteaba las dificultades hasta llegar a una imagen final que rezuma frescura y facilidad.  Está claro que sus cuadros casi siempre son destilaciones laboriosas, pero es maravilloso ver el proceso documentado con tanta sinceridad. Su éxtasis se sustentaba en numerosas formas de transparencia.


blogs.elpais.com / Por Roberta Smith (crítica de arte del New York Times)
 




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El hijo de Estée Lauder dona 78 obras maestras del cubismo al Metropolitan

La colección cuenta con 33 obras de Picasso, 17 de Braque y 14 de Gris




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'Mujer en el sofá', de Picasso

El hijo de Estée Lauder y heredero de la fortuna generada por el gigante de los cosméticos, el coleccionista de Arte Leonard A. Lauder, ha donado al Metropolitan Museum of Arts de Nueva York un lote de 78 obras de artistas cubistas valorado en mil millones de dólares.

La colección, que cuenta con 33 obras de Pablo Picasso, 17 de Georges Braque, 14 de Juan Gris y 14 de Fernand Léger, fue recopilada durante más de 37 años y está considerada una de las principales colecciones cubistas del mundo.

Entre las obras destacadas se encuentran 'Nuestro porvenir está en el aire' (1912), y 'Mujer en el sofá' (1913), de Picasso; y 'Árboles en el estanque' (1908) y 'El violín' (1912), de Braque. Junto al resto del lote, serán exhibidas en el museo en otoño de 2014.


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'Árboles en el estanque', 1908, óleo sobre lienzo. Obra de Georges Braque

"Es un extraordinario regalo para nuestro museo y para nuestra ciudad. La donación de Leonard va a transformar realmente el museo", ha señalado el director del museo, Thomas P. Campbell.

El museo ha asegurado que la colección tiene un inigualable número de obras maestras cruciales para el desarrollo del cubismo, considerado el movimiento más influyente del siglo XX.

Lauder, de 80 años, ha dicho que decidió hacer esta donación porque considera esencial que el cubismo, así como el arte que le siguió, sea visto y estudiado dentro uno de los mejores museos del mundo.


elmundo.es
 




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Metropolitan de Nueva York


Gran parte de la donación que el estadounidense Leonard Lauder ha hecho al Metropolitan de Nueva York esta semana fue ofrecida al Gobierno en los ochenta


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'Mujer sentada en un sillón', de Picasso.

Al tiempo que el pasado martes el Metropolitan Museum de Nueva York anunciaba a bombo y platillo un hito en su solemne historia, una mujer, en España, se tiraba de los pelos. La noticia era que Leonard Lauder, de 80 años, heredero del imperio de cosméticos que creara su familia con el nombre de su madre, Estée Lauder, cedía su codiciada colección de pintura cubista —78 cuadros de Picasso, Juan Gris, Georges Braque y Fernand Léger— al centro.

La rabia era cosa de Carmen Giménez: la mujer que en el año 1983, como encargada del Centro Nacional de Exposiciones —hoy académica de Bellas Artes—, visitó Basilea (Suiza) invitada por el heredero de Douglas Cooper, gran coleccionista anterior a Lauder del movimiento cubista, para ver si le interesaba parte de los cuadros que hoy componen la donación al Met, valorada en más de 1.100 millones de dólares (839 millones de euros).


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Cabeza de mujer, esculpida en 1909 por Picasso

Al final, fue Leonard Lauder quien se los llevó a casa… En unos días, este multimillonario estadounidense no verá al entrar a su apartamento de Manhattan Cabeza de mujer, esculpida en 1909 por Picasso. Tampoco, sobre la cabecera de su escritorio en el despacho colgará Mujer sentada en un sillón, dos de las obras que más admira Carmen Giménez y que, años después, para preparar una de las exposiciones cruciales sobre el malagueño vistas en España, Picasso black and white, pudo degustar en casa del propio Lauder.

Ambos serán mostrados en las galerías que el Met prepara con mimo para albergar dichas obras a partir del otoño de 2014. Una aportación que, según el francés Philippe de Montebello, quien comenzó las conversaciones con Lauder cuando era director del museo, convertirá al centro en “una referencia mundial del movimiento”.

Montebello, que dejó su cargo en 2008, empezó a conquistar al coleccionista hace cerca de 10 años: “El legado de Lauder viene a ser sin duda el más valioso del mundo en este campo. Es obligación del responsable de un museo de la talla del Metropolitan hacer saber a personas así que nos interesa su colección”, afirma Montebello a EL PAÍS.

Giménez, por su parte, no guarda el más mínimo rencor. Al contrario. Después de compartir con Lauder un fin de semana en Basilea, donde hace tres décadas fueron a ver la herencia de Cooper, se hicieron grandes amigos. Les unía su pasión cubista. Un movimiento que en aquellos años no estaba tan valorado dentro de un mercado obsesionado entonces con el impresionismo y el posimpresionismo. Así que el precio era otro. “De haber podido comprar para España aquellos cuadros, nos hubiesen costado menos del 10% de lo que valen hoy”, comenta Giménez.

Y no fue por falta de interés. Bill McCarthy, heredero de Cooper, hizo saber al Gobierno español que su mentor hubiese sido feliz sabiendo que la colección quedaba en España. Cooper, amigo de Picasso, visitaba asiduamente el Prado. Allí se convirtió en el primer extranjero que entraba a formar parte del patronato. Uno de sus sueños fue enfrentar al artista malagueño con toda la tradición que le precedía y que él engrandeció para el futuro. Pero eran los tiempos en los que no existían estructuras dentro del Estado capaces de abordar una operación así. Y el legado voló a la otra orilla sin que pudieran ni plantear una oferta.

El triángulo de esta historia lo forman tres personajes enamorados de un vendaval que transformó para siempre la historia del arte. Una sacudida que todavía hoy, según Giménez, “no se entiende en toda su dimensión”. No se entiende, pero sí se valora ya de sobra. Tanto como para que la operación haya levantado ampollas en Nueva York. Muchos pensaban que el legado podía haber quedado en el MoMA, donde cuelgan Las señoritas de Aviñón, la obra de Picasso que da en gran parte origen al movimiento.

Pero el Met ha sabido jugar sus cartas. Resultaba crucial para su prestigio rellenar un hueco vacío en sus fondos, algo que le había costado sus críticas. Ya no. Gracias a Lauder. Un hombre que comenzó a coleccionar hace 40 años exclusivamente centrado en el cubismo, según Giménez, “muy bien asesorado por su curator en este ámbito, Emily Braun”.

Y tampoco el cubismo hubiese sido valorado para la historia de la misma manera si Douglas Cooper, desde los años treinta, no hubiese ido reuniendo la colección basada en el movimiento que deslumbró e irritó a crítica y público cuando Alfred H. Barr montó la exposición Cubism and abstract art, en el MoMA por 1936.

Cooper empezó a comprar en 1932, después de recibir una sustanciosa herencia de su abuela que le empujó a dedicarse exclusivamente al estudio y al negocio del arte tras haber sido conductor de ambulancias y pertenecer al servicio de inteligencia de las fuerzas aéreas británicas.

De Cooper a Lauder, en el ámbito privado, el cubismo ha sido protegido por dos manos muy sensibles a la grandeza del mismo. En el caso de Lauder, se trata de un virus que ha afectado también a su hermano, Ronald.

Este se convirtió en noticia por comprar un cuadro de Gustav Klimt, líder de la Secesión vienesa, batiendo récords en 2006 con la cifra de 135 millones de dólares. A ambos les había influido de manera crucial la exposición que el propio Cooper montó en 1983 en la Tate Gallery de Londres bajo el título Essential cubism, tras la que quedaron impactados, según Giménez.

Allí, Leonard Lauder empieza a reunir sus piezas y a continuar la pasión coleccionista que ya con seis años le hacía reunir postales art déco. Junto al legado de Cooper, compra otras provinientes de las posesiones de Gertrude Stein o del banquero suizo Raoul La Roche, entre otros. Hoy todo pertenece al Metropolitan Museum, cuya junta aprobaba el martes pasado su operación, que se une a otras donaciones históricas. Los 33 picassos, 17 braques, 14 grises y 14 légers, entre óleos, esculturas y dibujos, han convertido de golpe al museo en la gran meca cubista universal.


elpais.com




 

Muy mal por los políticos de turno, encargados de la Cultura y el Arte en los ochenta; esto demuestra que tienen miopía y no ven ni un pimiento,    no saben distinguir una lechuga de un picasso o una zanahoria de un braque y lo que ello representa. Así que felicitaciones al Metropolitan de Nueva York, por haber sabido jugar sus cartas y en definitiva ser más listos que nuestras autoridades culturales -de los ochenta y actuales-, son los mismos; están más ocupadas con el depilfarro de los dineros en faraónicas infraestructuras, escándalos financieros, y ayudar a los bancos, que no a las personas... así nos va.
 




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La globalización nació en Asiria


Una monumental exposición en el MET de Nueva York recorre el arte del primer milenio antes de Cristo desde Oriente Próximo hasta el Mediterráneo



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Esfinge neoasiria de marfil expuesta en el Metropolitan de Nueva York dentro de la muestra 'De Asiria a Iberia en los albores de la época clásica'. / The Metropolitan museum of art

Cuando los hombres estaban solos y ni Jesucristo ni Mahoma habían puesto los pies en la Tierra, durante el periodo “más excitante” de la historia, “nació la globalización”. Joan Aruz, comisaria jefe del Museo Metropolitano de Arte (MET) de Nueva York, no puede ocultar su emoción cuando muestra al visitante las maravillas De Asiria a Iberia en los albores de la época clásica, la exposición que hoy se abre al público hasta el 4 de enero de 2015.

La muestra es el resultado de un esfuerzo monumental durante seis años para reunir lo mejor del arte de los pueblos de Oriente Próximo y el Mediterráneo durante la Edad del Hierro, del Imperio Asirio al esplendor de Babilonia, diez siglos previos a la helenización y al Imperio Romano plenos de “interacción cultural, comercio y comunicación global” y no exentos, claro está, de violencia.

Aruz no tiene empacho en calificar la muestra de “histórica”. Las obras expuestas, unas 260 esculturas monumentales, grandiosos relieves murales, delicados marfiles tallados, joyas bellísimas y preciosa orfebrería, proceden de las colecciones más importantes de 41 museos en 14 países -entre ellos España- de Europa occidental, Cáucaso, Oriente Próximo, norte de África y Estados Unidos.

La exposición arranca con el Imperio Asirio, dueño de Oriente Próximo durante su apogeo entre los siglos VIII a VII antes de Cristo. “No había otro semejante en el mundo entero”, relata Joan Aruz. Sus dominios iban desde Asiria (el actual norte de Irak) hasta el Mediterráneo. A medida que fue creciendo, las ciudades-estado fenicias del Levante se vieron obligadas a mirar hacia el oeste para fortalecer su comercio marítimo. De esta necesidad nació el primer fenómeno global: las redes mercantiles que establecieron por toda la costa norte de África y desde la costa sur europea hasta el estrecho de Gibraltar y hacia el Atlántico. Materias primas, objetos lujosos, imágenes, personas e ideas circularon como nunca antes entre Oriente Próximo y el Mediterráneo.

Las piezas han llegado de colecciones de 41 museos y 14 países


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Escultura de un hombre pájaro-escorpión encontrada en el yacimiento de Tell Halaf, al noreste de Siria. / The Metropolitan art museum

La muestra se estructura en varias galerías temáticas: la conquistas militares de Asiria desde el norte de Mesopotamia hacia el oeste; la expansión fenicia por el mar a través del comercio y la fundación de colonias; y la adaptación de imágenes y técnicas de Oriente Próximo por los artesanos del Mediterráneo occidental. Una última y espectacular galería muestra lo que Aruz denomina el “traspaso" de poder a Babilonia tras el saqueo de Nínive (la capital asiria) en el año 612 antes de Cristo. La Biblia, Homero y otros textos hacen aquí acto de presencia.

Es al llegar a la sala dedicada a Iberia cuando Aruz se detiene extasiada. “Quisiera llamar su atención por lo afortunados que somos al poder contemplar estas joyas llegadas desde el sur de España. Son únicas. Contemplarlas aquí hoy es una verdadera fortuna”. La comisaria jefe del MET se refiere al collar, placa pectoral y brazalete de oro de estilo fenicio del siglo VII antes de Cristo delicadamente trabajados que, junto a otras 18 piezas ausentes en Nueva York, forman parte del Tesoro del Carambolo, en Camas (Sevilla). “Es un préstamo clave de la exposición, ya que no suele mostrarse habitualmente”, enfatiza Aruz.

Junto a las joyas del Carambolo, otras también valiosas, procedentes de embarcaciones que naufragaron junto a las costas de España. El MET muestra trabajos en metal, pesos, un altar fenicio y colmillos de elefante con inscripciones de nombres de dioses y diosas procedentes del yacimiento submarino del Bajo de la Campana, en la Manga del Mar Menor (Murcia). En total, seis museos españoles han colaborado con la exposición de Nueva York (Almuñécar, Cádiz, Cartagena, Granada, Huelva y Sevilla).

En la primera parte del recorrido, las piezas muestran la glorificación de las campañas militares de los reyes asirios, en particular Asurbanipal II, que reinó del 883 al 859 antes de Cristo. Una formidable estatua de este conquistador saluda al visitante nada más iniciarse la muestra. Junto a ella, frisos del palacio de Nínive ofrecen escenas bélicas y festines pantagruélicos.

Entre las piezas más llamativas, una de las clásicas estatuas de criaturas híbridas de Oriente Próximo. En este caso, un hombre pájaro y escorpión. La pieza aparece muy deteriorada, reconstruida a partir de muchos trozos. Pero no fueron los siglos los que cometieron semejante destrozo, sino las guerras modernas. Hallada en el yacimiento de Tell Halaf, al noreste de Siria, por el barón alemán Max von Oppenheim, la estatua fue guardada en un museo de Berlín hacia 1928. Años después, en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, una bomba incendiaria lanzada por un avión aliado devastó el lugar. Las altas temperaturas y su contraste con el agua de los bomberos emplearon provocaron que muchas de las piezas se rompieran en pedazos.

Antes de llegar a la expansión fenicia, Aruz y sus colaboradores Yelena Raki, Sarah Graff y Michael Seymour, del departamento de Arte Antiguo del MET, advierten al profano de las formidables inscripciones expuestas, en concreto una en la que el rey Senaquerib narra cómo destruyó 46 ciudades de Judea, deportó a más de 200.000 personas y exigió el pago del tributo a Ezequías, rey de Judá.

De los fenicios, la exposición muestra ricas piezas de sus artesanos, muchas de ellas con motivos egipcios. Chipre ocupa un lugar primordial en este periodo. La isla era rica en cobre, muy importante para las potencias de Oriente Próximo. Para los fenicios era, además, la salida hacia el Lejano Oriente por el Mediterráneo. De la colonia fenicia de Citio (actual Larnaca) son singulares joyas de oro que adornaban la tumba de un rico del lugar, y que datan de finales del siglo VIII antes de Cristo.

Por todo el mediterráneo se han encontrado ornamentos con motivos populares de Oriente Próximo: esfinges, aves con cabeza humana, grifos… De los yacimientos españoles destaca una representación de la diosa de Oriente Próximo Astarté, que inspiró aspectos de la imagen de la diosa griega Afrodita. Incomparable es también la pequeña estatua mesopotámica en bronce del demonio Pazuzu, del siglo VIII antes de Cristo, famosa en el mundo entero por su aparición en la película El Exorcista.

Una de las joyas fundamentales de la exposición es un caldero con cabezas animales en sus bordes de una tumba de un personaje importante hallada en Salamina (Chipre). Está datado en los siglos VIII y VII antes de Cristo.

Después de siglos de dominio asirio, Babilonia tomo el relevo con la destrucción de la ciudad de Nínive. Nabucodonosor II (que reinó entre el 604 y el 562 antes de Cristo), reconstruyó Babilonia y se hizo un nombre para la Historia. La exposición presenta una maqueta de la famosa Puerta de Ishtar y la Vía Procesional de Babilonia, junto con varios relieves auténticos.

De Asiria a Iberia en los albores de la época clásica es la tercera de una serie de grandes exposiciones organizadas por el Museo Metropolitano sobre el arte en el antiguo Oriente Próximo. La primera, El Arte de las primeras ciudades: el tercer milenio antes de Cristo, desde el Mediterráneo hasta el Indo, se ofreció al público en 2003. La segunda, Más allá de Babilonia: arte, comercio y diplomacia en el segundo milenio antes de Cristo, entre 2008 y 2009.


Joyas de Oriente Próximo y el Mediterráneo


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Mano de marfil del museo etrusco Villa Giulia (Roma).


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Pequeña estatua mesopotámica en bronce del demonio Pazuzu, del siglo VIII antes de Cristo, famosa en el mundo entero por su aparición en la película 'El exorcista'. / Musúe du Louvre


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Collar de estilo fenicio del siglo VII antes de Cristo del Tesoro del Carambolo, en Camas (Sevilla).


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Relieve de baldosas babilónica expuesto en 'De Asiria a Iberia en los albores de la época', exposición que se se abre al público hoy y hasta el 4 de enero de 2015. / The Metropolitan Museum of Art


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La exposición reúne grandiosos relieves murales (como el de la imagen) junto a esculturas monumentales, delicados marfiles tallados, joyas bellísimas y preciosa orfebrería, proceden de las colecciones más importantes de 41 museos en 14 países de Europa occidental, Cáucaso, Oriente Próximo, norte de África y Estados Unidos. / The Metropolitan Museum of Art


Fuente: cultura.elpais.com / The Metropolitan Museum of Art
 




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El cubismo inunda el Metropolitan


El magnate Leonard A. Lauder dona obras de Picasso, Gris, Léger y Braque al museo



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'Cabeza de Mujer' de Picasso de la colección de Leonard A. Lauder. / J.LANE (EFE)

Entre los millones de barras de labios, cremas exfoliantes, contornos de ojos y sueros reparadores vendidos durante décadas por Estée Lauder y la impresionante exposición de pintura cubista que el próximo lunes inaugura el Metropolitan Museum of Art de Nueva York hay un hombre: Leonard A. Lauder, de 81 años, millonario y filántropo, hijo de la cofundadora del imperio de productos de belleza. Lauder donó su colección de picassos, braques, légers y grisesal Met en 2013 en un gesto que conmocionó al mundo del arte. Más de un año después, el público podrá acceder a un tesoro único, valorado en unos 1.000 millones de euros, que convierte a la enciclopédica institución neoyorquina en uno de los templos del arte moderno. Como dijo el propio Lauder en la presentación de la colección el lunes, el Met se ha “catapultado” hacia el siglo XXI.

La colección está compuesta por 81 obras (pinturas, dibujos y esculturas) de solo cuatro artistas: los españoles Pablo Picasso y Juan Gris y los franceses George Braque y Fernand Léger. Picasso, con 33 trabajos, gobierna sobre sus colegas. Los expertos coinciden en que la colección que ahora muestra el Met es comparable, si no superior, a la del vecino MoMA, el Hermitage de San Petersburgo o el Pompidou de París. “De golpe, el Met se pone en cabeza del arte de los primeros años del siglo XX. Es una colección única, con la que cualquier responsable de un museo soñaría. Quiero agradecer a Leonard su visión, su espíritu y su compromiso por compartir esto con el público y permitirnos cubrir un enorme hueco”, declaró Thomas P. Campbell, director del Met.

El cubismo nació de la estrecha colaboración y amistad entre Picasso y Braque, pero pronto se convirtió en un movimiento que redefinió los conceptos del arte plástico. La perspectiva tradicional quedó destrozada. El espacio y el tiempo, abolidos. Materiales como el cartón, la cuerda, la madera o trozos de periódicos se incorporaron a las superficies bidimensionales. Aquellos genios pusieron el germen de la abstracción que dominaría el arte occidental 50 años. Ese juego rompedor fascinó a Lauder.

Han sido 40 años de adquisiciones y muchos millones de dólares gastados

“¿Por qué una colección cubista?, me han preguntado muchas veces”, dijo el magnate. “Porque el cubismo es complejo, porque cada obra tiene unas claves que hay que descubrir y porque cada pieza encierra algo que hay que aprender”, explicó. “Quería edificar una gran colección capaz de ser expuesta en un museo. Cada vez que he tenido un cuadro delante de mí, me hacía la misma pregunta: ¿pasará el corte? ¿Y qué quiere decir pasar el corte? Pues me preguntaba si la obra aguantaría expuesta en una gran institución como aguanta La noche estrellada, de Van Gogh, en el MoMA. Y si la respuesta era sí, compraba el cuadro”.


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Un visitante contempla una obra de Léger en el Met. / TIMOTHY A. CLARY (AFP)

El esfuerzo le llevó 40 años —la primera obra cubista la adquirió en 1976 en una de sus habituales visitas a Sotheby’s— y muchos millones de dólares. No piensa detenerse. Cuando se cerró el acuerdo para la entrega al Met de la colección en abril de 2013, esta constaba de 78 piezas maestras. Ahora, año y medio después, ya son 81 (las últimas adquisiciones son de Picasso, Gris y Léger). “Y no serán las últimas. Mi intención es doblar el número. No será fácil. Ni barato”. El acuerdo incluye la creación de un centro de investigación de arte moderno que lleva el nombre del filántropo y contará, cómo no, con su financiación (22 millones de euros).

La colección está llena de buenos recuerdos. Con la ayuda de la experta en arte Emily Braun, que ha trabajado con Lauder 26 años, el magnate recorrió el mundo en busca de tesoros. “Cuando empecé, el arte cubista estaba disponible a buen precio, nadie lo quería”, recordó en una entrevista con The New York Times. En aquellos tiempos lo que se cotizaba era el impresionismo y el postimpresionismo. Desde la tenacidad, Lauder logró piezas procedentes de las más famosas colecciones, como la de la escritora y poetisa estadounidense Gertrude Stein, el banquero suizo Raoul la Roche o el historiador del arte británico Douglas Cooper.

Cada obra de la colección tiene una historia en sí misma, una aventura. Terraza en el hotel Mistral (1907) o Árboles en L'Estaque (1908), de Braque, formaron parte de la exposición de 1908 en la galería Kahnweiler de París, en la que por primera vez apareció la palabra cubismo. The Fan (L'Independent) (1911) fue uno de los primeros trabajos en los que Picasso introdujo tipografías, en este caso la cabecera de un periódico local francés. Plato de vidrio con fruta (1912), de Braque, fue el primer collage cubista. Cabeza de mujer (1909) fue la primera escultura del movimiento. Braque y Picasso eran inseparables en los primeros años del XX. “Todas las noches yo iba a su estudio o él venía al mío. Cada uno tenía que ver lo que el otro había hecho. Nos criticábamos y un lienzo no se terminaba hasta que los dos creíamos que ya estaba listo”, contó el propio Picasso años más tarde.

La exposición cubista del Met estará abierta hasta el 16 de febrero de 2015. A partir de ella, el museo reformará algunas de sus salas para convertirse en una referencia principal del arte moderno. “Para muchos, el Met es uno de los mejores museos del mundo. Para mí, es el mejor”, proclamó Lauder antes de declarar sus amor por Nueva York. Su madre, Estée Lauder, nació en Queens; sus hijos son neoyorquinos; sus nietos, también. “Aquí empezó todo. Esta ciudad nos dio la bienvenida, nos educó, nos ayudó a ganarnos la vida. Quiero devolverle lo mucho que nos ha dado. Para mí, es el centro del universo”.
Joyas cubistas para el Met

Terraza en el hotel Mistral (1907), de Georges Braque.

Árboles en L’Estaque (1908), de Braque.

Plato de vidrio con fruta (1912), de Braque.

Mujer con libro (1909) , de Pablo Picasso

The Fan (L’ Independent) (1911), de Picasso.

Concha de vieira (1912), de Picasso.

Estudiante con periódico (1914), de Picasso.

Cabeza de mujer (1912), de Juan Gris.

Peras y uvas en una mesa (1913), de Gris.

Hombre en el café (1914), de Gris.

Casas bajos los árboles (1913), de Fernand Léger.

El pueblo (1914), de Léger.


elpais.com
 




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Exposición en el MET Hasta el 24 de abril de 2016

 
A New Look at a Van Eyck Masterpiece


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La Crucifixión y el Juicio Final (detalle) de Jan Van Eyck

El MET de Nueva York presenta a través de esta exposición los descubrimientos del estudio reciente del díptico gótico Díptico: La Crucifixión y el Juicio Final que se atribuye al pintor Jan van Eyck. El artista flamenco es considerado uno de los más importantes del recentismo nórdico del siglo XV. La obra fue realizada en los años 1430 y fue pintada al óleo sobre tabla.


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Ver vídeo del díptico: La Crucifixión y el Juicio Final de Jan Van Eyck en el MET



alejandradeargos.com / Wikipedia
 




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Un nuevo Metropolitan

El museo más grande de Nueva York ocupará desde marzo el edificio diseñado por Marcel Breuer, antigua sede del Whitney Museum



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El edificio del Met Breuer, anterior sede del Whitney Museum.

Nueve minutos y nueve segundos es el tiempo que “la mayoría de la gente” tardará en llegar de la sede principal del Metropolitan en el número 1.000 de la Quinta Avenida de Nueva York a su nuevo espacio en Madison Avenue, The Met Breuer. El icónico edificio de hormigón diseñado por Marcel Breuer, ocupado por el Whitney hasta hace dos años, cambia de nombre, de inquilino y reabrirá al público el próximo 18 de marzo. “Estará dedicado a presentar el arte del siglo XX y contemporáneo en el rico contexto de nuestra colección histórica y global”, anunció el martes en su restaurado espacio, Thomas P. Campbell, director del Metropolitan.

El proyecto del traslado a la fortaleza de Breuer comenzó hace ocho años cuando el Whitney inició su mudanza hacia el Sur de la ciudad al edificio diseñado por Renzo Piano. La apertura de The Met Breuer llega para llenar ese vacío que dejó el Whitney en la parte alta de la isla y suma una nueva dimensión imprescindible en el tejido artístico contemporáneo expuesto en Nueva York.

Como todos los museos de arte contemporáneo, el Met Breuer abarcará los 116 años que van de 1900 hasta hoy, pero en sus tres plantas de exposiciones se podrá ver mucho más. “Nuestra aproximación al arte moderno es diferente porque estamos en una posición única”, explicó Sheena Wagstaff, directora del departamento contemporáneo del Met. Gracias a los fondos del museo madre y a que en él se abarca toda la historia del arte universal, en esta nueva sede abrirán “un nuevo punto de entrada al arte contemporáneo”. “Podemos ir más allá de estas convenciones tradicionales; podemos contar historias que van más allá de 1900, y que se extienden por muchas geografías”, continuó Wagstaff.
Mirar al pasado

El objetivo de la nueva sede será “revitalizar” la relación natural entre arte e historia para romper y expandir el orden del arte contemporáneo. Mirar hacia el pasado será clave en las exposiciones temporales. Como Unfinished: Thoughts Left Visible (‘Inacabado: pensamientos visibles’), una de las muestras inaugurales, en la que se recorren más de quinientos años —desde el Renacimiento a hoy— a través de más de 190 obras inacabadas de artistas como Tiziano, Picasso o Cy Twombly. Pinturas y esculturas sin terminar a propósito, por descuido o por tragedia que forman un género en sí mismo y son la representación de los pensamientos del artista. “Por fin puedo decir que he expuesto junto a Leonardo Da Vinci”, bromeó en la presentación el artista Kerry James Marshall, con una obra en esta exposición y a quien dedicarán la gran retrospectiva de otoño.

En su programa, el Met Breuer pondrá atención en artistas vivos como Marshall, pero sin olvidar el pasado reciente del que muchos aprenden hoy para atraer a una “audiencia diversa”. Por eso junto a Unfinished han organizado la primera retrospectiva en EE UU dedicada a la artista india Nasreen Mohamedi, en la que ha colaborado el Museo Reina Sofía de Madrid. Y en verano la relevará una exposición con trabajos de la fotógrafa Diane Arbus.

El edificio de Marcel Breuer también forma parte de su proyecto para reactivar el arte contemporáneo mirando al pasado. Con la guía de los arquitectos Beyer Blinder Belle, han limpiado y restaurado el granito y hormigón para respetar su pátina de los años sesenta. “Con el nombre, Met Breuer, quisimos rendir homenaje a su arquitecto. Cuya visión y arte dejó uno de los edificios más icónicos e influyentes de Nueva York”, dijo Campbell. Es contenedor de arte y arte en sí mismo, “una escultura por derecho propio”. A la que se tarda nueve minutos y nueve segundos en llegar, lo que dura la pieza musical que John Luther Adams ha compuesto encargada por el Metropolitan para acompañar el paseo.


Adiós a la icónica M

Además de inaugurar sede, el pasado martes el Metropolitan de Nueva York estrenó nueva imagen. La conocida M enmarcada en el círculo y el cuadrado —como el Hombre de Vitruvio de Da Vinci— que llevaban usando desde 1971 ha sido sustituida por un logo tipográfico en el que se lee en grandes letras rojas: THE MET, como se le conoce coloquialmente.

El cambio, anunciado hace dos semanas, trajo muchas críticas en el mundo del arte neoyorquino ya que consideraban que se perdía un emblema del museo . Diseñado por la firma Wolff Olins, está pensado para ser “atemporal”, y representar así los 5.000 años de historia que muestra el museo y atraer una audiencia de todas las edades. También han actualizado el plano para facilitar la visita al turista abrumado por su tamaño.



elpais.com
 




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Un nuevo Metropolitan

El museo más grande de Nueva York ocupará desde marzo el edificio diseñado por Marcel Breuer, antigua sede del Whitney Museum



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El edificio del Met Breuer, anterior sede del Whitney Museum. / Ed Lederman

Nueve minutos y nueve segundos es el tiempo que “la mayoría de la gente” tardará en llegar de la sede principal del Metropolitan en el número 1.000 de la Quinta Avenida de Nueva York a su nuevo espacio en Madison Avenue, The Met Breuer. El icónico edificio de hormigón diseñado por Marcel Breuer, ocupado por el Whitney hasta hace dos años, cambia de nombre, de inquilino y reabrirá al público el próximo 18 de marzo. “Estará dedicado a presentar el arte del siglo XX y contemporáneo en el rico contexto de nuestra colección histórica y global”, anunció el martes en su restaurado espacio, Thomas P. Campbell, director del Metropolitan.

El proyecto del traslado a la fortaleza de Breuer comenzó hace ocho años cuando el Whitney inició su mudanza hacia el Sur de la ciudad al edificio diseñado por Renzo Piano. La apertura de The Met Breuer llega para llenar ese vacío que dejó el Whitney en la parte alta de la isla y suma una nueva dimensión imprescindible en el tejido artístico contemporáneo expuesto en Nueva York.

Como todos los museos de arte contemporáneo, el Met Breuer abarcará los 116 años que van de 1900 hasta hoy, pero en sus tres plantas de exposiciones se podrá ver mucho más. “Nuestra aproximación al arte moderno es diferente porque estamos en una posición única”, explicó Sheena Wagstaff, directora del departamento contemporáneo del Met. Gracias a los fondos del museo madre y a que en él se abarca toda la historia del arte universal, en esta nueva sede abrirán “un nuevo punto de entrada al arte contemporáneo”. “Podemos ir más allá de estas convenciones tradicionales; podemos contar historias que van más allá de 1900, y que se extienden por muchas geografías”, continuó Wagstaff.

Mirar al pasado

El objetivo de la nueva sede será “revitalizar” la relación natural entre arte e historia para romper y expandir el orden del arte contemporáneo. Mirar hacia el pasado será clave en las exposiciones temporales. Como Unfinished: Thoughts Left Visible (‘Inacabado: pensamientos visibles’), una de las muestras inaugurales, en la que se recorren más de quinientos años —desde el Renacimiento a hoy— a través de más de 190 obras inacabadas de artistas como Tiziano, Picasso o Cy Twombly. Pinturas y esculturas sin terminar a propósito, por descuido o por tragedia que forman un género en sí mismo y son la representación de los pensamientos del artista. “Por fin puedo decir que he expuesto junto a Leonardo Da Vinci”, bromeó en la presentación el artista Kerry James Marshall, con una obra en esta exposición y a quien dedicarán la gran retrospectiva de otoño.

En su programa, el Met Breuer pondrá atención en artistas vivos como Marshall, pero sin olvidar el pasado reciente del que muchos aprenden hoy para atraer a una “audiencia diversa”. Por eso junto a Unfinished han organizado la primera retrospectiva en EE UU dedicada a la artista india Nasreen Mohamedi, en la que ha colaborado el Museo Reina Sofía de Madrid. Y en verano la relevará una exposición con trabajos de la fotógrafa Diane Arbus.

El edificio de Marcel Breuer también forma parte de su proyecto para reactivar el arte contemporáneo mirando al pasado. Con la guía de los arquitectos Beyer Blinder Belle, han limpiado y restaurado el granito y hormigón para respetar su pátina de los años sesenta. “Con el nombre, Met Breuer, quisimos rendir homenaje a su arquitecto. Cuya visión y arte dejó uno de los edificios más icónicos e influyentes de Nueva York”, dijo Campbell. Es contenedor de arte y arte en sí mismo, “una escultura por derecho propio”. A la que se tarda nueve minutos y nueve segundos en llegar, lo que dura la pieza musical que John Luther Adams ha compuesto encargada por el Metropolitan para acompañar el paseo. 


Adiós a la icónica M

Además de inaugurar sede, el pasado martes el Metropolitan de Nueva York estrenó nueva imagen. La conocida M enmarcada en el círculo y el cuadrado —como el Hombre de Vitruvio de Da Vinci— que llevaban usando desde 1971 ha sido sustituida por un logo tipográfico en el que se lee en grandes letras rojas: THE MET, como se le conoce coloquialmente.

El cambio, anunciado hace dos semanas, trajo muchas críticas en el mundo del arte neoyorquino ya que consideraban que se perdía un emblema del museo . Diseñado por la firma Wolff Olins, está pensado para ser “atemporal”, y representar así los 5.000 años de historia que muestra el museo y atraer una audiencia de todas las edades. También han actualizado el plano para facilitar la visita al turista abrumado por su tamaño.

elpais.com




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Psicosis’ en el Met de Nueva York

La artista Cornelia Parker reinterpreta la mansión de la película de Hitchcock en una obra



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Un grupo de personas observa la obra 'Transitional Object (PsychoBarn)' de la artista británica Cornelia Parker.

La moda de incluir el cine en los museos es relativamente reciente. Era un arte, sí, pero el séptimo. En 1960, Alfred Hitchcock tampoco había sido entrevistado por François Truffaut ni había sido releído como gran artista por encima de mago de un género menor, el suspense. Y de hecho, su nueva película entonces, Psicosis, se estaba rodando en blanco y negro en parte por problemas de presupuesto.

Aunque la gente no lo sabía, Hitchcock sí era muy consciente en sus adentros del hondo calado simbólico y artístico de sus películas y para crear la casa más terrorífica de su nuevo filme decidió no buscar el miedo en la sangre, ya que en pantalla, al fin y al cabo, se vería simplemente en un gris oscuro. Más bien, se fue al sentimiento de soledad profunda que transmitía en sus cuadros el gran pintor americano Edward Hopper, especialmente el cuadro Casa junto a la vía del tren.

Ahora, la mansión Bates, donde convivían un hombre y dos personalidades, vuelve reinterpretada al museo Metropolitano de Nueva York y pocos se acuerdan de que es la reinterpretación de una reinterpretación. Su artista, la británica Cornelia Parker, hace hincapié en que todo empezó en Hopper, aunque la llame a la instalación convenientemente Transitional Object (PsychoBarn). Pero también reconoce que le divertía jugar con lo archiconocido y provocar a aquellos que reniegan de lo popular. "Quería tomar una idea que pareciera un cliché. Pero estas ideas son clichés por algo, porque atraen la atención de muchísima gente", dice la artista.

Quizá el atractivo de esta instalación sea ese debate. ¿Qué diferencia esta instalación de la recreación de esta misma casa en un parque temático de Universal? Es verdad que está hecha con madera especial de graneros originales de la América profunda y no hay que quitarle mérito: la imagen del terror encaramado a una terraza con espectaculares vistas a Central Park y al skyline de Manhattan tiene una poderosa fuerza autónoma. Pero por lo demás, honestamente, no hay tantas diferencias. En el fondo, casi desde el principio, la terraza del Met, oxigenada con el aire libre, asumió que era mitad experiencia artística, mitad atracción de feria.

Cuando se apostó por el concepto minimalista de Imran Qureshi, que se limitó en 2013 a derramar sangre sobre el suelo, muchos pensaron que ese año no había ninguna instalación, pero aun así decidieron quedarse un buen rato en la terraza. Es por eso que este año, desde ahora hasta el 31 de octubre, el museo se volverá a llenar de visitantes que buscan un poco de sol, unas espectaculares vistas y, además, una instalación que, en este caso, seguro les llamará la atención. No importa si saben que unas plantas más abajo, en la zona de arte estadounidense del siglo XX, está el origen de todo. Un pintor que inspiró a Hitchcock y a Parker.


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El Metropolitan libera los derechos de 375.000 imágenes de sus obras

Un acuerdo del museo neoyorquino con ‘Creative Commons’ permite descargar, utilizar y modificar el contenido del catálogo


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'El baño', de Joaquín Sorolla, una de las obras liberadas por el Met.

El Museo Metropolitano de Nueva York (Met), una de las instituciones artísticas más importantes del mundo, anunció el pasado martes a través de un comunicado su decisión de liberar alrededor de 375.000 obras de su catálogo digital como imágenes de dominio público. Gracias a esta nueva política de acceso abierto, las piezas ya están disponibles on line bajo una licencia Creative Commons Zero (CC0), que permite a cualquier persona descargar, utilizar y modificar las obras sin restricciones y sin atribuirlas al autor original.

A diferencia de una iniciativa en el 2014, mediante la cual el museo dio acceso web a las piezas ahora liberadas, con esta licencia los usuarios podrán apropiarse de ellas sin necesidad de permisos ni cuotas. El catálogo incluye un amplio abanico de obras en alta resolución, desde esculturas hasta grabados, fotografías y pinturas.

El director del museo, Thomas P. Campbell, explica que este cambio convierte al Museo Metropolitano en “una de las colecciones de acceso abierto más grandes y más diversas del mundo”, ya que abarca 5.000 años de historia del arte de todo el mundo. Su contenido es, tal como explica el Met, producto de horas de trabajo dedicadas a digitalizar el catálogo del museo en su totalidad, 147 años. Una rigurosa labor llevada a cabo por fotógrafos, técnicos, curadores e incluso practicantes que han pasado por sus salas.

Nombres como Botticelli, Degas, Hokusai o Rodin son algunos de los que aparecerán en esta base de datos que lleva al Met a unirse a la lista de museos con colecciones digitales bajo licencias CC0. La encabeza el Walters Art Museum, de la ciudad de Baltimore, que en 2012 adoptó la misma política liberando alrededor de 18.000 imágenes. Lo siguieron después instituciones como el Rijksmuseum, en Ámsterdam, la Tate Gallery, en Londres y, más recientemente, el MoMA de Nueva York con 120.000 imágenes.

Loic Tallon, director digital del museo, comenta que esta decisión es “un emocionante hito en la evolución digital del Met". Lo corroboran las nuevas colaboraciones que anunció el museo este mismo martes. Creative Commons no será su único aliado: también contará con la ayuda de otras entidades como la Biblioteca Digital Pública de los Estados Unidos, Artstor, Wikimedia y Pinterest. Juntos, trabajarán en el proyecto del museo para lograr expandir su público más allá de los 30 millones de usuarios que ya visitan su web, abriendo las puertas digitales a todas las audiencias posibles.

elpais.com
 




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Post Re: Metropolitan Museum Of Art (Nueva York) 
 
El Met rechaza retirar un cuadro de Balthus en el que aparece una joven en posición sugestiva

La petición contaba con el apoyo de 8.700 firmas hasta que el museo ha puesto coto: "Creemos en el respeto por la expresión creativa"



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'Teresa soñando' (1938), de Balthus.

El museo Metropolitan de Nueva York (Met) se planta. Su misión, explica, es coleccionar, estudiar, conservar y presentar obras que conectan a las personas con la creatividad, el conocimiento y las ideas. Y con ese argumento rechaza con rotundidad una petición para que se retire una pintura de Balthus en la que aparece una niña a la que se le ven las bragas. Las artes visuales, insisten, son un medio para la reflexión.

La obra del artista francopolaco se titula Teresa soñando y data de 1938. Es un cuadro, coinciden los críticos, que irradia luz propia y pureza. Al verlo, se puede sentir la placidez de la joven en el sueño. El trabajo de Balthazar Klossowski (París, 1908 -Rossinière, Suiza, 2001) es conocido, precisamente, por la manera con la que capta la inocencia de la preadolescencia.

La petición se lanzó el 30 de noviembre por una vecina de Nueva York y tenía como objetivo alcanzar las 9.000 firmas. “El Met está, tal vez sin intención, respaldando el voyerismo y la cosificación de los niños”, decía.

Los responsables del museo responden que su muestra recoge trabajos importantes que representan todas las culturas y los tiempos. Y entiende, además, que momentos como el que se vive ahora en Estados Unidos ofrecen la oportunidad para entablar una conversación.

El Met no va a retirar el cuadro ni se plantea tampoco cambiar la cartela para hacer la aclaración que se pide. “Consideraré esta petición un éxito si incluyen un pequeño mensaje diciendo que el cuadro puede ser ofensivo”, explicó en las redes sociales la autora de la petición. “Solo pido que sean más conscientes con la manera que tienen de contextualizar las piezas”.

La explicación que tiene la obra en la actualidad solo señala que la protagonista, Teresa Blanchard, tenía 12 o 13 años cuando se pintó el cuadro. La pintura ya fue expuesta hace cuatro años por el Met en una muestra sobre el trabajo de Balthus. Entonces sí se advirtió a los visitantes de que algunos trabajos podían ofender al público.

“Las artes visuales son uno de los medios más importantes que tenemos para reflexionar a la vez sobre el pasado y el presente, y esperamos motivar la continua evolución de la cultura actual a través de una discusión informada y de respeto por la expresión creativa”, señala la nota emitida por el museo.

El cuadro pertenecía a la colección privada de Jacques y Natasha Gelman, y fue donado al Met en 1998. La pintura se ha exhibido por galerías y museo de EE UU, Europa, América Latina y Asia. Los críticos destacan el carácter místico de la obra de Balthus.

elpais.com
 




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