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Collantes, Francisco
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Mensaje Collantes, Francisco 
 
Este trabajo recopilatorio está dedicado al pintor español Francisco Collantes. Pintor madrileño del Barroco, discípulo de Vicente Carducho. Se dedicó a la pintura de pequeño formato con intención decorativa o devocional, por lo cual la mayor parte de sus temas fueron paisajes y temas bíblicos.

Durante el siglo XVII español fue raro el género de paisaje, lo cual hace que nuestro país se distancie del resto de Europa, donde el género de paisaje estaba en boga gracias a los modelos de Poussin y Claudio de Lorena, pintores franceses que trabajaban en Roma. Frente a la escasez de paisajistas españoles, destaca la figura de Collantes, que además alcanzó una excelente calidad en su género. En la pintura religiosa sobresale entre otras la influencia de Ribera, el Españoleto.  

Francisco Collantes (Madrid, h. 1599 - Madrid, h. 1656), pintor barroco español, activo en Madrid, especializado en la pintura de paisajes o países con figuras.

La biografía de Collantes está sumida en el misterio, contándose exclusivamente con la escueta información facilitada por Antonio Palomino, quien a su vez la tomó de Lázaro Díaz del Valle que, al escribir sus notas (1657), le daba ya por recientemente fallecido. Pero Díaz del Valle, contemporáneo del pintor, ni siquiera afirmaba que hubiese nacido en Madrid, como sostenía Palomino, limitándose a apuntar que estaba allí avecindado. Según Palomino fue discípulo de Vicente Carducho, de lo que no existe confirmación documental ni lo demuestra su pintura. Al contrario, en ella son más evidentes las relaciones con José de Ribera y algunos de sus seguidores en las figuras de santos de gran formato, en alguna ocasión copias directas, y las influencias de los paisajistas italinos como Gerolamo Muciano o de artistas flamencos asentados en Italia, lo que llevó a Diego Angulo Íñiguez y Alfonso E. Pérez Sánchez a suponer un viaje a aquel país, aunque obras de unos y otros pudo también conocer en la decoración del Alcázar de Madrid. El tenebrismo atenuado y el interés por la iluminación, constantes en su obra, tanto si se trata de santos o de paisajes, son otra característica de su pintura que lo aproxima al naturalismo napolitano.

Las obras de Collantes, a menudo firmadas, pueden agruparse en dos géneros: pinturas religiosas y pinturas de paisaje con o sin figuras y de asunto bíblico o mitológico. En las primeras, destinadas a la devoción privada, las imágenes de los santos, de gran tamaño, generalmente aisladas y ocupando el primer plano, son tratadas con una técnica tenebrista deudora de Ribera. En ellas, sin embargo, también se manifiesta el interés del pintor por el paisaje, desarrollado en amplias lejanías en las que ocasionalmente pueden aparecer figuras, atemperando con luces plateadas el crudo tenebrismo. Buen ejemplo puede ser el monumental San Onofre del Museo Nacional del Prado, procedente de las colecciones reales donde alguna vez estuvo catalogado como obra de Ribera.

Pero donde destacó Collantes fue en la pintura de paisaje, considerada en su tiempo un género menor pero no por ello despreciada, al punto de ser uno de los pocos artistas españoles de su tiempo que llegó a ser conocido fuera de España, mereciendo que una de sus obras figurase en la colección de Luis XIV: el paisaje con Moisés ante la zarza actualmente guardado en el Museo del Louvre. También es frecuente encontrar su nombre asociado a pinturas de este género en inventarios de pintura de colecciones privadas, algunos hechos aún en vida del pintor, como los tres países que el caballero santiaguista Alonso Parada y Mendoza aportó a su matrimonio, o los siete que Juan Rosales, capellán de la capilla de los Reyes Nuevos de la catedral de Toledo, debía a Francisco Bergés, pintor y comerciante de arte, según declaraba éste en su testamento de 1653.

Buena parte de las obras de este género conservadas, algunas con menudas figuras y animales tratados con notable realismo y en otros casos paisajes puros de carácter fantástico, proceden de la decoración del palacio madrileño del Buen Retiro, para el que en 1634 se le compraron un grupo de paisajes tasados en una cantidad estimable por Eugenio Cajés. Entre estos figuraba la Visión de Ezequiel, firmada en 1630, que según Palomino representaría una Resurrección de la Carne, en la que acreditó su habilidad para componer historiejas de mediano tamaño, y El incencio de Troya, ambas en el Museo del Prado, además de una Zarza ardiente, quizá distinta de la conservada en el Louvre, y una Ciudad con una caída de aguas, sin duda la Vista de Ciudad del Museo de la Academia de San Fernando, firmada en 1634, que ingresó en la Academia tras su paso por el Museo Napoleón. Se trata en todos estos casos de lienzos de formato grande o mediano, concebidos como amplios escenarios donde los contrastes de luz y sombra son muy marcados y las rocas, las masa arbóreas y, ocasionalmente, las arquitecturas (ruinas clásicas en la Visión de Ezequiel y El incencio de Troya, con evocaciones del Coliseo y la Columna Trajana) se recortan sobre límpidos celajes. En 1701 se inventariaban en el Buen Retiro hasta veintidós obras atribuidas a Collantes, casi todas paisajes, en buena parte perdidos. Entre los conservados, además de los ya citados, se cuentan el Paisaje con ruinas de la colección Santamarca (Madrid), fechado en 1630, el Paisaje del Walraf-Richard-Museum de Colonia y el Paisaje con nº de inventario 322 del Museo del Prado. El número de sus imitadores y seguidores es otra prueba del éxito alcanzado por el pintor, y quizá de la existencia de un taller que le ayudase en su trabajo, aunque la falta de información no permite, por ahora, afirmarlo.

La obra de Collantes se encuentra distribuida en grandes colecciones, como son las del Museo Nacional del Louvre, el Museo del Prado y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, estas dos últimas en Madrid.

Espero os resulte interesante la pequeña recopilación de este pintor español, sea de vuestro interés y contribuya en la divulgación de su obra.





Algunas obras


La resurrección de la carne


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La visión de Ezequiel, o la Resurrección de la carne. 1630, óleo sobre lienzo, 177 x 205 cm. Museo del Prado. Madrid. Obra de Francisco Collantes. Hay obras que resultan inquietantes no solo por su tema, sino también por otra serie de datos ajenos, en principio, a la práctica artística. Así sucede con un lienzo del madrileño Francisco Collantes en el que, a la nunca grata contemplación de un nutrido grupo de cadáveres y esqueletos, se suma la circunstancia aleatoria del número que le correspondió al ser inventariado en el Museo del Prado: el apocalíptico 666.

Elevado sobre una roca, un anciano de larga barba blanca dirige sus palabras, con gesto imperativo, a un sinfín de cuerpos retorcidos que comienzan a surgir de la tierra escapando de sus sepulturas. Desnudos, ofrecen en su apariencia distintos grados de descomposición de la carne. Unos son aún simples esqueletos; otros espectros cadavéricos en los que sólo una fina capa de piel evita la visión directa de los huesos; los más, no obstante, mantienen todavía su musculatura firme, aunque de tonalidad macilenta, lo que habilita al pintor para realizar precisos estudios anatómicos. Sus rostros están desencajados, pero miran al cielo alzando los brazos en señal de agradecimiento. No son facciones en absoluto individualizadas; se quiere dar la idea de masa, de colectividad abocada a un mismo destino, de la que forman también parte las riadas de esqueletos, apenas emborronados sobre la tela, que descienden desde las zonas altas de la composición. El episodio está tomado del capítulo XXXVII del Libro de Ezequiel, en el que se relata la Visión de los huesos secos. Ezequiel es el profeta encargado de mantener la esperanza del pueblo de Israel durante su cautiverio en Babilonia.

Allí, exiliado como sus compatriotas, será el destinatario de una visión divina en la que el propio Yahvé le mostrará la destrucción de sus opresores y la creación de un mundo nuevo, en lo que ha sido considerado como un precedente veterotestamentario de la Revelación del fin de los tiempos comunicada por San Juan en el Apocalipsis. Persecución de los tiranos, ruina de sus ciudades, aniquilación de los ídolos paganos... son sólo algunos de los momentos más dramáticos de su profecía, intensidad narrativa que llega a su culmen en el momento en el que Yahvé lo transporta hasta un valle cubierto de osamentas, despojos a los que vaticina su resurrección carnal como ejército victorioso de Dios:

Fue sobre mí la mano de Yahvé, y llevóme Yahvé fuera y me puso en medio de un campo que estaba lleno de huesos. Hízome pasar por cerca de ellos todo en derredor, y vi que eran sobremanera numerosos sobre la faz del campo y enteramente secos. Y me dijo: «Hijo del hombre, ¿revivirán estos huesos?». Y yo respondí: «Señor, Yahvé, tú lo sabes». Y Él me dijo: «Hijo del hombre, profetiza a estos huesos y diles: huesos secos, oíd la palabra de Yahvé. Así dice el Señor, Yahvé, a estos huesos: Yo voy a hacer entrar en vosotros el espíritu y viviréis; y pondré sobre vosotros nervios, y os cubriré de carne, y extenderé sobre vosotros piel, y os infundiré espíritu, y viviréis y sabréis que yo soy Yahvé».

El capítulo, entendido en su momento como esperanza inmediata para los israelitas del fin de su exilio y de su alzamiento como nación poderosa protegida por Dios, fue interpretado por los teólogos de siglos posteriores como anuncio de lo que ocurrirá el día del Juicio Final, con la Resurrección de la carne en cumplimiento de la promesa redentora de Cristo.


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Francisco Collantes (ca. 1599-ca. 1656): Visión de Ezequiel: la Resurrección de la Carne (detalle)

Collantes, experto paisajista y escenógrafo, ambienta el episodio en un marco arquitectónico dominado por arruinados edificios clásicos. Difuminados en sus contornos los que se encuentran más alejados, de nítido trazado y bruscamente recortados a contraluz los más inmediatos, unos y otros aún permiten ver en la lejanía un fondo de paisaje montañoso. Y, sobre ellos, un tenebroso cielo de nubes que se acercan amenazando tormenta. Sabiamente ordenado el juego de luces y sombras, la iluminación más intensa, incidiendo en los personajes más próximos al espectador, acentúa sobre sus carnes las notas sepulcrales que inspiran la composición.

El cuadro, firmado en el frente del túmulo entreabierto a la derecha (Franco Collantes ft. 1630), colgó hasta la guerra napoleónica de las paredes del Palacio de Buen Retiro. Saqueado por las tropas francesas, fue destinado en 1811 al Museo Napoleón. Devuelto por el país vecino en 1816, fue custodiado en la Academia hasta su traslado definitivo al Prado en 1827.

Por Marta Poza Yagüe / cvc.cervantes.es


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La visión de Ezequiel, o la Resurrección de la carne. Autor: Francisco Collantes. 1630, óleo sobre lienzo, 177 x 205 cm. Museo del Prado. Francisco Collantes, de trayectoria artística poco conocida, debió de haber visitado Italia, como parece sugerir el lienzo que aquí mostramos. En un paisaje de ruinas clásicas, el pintor sitúa la visión apocalíptica del profeta, con los muertos levantándose de sus tumbas e invadiendo los restos de la civilización entre rocas y huesos descarnados. El tipo de paisaje es el mismo que durante el siglo XVII se trabajaba en Roma. Allí se afincaron numerosas colonias de pintores extranjeros, que seguían fielmente este tipo paisajístico, grandioso, tratado con la excusa de plasmar un episodio bíblico o mitológico. Los flamencos fueron los que más lo hicieron y se puede rastrear su influencia en el cielo agitado del fondo, así como en las rocas lejanas. Este lienzo sintetiza lo mejor de las tradiciones paisajísticas flamencas e italianas, con un riguroso estudio de la anatomía humana.



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Caída de Troya o Incendio de Troya. Autor: Francisco Collantes, hacia 1634, óleo sobre lienzo, 145 x 179 cm. Museo del Prado. Madrid. En España el Barroco se ocupó sobre todo de retratos y pintura religiosa. El hecho de que Collantes nos haya dejado una pintura mitológica, además de su estilo, nos hablan de la influencia italiana del pintor, que tal vez visitara este país.Esta Caída de Troya aparece envuelta en destellos rojizos y nubes de humo, que dan a la imagen un tono apocalíptico. La enorme masa de gente se revuelve en tumulto desordenado a los pies de los majestuosos edificios de la plaza principal de Troya, donde sólo el caballo utilizado por Odiseo permanece impertérrito ante la atmósfera de destrucción.El acento napolitano que se encuentra en el estilo de la obra nos hace pensar que Collantes pudiera conocer la obra del Españoleto, su contemporáneo.


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Incendio de Troya, detalle



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Paisaje frondoso. Autor:Francisco Collantes, hacia 1634-40, óleo sobre lienzo, 71 x 95 cm cm. Madrid, Museo del Prado. Los paisajes que poseemos de Collantes nos permiten definir a este artista como singular. Influido por paisajistas flamencos e italianos, se siente atraído por los amplios espacios donde sitúa grandes masas arbóreas a contraluz como podemos apreciar en esta escena. El lienzo procede casi con seguridad del Palacio del Buen Retiro, destacando el estudio lumínico y el efecto de perspectiva, jugando con diferentes planos iluminados con maestría. Sobre el claro celaje se recortan las dos masas boscosas permitiendo la visión de un templete clásico al fondo. La minuciosidad con la que estudia la naturaleza demuestra su vinculación con el naturalismo, al igual que las tonalidades empleadas, resultando una obra digna de elogio.



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Paisaje con la crucifixión de San Pedro. Autor: Francisco Collantes. Óleo sobre lienzo, 88 x 163 cm. Museo del Prado. Durante el Barroco resulta habitual el empleo de historias - bien sagradas o mitológicas - complementando el paisaje. En primer plano y a la derecha encontramos a dos sayones izando la cruz con el santo colocado al revés, según narra la tradición. Un soldado de espaldas y dos supuestos apóstoles que contemplan el episodio completan la escena. Un potente foco de luz ilumina esta zona trabajada con una pincelada minuciosa y lisa. El resto del conjunto se llena de árboles, rocas, montañas y edificaciones dispuestos en sucesivos planos paralelos que se alejan en profundidad. Los árboles se recortan sobre el cielo azulado, a contraluz, demostrando la habilidad de Collantes en su creación paisajística influenciada por paisajistas flamencos e italianos, pensándose en la posibilidad de un viaje a Italia, aunque no existe documentación relativa a esta hipótesis. Se piensa que esta bella escena - igual que el Paisaje frondoso - fue ejecutada para el Palacio del Buen Retiro.



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Paisaje de invierno con la Adoración de los Pastores, obra de Francisco Collantes (c. 1599–1656),hacia 1630-1650. Óleo sobre lienzo, 72,5 x 105,7 cm. Museo del Prado. Domina la composición un gran paisaje de invierno, identificable tanto por lo inerte de la vegetación como por la nieve que cubre montes y valles o la que sigue cayendo. La acción en sí misma también orienta sobre la fecha, pues lo que representa es a los pastores que acuden a adorar al Niño Jesús en los días cercanos al solsticio de invierno. Son hombres y mujeres que llevan regalos en cestas y sacos, y algunos tienen instrumentos musicales populares, como un tambor o una guitarra. El pintor se ha detenido en la descripción cuidadosa de estos personajes a los que ha vestido con una notable variedad de trajes y que, a la manera de un “nacimiento”, se dirigen por el camino en parejas o individualmente. Ese escenario invernal tan cuidadosamente construido sirve al artista para subrayar la calidez e intimidad de la escena que se desarrolla en el portal de Belén, que, aunque desplazada al extremo izquierdo, se convierte en el foco narrativo del cuadro y llena de significado el paisaje blanco.

Esta obra fue dada a conocer en 2007, y se catalogó como obra de Francisco Collantes (c. 1599 – 1656), uno de los primeros artistas españoles especializados en pintura de paisaje, en los que con mucha frecuencia incluye pequeñas escenas narrativas. La atribución se basa en las numerosas afinidades que existen con algunos cuadros atribuidos a Collantes o firmados por él, como Paisaje con cabañas (firmado, colección particular), el Paisaje del Museo Wallraf-Richartz de Colonia (firmado) o alguno de los ejemplares del Museo del Prado. Dentro del catálogo de paisajes de Collantes, el interés de esta obra radica en que se trata de la única escena invernal conocida, y en la atención que se presta a la narración, cuya descripción posee un destacado valor documental, pues el artista, para dar mayor verosimilitud a la escena, parece haber recurrido a tipos basados en la observación del natural.

Javier Portús / Museo del Prado



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El sueño de José. Colección particular. Obra de Francisco Collantes


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San Onofre. Óleo sobre lienzo. 168 x 108 cm. Museo del Prado. Madrid. Obra de Francisco Collantes


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Paisaje. Lienzo. 77 x 92 cm. Museo del Prado. Madrid. Obra de Francisco Collantes


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Magdalena penitente en un paisaje. Lienzo, 110 x 167,8 cm. Obra de Francisco Collantes


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Paisaje con ruinas, óleo sobre lienzo, 87 x 111 cm., hacia 1634. Museo del Hermitage. San Petersburgo. Rusia. Obra de Francisco Collantes


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The Burning Bush; God Orders Moses to Lead the Israelites out of Egypt. (Zarza ardiente). Óleo sobre lienzo, 116 x 163 cm. Museo del Louvre. París. Obra de Francisco Collantes



Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado el trabajo recopilatorio dedicado al pintor español Francisco Collantes. Pintor madrileño del Barroco, discípulo de Vicente Carducho. Se dedicó a la pintura de pequeño formato con intención decorativa o devocional, por lo cual la mayor parte de sus temas fueron paisajes y temas bíblicos.



Fuentes y agradecimientos a: es.wikipedia.org, artehistoria.jcyl.es, invertirenarte.es, cvc.cervantes.es, museodelprado.es, pintura.aut.org, es.artquid.com y otras de Internet.
 




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"La pintura es la amante de la belleza y la reina de las artes"

"Nicolas Poussin"
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