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BIBLIOTECA NACIONAL
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El archivo del dibujante Chumy Chúmez se incorpora a la Biblioteca Nacional


Imágenes de viñetas, bocetos y guiones del artista que ahora custodia la B.N.E.



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En una viñeta se ve, sentado en un sillón, a un tipo con bigotillo y mirada perdida. A su lado, otro le señala: “Es tonto por parte de madre e imbécil por parte de antepasados paternos”. Casi 14 años después de su fallecimiento, acaecido en Madrid, el 10 de abril de 2003, la obra de un tipo tan divertido como Chumy Chúmez, viñetista de humor negro y gamberro, llega a un espacio tan solemne como la Biblioteca Nacional (BNE). “Tenía una visión certera de lo que pasaba a su alrededor y lo transformaba en intemporal”, asegura por teléfono el periodista Miguel Ángel Gozalo, uno de sus íntimos amigos. Marcel Wong-González, hijo del que también fue dibujante y escritor, ha donado a los fondos de esta institución 5.453 piezas del archivo paterno, de las que 4.773 son dibujos, láminas y viñetas en color, más 680 artículos, carteles, monografías, guiones de cine, documentos personales, cuadernos o una multa de la censura franquista por uno de sus dibujos. De todo ello, lo que más ilusión le hace ver en la BNE a Wong-González son “los manuscritos originales de sus autobiografías y novelas, porque me acuerdo cuando trabajaba en ello”, cuenta por teléfono desde Estados Unidos.


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Guion de la película '¿Pero no vas a cambiar nunca, Margarita?'

Nacido José María González Castrillo, en San Sebastián, el 8 de mayo de 1927, de niño le llamaban Chumy sus amigos, y él contaba que le añadió el Chúmez para darse un aspecto de hombre más serio. Estudió dibujo y pintura y llegó a cursar estudios de profesor mercantil. Cuando se trasladó a Madrid para iniciarse en la pintura, la abandonó para dedicarse al humor con sus viñetas de trazo sencillo "y textos muy cuidados y concisos", añade Gozalo. Este humorista histórico de la prensa española, "hombre conservador e hipocondriaco", comenzó publicando en varios periódicos pero destacó en la revista satírica La Codorniz, la política Triunfo y el diario Madrid con sus personajes arquetipos: el ricachón de chistera y puro subido a lomos de un pobre, el campesino bajo un duro sol afanado en arar la tierra y los esqueletos. Su hijo rememora cómo era el proceso de creación: “Me echaba de su estudio y me decía, 'venga, fuera que tengo que inventar chistes'. A veces él me preguntaba qué me parecía su dibujo y yo, claro, siempre decía que perfecto".


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Viñeta en blanco y negro enviada a diversos medios entre el 21.04.1983 y 12.09.1983

Lector voraz del psicoanálisis y aficionado al flamenco, Chumy Chúmez se lanzó a su propia aventura en 1972, cuando fue uno de los fundadores de Hermano Lobo, publicación de humor, heredera de la francesa Charlie Hebdo, que aguantó hasta 1976, y en la que colaboraron los principales humoristas gráficos (Forges, El Roto, Summers, Perich…) y escritores españoles (Manuel Vicent, Manuel Vázquez Montalbán, Paco Umbral…) del tardofranquismo.


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Viñeta en blanco y negro enviada a Colpisa (08.03.1992)

Wong-González siempre ha pensado que la obra de su padre “no era de una persona o de su hijo”. "Creo que, como ha sido parte de la historia de España a través de varias décadas, lo mejor era que se quedara en la Biblioteca Nacional para todos los que quieran estudiar su trabajo". Los dibujos del singular Chumy Chúmez son un testimonio de la historia reciente de España, de los profundos cambios en la política y la sociedad del país, siempre con una visión crítica.


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Cuaderno de dibujos, febrero 1985


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Viñeta coloreada sin fechar.

Sin embargo, tuvo más inquietudes: guionista de radio y televisión, cineasta, ensayista, tertuliano, conferenciante… De sus libros destacan Todos somos del libro de cabecera, Y así para siempre y Yo fui feliz en la guerra (1986), en la que contó sus experiencias como niño del conflicto español, Por fin un hombre honrado (1994), Pase usted sin llamar (1995) e Vida de maketo, que, según Gozalo, reflejaba cómo se sentía a veces en su tierra. Un ejemplo, el día en que un paisano vasco le paró y le preguntó: —¿Pero usted cómo se apellida de verdad?
—González.
—No me jodas.


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Cuaderno de dibujos, septiembre 1997

Chumy Chúmez se estrenó como director de cine en 1977, con la comedia Dios bendiga cada rincón de esta casa, a la que siguió, un año después ¿Pero no vas a cambiar nunca, Margarita? Fue el guionista de las películas Yo la vi primero (1974), de Fernando Fernán Gómez, y Mi mujer es muy decente dentro de lo que cabe (1975), y autor de varios cortos documentales: Andalucía abajo, Los castillos de Castilla y La Costa del Sol. Su obra pictórica se expuso en varias ocasiones, entre ellas, en el Centro Cultural Conde Duque, en Madrid, que le dedicó una muestra, en 1999, con un centenar de piezas que incluían óleos de los años 50.


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Retrato de familia: apunte o boceto (1961) y obra final.

Entre los reconocimientos que obtuvo, destacan, en 1991, el premio de Periodismo Francisco Cerecedo y el Iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos, en 2002. A los que se suma ahora el de la Biblioteca Nacional a un hombre siempre preocupado por sacarle punta al más allá, como muestra una viñeta en la que se ve a la muerte, con la guadaña, ante la cama de un moribundo que le espeta: “Bien. Pero por una sola vez y sin que sirva de precedente”.


Chumy Chúmez BNE / elpais.com
 




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Post Re: BIBLIOTECA NACIONAL 
 
EL MUNDO accede a algunos de los rincones menos conocidos del interior de la Biblioteca Nacional, que acoge más de 32 millones de documentos.

En el gabinete de las maravillas de la Biblioteca Nacional



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Ver vídeo: Los tesoros ocultos de la Biblioteca Nacional


Varada en un extremo del Paseo de Recoletos, la Biblioteca Nacional parece el testamento de otro tiempo. La impulsó Felipe V en 1711, tras el plan que le presentó Pedro Robinet, su confesor. No tuvo sede definitiva hasta 1896. Y desde entonces no se ha detenido. Acumula más de 32 millones de documentos (libros, revistas, mapas, dibujos, grabados, fotografías, manuscritos, partituras, soportes audiovisuales, registros sonoros, folletos....). Los originales, dispuestos en fila, se extenderían hasta 800 kilómetros. La institución, que dirige Ana Santos Aramburo, tiene desde 1993 un depósito en Alcalá de Henares para el que ya está proyectada la séptima torre modular de almacenamiento. La Biblioteca Nacional es un templo laberíntico que conserva por dentro la alquimia de la erudición y la curiosidad, del asombro y del silencio. Un invernadero con luz cenital que podría ser un cultivo donde existen ejemplares de casi todas las semillas del mundo.

"Más de 300 años después de la creación de esta institución, tenemos que adaptarnos a un entorno digital. Es el mayor reto que tiene la Biblioteca. En un momento de dificultades presupuestarias estamos obligados a hacer más con menos", apunta la directora. "La digitalización de las colecciones propias empezó en 2008, gracias al patrocinio de Telefónica, y ya tenemos a disposición del usuario más de 35 millones de páginas a través de la Biblioteca Digital Hispánica y de la Hemeroteca Digital. Hemos firmado un convenio con Red.es para seguir digitalizando nuestras colecciones masivamente".

En la sala del patronato, que preside el poeta Luis Alberto de Cuenca, hay dos retratos: el de Felipe V y el de Isabel de Farnesio. Forran la sala las librerías que pertenecieron a Godoy custodiando aún su biblioteca. "Esta biblioteca se ha convertido en un museo más del eje Prado-Recoletos", dice De Cuenca. "Antes era un espacio para eruditos y hoy es un punto de encuentro para todo el mundo. Ésta es una biblioteca de último recurso, para aquellos que buscan aquello que las demás bibliotecas no le han podido facilitar". La escalinata de acceso tiene un trasiego ministerial. Y por dentro, en las mesas de consulta y lectura se dispersan numerosos investigadores y lectores formando un pálido rebaño de gente concentrada acumulando palabras que aquí dentro nunca se pronuncian para no romper el patrón oro del silencio. Un silencio que, aquí, es una forma de pensamiento. Una abstracción que constituye parte de la mucosa del edificio.

Caminar por la panza de la Biblioteca Nacional es como hacerlo por la más compleja de las ciudades. Sótanos, plantas nobles, cámaras acorazadas que mantienen una temperatura constante de 22º y una humedad relativa del 50%, estanterías alumbradas con una luz de horchata en el Depósito General de la octava planta con anaqueles diseñados por un discípulo de Eiffel. Y todos los libros ordenados escrupulosamente por tamaño. Siempre por tamaño. Hay espacios abiertos al usuario y territorios vetados sólo a los investigadores o conservadores. De los 400 trabajadores de la casa, pocos sabrían moverse por todas las estancias con cierta seguridad. Los espacios, cerrados salvo para unos pocos, son muchos. EL MUNDO ha entrado en algunos de ellos a la luz de sus piezas o ejemplares. El único códice manuscrito del Cantar de Mio Cid es el 14 puntas de la colección. Se conserva en una cámara acorazada a la que pueden entrar menos de 10 personas. Y a partir de ahí, se acumulan miles de excepciones.

Javier Docampo dirige el Departamento de Manuscritos, Incunables y Raros. Tiene seis almohadones sobre una mesa. En cada uno reposa, con una culebra de cuentas de plomo sobre la página abierta, seis libros extraordinarios. El Breviario de Isabel la Católica, libro de rezos de 1492. El códice Madrid 1, de Leonardo da Vinci, que fue propiedad de Juan de Espina. "Esta es la primera vez que lo tengo en la mano", dice Docampo. Con este manuscrito hubo una mala signatura de archivo y se perdió durante más de un siglo. El Apocalipsis de Durero, del siglo XV, donde por primera vez se reproducen de forma masiva obras de un gran artista. Después muestra la edición príncipe del Quijote y un manuscrito de Poeta en Nueva York escrito a lápiz. Es un paseo por cinco siglos de historia del libro, del grabado, de la literatura.

El departamento de Cartografía es un espectáculo. Acoge una colección de atlas de los siglos XVI y XVII con algunas de las obras de los mejores cartógrafos del momento, con talleres en Amberes y Ámsterdam. Carmen García dirige este espacio. Algunos de los primeros mapamundi modernos están aquí. Igual que un pañuelo de seda donde estaban impresas las rutas de escape por si los soldados británicos eran capturados en la Segunda Guerra Mundial. Podrían ser meses de ruta por estos rincones y talleres que, a veces, no parecen estar en el mismo edificio que por fuera se ve. En el área de Bellas Artes conservan grabados de Rembrandt, de Goya, de Picasso. Y originales de cómic como El hombre de piedra. Y una caprichosa colección de etiquetas de hotel. Igual que en el archivo de fotografía conviven los primeros daguerrotipos en cristal con fotografías de Capa, de Centelles, de Tina Modotti, de Luis Torrents. O el álbum fotográfico de Calvache sobre el bombardeo de Guernica.

Millones de piezas fastuosas que no se ven, pero que están. En cajas, en anaqueles, en espacios de seguridad. La Biblioteca Nacional tiene un fondo y altura casi insólitos. Si no fuese por el trabajo de acercamiento al público que obsesiona a Ana Santos Aramburo y su equipo, este edificio podría pasar por la sede de una sociedad secreta que acumulase buena parte de la sabiduría del mundo, incluso de los placeres que se instalan en el límite de la imaginación.

Esta casa sigue en pie porque la sostienen principalmente los libros y sus misteriosas corrientes. Y por la gente que los preserva. Y por los que imaginan exposiciones para compartirlos. Y por los que van a verlas. Y a leer. Y a consultar. Y a disfrutar. "Estamos hablando de una gran masa de información", dice la directora. "Aquí hay parte del conocimiento esencial que nos lleva a generar más conocimiento sobre nuestra realidad, nuestro pasado y nuestra cultura".

elmundo.es
 




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Post Re: BIBLIOTECA NACIONAL 
 
El botín morisco que España se trajo de la Guerra de África

Varios eruditos se empotraron en el siglo XIX en el Ejército español y volvieron con 233 manuscritos árabes que están la Biblioteca Nacional aún sin restaurar



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Uno de los manuscritos árabes que se conservan en la Biblioteca Nacional. / Álvaro García

En octubre de 1859, el general O’Donnell declara la guerra a Marruecos. Apenas han puesto pie en África, la Academia de Historia cae en la cuenta de que la incursión militar puede tener algunos beneficios colaterales; nada que no hubieran pensado los británicos unos años antes respecto a Grecia. La Academia recomienda al gobierno que varios eruditos acompañen al Ejército para rastrear los bienes de interés artístico. El arabista Emilio Lafuente Alcántara fue uno de los elegidos y su objetivo eran los manuscritos arábigos; se le pagaban 2.400 escudos anuales y su primera y más fecunda parada fue en Tetuán. Mientras el ejército avanza, Lafuente visita bibliotecas o sigue pistas por la ciudad hasta toparse con 233 códices arábigos. Poco después, todos recalan en Madrid.

El arabista relata en su Catálogo de códices arábigos adquiridos en Tetuán por el gobierno de S. M. que “hay un rasgo característico de la raza mora que contribuye a que se conserven y hayan llegado hasta nosotros las obras de antiguos ingenios. Todos los musulmanes profesan cierta especie de veneración hacia los libros, y aunque no los cuidan con gran esmero, ni parece que saquen gran provecho de su lectura, rara vez se desprenden de ellos ni los inutilizan”. En fin, la diplomacia y las luces propias de la época.
 

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Algunos de los códices durante el taller. / J. Arroyo

No sabemos cuánto de provecho habrán sacado de ellos los cristianos, pero esos códices, que forman ahora parte de la colección de unos 1.200 manuscritos árabes que se conservan en la Biblioteca Nacional de España (BNE), están la mayoría en el mismo estado en que se encontraron hace siglo y medio. Arsenio Sánchez, restaurador de manuscritos, incunables y libros raros de la biblioteca está a la espera de tiempos mejores que permitan restaurarlos y catalogarlos. Es decir, de lo que en esta época se llama presupuesto.

Casi ocho siglos de estancia musulmana en España no han dejado, sin embargo, un patrimonio libresco arábigo de importancia en términos cuantitativos. Sánchez, que ha impartido un taller en la Universidad de Granada la pasada semana sobre encuadernación mudéjar y morisca, señala que en España “se conservan 6.000 o 7.000 manuscritos originales”. Apenas nada de la producción literaria hispanomusulmana original. El fuego, fortuito o provocado, ha tenido mucho que ver en eso. La granadina plaza de Bib-Rambla, recién iniciado el siglo XVI, vio arder miles de ejemplares de la espléndida biblioteca de la Madraza, la universidad musulmana que existía a pocos metros de allí. En este caso el fuego era cristiano e intencionado. Unos siglos antes, las llamas consumían 400.000 libros de la gran biblioteca de Córdoba; musulmanes contra musulmanes prendieron la yesca en esta ocasión.

Capítulo aparte merece la literatura morisca; o mejor, su producción “editorial”. Moriscos son los musulmanes que, tras la llegada al trono de los Reyes Católicos en 1492 tienen que convertirse al cristianismo para poder seguir viviendo en la Península. No obstante, en la intimidad de su hogar siguen practicando su fe. Arsenio Sánchez cuenta como, ante la dificultad de conseguir sus libros sagrados, los moriscos –ya en el siglo XVI, un siglo después de estar inventada la imprenta– se lanzan a la copia clandestina y a mano de los libros que necesitan. Eso les obliga a encuadernarlos. Y de la necesidad nació la virtud, creando un modo de encuadernación diferente del existente hasta el momento. Las tapas siguen siendo de madera y las portadas están cubiertas con piel de oveja curtida con zumaque; pero añaden unas lazadas que parecen querer cerrar el libro a cal y canto. ¿Cuántos ejemplares tenía una biblioteca morisca? “Apenas tres o cuatro libros”, explica Sánchez.

Teresa Espejo, profesora de la Universidad de Granada y una de las grandes especialistas en restauración de libros árabes, recuerda que las primeras veces, pensaban que esas encuadernaciones moriscas eran “encuadernaciones defectuosas”. Hasta que al cotejar varios ejemplares, los especialistas se dieron cuenta de que estaban ante un nuevo modelo de libro. El XVI es, además, un momento de dificultad para hablar árabe en la calle, lo que provoca que los moriscos comiencen a usar una mezcla de árabe y español que se refleja también en los libros. Aparecen los manuscritos aljamiados, de grafía árabe pero fonética española.

Empotrado en el Ejército español que luchaba en Marruecos, Emilio Lafuente encontró códices de origen marroquí pero muchos de origen morisco, de procedencia española que allí llegaron tras su expulsión de España. Con ellos se fueron sus pequeñas bibliotecas que luego Lafuente compraría, probablemente, a precio de ganga. 


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Manuscrito árabe de la Biblioteca Nacional. / Álvaro García


Albañiles y piratas

Los manuscritos árabes en España han llegado a sus destinos de modos diversos y curiosos. La Biblioteca Nacional forma su colección, en parte, con una expedición científica libresca a Marruecos. El CSIC aúna la suya, de alrededor de 200 ejemplares, gracias al hallazgo de una habitación clandestina que algún morisco construyó antes de su expulsión en la localidad zaragozana de Almonacid de la Sierra. El fuego de los albañiles consumió un número importante de ejemplares pero pudieron salvarse algunos. La biblioteca de El Escorial es la gran biblioteca de códices árabes en España. Sus 2.000 ejemplares son parte del botín de un acto de piratería sobre el barco a la fuga de Muley Zidán, sultán de Marruecos.

elpais.com
 




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La Biblioteca Nacional inicia en septiembre su rehabilitación

Un elemento decorativo se desprendió ayer en una de las zonas ya protegidas por su estado delicado



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Fachada de la Biblioteca Nacional de España. / Carlos Rosillo

El edificio de la Biblioteca Nacional de España en el Paseo Recoletos comenzará a mediados de septiembre una rehabilitación integral que cuenta con un presupuesto de 6 millones de euros, según ha anunciado la institución.

Esta rehabilitación supondrá la actuación sobre fachadas, estatuas, elementos decorativos, vallado exterior e incluso, un nuevo ajardinamiento de la zona exterior que "mejore la accesibilidad" a la BNE y "proporcione un espacio atractivo y abierto para el disfrute cultural de los ciudadanos". Tal y como ha detallado la BNE, las fachadas son las que se encuentran en un estado más delicado de conservación, presentando diversas patologías producidas básicamente por el paso del tiempo y la fuerte exposición a la contaminación del entorno. De hecho, ayer se produjo un desprendimiento de un elemento decorativo en una de las zonas ya protegidas. Por ello, se han reforzado "de manera inmediata" las medidas de seguridad conforme a las indicaciones de los técnicos del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y del cuerpo de Bomberos de Madrid, que han examinado el edificio para evitar cualquier riesgo que pudiera producirse.

En cualquier caso, ya en el mes de mayo se adoptaron las medidas necesarias para garantizar la seguridad de las personas en las zonas que presentaban riesgo de desprendimientos. El objetivo del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte es que tras las obras la BNE "se muestre con el esplendor que tuvo en el momento de su inauguración". Así, se va a procurar que el desarrollo de las obras afecte en la menor medida posible al normal funcionamiento del servicio de la BNE, si bien durante los próximos días, de manera provisional, el acceso a la sala de lectura se realizará desde la planta baja, en lugar de la escalinata principal.

Las obras se prolongarán durante cuatro años y se van a realizar en dos fases: la primera, que centrará la actuación en las fachadas exteriores y, la segunda, en los patios interiores. El proyecto de rehabilitación integral ha sido realizado por el Instituto del Patrimonio Nacional de España (IPCE), del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, y cuenta con la financiación del 1,5% Cultural del Ministerio de Fomento.

elpais.com
 




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Siga la pista: el tesoro es el mapa

La Biblioteca Nacional expone 200 piezas de cartografía de varios siglos y regiones del planeta que muestran las formas en que el hombre ha querido domesticar el mundo



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Mapa de los Países Bajos en forma de león (1622) de Pieter van den Keere. BNE
 
Seguían las pistas con el mapa del tesoro y resultó que el tesoro era el mapa. La cartografía es arte y ciencia y está llena de joyas por las que algunos piratas perderían a gusto una pierna. Aunque la fascinación por los mapas no es solo cosa de los corsarios, como han popularizado la literatura y el cine, cualquiera puede soñar mirando un dibujo de confines difusos, rutas imposibles, parajes perdidos, tierras ignotas. Hasta el 28 de enero, los visitantes de la Biblioteca Nacional (BNE) pueden navegar el mundo entero y viajar en el tiempo a través de 200 piezas que son mapas, manuscritos, grabados, atlas, cartas náuticas, obras de arte, en definitiva, que parecen salidas de un cofre enterrado bajo la arena, a la derecha de la gruta del diablo y 100 pasos más allá siguiendo la sombra de la palmera solitaria en una isla remota.

Para seguir la pista de la exposición Cartografías de lo desconocido, los comisarios Sandra Sáenz-López Pérez y Juan Pimentel, historiadora del arte y de la ciencia, respectivamente, han organizado el espacio en varias secciones para distinguir aquellas épocas imperialistas donde en los mapas se representaba solo lo que interesaba, de aquellas otras en las que el interés se desplazaba hacia los paisajes humanos de las tierras recién descubiertas o en los monstruos imposibles salidos de las aguas. Fascinantes por misteriosos son también aquellos dibujos llenos de detalles de sitios inexistentes, como la Atlántida, Utopía, Jauja... Interesante detenerse también en el rincón literario, donde la topografía son los cimientos sobre los que los escritores levantaron sus grandes historias. Ahí está, por ejemplo, el que diseñó Juan Benet para su Región, con pueblos, montañas, caminos, minas, centrales nucleares, todo un mundo de ficción para no perderse por el libro. O el que muestra las andanzas de Don Quijote, diseñado por uno de los grandes geógrafos españoles, Tomás López de Vargas en el siglo XVIII, con dibujos de Gustave Doré.

Estos son muy recientes. El mapa más antiguo del que los comisarios tienen constancia es una representación del pleistoceno tallada en piedra del norte de Italia donde se pueden ubicar viviendas, poblaciones, ríos... Y los más modernos nos hablan en el coche con la voz que elijamos. “El mundo de los mapas es más antiguo que la escritura”, recordó la comisaria, porque todo hijo ha tenido la necesidad de orientarse o de mostrar un camino, de ahí los garabatos en una servilleta de bar o en el papel de un caramelo.
 
Pero el arte de la cartografía y la fascinación que suscita responde al interés de los humanos por “domesticar el mundo, interpretarlo, conocerlo”, explica el comisario. O tomarlo como propio señalando unas fronteras que, una vez en el papel, adquirían la consistencia de muros políticos. Ahí está si no ese enorme mapa de África vaciado de contenido, casi mudo, como aquellos en los que los niños aprendían en la escuela. Estaban lanzando un mensaje colonizador: “No hay nada ahí dentro, pueden entrar y poner sus nombres, conquistar aquellas tierras, clavar banderas de todos los colores”. Era el siglo XIX. Tiempo atrás, el interés fue bien distinto. El siglo anterior los mapas orlados mostraban a exóticas gentes que alargaban sus labios con anillos, se adornaban con vistosas pinturas o remataban con plumas las testas oscuras. Porque aquellas joyas servían para repartir el conocimiento urbi et orbi. En las escuelas, en el club, en los museos de ciencias naturales.

Mapas orlados, croquis de sitios tan desconocidos como sus autores, rollos de metros y metros con la historia del mundo a todo color, prácticas tablillas chinas que se despliegan en acordeón, la Ciudad Prohibida de Pekín o aquella peculiar respuesta a Felipe II desde las Indias... Se ve que el monarca pidió detalle de algunas tierras allende el mar y recibió una preciosa pintura, esta sí más obra de arte que plano certero, que le enviaron los mexicanos. Por allí flotan los bueyes, las casitas, un río baja vertical y azul, aquí un puente, allá un barranco. “Es como un Chagall”, dijo ayer admirado el comisario. Sí, pero este de 1580.

A las muchas y valiosas piezas que guarda la Biblioteca, algunas nunca expuestas, se han sumado otras del archivo del Centro Geográfico del Ejército, Archivo General de Indias, Palacio Real, Monasterio de El Escorial, Fundación Casa Alba, entre otros. El ejemplar expuesto más antiguo es un plano mozárabe entre siglo VIII y XI. Y hay también algún globo terráqueo. Que la tierra era redonda se sabía ya en la Grecia clásica, otra cosa es que muchos siglos después tuvieran problemas con la perspectiva y donde iban a trazar una esfera les saliera un círculo. Con esa forma redonda se representaban incluso las ciudades, no solo la Tierra. Y otros metían en mundo en la silueta de un león. La imaginación es infinita, “y la portabilidad ya era importante siglos atrás”, explican los comisarios, de ahí las tablillas chinas, por ejemplo. Y ahora los móviles. “Siempre se ha tratado de tener el mundo en la palma de la mano”, dijeron.

Una de las secciones de la sala muestra mapas fenomenológicos, es decir, lo que había ocurrido pero que nadie conocería si no se plasmaba en un papel, si no tenía un lugar. De ahí la expresión “esto tuvo lugar” como equivalente a ocurrir. En la Biblioteca Nacional el mundo entero encuentra estos días su lugar. Y si el sitio no cabe en el mapa uno puede seguir soñando márgenes afuera. Porque tan interesante es lo que recoge la cartografía como lo que silencia.


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Planisferio celeste (1688) de Frederick de Wit. BNE


La España de las fronteras inacabadas

Preguntado uno de los dos comisarios, Juan Pimentel, sobre su pieza favorita de la exposición señala un enorme mapa donde se atisba España. Es una copia de un original perdido e inacabado de 1739 a 1743, de Claudio de la Vega y Carlos Martínez. Limita con el Mediterráneo al este, al sur con Cádiz, y al norte con el País Vasco, más o menos. El oeste llega a Portugal por Extremadura, pero Castilla y Galicia no salen. “Es el mapa improbable, el de la España hipotética, la ilustración insuficiente... Me sugiere la dificultad de este país para proyectarnos en un lugar común”, dijo. Y la cosa siguió por Cataluña.

elpais.com
 




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