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MUSEO REINA SOFÍA
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Mensaje Re: MUSEO REINA SOFÍA 
 
Tetsuya Ishida, un pintor entre Kafka y el manga

El Reina Sofía descubre la ácida y atormentada lucidez del malogrado artista japonés, que puso fin su vida con 32 años

 

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Cabe situar la pintura de Tetsuya Ishida (Yaizu, Shizuoka, 1973-Tokio, 2005) entre Franz Kafka y René Magritte, entra la poesía de Arthur Rimbaud y el manga. El pintor japonés, hasta ahora un perfecto desconocido en Europa, realizó el grueso de su obra en apenas diez años, antes de poner un abrupto final a su vida. El Museo Reina Sofía rescata ahora su potente e irónica pintura, tan crítica y lúcida como atormentada y melancólica, en la que los seres humanos se metamorfosean en máquinas, objetos, edificios o automóviles. Y lo hace en la primera retrospectiva en España y en Europa del raro artista nipón.

Sí Rimbuad dijo «yo soy otro» y abandonó la poesía con 18 años, toda la pintura de Ishida es un «autorretrato de otro» que anticipa su abrupto final. No en vano 'Autorretrato de otro' es el título de la muestra que el Reina Sofía ofrece hasta septiembre en el Palacio de Velázquez del madrileño parque del Retiro. Reúne más de 70 obras entre pinturas y dibujos de esta 'rara avis' del arte japonés que se miró el espejo del arte occidental para desentrañar lo más siniestro del alma nipona.

Es Ishida un incómodo, lúcido y atormentado testigo de una realidad alienante. Un pintor a contracorriente que optó por un lenguaje realista de corte onírico que recuerda a Magritte en lo plástico y a Kafka y su 'Metamorfosis' en lo narrativo. Entre el influjo de ambos alumbra una obra más que singular que, como en la de Frida Kahlo, lo crítico y lo emotivo conviven con lo irónico y lo trágico.

«Puso rostro a la crisis del capitalismo tardío, con un personaje atrapado en la rutina del presente, anónimo, sin futuro y dominado por la productividad, la eficiencia y la competitividad», dice Teresa Velázquez, comisaria de la muestra y que conecta la dolorida pintura de Ishida «con el manga y el anime», las formulaciones del cómic y la animación niponas.

Atrapado en sí mismo

Fallecido a los 32 años, en un presumible suicidio, vivió Ishida a caballo entre lo que Japón se llama un 'karoshi' -«muerto por exceso de trabajo», literalmente- y un 'hikikomori' -quien vive voluntariamente «en aislamiento extremo»-. Entre uno de esos millones de trabajadores atrapados en la cadena productiva y la entrega plena y ácritica a su trabajo, al consumo y al sistema, y la solitaria vida que atrapa en sus hogares hipertecnificados a cientos de miles de jóvenes incapaces de la menor interacción social.

A todos les puso Ishida el mismo y único rostro que se inspira vagamente en sí mismo. El que repite una y otra vez en unas pinturas inquietantes. En unas críticas y ácidas escenas de la vida japonesa que seducen tanto como incomodan. «Refleja como como pocos la soledad del ser humano y la grave crisis de los noventa, que en Japón se convirtió en algo permanente», destaca Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía que se apunta el tanto de descubrir al gran público occidental a este perro verde de la pintura cuya obra cotiza al alza y está en los radares de grandes coleccionistas. Hasta 700.000 se han pagado en una sala de subastas por una de sus telas.

Unos óleos en los replica siempre al mismo atormentado personaje «sin identidad, atrapado en un tiempo opresivo y sin separación entre el trabajo y el ocio; un ser único y anónimo que tiene bastante que ver con un producto», resume Borja-Villel. «La aparente frialdad se su de su pintura realista, sin emociones, irónica y melancólica, le sitúan entre el manga el anime», dice también de un artista «único, de culto en su país y muy difícil de ver en Europa».

Ishida pone así un rostro único y clónico a la desolación generalizada de una sociedad radicalmente alterada por despidos masivos y la especulación y que guarda muchos paralelismos con la crisis que desde 2008 afecta a la economía y la política a escala mundial.

Su obra es para los responsables del museo público «un testimonio excepcional del malestar y la alienación del sujeto contemporáneo y en la que denuncia sin tapujos su deshumanización». Como se ven en 'Toyota Ipsum' (1996), un retrato feroz de trabajadores de la multinacional del automóvil con las extremidades convertidas en coches y las orejas en neumáticos, y que fue la primera obra Ishida que se vio en Europa, en la Bienal de Venecia de 2005.

Produjo casi toda su obra entre 1996 y 2004, creando ese mundo inquietante, plagado de máquinas y objetos antropomorfos y personajes híbridos «en el que el ser humano es apenas una pieza intercambiable de un complejo engranaje al servicio de la producción y el consumo». Murió encerrado con sus pinceles en sus telas en su casa de Sagami oono, un barrio de industrial de Sagamihara, en la periferia de Tokio. Tenía el turno de noche como guardia de una imprenta, un trabajo que le daba para pagar el material pictórico y la comida basura que consumía este 'hikikomori' de la pintura.

Museos japoneses como el Shizuoka y el Hiratsuka y la colección de los hermanos del artista han prestado las obras que desde Madrid viajarán al Wrightwood 659 de Chicago, donde se verán del 3 de octubre al 14 de diciembre de este año.


elcomercio.es
 




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Mensaje Re: MUSEO REINA SOFÍA 
 
Descubre la obra de Tetsuya Ishida en el Palacio de Velázquez




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El Museo Reina Sofía presenta en el Palacio de Velázquez del Retiro la primera gran antológica que se realiza fuera de Japón sobre el trabajo de Tetsuya Ishida (Yaizu, Shizuoka, 1973 – Tokio, 2005), un artista de culto en su país que en su corta carrera reflejó los devastadores efectos de las grandes crisis económicas acaecidas a partir de 1973.


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'Invernadero' (2003), de Tetsuya Ishida.

Bajo el título Autorretrato de otro, la muestra reúne un conjunto de 70 pinturas y dibujos que ponen rostro a la desolación generalizada de una sociedad radicalmente afectada por los despidos masivos y la especulación. Estas obras son un testimonio excepcional de la alienación del sujeto contemporáneo a través de un poderoso imaginario repleto de personajes híbridos y máquinas antropomorfas que habla de la soledad, la incomunicación y la profunda crisis de identidad.
Participa y descubre al artista de culto Tetsuya Ishida el próximo jueves 11 de abril a la 13:00 horas en el Palacio de Velázquez.

elpais.com
 




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Mensaje Re: MUSEO REINA SOFÍA 
 
La incómoda lucidez de Tetsuya Ishida, en el Museo Reina Sofía

El museo madrileño presenta la primera gran exposición antológica dedicada fuera de Japón a este artista, que reflejó los devastadores efectos de las grandes crisis económicas


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Bajo el paraguas del presidente de la Compañía, 1996. TETSUYA ISHIDA

Quizá su nombre no le diga (todavía) nada, pero las pinturas de Tetsuya Ishida (Yaizu, Shizuoka, 1973 - Tokio, 2005) necesitan pocos preámbulos. Algunas son como una mueca burlona con guiños kafkianos. Otras, como un puñetazo en la boca del estómago. La prometedora trayectoria de este japonés se vio irreversiblemente truncada a sus 32 años por un posible suicidio. Década y media después de su muerte, el Museo Reina Sofía presenta la primera gran antológica dedicada a este artista fuera de Japón.

El terreno que Ishida pisó es el que se vio sacudido por la voraz recesión económica que el país sufrió en la década de 1990. El mismo escenario que hoy contempla, con preocupación, cómo los casos de muerte por exceso de trabajo (karoshi) o de jóvenes que deciden vivir en un estado de aislamiento social casi absoluto (hikikomori) van en aumento. "Todo lo que él sufrió lo reflejó en sus obras. El hecho de que, en un contexto tan hipertecnificado, él recurra a un elemento tan tradicional como es la pintura, no deja de ser anacrónico", asegura Manuel Borja-Villel, director del museo. "Aunque los contenidos puedan ser terribles, el arte siempre tiene un elemento de cura". Un principio sanador que, en su opinión, reside en el hecho de que no regodearse en la desgracia, "como tampoco se regodeó Picasso en su Guernica".

En el momento de su muerte, Ishida residía en Sagami oono, un barrio localizado en la ciudad de industrial de Sagamihara, cerca de Tokio, donde había una gran tienda de materiales de pintura. Disgustado por el turno de noche que desempeñaba como guardia en una imprenta para poder sufragar los gastos de su vocación artística, algunos de sus amigos le recuerdan comiendo cada día platos baratos como pastas o curry para poder seguir pintando. "Cuando llamaba a la puerta, me acogía en su casa", rememora uno de ellos. "Ésta estaba tan llena de materiales de pintura y paletas de papel que no había ningún espacio libre en el suelo para sentarnos. Entonces, Ishida los movía para hacer un hueco y en una taza muy grande me servía té verde que estaba preparado en una voluminosa tetera. En la pared estaba apoyado el cuadro que estaba pintando. Hablábamos en voz baja mientras él no paraba de pintar".


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Cochinilla durmiendo, 1995. TETSUYA ISHIDA

Cuerpos encapsulados, interiores claustrofóbicos y una mirada perdida que persiste en muchas de sus obras son tres de las recurrentes metáforas más presentes en su trabajo. Aunque, en más de una ocasión, el propio Ishida negó que el rostro adolescente de semblante ambiguo y expresión ausente que se repite fuera el suyo, esta suposición es hoy una creencia de lo más extendida. De ahí que el título Autorretrato de otro se antoje especialmente oportuno para la muestra. Compuesta por un total de 70 piezas entre pinturas y dibujos, la exposición incide en su afán por retratar a una sociedad que, al colocarse frente al espejo, apenas ya se reconoce. "Analizando las pinturas de Ishida, me he dado cuenta de que el "autorretrato" que contienen no es exactamente realista, a pesar de la riqueza de la atmósfera que reflejan", dijo en cierta ocasión el psicólogo y crítico japonés Tamaki Sait. "No se trata de un problema de técnica. Poseía un dominio técnico suficiente para pintar retratos realistas, y por esa razón los "rostros" de sus pinturas tienen esa singularidad intrínseca".

Detallista y minucioso, sus escenas no se antojan fáciles de digerir. Entrañan demasiadas preguntas difíciles de plantear. Demasiadas contestaciones incómodas de responder. Su periodo de mayor actividad se sitúa en 1995, el mismo año en el que se lanzó en Japón el sistema operativo Windows 95 de Microsoft, con el que el ordenador personal comenzó a popularizarse y se incorporó a la vida cotidiana, modificando el entorno laboral y el sistema de producción. En una esfera en la que los límites antes firmemente asentados se diluyen, "todo se funde en un mundo absorbente que funciona como una máquina engrasada en la que somos esclavos de nosotros mismos", concluye Borja-Villel. "El arte, por principio, debe incomodar, pero no de un modo anecdótico o fácil, sino haciendo que percibamos el mundo de otra forma, creando comunidades de empatía, haciéndonos, en definitiva, ser más libres".


elmundo.es
 




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Mensaje Re: MUSEO REINA SOFÍA 
 
El Japón alienado de Tetsuya Ishida se muestra en el Palacio de Velázquez

La primera retrospectiva fuera del país del artista, muerto en 2005 a los 32 años, incluye 70 obras



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Repostar comida' (1996), una de las obras de Tetsuya Ishida en el Palacio de Velázquez.

Ver vídeo de la exposición

Aunque su nombre, Tetsuya Ishida, resulte desconocido en Occidente incluso para los expertos en arte contemporáneo, su pintura deja una huella indeleble. Es imposible enfrentarse a sus historias de alienación, automatización en el trabajo, consumo desaforado, capitalismo, especulación inmobiliaria... y salir indemne. Autorretrato de otro,inaugurada ayer en el Palacio de Velázquez del Retiro, en Madrid, es la primera retrospectiva del artista japonés que se realiza fuera de su país y reúne unas 70 obras fechadas entre 1996 y 2004, poco antes de su muerte —para muchos suicidio— a los 32 años. “Nosotros lo descubrimos en la Bienal de Venecia de 2015, donde había tres pequeñas obras, y apenas se ha visto fuera de Japón. Es un artista que refleja la distopía de la sociedad en la que vivimos con una precisión casi de cirujano”, apuntó ayer Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía, del que depende el Palacio de Velázquez.


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Ishida, que terminó sus estudios en plena crisis de los noventa y lejos de vivir de la pintura empleó todos sus escasos recursos en poder seguir pintando, disecciona las lacras de la sociedad capitalista japonesa. “Desde el karoshi, la muerte por exceso de trabajo, hasta los hikikomori, jóvenes que se autorrecluyen y llevan una existencia virtual, en sus obras, la mayoría acrílicos sobre lienzo en los que predominan los tonos fríos, aparece siempre un hombre genérico, el mismo representado en todas las edades”, comenta Teresa Velázquez, comisaria de la exposición que podrá verse hasta el 8 de septiembre.


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Semblantes hieráticos de hombres clonados en cadenas de montajes, cuerpos cosificados que se transforman en objetos cotidianos o seres híbridos que recuerdan la iconografía del surrealismo pueblan las obras de Ishida. Lienzos en los que el artista se autorretrata como un ser anónimo, como parte de una comunidad adocenada y en la que solo aparecen dos mujeres.


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El director de cine Isamu Hirabayashi, el mejor amigo de Ishida y compañero de estudios en la Facultad de Bellas Artes en la Universidad de Musashino (Tokio), hace un retrato de los gustos y la personalidad del artista que vivía solo para la pintura. “Tenía un trabajo a tiempo parcial en un turno nocturno y se mudó a un barrio de Sagamihara, porque allí había una gran tienda de materiales de pintura a la que podía ir andando sin gastar dinero en tren. Su máxima prioridad eran los utensilios de pintura, compraba alimentos baratos y comía cada día lo mismo”, escribe Hirabayashi en el catálogo. Su amigo recuerda su carácter introvertido y cómo encontraba un componente estético en el suicidio.


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Obra del artista japonés Tetsuya Ishida


elpais.com / youtube.com
 




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Mensaje Re: MUSEO REINA SOFÍA 
 
Las donaciones dan nueva vida a los museos

Las contribuciones privadas compensan la escasez de fondos de los centros públicos para nuevas compras. El Reina Sofía solo dispone de un millón de euros (en 2010 eran 15 millones), y el Prado no cuenta con nada



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El Museo Reina Sofía recibe donaciones y depósitos de la obra de Marcel Broodthaers.

Cuando Manuel Borja-Villel se hizo cargo del Reina Sofía en enero de 2008, el museo tenía un presupuesto de ocho millones de euros para compras destinadas a enriquecer la colección permanente, una cantidad que creció hasta los 15 millones en 2010. Han pasado los años y la crisis, con sus temidos ajustes, le han dejado con un solo millón para adquisiciones.

Peor lo tienen en el Museo del Prado, donde el presupuesto para compras tiene una cifra lamentablemente redonda: cero euros. Sin embargo, pese a esa caída en picado del dinero disponible y pese a que los precios del mercado aumentan de manera enloquecida, lo cierto es que ambos museos nacionales siguen ampliando sus fondos gracias a las donaciones privadas. Se trata de un mecenazgo que, en su mayor parte, no exige contrapartidas y que ha aumentado de manera muy llamativa durante los últimos años; más del 60% de las obras que entraron en los museos vinieron de manos privadas y, en su mayor parte, prefirieron no acogerse a la ley de mecenazgo.

Es un fenómeno similar al que se vive en los grandes museos parisienses, aunque allí las arcas públicas sean algo más generosas. En 2018, el Pompidou dispuso de dos millones de euros y el Louvre, de cinco. En el Museo del Prado, las donaciones privadas eran prácticamente inexistentes hasta hace poco tiempo. Andrés Úbeda, director adjunto de Conservación e Investigación de la pinacoteca, asegura que durante mucho tiempo los ciudadanos no sentían ningún respeto por el museo.


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Josefa del Águila Ceballos, luego marquesa de Espeja, de Federico Madrazo (1852) - Museo Nacional del Prado

Es un sentimiento que se empezó a transformar a partir de la llegada a la dirección en 1996 de Fernando Checa, se consolidó con Miguel Zugaza y prosigue actualmente con Miguel Falomir. “La estabilidad y el cambio de talante han logrado la confianza y el cariño de los ciudadanos. Creo sinceramente que la gente percibe este museo como algo propio. Es de todos. No del Gobierno ni de Madrid. Ese nuevo sentimiento, patriotismo bien entendido, hace que todos quieran colaborar en la medida de sus posibilidades tal como se demostró con la campaña de micromecenazgo para adquirir Retrato de niña con paloma, del pintor francés Simon Vouet. El coste fue de 200.000 euros y los conseguimos antes de lo previsto”, señala Falomir.

Otro ejemplo de ese afecto popular por el museo quedó plasmado en el testamento de la profesora Carmen Sánchez García. Miembro de la Fundación de Amigos del Museo del Prado desde 2003, legó al museo 800.000 euros y una casa en Toledo (140.000 euros) “para la adquisición y restauración de cuadros”. Con ese dinero han adquirido ya varias piezas: Alegoría de la templanza (1513-1516), de Alonso Berruguete (170.000 euros), un autorretrato del pintor flamenco del Renacimiento Pedro de Campaña (175.000 euros) y la primera obra atribuida a la pintora Mariana de la Cueva Benavides y Barradas, San Francisco arrodillado en meditación, firmado y fechado (1664) en un papel al pie del santo (1.300 euros). Esta última obra —adquirida en subasta, sobre la que el Estado ha ejercido el derecho de tanteo y retracto— permite al museo incrementar la presencia de obras de mujeres y reconstruir la biografía de una pintora del siglo XVII de la que muy poca cosa se sabe. En el taller de restauración, los expertos encontrarán seguro las claves de su pintura.

Todo lo que entra en el Prado es vía donación porque, asegura el director adjunto, por extraño que pueda sonar, su presupuesto es cero euros. Nada. El centro, por sí mismo, tampoco se puede personar en subastas porque los tiempos de la burocracia no coinciden con los de las ventas. La Fundación de Amigos del Museo del Prado (FAMP, con 38.000 socios) y la de los Amigos Americanos desempeñan un papel determinante en la entrada de donaciones y en las subastas.

Una de las obras más espectaculares recién llegadas por la vía de la FAMP es un bellísimo altar portátil de cuatro tablas, Oratorio de san Jerónimo penitente (hacia 1560), de Juan de Juanes, conseguido por 31.348 euros en la casa de subastas Segre. De los Amigos Americanos, el último regalo fue Retrato de Felipe III (1634-1635), de Velázquez, obra donada por William B. Jordan.Andrés Úbeda explica que todo el equipo del Prado está muy atento a las oportunidades que puedan salir al mercado. “Nuestra obligación es saber dónde están las obras que nos puedan interesar y hacer seguimiento por si podemos participar en cualquier operación”.

A veces les basta con hacer llegar sus deseos a los oídos de un generoso coleccionista. Así ocurrió con el lienzo de La marquesa de Espeja (1854), de Madrazo, adquirido por 300.000 euros y regalado al museo por la empresaria y coleccionista Alicia Koplowitz a comienzos del año pasado. Las donaciones a veces van más allá de las puras obras. Una de las últimas, vía FAMP, ha sido una máquina de refractografía infrarroja (55.000 euros), imprescindible para un taller de restauración considerado como el mejor del mundo.

El director adjunto asegura que las donaciones llegan sin exigir más contrapartida que la exposición de la obra. Solo en una ocasión, que él recuerde, la familia del coleccionista pidió que su nombre apareciera en la sala: José Luis Várez Fisa. Había donado en 2013 un conjunto de obras valoradas en 22.780.000 euros.

La donación tiene que ser aceptada por el Patronato del Prado y, por el momento, carecen de un protocolo de aceptación, como en cambio sí tienen otros museos. “Somos una colección histórica y es difícil que entre material dudoso. No me consta ninguna reclamación por problemas de propiedad. De todas formas, el próximo año celebraremos un congreso sobre restituciones”, añade Úbeda.

En el Reina Sofía, durante el pasado año, pudieron comprar 192 obras y recibieron 555 como donaciones privadas, a las que hay que añadir 162 piezas en depósito llegadas a través del patronato del museo, la Asociación de Amigos y la Fundación Museo Reina Sofía, creada en 2012 para suavizar los efectos de la crisis en las arcas del centro. Manuel Borja-Villel, su director, consiguió que los pesos pesados del Ibex estuvieran en el órgano de dirección del museo y que la venezolana Patricia Phelps de Cisneros arrastrara a la fundación a grandes fortunas latinoamericanas coleccionistas de arte contemporáneo.


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'Oratorio de san Jerónimo', de Juan de Juanes (1560). Museo del Prado

¿Existe el peligro de que los donantes marquen las líneas de las colecciones públicas? Borja-Villel asegura, tajante, que no, ya que a través de la dirección y de su equipo asesor, la fundación tiene unas directrices claras: obra gráfica latinoamericana, fotografía, fotolibros y performances. Aunque les llegan ofertas, no tienen interés en repetir con piezas de colecciones mainstream. “En un museo como este no queremos nombres de moda que todo el mundo tiene. Buscamos piezas muy específicas y puedo asegurar que, gracias a la fundación, en arte latinoamericano contemporáneo hemos logrado un conjunto de primera”, asegura.

El perfil de los donantes del Reina tiene mucho que ver con dos mujeres que son imprescindibles para la vida del museo, según su director: Patricia Phelps de Cisneros y Helga de Alvear. Phelps ha hecho dos grandes donaciones al centro, pero es responsable como mediadora de muchas otras. La galerista Helga de Alvear, prestadora habitual, no duda en responder a las necesidades del museo tirando de su propio talonario. Dos ejemplos recientes son una pieza del artista conceptual alemán Franz Erhard Walther (300.000 euros), y otra del suizo Rémy Zaugg (100.000 euros).

El director señala a otras mujeres que han sido muy generosas con el Reina Sofía: la coleccionista Marga Sánchez, la galerista Soledad Lorenzo y Elena Asins, que dejó en herencia más un millar de obras.En el Reina, solo en un caso los donantes pidieron algo más que exponer las obras. Como los Várez Fisa en el Prado, la familia Autric-Tamayo, que entregó alrededor de 650 fotografías de 13 fotógrafos del grupo AFAL, pidió que su nombre figurase en una sala. “El Estado no acepta condiciones en las donaciones”, explica Borja-Villel, “pero puede asumir alguna petición razonable, como era el caso”. ¿Hay donaciones calificables de tóxicas en el museo?

Borja-Villel asegura que no le consta, y añade que tampoco ha sufrido reclamaciones por cuestiones de propiedad. “La única reclamación fue la del mural Guernica por parte del Prado. Que yo sepa, la única pieza conflictiva es el picasso [Cabeza de mujer joven] que la policía judicial requisó a Jaime Botín en 2015. Lo depositaron, sellado y precintado, en nuestros almacenes hace un año, y ahí sigue tal cual”.


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Escultura Bilbao (1983), de Richard Serra. Muso Bellas Artes de Bilbao


Un afecto que vale 2,4 millones en Bilbao

Sin Ley de Mecenazgo que incentive fiscalmente la generosidad de los donantes, los responsables de varios museos consultados por este diario coinciden en afirmar que hay un sentimiento de puro afecto hacia el centro beneficiado. Miguel Zugaza, director del Bellas Artes de Bilbao, una institución creada a base de donaciones, insiste en esa idea. “Tenemos coleccionistas orgullosos de regalar a este museo obras muy importantes para ellos y que no les cuesta desprenderse de ellas porque prefieren beneficiar al que consideran que es su museo”.

Con 300.000 euros anuales para compras, Miguel Zugaza ha recibido el pasado año donaciones por valor de 2.419.935. Una de ellas es la imponente escultura Bilbao (1983), de Richard Serra, valorada en dos millones de euros y entregada por los nietos de Martín García-Urtiaga y Mercedes Torrontegui.


Ángeles García / elpais.com
 




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