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PINTORAS FAMOSAS...
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Las mujeres que pintan



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Leonora Carrington, Anna Dorothea Therbusch, Romaine Brooks y Berthe Morisot. / FOTOGRAFÍAS CEDIDAS POR LIBROS DE LA LETRA AZUL

Ángeles Caso descubre en 'Ellas mismas. Autorretratos de pintoras' a 80 artistas relegadas al olvido; una obra fruto de varios años de investigación con la que reivindica la presencia femenina en la Historia del Arte

La figura de la mujer en la Historia del Arte ha estado casi siempre asociada al de mero objeto carnal: la mujer que posa frente al pintor que la dibuja, la prostituta que exhibe sus pechos, las musas desnudas que inspiran a decenas de señores con barba y bigote... Sin embargo, poca gente ha reparado en la cantidad de pintoras con carreras fulgurantes que se han borrado de los libros, desvaneciendo su figura hasta la más mínima existencia, diluida en un mundo de hombres que les robaban la imagen y les prohibían el talento.

Cansada del concepto de musa, de mujeres pasivas e inspiradoras, la escritora e historiadora del arte Ángeles Caso, reivindica la pintura de la mujer en Ellas mismas, un libro que recoge los autorretratos de 80 artistas que han quedado relegadas al olvido y que es fruto del trabajo de muchos años de investigación. "El discurso tradicional de la Historia del Arte tradicional nos ha dicho siempre que no hubo mujeres artistas, pero la realidad es otra", dice Caso.

La ganadora del Premio Planeta por Contra el viento decidió seguir la pista de los autorretratos de mujeres tras hacer un trabajo para el Museo del Prado sobre pintoras del siglo XVIII, aunque lleva gran parte de su vida interesada en las investigaciones de género. Según la escritora y, a pesar de lo que suele pensar la gente, las mujeres se autorretrataron más que los hombres, "tratando de dar una imagen de mujer seria, profesional y culta", señala.


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Sofonisba Anguissola y Anna Bilinska-Bohdanowicz. / LIBROS DE LA LETRA AZUL

Desde las manos que las pintoras de la prehistoria dejaron en las paredes de las cuevas, hasta los autorretratos de las artistas de las vanguardias, Caso hace un recorrido por lo mejor de la pintura femenina, haciendo hincapié en la evolución estilística, pictórica, técnica y sociológica de cada una de las etapas, que explican el papel de las mujeres en cada una de ellas. Según la época, estas mujeres tuvieron una mayor o menor visibilidad. Si en los siglos XVI y XVII lo habitual era que las mujeres se formaran como discípulas de sus padres, con lo que accedían con relativa facilidad al aprendizaje y a la maestría, el siglo XIX cerró de golpe las puertas a estas mujeres, que vieron cómo les era imposible acceder a las academias, no sólo por concebir que no tenían suficiente talento, sino por una cuestión moral. "Las convenciones sociales impedían que las mujeres pudieran dibujar a modelos desnudas", afirma.

Lo que queda claro es que todas ellas lucharon por hacerse valer, y algunas lo consiguieron. Cerca del 80% de estas mujeres tuvieron carreras importantes, triunfaron e incluso se hicieron muy ricas. "No eran pintoras desconocidas, mujeres que pintasen en la esquina de la cocina", reconoce Caso. La pregunta es "¿por qué no están en los libros de historia?". Para la escritora, "los historiadores las descartaron de un plumazo, las condenaron, las tiraron a un pozo oscuro y probablemente hemos heredado ese relato sin cuestionarlo", explica.

Sofonisba Anguissola, Anna Dorothea Therbusch, Artemisa Gentileschi, Vanessa Bell, Berthe Morisot, Marianne von Werefkin o Leonora Carrington son algunas de las heroínas silenciadas que Ángeles Caso ha rescatado en este ensayo ilustrado. Carrington (1917-2011), a la que la autora enmarca dentro del grupo Las Modernas, fue una pintora surrealista inglesa que abandonó su vida de lujo para entregarse al "París del arte y del amor" guiada por su amante, el pintor alemán Max Ernst. Su autoretrato, tomado en 1938, parece reflejar "un combate interior entre el amor y la libertad". Un ansia de independencia que manifestó también Paula Modersohn-Becker (1876-1907), que se retrató desnuda, embarazada y con un collar de ámbar desafiando a quiénes la tacharían de prostituta; una obra que representaba "una bofetada profunda al mundo burgués".


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Paula Modersohn-Becker y Marianne von Werefkin. / LIBROS DE LA LETRA AZUL

A diferencia de sus compañeras injustamente olvidadas, la autora cita como polo opuesto a Frida Kahlo, que se ha convertido en todo un icono. Caso atribuye parte de ese éxito a su marido, Diego Rivera. "Creo que es tan conocida más por su historia personal", dice. "A todas las demás las tenemos que rebuscar porque están metidas en un pozo y con este trabajo trato de iluminarlo y sacarlas a la luz", apunta. Para hablar de arte no puede dejar fuera la fotografía; por eso ha querido incluir los autorretratos de ocho fotógrafas, Lee Miller, Wanda Wulz o Kate Matthews entre ellas, en los que reconoce que son una parte importante de la historia. "Son la transición hacia las artes plásticas del siglo XX", sostiene.

No sólo en la pintura, en el resto de artes parece que las mujeres se ven obligadas a abrirse un hueco a trompicones. "Se nos trata de manera diferente", se queja Caso, que recuerda a las mujeres poetas que la literatura olvidó. "Realmente es asombroso que, mientras que comercialmente las escritoras tenemos mucho éxito, luego en cambio el porcentaje de las mujeres premiadas es ínfimo".

Para financiar este proyecto, Caso llamó a varias puertas y, después de que se la cerraran en unas cuantas editoriales -que no estaban dispuestas a asumir los gastos de un libro tan costoso-, decidió apostar por la fórmula del crowdfunding, con la que la escritora logró reunir a 1.600 mecenas con los que financió el proyecto. "Yo tenía muy claro que el libro merecía la pena, así que o me ponía a llorar y lo guardaba en un cajón o tiraba para adelante", señala.

La escritora fundó su propia editorial, Libros de la letra azul, y ha conseguido dar vida a un proyecto necesario. "Las mujeres necesitamos que se reconstruya la genealogía cultural que nos pertenece, pero que nos han robado", concluye.


Fuente: elmundo.es
 




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La cara oculta del arte mexicano

Una gran muestra reivindica a los pintores eclipsados por Diego Rivera y Frida Kahlo



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'Nahui Olin' (1922), retrato de la pintora mexicana realizado por Dr. Atl (Gerardo Murillo).

Existen árboles tan frondosos que no permiten ver el bosque. Algo así le sucedió al arte mexicano en la primera mitad del siglo pasado. Durante la eclosión de las vanguardias pictóricas, el brillo que desprendían nombres como Diego Rivera o Frida Kahlo logró eclipsar a decenas de artistas a los que la historia oficial no ha retenido. Una gran exposición, que se inaugura este miércoles en el Grand Palais de París, dirige una mirada renovada a ese periodo para dar a conocer su cara oculta. Hasta el 23 de enero, la muestra presenta 200 obras de 60 artistas, plasmando un abanico donde figuran tanto las estrellas mencionadas como otros nombres supuestamente secundarios, además de representantes de corrientes estéticas semiolvidadas y de colectivos poco favorecidos por el canon del arte.

Esta ambiciosa exposición lo subvierte y lo amplía. “La intención es separarnos de los clichés y profundizar en la realidad del arte mexicano, más allá de la sombra de esos titanes, que han ocultado a varias generaciones de artistas. No se trataba de minimizar su importancia, pero sí de ofrecer un panorama más vasto y de proponer un reequilibrio”, sostiene el comisario, Agustín Arteaga, nuevo director del Dallas Museum of Art, tras haberlo sido del Museo Nacional de Arte (Munal) en Ciudad de México. En su novedosa revisión crítica de la historia de las vanguardias, Arteaga expone una serie de relatos paralelos que se oponen a la leyenda predominante.

La exposición derriba todos los tópicos sobre el arte de ese momento histórico. Demuestra que el indigenismo no arrancó con la Revolución de 1910, como tampoco la sensibilidad social de los artistas mexicanos. Aclara que hubo otras mujeres artistas al margen de Kahlo y que no todos los pintores fueron muralistas que desdeñaron el caballete como instrumento burgués. Y corrobora que los modernistas mexicanos no se limitaron a copiar a los maestros europeos. Prefirieron crear una vanguardia propia. “Un arte nacional que bebía del pasado y se dirigía utópicamente hacia el futuro, convirtiéndose en portavoz de los ideales revolucionarios”, apunta el comisario.

El proyecto tuvo una carga ideológica innegable. El arte fue utilizado para reforzar el sentimiento de pertenencia a un pueblo que empezaba a constituirse en nación. Mientras los sublevados luchaban por la repartición ecuánime de las tierras y salarios dignos, la pintura también se ponía a hablar el lenguaje de la utopía. Proletarios y campesinos se convirtieron en sujetos artísticos de primer orden, que sirvieron para reivindicar un ideal de justicia social. “Rivera reduce al indígena y sus tradiciones a un arquetipo, parecido al buen salvaje de Rousseau”, sostiene Arteaga. El maestro dibujó paisajes zapatistas y retrató a molenderas trabajando el maíz de rodillas. Otro de los grandes, José Clemente Orozco, sublimó en sus cuadros el agave, planta oriunda de hojas carnosas, como luego haría el fotógrafo Manuel Álvarez Bravo. La muestra también destaca a nombres como Ángel Zárraga, Agustín Lazo, Roberto Montenegro o Rufino Tamayo. Su tono no fue siempre laudatorio. Por ejemplo, David Alfaro Siqueiros y Francisco Goitia indagaron en el reverso oscuro de la Revolución, marcado por la muerte y la destrucción. Pero, en general, el arte se llenó de flores y frutas. Olga Costa, pintora de origen ucraniano que llegó a México a los 12 años, lo ejemplificó en La vendedora de frutas, casi una enciclopedia botánica de variedades locales en la que cuesta no ver un mensaje político.
 
 
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'Unos suben y otros bajan' (1940), fotografía de Lola Álvarez Bravo.


“Una idea de Hollande y de Peña Nieto”

La exposición surgió de la voluntad de normalizar las relaciones culturales entre Francia y México, tras el conflicto diplomático que enfrentó a ambos países por el caso protagonizado por la francesa Florence Cassez, condenada a 60 años de prisión en una cárcel mexicana. El desencuentro provocó la suspensión del año cultural de México en Francia en 2011. “Fue una idea acordada por François Hollande y Enrique Peña Nieto durante la visita oficial de este último en 2014”, afirma el secretario de Cultura del Gobierno mexicano, Rafael Tovar y de Teresa. La muestra ha costado cerca de tres millones de euros, 800.000 de los cuales sufragados por el Gobierno mexicano. “Es una oportunidad para releer la historia del arte mexicano a partir de una perspectiva más amplia”, indica el ministro, que acudirá a la inauguración en París, “un lugar simbólico, ya que muchos artistas mexicanos desarrollaron allí parte de sus carreras”.



Mujeres ensombrecidas

La exposición indaga en las generaciones de mujeres que quedaron ensombrecidas por Kahlo, reivindicada como mito feminista a partir de los años setenta. La exposición toma el contrapié a ese “culto ciego”, en palabras del comisario. En la sala dedicada a la pintura hecha por mujeres, las seis obras de Kahlo ocupan un rincón casi subalterno. En cambio, se destaca a nombres menos conocidos como los de Dolores Olmedo, Tina Modotti, Nahui Olin o Rosa Rolanda. También a Lola Álvarez Bravo, autora de una obra fotográfica tan interesante como la de su marido, y a María Izquierdo, pintora que tuvo obsesionado a André Breton, quien veía en sus obras “un mundo en formación”, hecho de “lava fría en la penumbra del volcán”. Después de todo, para el jefe de filas del movimiento, México constituía “el lugar surrealista por excelencia”.

La muestra subraya la influencia del arte mexicano en el extranjero. El país no tardará en convertirse en lugar de peregrinaje de vanguardistas europeos y beatniks estadounidenses, que buscaban en el chamanismo prehispánico uno de esos mundos alternativos que contenía el que ya conocían, según aseguró Paul Éluard. “La cultura racionalista de Europa ha fracasado. Vengo a México buscando las bases de una cultura mágica que aún brota en la tierra india”, exclamó Antonin Artaud al llegar al país durante los años treinta. Por otra parte, el New Deal de Roosevelt adoptó el muralismo mexicano, promovido por el ministro José Vasconcelos, como un modelo a seguir para la promoción de la equidad social. Los encargos a Rivera y Siqueiros en Nueva York y Los Ángeles fueron borrados con cal viva al descubrir sus motivos, excesivamente perturbadores en territorio estadounidense: el segundo llegará a pintar un indio crucificado por el imperialismo del vecino gringo, sobre un fondo compuesto por ruinas mayas. Sin embargo, esos murales abrirán camino hacia el desarrollo del muralismo chicano, tal vez la piedra fundacional de lo que hoy conocemos como street art.


elpais.com
 




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Mujeres artistas en museos españoles

Una selección de autoras cuyos trabajos se pueden ver en las principales pinacotecas del país



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¿Es significativo que una obra haya sido realizada por un hombre o por una mujer? Quizá el arte no tenga sexo -o sí-, pero su historia, desde luego que sí. ¿Sabrías decir 10 nombres de artistas que sean mujeres y cuyos trabajos se puedan ver en nuestros museos? ¿Y anteriores al siglo XX? Si tu respuesta es sí, ¡enhorabuena! La gran mayoría los desconocen. En la década de los años 80, el grupo Guerrilla Girls dejó claro que en el Metropolitan Museum of Art las mujeres eran las protagonistas del 85% de los desnudos y las autoras de menos del 5% de las obras. Desde aquí te proponemos los nombres de algunas autoras que puedes encontrar en las principales pinacotecas del país.
 
Los casos de mujeres artistas en el pasado son escasos por muy diversos motivos. Las que podían dedicarse a ello, solían ser hijas de artistas o pertenecientes a familias nobles, por lo que ejercían sin ser consideradas profesionales. A esta limitación social hay que añadir también la estilística, ya que las féminas no tenían permitido estudiar modelos al natural, por lo que sus obras se centraban en géneros considerados menores, como el retrato o los bodegones. Aún así, hubo quienes destacaron por su innovación y personal estilo. Por si fuera poco, muchas de sus creaciones fueron atribuidas a varones.
Esto ha ido cambiando a partir del siglo XX. Sin embargo, entre las muestras del arte actual de nuestros museos todavía es menor el número de obras realizadas por mujeres. A continuación te mostramos una veintena de nombres, desde el siglo XVI, cuyos trabajos aparecen en centros de nuestra geografía.
 
Más info...
 




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La venganza freudiana de Artemisia

Roma expone las obsesiones de la artista romana y prueba que el arte fue un camino de justicia contra los abusos que sufrió



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Nunca ha llegado a concebirse una exposición de Artemisia Gentileschi (1593-1654) tan exhaustiva como la que acaba de inaugurarse en Roma. Cien obras que reconstruyen la inmersión total en el barroco y que consienten identificar sus obsesiones. Ninguna tan recurrente como las cruentas decapitaciones masculinas a manos de mujeres.

La artista romana acudía una y otra vez al mito de Judit y de Holofernes, al sacrificio del Bautista, al martirio que Jael infligió a Sísara, un capítulo gore del Antiguo Testamento que recrea la frialdad de la heroína judía clavando un cincel en la cabeza del general del ejército de Canaán.

Son escenas formidables en la teatralidad, en el desgarro de los personajes, incluso en la pretensión de llevar más lejos el principio del expresionismo caravaggesco, pero unos y otros cuadros, unos y otros tormentos, redundan igualmente en una inquietante lectura de despecho freudiana.

Porque Artemisia, hija del pintor florentino Orazio Gentileschi, fue violada por uno de los maestros que se ocuparon de instruirla, Agostino Tassi. Y porque las penurias y las torturas que hubo de sufrir hasta prosperar la denuncia convirtieron el arte en un espacio de justicia más o menos subconsciente, un lugar donde Artemisia ejercía de pintora y de tribunal de los hombres.

Es el motivo por el que el itinerario de la exposición se detiene inmediatamente en el cuadro de Susana y los viejos, un préstamo del castillo de Weissenstein (Alemania) que evoca con enorme poder dramatúrgico el trance en que dos ancianos al acecho intentan pervertir a la joven muchacha judía. Terminaron maquinando, cuenta el Libro de Daniel, para reprocharle su propio delito y fue condenada a la lapidación por adulterio, aunque el pasaje bíblico desenmascara la verdad, poniendo a salvo la pureza de Susana, como Artemisia puso a salvo la suya después de haber estado expuesta a un proceso judicial tormentoso, nauseabundo.

Roma era una ciudad donde bullía el barroco por la herencia de Caravaggio y por la dialéctica que se trajeron Bernini y Borromini, pero también era una urbe peligrosa para las mujeres -vivían en minoría y en situación de acoso- e inasequible más aún para aquellas que aspiraban a convertirse en artistas. Artemisia aprendió el oficio en casa y tuvo ocasión de perfeccionarlo en Florencia, bajo la protección de Cosme II de Medici. Se convertía así en la primera mujer que accedía a la Academia de Pintura y en el asombro de una ciudad “moderna” en la que pudo entablar amistad con Galileo Galilei.

La fertilidad del periodo florentino queda reflejado en el itinerario de la exposición del Museo de Roma. No sólo con las obras de Gentileschi, sino con el contexto de los artistas que fueron contemporáneos a Artemisia y que emprendieron caminos de mayor ascetismo. Empezando por el cuadro de José de Ribera (La Piedad) que ha cedido el Museo Thyssen al homenaje y que retrata a Cristo yaciente, exánime, deshabitado.

El tenebrismo proporciona un contraste elocuente al criterio teatral de Gentileschi. No puede ser más explícita ni más abundante la sangre que mana de la garganta de Holofernes en el lienzo de 1613, como no puede ser más parecido el rostro de Judit al de la propia Artemisia. Entre otras razones porque la muestra romana aporta el “documento” de un autorretrato en que la maestra aparece sonrosada y voluptuosa tañendo un laúd.

Se hacía justiciera la pintora, vengaba en los lienzos los obstáculos de una carrera contra corriente que la ha transformado en mito del feminismo por su capacidad emancipadora, por su valentía, por su independencia, por su vocación viajera -Nápoles, Venecia, Londres- y por el respeto que llego a adquirir en la fiebre estética del barroco italiano.

Y no se hacen necesarios los pormenores sensacionalistas para “justificar” la exposición, como se antoja gratuito hablar de pintura femenina. De Artemisia Gentileschi, fuera de la connotación de género, se reivindica su personalidad estética, su creatividad, su vigencia, su influencia, pero también se documenta, cuadro a cuadro, el viaje de ida y vuelta entre el arte y la vida.


Pintoras excepcionales del “Seicento”

Estaba contraindicado y a veces hasta prohibido que las mujeres se dedicaran a la pintura en la transición del renacimiento al barroco, aunque el caso de Artemisia Gentileschi es significativo de una generación o de una época que han ido adquiriendo reputación en la revisión de los cánones. Empezando por el caso de Sofonisba Anguissola (1530-1625), precursora de la colega romana que fue llamada a la corte de Felipe II y que retrató al monarca en un cuadro tradicionalmente atribuido a Sánchez Coello.

Anguissola abrió el camino a otras dos compatriotas que “operaron” en el trayecto del siglo XVI al XVII. La fama de Lavinia Fontana explica que hasta el papa Clemente VIII la incorporara a su círculo de aristas del confianza, mientras que Fede Galizia, originaria de Milán, está considerada como uno de los artistas más reputados en el género de los bodegones y de los retratos, por mucho que su obra más conocida sea precisamente un lienzo sobre el sacrificio de Holofernes a manos de Judith.

elpais.com
 




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