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En esta sección sólo se permiten exposiciones de Pintores Españoles. La forma de abrir una exposición es el autor con su fotografía y su biografía y los cuadros de la exposición con un tamaño no superior a los 800 píxeles.


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EL GRECO
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Miradas de artista al Toledo de El Greco


Desde Philip-Lorca diCorcia hasta Shirin Neshat, pasando por José Manuel Ballester, Vik Muniz y Dionisio González. Grandes creadores homenajean en torno a la Ciudad Imperial el cuarto centenario de la muerte del pintor



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En las alturas. El premio Nacional de Fotografía 2010, José Manuel Ballester, reflexiona sobre el poder de los cielos en las pinceladas de El Greco. Unos cielos que Ballester vislumbra “plenos de agitación, tensión e incluso éxtasis”. A la derecha, impresión digital sobre tela que incorpora los cielos de El Greco y lleva por título Lugar para una Ascensión. / José Manuel Ballester (Ivorypress)


"Creta le dio la vida, y los pinceles / Toledo, mejor patria donde empieza / a lograr con la muerte eternidades”. ¡Cuánta razón tenía el bueno de fray Hortensio Félix Paravicino cuando dejó escritos estos versos dedicados a su amigo El Greco! Lo que no podía imaginar el poeta y fraile trinitario, inmortalizado en uno de los retratos del pintor hacia 1609, es que el artista nacido en Creta en 1541 bajo el nombre Domenico Theotocópoulos caería en el olvido durante siglos y no sería redescubierto hasta principios del XX para coronarse definitivamente en la historia como el primero del trío de ases de la escuela española que completan Velázquez y Goya. Afortunadamente, las eternidades de este paradigma del manierismo en su máxima expresión, punto de partida de algunas de las vanguardias pictóricas del siglo XX, rey tanto de la vibrante libertad formal y la maestría de la concepción anatómica como de la división de opiniones en torno a sus obras, son dignas de magna conmemoración cuatro siglos después de su muerte.

El recién inaugurado 2014, que aspira a convertirse en Año Greco por antonomasia, ha erigido Toledo, esa “mejor patria” que según Paravicino tuvo el pintor, en eje fundamental de las celebraciones. No en vano encontró El Greco en la Ciudad Imperial su refugio, el lugar donde sus pinceladas fueron valoradas a pesar de que Felipe II le repudió como artista principal de su corte. Fue en Toledo donde vivió desde su llegada, procedente de Italia en 1577, hasta su muerte en 1614; donde tuvo un hijo de Jerónima de las Cuevas, y donde emprendió pleitos con sus clientes eclesiásticos por cuestiones relacionadas con el vil metal, aparte de combinar periodos de aprietos económicos con otros de desahogos que le permitieron ocupar una parte del palacio del Marqués de Villena y fomentar la leyenda de que gustaba hacerse acompañar de músicos para amenizar sus almuerzos. Hasta el mismísimo Pacheco, maestro y suegro de Velázquez, viajó a Toledo para visitarle poco antes de su muerte como prueba de la influencia que su enigmático nombre llegó a tener en vida.

Embebidos por ese mismo influjo de eternidades quedaron entre mayo y octubre del año pasado los autores de las imágenes que ilustran estas páginas. Dejándose llevar por el laberinto de callejuelas estrechas e irregulares del Toledo intramuros, entre adoquines y empedrados, iglesias, conventos y casas señoriales, una docena de destacados artistas contemporáneos dirigieron los objetivos de sus cámaras hacia el presente de la ciudad que custodia las centenarias huellas de El Greco. Ese fue el reto que había planteado el proyecto Toledo contemporánea a creadores de miradas tan singulares como Philip-Lorca diCorcia, Vik Muniz, Shirin Neshat, José Manuel Ballester y Dionisio González, entre otros. El resultado de esta iniciativa, comisariada por Elena Ochoa Foster y coordinada por el equipo de Ivorypress, se ha convertido en una de las grandes exposiciones que forman parte de los fastos promovidos por la Fundación El Greco 2014. Esta muestra se inaugura el próximo 18 de febrero en la antigua iglesia de San Marcos de Toledo y cuenta con la colaboración especial de la cineasta y fotógrafa israelí Michal Rovner y el compositor y director teatral alemán Heiner Goebbels, quienes han concebido un altar contemporáneo para el espacio expositivo de San Marcos. Como apunta Elena Ochoa Foster, aun partiendo de la premisa de absoluta libertad creativa a la hora de aproximarse a la realidad contemporánea de Toledo, casi todos los participantes en esta exposición cayeron bajo “el enorme y determinante influjo de El Greco” en la ciudad.

Ante tal rendición da fe el premio Nacional de Fotografía 2010, José Manuel Ballester (Madrid, 1960), quien ha fundido para este proyecto sus propias visiones de Toledo con la obra del cretense en una suerte de nueva e impactante pintura fotográfica inspirada en sus dramáticos y poderosos cielos. A punto de ver colgadas estas imágenes en la iglesia toledana de San Marcos, Ballester afirma hoy que “son precisamente esos cielos de El Greco que aparecen en algunos de sus lienzos más relevantes los que muestran un dramatismo desgarrador y un carácter expresionista que se anticipa en varios siglos a las corrientes centroeuropeas del siglo XX”. Unos cielos que Ballester vislumbra “plenos de agitación, tensión e incluso éxtasis”.

Abelardo Morell se sintió retratando Toledo "como si viajara en un cuadro de El Greco"

Como viaje de lo celestial a lo terrenal, y viceversa, podría concebirse la participación en la muestra del estadounidense Philip-Lorca diCorcia (Hartford, 1951), quien ha titulado Con almuerzo incluido su serie de ocho polaroids dispuestas en forma de cruz que en su parte más alta muestra la cabeza de San Juan Bautista en bandeja de plata. Las siete polas restantes ofrecen visiones fantasmagóricas de un Toledo envuelto en la espesura de las nubes, culminando en la parte inferior con una epifanía en forma de cielo completamente cubierto de nubarrones evocador de las pinceladas celestiales de los cuadros de El Greco y estableciendo un nexo entre el ayer y el hoy, lo terrenal y lo sublime de la ciudad tras un almuerzo que solo puede antojarse divino.

Y si DiCorcia y Ballester claman al cielo, el cubano de ascendencia catalana Abelardo Morell (La Habana, 1948), presente en las colecciones de medio centenar de grandes museos e instituciones, apunta, en cambio, hacia el suelo. Desde los empedrados del casco antiguo teje tapices fotográficos que también abarcan los cielos toledanos. A tal fin montó una tienda de campaña en varios puntos del centro de la ciudad para dejar caer desde ella un periscopio que retrata una trama de capas surrealistas que deforman la realidad de manera encantadora, fundiendo arquitectura, fotografía y pintura en un espacio inquietante e indeterminado entre el pasado y el presente. El resultado son imágenes de cámara-tienda-de-campaña con las que, según explica Morell desde Nueva York, ha intentado “establecer un diálogo piedra sobre piedra, con la historia y el presente, con lo sagrado y lo profano”. Morell recuerda hoy que caminando por el casco antiguo toledano, donde comenzó a trabajar con su cámara-tienda nada más llegar buscando los enclaves a retratar, se sintió “como si viajara dentro de uno de los cuadros de El Greco”, sobre quien no duda “que amó Toledo”.

Del suelo de Morell a los cielos de DiCorcia y Ballester, pasando por las noches toledanas del italiano Massimo Vitali, el suizo Matthieu Gafsou y el japonés Rinko Kawauchi. O el amenazante abigarramiento urbanístico que proponen en un Toledo imaginario las espectaculares panorámicas de Dionisio González (Gijón, 1965), que en este caso abandonan sus habituales periferias para adentrarse intramuros y proponer una atmósfera saturada en la que sobresalen iconos de la arquitectura moderna contemporánea que rompen la unidad decimonónica de las construcciones del casco antiguo toledano. Dionisio González argumenta que esos edificios incrustados en el centro histórico “tienen en primer lugar la función de provocar, y en segundo lugar nos advierten que la encrucijada de sostener ese Toledo patrimonial, esa ciudad museo, o ese supercentro, puede terminar convirtiéndose en el verdadero simulacro”. Una urbe que, en todo caso, para este artista sigue demostrando que “nunca ha habido una asociación tan clara de un pintor a una localización, atravesamiento de la ciudad y el autor que se manifiesta, incluso hoy, especialmente cuando Toledo pierde el favor de la Corte y deja de ser ciudad imperial”.

Abigarrada es también la propuesta del brasileño Vik Muniz (São Paulo, 1961), que ha vuelto a mirar hacia el lienzo Vista de Toledo, rematado por El Greco entre 1597 y 1599, para alterarlo mediante un collage de incontables fotografías que parecen viajar cuatro siglos en el tiempo e introducir el frenesí de nuestros días en tan magna obra maestra del pintor abriendo paso a los lados ocultos de la ciudad tras la superficie. Como ocultos son los patios del casco antiguo toledano retratados a bordo de un helicóptero por el estadounidense David Maisel (Nueva York, 1961). Desde las alturas apuntó Maisel su objetivo hacia las angostas callejuelas y los patios secretos del casco antiguo. Los misterios de la Ciudad Imperial desde el aire, al descubierto en piezas abstractas de un puzle tan sugerente como la piedra rojiza de sus casonas y palacetes.

Solo tres de cada diez visitantes de Toledo vienen buscando las huellas de El Greco en la ciudad

La iraní Shirin Neshat (1957), fotógrafa que acostumbra a emplear el cuerpo humano como campo de juego emocional, ha optado por dialogar con iconos pictóricos de El Greco, retratando a hombres y mujeres que aparecen sugiriendo la verticalidad y el peso ingrávido de las figuras de los cuadros del artista. Así otorga a una mujer de supuesto origen iraní la impronta de la Dama con armiño, retrato envuelto en la polémica en torno a su autoría, pues muchos historiadores la atribuyen a Sofonisba Anguissola (1535/40-1625). “Durante los últimos años, mis retratos se han centrado en cómo los movimientos corporales sencillos, incluyendo la mirada y las expresiones de las manos y de la cara de los personajes, transmiten su estado emocional y psicológico”, explica Shirin Neshat en unas líneas que ha enviado a la editorial Ivorypress, cuyo próximo número de C Photo que se publica en febrero está dedicado a Toledo contemporánea. “Este enfoque”, prosigue la iraní, “ha estado especialmente ligado a mi formación religiosa y cultural, en la que el cuerpo femenino y su sexualidad son temas tabú. Cada vez siento más fascinación por El Greco y su obsesión con el uso de las manos, rompiendo intencionadamente la anatomía humana y exagerando su tamaño para puntualizar y capturar el fervor religioso y espiritual del cristianismo. Para este proyecto he realizado una serie de retratos que están directamente inspirados por El Greco, que hacen referencia a sus pinturas religiosas con los rostros de hombres y mujeres musulmanes contemporáneos”.

Son solo algunas de las miradas fotográficas que conversarán con las eternidades del cretense a partir del 18 de febrero en la antigua iglesia de San Marcos de Toledo. Una más de las decenas de iniciativas con las que la Fundación El Greco 2014 reivindica las monumentales huellas toledanas del artista y aspira a cambiar el rumbo de las hordas de turistas que transitan la urbe castellano-manchega, pues, según estimaciones de esta institución, solo tres de cada diez visitantes llegan dispuestos a seguir el rastro de El Greco en la Ciudad Imperial, presente en enclaves como la catedral, el Museo de Santa Cruz, el convento de Santo Domingo el Antiguo, el hospital de Tavera, el Museo de El Greco y la iglesia de Santo Tomé, que custodia El entierro del Conde de Orgaz, entre otros lugares claves de peregrinación.

Hasta aquí llegó con sus pinceles a la edad de 36 años. Dispuesto a trascender su propia vida. Lo logró a base del misterio de la luz de sus lienzos y otros enigmas que se llevó a su lecho de muerte toledano. “¿Por qué a España? Como suele ocurrir con El Greco, lo desconocemos”, escribió al respecto Aldous Huxley en su breve ensayo Variations on El Greco, traducido al español en Las agallas de El Greco (Casimiro Libros). “Y cuando, algunos años después, durante un pleito se le preguntó esto mismo, rehusó contestar”, concluye flemático Huxley. “Indudablemente entendía que cada cual había de ocuparse de sus propios asuntos”.



El Toledo de El Greco en la mirada de grandes fotógrafos

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El símbolo de la cruz. Philip-Lorca diCorcia ha reunido siete polaroids para conformar la serie Con almuerzo incluido. Toledo entre tinieblas, entre cielo y tierra, con la cabeza de San Juan en bandeja de plata. / Philip-Lorca diCorcia (Ivorypress)


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Noche toledana. Para el suizo Matthieu Gafsou, Toledo muestra ángulos de inspiración a las afueras del casco antiguo. / Matthieu Gafsou (Ivorypress)


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El arte del ‘souvenir’. El argentino Marcos López ha buceado para el proyecto Toledo contemporánea entre espacios repletos de turistas ávidos de fotos. / Marcos López (Ivorypress)


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Desde el aire. El estadounidense David Maisel no dudó en buscar el perfil aéreo de la ciudad de las tres culturas subido a bordo de un helicóptero. / David Maisel (ivorypress)


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Lírica de piedra. Abelardo Morell ha desplegado su cámara-tienda-de-campaña para retratar con un periscopio escenas toledanas de hoy. / Abelardo Morell (Ivorypress)


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Ecce Homo. Flore-Aël Surun ha retratado a ‘Ruben’ para la serie 'By the grace' (Por la gracia). / Flore-Aël Surun (Ivorypress)


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Invasión urbanística. El artista gijonés Dionisio González muestra una inquietante panorámica del casco antiguo toledano sobre el que han aterrizado iconos de la arquitectura moderna contemporánea. / Dionisio González (Ivorypress)



elpais.com
 




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Una ‘anunciación’ de El Greco, subastada por cuatro millones de euros


La cifra final quintuplica las previsiones de la subasta realizada en la casa Sotheby's de Nueva York



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'La Anunciación' de El Greco subastada en Nueva York. / Sotheby's

El resultado tras la puja de la subasta multiplicó casi por seis las previsiones iniciales. El cuadro La Anunciación de Domenikos Theotokopoulos El Greco se ha subastado por 5,8 millones de dólares (4,3 millones de euros) este jueves en una venta organizada por Sotheby's en Nueva York, muy por encima de la estimación de que sería adquirido por una suma de entre un millón y un millón y medio de dólares. En 2014 se celebra el 400 aniversario del fallecimiento del artista nacido en Creta en 1541 y afincado en Toledo desde 1577.

La puja hasta llegar al precio final fue larga. Cinco potenciales compradores entraron en una pequeña batalla y acabaron comprando la obra por 5,8 millones, cifra que incluye impuestos y comisiones. El cuadro es un óleo sobre tabla de 63 por 76 centímetros.

Por la subasta de pinturas maestros europeos se ha llegado a los 71,7 millones de dólares en ventas en esta subasta de Sotheby's, una cantidad que también está muy por encima de la estimación total de entre 42 y 60 millones de obras de los siglos XVI y XVII.

La pieza más valorada fue una pintura del holandés Gerrit van Honthorst, Un grupo feliz detrás de una balaustrada con un violín y un músico de laúd, que alcanzó los 7,55 millones de dólares.

Otra obra destacada fue La trampa de pájaros, del flamenco Pieter Brueghel el Joven, que se vendió por 2,74 millones de dólares.


elpais.com
 




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IV centenario de El Greco


La pasión de Gregorio Marañón por El Greco y Toledo


Un ensayo contextualiza la vida del pintor en su marco geográfico, histórico y sentimental



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'Vista y plano de Toledo' (1608), de El Greco.

La reedición del ensayo El Greco y Toledo (RBA), de Gregorio Marañón (Madrid, 1887-1960),  después de 58 años, se enmarca dentro de los actos commemorativos del IV Centenario del Greco que se celebran en 2014. En esta edición se han mantenido los deseos del autor de que las ilustraciones no solapasen el pensamiento y por ello van en blanco y negro. Marañón sostenía que "el exceso de ilustraciones en un trabajo de estudio atrofia la imaginación de la humanidad".

Entre los recuerdos que en este años se dedican al pintor, está la exposición que se inaugurará en septiembre El Greco: Arte y oficio. Leticia Ruiz, jefa del Departamento de Pintura Española del Renacimiento del Museo Nacional del Prado, y responsable de ella, durante la presentación de El Greco y Toledo se ha referido al talante intelectual del autor. La exposición que comisionará llevará a Toledo obras que nunca se han expuesto en España. Entre ellas varias viajarán de colecciones particulares desde  Reino Unido, Estados Unidos y México. La responsable de estre trabajo expositivo ha asegurado que la muestra reunirá, por vez primera, todas las pinturas que se conservan del Apostolado de Almadrones, dispersas tras la Guerra Civil, junto a la serie completa del Apostolado del marqués de San Feliz. "Será una  oportunidad única de contemplar cuatro de los Apostolados más interesantes del Greco en la misma ciudad".

En palabras de Leticia Ruiz, "Gregorio Marañón fundó un vínculo con la Generación del 98 en la que se reivindicaba Toledo como quintaesencia de lo español. Su ensayo plantea revisar nuestro conocimiento y ofrece una mirada contemporánea sobre El Greco". El ensayo El Greco y Toledo se publicó medio siglo después de que se celebrase el III Centenario del Greco y el intelectual Marañón demostró que el pintor entiende Toledo como su destino "una fuerza misteriosa le impulsa llegar hasta esa ciudad, único lugar en que tiene cabida su pintura".

El artista mantiene una buena relación en ese enclave con los eruditos, poetas e intelectuales pero muy alejada de los artesanos. "Su arte tiene mucho de desarrollo intelectual, muy vinculado a Venecia e Italia. Conforme va pasando el tiempo en Toledo se puede contemplar esa visión de la locura cercana al misticismo del artista. Del Greco lo podemos saber todo a través de su obra", puntualiza Ruiz.


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Reeeditado el libro de 1956: El Greco y Toledo (RBA), de Gregorio Marañón



elpais.com
 




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IV centenario de El Greco


El Greco en Toledo: artista multimedia


La ciudad acoge la más importante exposición montada nunca en torno al pintor

El conjunto de 76 obras proyecta una mirada contemporánea sobre el cretense




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Dos reporteros de televisión trabajan junto a ''La Crucifixión con dos donantes' en el Museo de Santa Cruz

Dos vistas sobre Toledo, tan célebres como irreales en su composición topográfica, fijan el inicio del viaje en torno a El Greco a través de cuatro siglos de leyendas, malentendidos, apropiaciones e infundios, en la muestra estrella de la conmemoración del cuarto centenario de la muerte de Doménikos Theotocópoulos (1541- 1614). Una lleva aquí más o menos desde 1600. La otra ha emprendido el regreso a casa desde el Metropolitan de Nueva York. Ambas se han colocado al comienzo de la exposición El Griego de Toledo (hasta el 14 de junio) en el Museo de Santa Cruz, uno de los más bellos edificios de un lugar donde la competencia es realmente alta. Comisariada por Fernando Marías, la muestra se ha presentado el jueves a la prensa y el viernes será inaugurada por la Reina.

Además de poner en situación al visitante (que llega prevenido; el skyline de la ciudad retiene cierto sabor de época), ejercen un poder metafórico al colocar el casco urbano en un plano teatral y emparentarlo con la enorme sala de exposiciones en la que la Fundación El Greco 2014 ha querido convertir la ciudad para la ocasión.

Al total de 76 piezas expuestas en Santa Cruz, llegadas de 11 países gracias a la generosidad de 45 prestadores (aún se espera el advenimiento desde San Petersburgo de la última, un San Pedro y San Pablo), se añade la experiencia de visitar otros cinco escenarios de la vida y la obra del homenajeado: la sacristía de la catedral, que interminables quebraderos de cabeza económicos trajo al pintor, la iglesia de Santo Tomé, hogar de El entierro del señor de Orgaz, el convento de Santo Domingo el Antiguo, lugar de un eterno descanso que no lo fue tanto (para disgusto de las monjas cistercienses, sus actuales moradoras, solo permaneció allí sepultado cuatro años), el hospital  Tavera o la capilla de San José, habitualmente cerrada al público, pues es propiedad de los marqueses de Eslava, que ayer aceptaron las primeras visitas y contaron su historia de nobles recelosos.

El acceso temporal a la escondida capilla, terminada en 1599 y cuyo retablo corrió a cargo de nuestro hombre, es otro de los ingredientes que hacen de esta una ocasión única. Y seguramente irrepetible. Además de la primera antológica dedicada en todo este tiempo a la trayectoria del artista en la ciudad en la que pasó la mitad (literal) de su vida, El Griego de Toledo se presenta como la exposición más completa nunca consagrada al pintor en ninguna parte. Ello es debido a razones más prácticas que estrictamente económicas (aunque el presupuesto haya rondado los dos millones de euros): el abundante número de préstamos —muchos venidos de EE UU (la historia del recobrado interés por la figura del cretense a caballo entre los siglos XIX y XX corrió paralela a los relatos de éxito de la plutocracia norteamericana)— no serviría de gran cosa sin todo aquello que atesora Toledo siempre, esa colección permanente que sigue ahí cuando se extingue el humo de las velas de los centenarios.


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'El caballero de la mano en el pecho', expuesto en el Museo de Santa Cruz


La visita al Museo de Santa Cruz se completa con otros cinco espacios de El Greco en la ciudad

 Y eso incluye la oferta del Museo del Greco, que no forma propiamente parte del recorrido; esta vez se ha querido centrar el foco en los lugares en los que el pintor dejó su huella en vida, recuerda Jesús Carrobles, director general de la fundación. Pese a ello, Gregorio Marañón y Bertrán de Lis, presidente de la fundación, sumó los números de la muestra a los de los fondos del museo para explicar que “en Toledo se pueden contemplar ahora mismo unas 125 piezas del artista, cerca de la mitad de su producción total [unas 300 obras, según los cálculos más fiables]”.

“Nada de esto habría sido posible sin el apoyo de la sociedad civil, que ha aportado un 85% del presupuesto”, explicó Marañón antes de afirmar que no se ha entrado “en el mercadeo de los préstamos de cuadros, tan en boga ahora en la práctica de algunos museos y fundaciones”. La conferencia de prensa, multitudinaria e internacional, la ofreció el presidente junto al comisario Fernando Marías, erudito con envidiables dotes para la comunicación y autor de una apabullante monografía recién reeditada en una versión ampliada y mejorada por la editorial Nerea.

Marías prometió que el retrato de El Greco presentado en la exposición es el de “un Greco visto desde hoy”. “Un artista capaz de aprehender lo invisible con los mimbres de lo visible, un excelente pintor que disfruta pintando cosas bellas de un modo bello y, sobre todo, alguien que no solo produjo obra en lienzo, sino que en su trabajo para los retablos de la ciudad ejerció como arquitecto, escultor, escenógrafo o iluminador en un acercamiento similar al del artista multimedia de nuestros días”. Ese hecho, sumado a la influencia ejercida por su obra en las vanguardias del siglo XX, que recuperaron su figura como la de un mesías, podría convertir a El Greco en el más contemporáneo de los artistas del siglo XVI español.

Cuando llegó la hora de zambullirse en la penumbra en forma de cruz del museo (alentados por una exquisita museografía en tonos dorados, a cargo de María Fraile) fue posible comprobar que Marías es hombre de palabra. La visión que de El Greco queda tras la visita se sitúa bien lejos de los tópicos que lo han ido pintando interesadamente como a un ser atormentado, toledano hasta el tuétano, excesivamente piadoso, encarnación por excelencia de lo español o aquejado de astigmatismo. “¿Y por qué pintaba entonces esas figuras alargadas?”, se interrogaría después el comisario, adelantándose a la inevitable pregunta. “No era, eso seguro, por un problema oftalmológico. Muchos de estos cuadros fueron concebidos para ser vistos desde abajo [y así se han colocado algunos en el recorrido]. Y luego es que creía que las personas altas son más bellas”.

Aunque en lo que más creyó El Greco fue probablemente en sí mismo: nunca olvidó su condición de extranjero (rubricaba sus obras con su nombre en griego) y siempre se mostró convencido de su estilo, perfilado acumulativamente con el tiempo y las distintas etapas de su vida: los años del aprendizaje en Italia, los finales en Toledo y los días en Creta, representados en la muestra por unos extraordinarios iconos juveniles y por el célebre tríptico de Módena.

Además de ser una de las joyas de la exposición, ofrece una pista irrefutable de la fidelidad que El Greco siempre se profesó a sí mismo. En una de las esquinas de la tabla, el infierno asoma por las fauces de un dragón que reaparecerá al final del recorrido en La adoración del nombre de Jesús.

Tras la visita a Santa Cruz, donde las obras maestras (el Cristo crucificado con dos donantes, del Louvre, El caballero de la mano en el pecho, la Santa Faz de Santo Domingo el Antiguo, El cardenal Niño de Guevara…) se suceden en un sobresalto continuo, hubo oportunidad de discutir sobre el terreno, en el hospital de Tavera, las teorías de Marías sobre El Greco como “artista multimedia”, ante toda una instalación del siglo XVII: el tabernáculo y Cristo Resurrecto, cuya forma remite al Escorial en otra prueba de que el cretense nunca se quitó del todo de la cabeza el sonoro desengaño sufrido al ser rechazado por Felipe II, que no quiso contar con él para su gran obra tras quedar desencantado con El martirio de San Mauricio.

Aquel fracaso personal fue lo que seguramente empujó a El Greco a Toledo, donde, afirma Marías, “el efecto tela de araña” hizo el resto. Se fue quedando: tuvo un hijo, enviudó, el pleito mantenido con la catedral por el pago del conjunto que ideó para la sacristía se alargó demasiado… y cuando se quiso dar cuenta, quizá fuera demasiado tarde para dejar ciertas costumbres.

O no. Pese a que en el último siglo se ha avanzado mucho en el conocimiento de su biografía (a través también de sus escritos, que adornan las paredes de la muestra), se hace difícil con El Greco separar las certezas de las conjeturas.

Así que terminaremos con una hipótesis. Sabiendo lo mucho que era capaz de pelear por sus emolumentos (contribuyó a elevar los pagos al gremio y a dignificar el trabajo intelectual de su profesión) y considerando que siempre andaba corto de dinero, es posible que el cretense estuviera hoy maravillado con la que se le viene encima a Toledo en su centenario: se calcula que la exposición podría atraer a 250.000 visitantes y que la ciudad espera hasta un millón de turistas este 2014, atraídos por el Año Greco.



El Greco regresa a Toledo


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'Vista y plano de Toledo' (ca.1600). Es la primera obra con la que se encuentra el visitante al llegar al Museo de Santa Cruz.


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'Tríptico de Módena', temple sobre tabla, expuesto en el Museo de Santa Cruz.


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'La Crucifixión', obra expuesta en el Museo de Santa Cruz.


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'La adoración de los pastores de Santo Domingo el Antiguo'.


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De izquierda a derecha, 'San Agustín', 'Santiago el Mayor de peregrino' y 'San Francisco de Asís'.


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'Retablo de la capilla Ovalle de San Vicente Mártir de Toledo', expuesto en el Museo de Santa Cruz.


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'La Sagrada Familia con santa Ana'.


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'La Encarnación' y 'Concierto de ángeles', en la parte superior.


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Un visitante fotografía 'La Sagrada Familia', obra expuesta en el hospital Tavera de Toledo.


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'La Sagrada Familia con santa Ana' (en el centro) preside una de las salas del Museo de Santa Cruz.


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'El Bautismo de Cristo' (a la derecha), expuesto en el hospital Tavera de Toledo


elpais.com / Texto: Iker Seisdedos - Fotos: Gorka Lejarcegi
 




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La biblioteca del Greco


Exposición en el Museo del Prado. Hasta el 29 de junio de 2014. Esta muestra en el Museo del Prado reconstruye las raíces teóricas y literarias del arte del Greco a partir de los libros que estuvieron en su poder.



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Detalle: Rodrigo de la Fuente (?), El Greco. Óleo sobre lienzo, 96 x 82,3 cm, h. 1582-1585. Madrid, Museo Nacional del Prado

Cuando el Greco murió en Toledo el 7 de abril de 1614, tenía entre sus enseres 130 libros que se conocen parcialmente por dos inventarios redactados por su hijo Jorge Manuel Theotocópuli: el que escribió unas semanas después del fallecimiento del pintor y el otro que elaboró en 1621 como testimonio de los bienes que aportaba a su segundo matrimonio.

Fundamentándose en los documentos originales de estos inventarios, cinco secciones articulan el discurso de muestra.


Los padres griegos y la herencia clásica

Esta sección muestra la ascendencia que la cultura griega tuvo sobre el pintor, que siempre se mostró muy orgulloso de sus orígenes, a través de obras clásicas de Homero, Apiano Alejandrino, Jenofonte y otras consagradas a Alejandro Magno, héroe de la historia helena y paradigma de mecenas de las artes por su protección a Apeles, de quien el Greco pudo considerarse una moderna encarnación. Esta sección también destaca la ausencia de libros de Platón y la presencia, en cambio, de otros de Aristóteles en su biblioteca.


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Anotaciones de El Greco en un ejemplar del tratado de Arquitectura de Vitruvio de la Biblioteca Nacional


Metamorfosis en Italia

La segunda sección revisa la definitiva transformación que sufrió la pintura del Greco tras pasar por Venecia, Roma y otras ciudades italianas. Fue entonces cuando, a través de una labor autodidacta muy intensa mediante el conocimiento de la obra de otros artistas, el contacto con hombres de letras y la lectura, asimiló la práctica y la teoría artísticas dominantes. Entonces comenzó a considerar la pintura como un discurso autónomo que trascendía la representación moralizante de los asuntos inspirados en la mitología, la historia y la historia sagrada.


La pintura como ciencia especulativa

Este ámbito es el centro argumental de la muestra pues el Greco consideró que la pintura podía imitar lo visible, pero también lo imposible, es decir como una herramienta para explorar las maravillas de lo real y representar asuntos mitológicos o los misterios religiosos.
Vitruvio y los términos de la arquitectura

Aunque el Greco defendió la hegemonía de la pintura respecto a la escultura y la arquitectura, en su época era común considerar a esta última como la más destacada entre las artes por su vinculación tradicional con las artes liberales y porque su conocimiento era indispensable para llegar a ser un hombre universal. Así debió de considerarse el Greco, quien diseñó la arquitectura de algunos de los retablos en que se instalaron sus pinturas y escribió un tratado arquitectónico cuyos contenidos y paradero se desconocen. Estos motivos explican la presencia en su biblioteca de varios ejemplares del tratado de Vitruvio y los más importantes que se publicaron en su tiempo como los de Sebastiano Serlio, Vignola o Andrea Palladio.


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Inventario de bienes del Greco, 12 de abril y 7 de julio de 1614. Escribano Juan Sánchez de Soria, sign. 23041, fols. 1404v-1405. Archivo Histórico Provincial de Toledo


El problema de la imagen religiosa

La sección final de la exposición muestra cómo, aunque dedicó buena parte de su producción a la pintura religiosa, el Greco no dedicó una sola de sus reflexiones a ella y apenas tuvo once libros relacionados con la religión que, más allá de lo que debió de ser su propia fe religiosa, debía de consultar para adecuar sus pinturas a la doctrina y al decoro.

Ver Listado de obras


Fuente: museodelprado.es
 




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El Prado bucea en la mente de El Greco


El Prado derriba tópicos sobre el pintor con una muestra sobre la biblioteca que dejó al morir

La exposición, con la colaboración de la Biblioteca Nacional, es uno de los actos del centenario




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Vista de la exposición con 'Retrato de un médico', de El Greco.

A estas alturas del año Greco, de cuya muerte se cumplen 400 años el lunes, ya se ha convertido en un tópico decir que el pintor saldrá de las conmemoraciones libre de los tópicos interesados que dibujaron su leyenda, tras su redescubrimiento a finales del siglo XIX, como la de un católico cegado de espiritualidad, zarandeado por las visiones y profundamente español. Pero es que la exposición La biblioteca del Greco, pequeña pero intensa, se dedica a fondo hasta el 29 de junio en el Museo del Prado a desmontar estos y otros clichés a partir de los libros que el cretense dejó a su muerte, según constaron en dos inventarios efectuados por su hijo: su colección ascendió a 130 ejemplares; menos que Rubens (unos 500), pero más que el pintor español medio de la época.

En todo caso, una cantidad nada desdeñable que coloca a su propietario como a un pintor filósofo, cosmopolita y, pese al lugar común, menos neoplatónico que aristotélico, como demuestra el hecho de que tres volúmenes del segundo figuraran entre sus libros. Del primero no tuvo (o no se conservó) ninguno, de modo que difícilmente pudo dejarse influir por las ideas del autor de El Banquete.

Porque esta es, antes que nada, una muestra sobre ideas. O, como quiso expresarlo el director de la pinacoteca Miguel Zugaza en una de sus eficaces metáforas: “En Toledo están las manos de El Greco y aquí tenemos el cerebro”. Se refería, claro, a la “apabullante” exposición dedicada en el museo Santa Cruz de la ciudad castellana al genio que en ella pasó media vida y organizada por El Greco 2014. La fundación presidida por Gregorio Marañón y Bertrán de Lis colabora en la cita del Prado junto a la Biblioteca Nacional.

A esta última institución pertenece El tratado de arquitectura de Vitruvio, una de las dos joyas sobre las que gravita la muestra comisariada por Javier Docampo, responsable de la biblioteca del museo, y el profesor de la Autónoma José Riello. La otra es una edición las famosas Vidas de Vasari, propiedad de los herederos de Xavier de Salas, exdirector del Prado. Los dos volúmenes, profusamente anotados por su propietario, se han colocado abiertos por una página llena de la armónica caligrafía, en una vitrina en el centro de la sala, al lado de los dos inventarios de Jorge Manuel Theotocópuli: el hecho pocos días después de la muerte de su padre y el preparado con más detalle con motivo de su matrimonio.

Alrededor de estos tesoros bibliográficos se despliegan las secciones en las que se ha querido dividir el recorrido: los libros que demuestran el (lógico) ascendente que la cultura griega tuvo sobre nuestro hombre, su gusto por las lecturas italianas contemporáneas, la (no tan extensa después de todo) sección de libros religiosos (11, aunque sin anotar), su inclinación a considerar de la pintura como ciencia especulativa y la fijación por los estudios de arquitectura, parte en la que otro tópico sobre El Greco acaba por los suelos. “Por un tratado de pintura”, ha recordado Docampo en la presentación, “tenía cuatro de perspectiva, así que no es cierto que al llegar a España la olvidase en su obra”.

La oferta la completan una serie de pinturas que guardan relación con los libros y sus anotaciones (como el retrato de, acaso, Rodrigo de la Fuente, que además de amigo le regaló el virtuvio) y algunas de las estampas de su colección. Y al final, el inevitable guiño táctil. Si el visitante es de los que ante un libro usado y anotado no puede por menos que abalanzarse sobre él en busca de revelaciones acerca de su dueño, le queda al menos el consuelo de un ingenio en el que se puede consultar, deslizando el dedo por una pantalla, el vitruvio digitalizado, que incorpora una colección de sus adendas. Ente ellas, esta, toda una declaración de intenciones incluida también en el primoroso catálogo en papel: “La pintura […] es moderadora de todo lo que se ve, y si yo pudiera expresar con palabras lo que es el ver del pintor, la vista parecería como una cosa extraña por lo mucho que concierne a muchas facultades. Pero la pintura, por ser tan universal, se hace especulativa”.


elpais.com
 




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El Prado bucea en la mente de El Greco


El Prado derriba tópicos sobre el pintor con una muestra sobre la biblioteca que dejó al morir

La exposición, con la colaboración de la Biblioteca Nacional, es uno de los actos del centenario




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Vista de la exposición con 'Retrato de un médico', de El Greco.

A estas alturas del año Greco, de cuya muerte se cumplen 400 años el lunes, ya se ha convertido en un tópico decir que el pintor saldrá de las conmemoraciones libre de los tópicos interesados que dibujaron su leyenda, tras su redescubrimiento a finales del siglo XIX, como la de un católico cegado de espiritualidad, zarandeado por las visiones y profundamente español. Pero es que la exposición La biblioteca del Greco, pequeña pero intensa, se dedica a fondo hasta el 29 de junio en el Museo del Prado a desmontar estos y otros clichés a partir de los libros que el cretense dejó a su muerte, según constaron en dos inventarios efectuados por su hijo: su colección ascendió a 130 ejemplares; menos que Rubens (unos 500), pero más que el pintor español medio de la época.

En todo caso, una cantidad nada desdeñable que coloca a su propietario como a un pintor filósofo, cosmopolita y, pese al lugar común, menos neoplatónico que aristotélico, como demuestra el hecho de que tres volúmenes del segundo figuraran entre sus libros. Del primero no tuvo (o no se conservó) ninguno, de modo que difícilmente pudo dejarse influir por las ideas del autor de El Banquete.

Porque esta es, antes que nada, una muestra sobre ideas. O, como quiso expresarlo el director de la pinacoteca Miguel Zugaza en una de sus eficaces metáforas: “En Toledo están las manos de El Greco y aquí tenemos el cerebro”. Se refería, claro, a la “apabullante” exposición dedicada en el museo Santa Cruz de la ciudad castellana al genio que en ella pasó media vida y organizada por El Greco 2014. La fundación presidida por Gregorio Marañón y Bertrán de Lis colabora en la cita del Prado junto a la Biblioteca Nacional.

A esta última institución pertenece El tratado de arquitectura de Vitruvio, una de las dos joyas sobre las que gravita la muestra comisariada por Javier Docampo, responsable de la biblioteca del museo, y el profesor de la Autónoma José Riello. La otra es una edición las famosas Vidas de Vasari, propiedad de los herederos de Xavier de Salas, exdirector del Prado. Los dos volúmenes, profusamente anotados por su propietario, se han colocado abiertos por una página llena de la armónica caligrafía, en una vitrina en el centro de la sala, al lado de los dos inventarios de Jorge Manuel Theotocópuli: el hecho pocos días después de la muerte de su padre y el preparado con más detalle con motivo de su matrimonio.

Alrededor de estos tesoros bibliográficos se despliegan las secciones en las que se ha querido dividir el recorrido: los libros que demuestran el (lógico) ascendente que la cultura griega tuvo sobre nuestro hombre, su gusto por las lecturas italianas contemporáneas, la (no tan extensa después de todo) sección de libros religiosos (11, aunque sin anotar), su inclinación a considerar de la pintura como ciencia especulativa y la fijación por los estudios de arquitectura, parte en la que otro tópico sobre El Greco acaba por los suelos. “Por un tratado de pintura”, ha recordado Docampo en la presentación, “tenía cuatro de perspectiva, así que no es cierto que al llegar a España la olvidase en su obra”.

La oferta la completan una serie de pinturas que guardan relación con los libros y sus anotaciones (como el retrato de, acaso, Rodrigo de la Fuente, que además de amigo le regaló el virtuvio) y algunas de las estampas de su colección. Y al final, el inevitable guiño táctil. Si el visitante es de los que ante un libro usado y anotado no puede por menos que abalanzarse sobre él en busca de revelaciones acerca de su dueño, le queda al menos el consuelo de un ingenio en el que se puede consultar, deslizando el dedo por una pantalla, el vitruvio digitalizado, que incorpora una colección de sus adendas. Ente ellas, esta, toda una declaración de intenciones incluida también en el primoroso catálogo en papel: “La pintura […] es moderadora de todo lo que se ve, y si yo pudiera expresar con palabras lo que es el ver del pintor, la vista parecería como una cosa extraña por lo mucho que concierne a muchas facultades. Pero la pintura, por ser tan universal, se hace especulativa”.


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El cretense, de su puño y letra



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'Rodrigo de la Fuente (?)', óleo sobre lienzo de El Greco. Hacia 1582 - 1585. Madrid. / Museo Nacional del Prado


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Detalle de 'Rodrigo de la Fuente (?)', de El Greco. / Museo Nacional del Prado


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Inventario de bienes del Greco, 12 de abril y 7 de julio de 1614. / Archivo Histórico Provincial de Toledo


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'Tratado del arte de la pintura, la escultura y la arquitectura'. Milán, 1585. Giovanni Paolo Lomazzo. / Museo Nacional del Prado


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'La práctica de la perspectiva'. Venecia, 1569. Daniele Barbaro. / Museo Nacional del Prado


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Perspectiva general del Monasterio de San Lorenzo del Escorial Pedro Perret según Juan de Herrera, propiedad de El Greco. Talla dulce (buril sobre aguafuerte) sobre papel verjurado ahuesado.


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El Tratado de arquitectura de Vitruvio que perteneció y anotó El Greco.


Fuente: elpais.com
 




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El Greco no cierra por vacaciones


Cerca de 250.000 visitantes han colapsado la exposición ‘El griego de Toledo’, la más importante antológica montada en España sobre la obra de El Greco

Una inminente muestra en El Prado y otra, a partir de septiembre, de nuevo en Toledo, recogerán el testigo conmemorativo del IV Centenario de la muerte del artista



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Exposición de obras de El Greco en el Museo de Santa Cruz de Toledo. / gorka lejarcegi

Si al decir de algunos los caminos del Señor son inescrutables, los del arte y su exhibición y contemplación pública no lo son menos. En un mundo progresivamente instalado en el tinglado virtual de la mano de inventos cuasi-robóticos del género Google Art Project, de las embrujadoras aplicaciones digitales de algunos grandes museos internacionales e incluso de las tendencias recientes de increíbles videojuegos de vocación arty, mucha gente sigue manteniendo viva la preferencia del original frente a la reproducción analógica y la recreación digital. A ingentes segmentos del público que consume productos culturales —un libro, una película, una exposición, una obra de teatro, un concierto…— le gusta también lo eventual —de evento—. Y de ahí las infinitas colas serpenteando ante las puertas de algunas exposiciones de nuestro tiempo. Un fenómeno no ya de raíz cultural, sino sociológica, que en España vio la luz en 1990 en El Prado, cuando la ya histórica muestra sobre Velázquez vino a dar carta de naturaleza a un género en sí mismo: el de las citas multitudinarias en las que hay que estar, el de las cosas inexcusables que hay que ver.

Unos mil millones de euros es el valor de lo expuesto en el Museo de Santa Cruz

La enumeración desordenada y en bruto de todos estos factores viene a querer explicar o justificar, en oblicuo, el insólito fervor popular suscitado hasta la fecha por las conmemoraciones del cuarto centenario de la muerte de Doménico Theotocópuli, El Greco (Candia, Creta, 1541-Toledo, 1614), organizadas por la Fundación El Greco 2014.

El Museo de Santa Cruz cerró el sábado las puertas de la colosal exposición El griego de Toledo, la mayor y más importante antológica jamás montada en España de la obra del pintor, comisariada por Fernando Marías.

En torno a 250.000 personas han desfilado en tres meses por la salas del viejo Hospital de Santa Cruz, una de las grandes joyas de la arquitectura renacentista toledana, para contemplar un conjunto único de 76 obras procedentes de museos de todo el mundo. Asumiendo el mal gusto que supone poner guarismos a algo tan poco matemático como el arte y cifrar la cultura en números —aunque últimamente algunos de los grandes museos españoles guerrean sin desmayo en esta disciplina—, no es posible obviar el valor económico de lo expuesto en El griego de Toledo: unos mil millones de euros.

El viernes y el sábado, últimos días de esta gran misa oficiada por uno de los artistas más enigmáticos e inclasificables de la Historia, seguían llegando hasta las puertas de Santa Cruz grupos de visitantes con la intención de ver la exposición. Misión imposible para el equipo coordinado por Paloma Acuña, de la Fundación El Greco 2014, cuya obsesión ha sido “luchar por la confortabilidad de los visitantes, teniendo en cuenta que aquí, las horas punta han sido… todas”. Las entradas se habían agotado una semana antes del cierre de la muestra, pese a los maratonianos horarios (de nueve de la mañana a nueve de la noche).

‘Arte y oficio’ explorará en 94 pinturas el ‘modus operandi’ del artista

Pero los rezagados y los frustrados tendrán otros trenes que coger en una ciudad que se ha visto colapsada desde el mes de marzo por una verdadera grecomanía. Queda claro: El Greco no cierra por vacaciones. El IV centenario de la muerte del autor de El caballero de la mano en el pecho sigue su curso en otros santuarios de su pintura, como la iglesia de Santo Tomé (El entierro del señor de Orgaz), el Hospital de Tavera, el convento de Santo Domingo el Antiguo, el Museo del Greco o la Capilla de San José.

El próximo 8 de septiembre abrirá sus puertas, también en el museo de Santa Cruz, la otra gran exposición toledana de este IV centenario: El Greco. Arte y oficio, que, bajo el comisariado de Leticia Ruiz, conservadora del Prado y autora del catálogo razonado del pintor, explorará a través de 94 obras el modus operandi de El Greco, cómo eran sus métodos de trabajo y los de su círculo de colaboradores y seguidores.

Toledo habrá tenido un millón de visitantes cuando finalice el año

En palabras de la comisaria, se trata de penetrar “ese universo grequiano complejo y misterioso, como lo son todos los de los artistas del Renacimiento y del siglo XVII, el universo de un gran creador pero también de alguien que supo moverse bien en el mercado artístico de la época”. “La exposición presta atención al taller del Greco, sin el cual no es posible entender del todo su obra, como ocurre con otros grandes pintores como Rubens o Tiziano”, explica Leticia Ruiz.

Es el universo de alguien que supo moverse en el mercado del arte

La muestra permanecerá abierta entre el 8 de septiembre y el 9 de diciembre y albergará no solo un buen rosario de obras maestras, sino también una exclusiva: la exhibición, por vez primera desde la Guerra Civil, de uno de los grandes conjuntos religiosos pintados por El Greco, el Apostolado de Almadrones (cuatro apóstoles proceden del Prado y cinco viajan desde Estados Unidos, a donde marcharon tras la guerra).

Pero antes (casi ya, a partir del 24 de junio) el Museo del Prado habrá cogido el testigo con el que sin duda va a ser uno de los acontecimientos del año en el ámbito de las exposiciones artísticas, con largas y perennes colas aseguradas en la puerta de la pinacoteca: El Greco y la pintura moderna. La muestra comisariada por Javier Barón y coorganizada entre El Prado y Acción Cultural Española (AC/E) reflejará el influjo que la modernidad del Greco ejerció en algunos de los más célebres artistas de los siglos XIX y XX, desde el hechizo grequista de Manet y Cézanne hasta la obsesión de Picasso por el griego de Toledo, pasando por su impronta en movimientos como el cubismo, el expresionismo europeo y el surrealismo. En las salas del Prado, 25 obras de El Greco convivirán durante todo el verano con más de 70 de nombres como los arriba mencionados más Pollock, Saura, Bacon, Giacometti, Matta…

El presidente de la Fundación El Greco 2014, Gregorio Marañón y Bertrán de Lis, exhibe estos días el indisimulado orgullo de quien cree que todas estas conmemoraciones “marcarán un antes y un después” en la aproximación del público a la obra del genial pintor. Pero no quiere caer en almibarados agradecimientos institucionales y, lejos de ello, reconoce que esta pequeña revolución en las calles y plazas de Toledo, atestadas de visitantes (las previsiones hablan de un millón de visitantes cuando finalice el año) ha sido, sí, un éxito, pero “para algunos un éxito por sorpresa”. “Lo cierto”, explica, “es que las instituciones no se lo han creído del todo, apostaron por ello, sí, pero con poco convencimiento… no llegaron a convencerse nunca de que El Greco 2014 podía ser el fenómeno social y cultural que está siendo”.

Con un “85% de financiación privada” (que otras fuentes sitúan en “un 99%”), el máximo responsable de los fastos del año Greco considera que sin el mecenazgo cultural del sector privado “apenas se hubiera costeado un 10% del proyecto”. Y añade: “Esto es la prueba de que la cultura entendida como un modelo subvencionado al 100% por el Estado es un modelo pasado y no volverá”.

La estrategia de comunicación que ha rodeado a este “auténtico proyecto de capitalidad cultural”, como lo define Gregorio Marañón, no se ha limitado a las formas tradicionales de publicidad, ni siquiera a un intensivo meneo en las redes sociales… El anagrama de El Greco 2014 y el retrato de Don Diego de Covarrubias acabaron, por ejemplo, sobreimpresionados en el casco de los pilotos Romain Grosjean y Pastor Maldonado, del equipo Lotus-Renault, durante el Gran Premio de España de Fórmula 1 celebrado el 11 de mayo en el circuito de Montmeló. El Greco del siglo XVI a bordo de un bólido del siglo XXI… Pero los designios del sponsoring, como los del Señor, también son inescrutables.

elpais.com
 




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Deconstruyendo a Theotocópuli


Aquellos que al sol del cuarto centenario estén revisando su juicio sobre El Greco, deben comenzar por la esencial exposición de su biblioteca en una salita del Museo del Prado



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'Caballero de la mano en el pecho', de El Greco.

Aquellos que al sol del cuarto centenario estén revisando su juicio sobre El Greco, deben comenzar por la esencial exposición de su biblioteca en una salita del Museo del Prado de discreto tamaño y densa documentación. La propuesta, dirigida por Javier Docampo y José Riello, es impecable: debemos olvidar los viejos tópicos sobre el pintor. Este es el prólogo ineludible.

En línea con los seminales trabajos de Fernando Marías, quien lleva treinta años limpiando la vieja estampa del artista, los comisarios muestran de modo irrefutable que ni el catolicismo, ni la mística, ni el genio metafísico de Castilla son elementos relevantes en la pintura de quien no tuvo otra pretensión que la de ser el más grande pintor de Europa. Y seguramente tenía razón. Aunque un pintor extravagante.

El tópico trascendente se forjó poco a poco, pero tuvo su más fuerte oleaje popular con los escritos de Maurice Barrès cuya influencia en la España de comienzos del siglo XX fue enorme. La visión de Barrès determinó la de talentos como Ortega, Unamuno, Marañón o D'Ors. A lo largo del siglo XX el Greco no fue sino un “intérprete del alma castellana” (Cossío), cuando no un meteoro de Asia: “Lo oriental, lo occidental, todo se anega en el españolismo de la obra del Greco” (Gómez de la Serna). Nada de eso es congruente con el análisis actual de su pintura, ni con la simple visión de su biblioteca.

Primera sorpresa, apenas hay libros de religión y son de los que ofrecen estampas a la imaginación, no doctrina. Segunda, muchos textos en griego y pocos en español. Tercera, entre los abundantes clásicos ni un Platón, pero sí tres Aristóteles. Los ensayos reunidos en el catálogo dan cuenta de los inventarios que permitieron conocer la biblioteca y se detienen en el volumen de las Vidas de Vasari donde el Greco anotó una importante cantidad de páginas. Ahora podemos leer dieciocho mil palabras que forman casi un libro en donde expone su pensamiento. En ese extenso texto no hay una sola palabra que aluda a la religión. Si a ello se añade que no perteneció a cofradía alguna y no encargó misas a su muerte (Riello, 54), aunque sí lo hizo luego su hijo por razones del cargo, puede entenderse que pintaba temario religioso porque no le encargaban otro, no por obsesión.

¿Qué queda cuando al Greco le amputamos la mística, la espiritualidad flamígera y el delirio pío? Queda la pintura. Una de las más singulares de la historia.

En el primer inventario, el de 1614, figuran ciento treinta libros. Es una biblioteca considerable para un pintor. La de Velázquez (“erudito pintor”, le llamaba Palomino) tenía ciento cincuenta y cuatro. La de Rubens, el más rico e instruido de los pintores de su época, contaba quinientos. Esa pasión estudiosa responde al proceso (que conoció en Venecia, hacia 1567) de ascenso intelectual de los pintores, los cuales, de pertenecer a los gremios artesanos (mecánicos) se alzarían a ser “artistas” (liberales) en un doloroso calvario de doscientos años. No en vano Pacheco dijo de él que era “gran filósofo de agudos dichos”, sentencia que hay que tomar con prudencia porque Theotocópuli, en los treinta y pico años que vivió en España, sólo logró farfullar un español plagado de italianismos.

¿Qué queda cuando al Greco le amputamos la mística, la espiritualidad flamígera y el delirio pío? Queda la pintura. Una de las más singulares de la historia. Algo así como si al Tintoretto de San Rocco le hubieran injertado el cielo estrellado de Van Gogh. Pintura saturada de color, pero no la limpia coloratura florentina y ni siquiera la más oscurecida de Roma, sino otra inventada por el griego, un cromatismo único, inconfundible, espectral: la dramática luminosidad del nocturno toledano, verdadero hápax del paisajismo. Es esa originalidad portentosa, “la falta de simetría, la distorsión de las proporciones, las incongruentes libertades iconográficas, la negación del espacio, el trabajo directo sobre el lienzo con manchas de color” (Hadjinicolau), lo que ha emocionado tan poderosamente a los artistas modernos. La exposición del Museo del Prado que pone en relación el Greco y los modernos es admirable.


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Modigliani se inspiró en 'El caballero de la mano en el pecho' para su cuadro 'Paul Alexander'.

Tras un periodo de olvido, la pintura de Theotocópuli regresó de la mano del romanticismo tardío, pero después de seducir a los ochocentistas siguió su camino a lo largo del siglo XX y entró de lleno en la invención de las vanguardias. Su obra es una de las presencias antiguas más extensas: cubismo, expresionismo, surrealismo, abstracción, su espíritu reaparece en casi todos los movimientos. Con el preámbulo del estupendo Cristo muerto de Manet, la exposición se inicia con la primera y más potente colaboración, la de Cézanne, cuya copia de la Dama del armiño (no importa su autoría) abre el proceso de absorción vanguardista en 1882.

Posterior, pero no menor, es el peso de Picasso, en verdad obsesionado con el cretense. Hay aquí diecinueve picassos, alguno de los cuales, como el audaz Entierro de Casagemas, parodia del de Orgaz, es casi desconocido. Menos sorprendente es su influencia en el ámbito germánico donde se le conoció gracias a dos piezas extraordinarias, El expolio, en Munich, y el Laocoonte de los Montpensier que permaneció durante años en Berlín y en Munich. Ni falta hace decir que la convulsa paleta de Kokoschka está embebida del Greco, pero hay en esta exposición piezas inesperadas de Beckmann, de Schiele, de Macke, de Soutine.

Es imposible resumir todo lo que el comisario, Javier Barón, ha logrado reunir en esta muestra. Lo más insólito, las copias de Pollock y el evidente impacto en sus óleos de los años treinta. Menos sorprendente, pero singular, la presencia de Giacometti, Chagall o Bacon. Hay también una aportación de la última gran pintura española, la de Saura, que enlaza con la recepción de los primeros: Zuloaga, Rusiñol, Fortuny. De Zuloaga conmueve el inmenso retrato de los defensores del Greco, todo el 98 encabezado por Ortega, con un fondo magnífico: la Visión de San Juan comprado en 1905 por Zuloaga y que desdichadamente se vendió al Metropolitan. Fue esa brillante generación la que forjó la vieja estampa del Greco místico y “español”. Toca ahora limpiarla mediante una restauración profunda. Y eso hacen las ciento siete piezas de esta exposición memorable.


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El Museo del Prado exhibe la irresistible modernidad del Greco


Un centenar de obras refleja el poderoso influjo del pintor sobre artistas como Picasso o Modigliani



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Una visitante observa una de las obras del Greco en la exposición del Prado. / SAMUEL SÁNCHEZ

El Greco no murió en Toledo en 1614, por más que digan los libros de Historia del Arte. Como el fantasma de Elvis en las gasolineras de Tennessee, el espíritu del pintor cretense se dejó ver guiando a Manet por las salas del Prado en aquel viaje iniciático a Madrid de 1865; se sentó en las cervecerías de Múnich para espolear medio siglo después a los miembros del Jinete Azul; o compareció en el taller de Long Island de Pollock justo para el momento fundacional del action painting. Estas y otras apariciones alientan la exposición El Greco y la pintura moderna, con la que el Museo del Prado se suma hasta el cinco de octubre a las celebraciones del cuarto centenario de la desaparición del artista. Una efeméride que, en vista de lo mostrado hasta ahora (la exitosa cita de El Griego de Toledo y sus cerca de 250.000 visitantes, según la organización, la Fundación El Greco 2014, y La biblioteca de El Greco, que enfila en la pinacoteca madrileña su última semana), arrojará un retrato de su figura bien distinto y convenientemente limpio de tópicos; el pintor católico, cegado de espiritualidad y corroído por la ranciedad patriótica fue en realidad un artista cosmopolita de maneras filosóficas y autor de un corpus asombrosamente influyente en las vanguardias.

26 obras del Greco (entre ellas, excepcionales -y arduos- préstamos, como el tenebrosamente majestuoso Laocoonte, llegado de la National Gallery de Washington, o La visión de San Juan, del Metropolitan) se enfrentan en distintos grados de literalidad con más de 80 piezas de artistas del siglo XIX y primera mitad del XX. La intención del comisario Javier Barón, conservador del Prado, es la de probar que, una vez consumidos más de doscientos años de tergiversaciones históricas y malentendidos artísticos, resulta imposible exagerar el hechizo ejercido por el artista griego en el nacimiento y primeros pasos del arte moderno.

En ocasiones (y así se subraya en la muestra, levantada en colaboración con Acción Cultural Exterior y financiada por la Fundación BBVA), la influencia es tan palpable que se echa en falta uno de esos ingenios informáticos que permiten pasar de un cuadro a otro descorriendo una cortinilla invisible: asombrosas son las parejas formadas por El caballero de la mano en el pecho y un retrato de Modigliani de Paul Alexandre (1913); el Gitano (1915) de Delaunay y el San Sebastián pintado por el Greco trescientos años antes; o esa indisimulada versión de Adoración del Nombre de Jesús que Max Beckmann tituló en 1907 Estudio para La Resurrección I.

En otros casos, el ascendente, aunque innegable, resulta más latente, como en la contraposición de uno de los más célebres cuadros de bañistas de Cézanne (del museo de Orsay de París, una de las 40 ciudades prestadoras de la cita) con dos esculturas del Greco. La obra última del cretense está, según las conclusiones presentadas en la muestra, tras el credo en la belleza convulsa ansiada por los surrealistas. Y si su pincel fluido dio la razón retrospectivamente a los naturalistas estadounidenses como John Singer Sargent, que poseyó una versión de San Martín y el mendigo, frente a los dos originales que tuvo Degas, la particular concepción de planos, el sentido rígido de los pliegues y la cierta desidia a la hora de acabar lo empezado tuvo por fuerza que influir a Cézanne y la tribu de los cubistas, primero, y el orfismo, después.

Para unos y otros, el Greco representó el hallazgo de un artista desconocido, “transterrado a una nación antaño poderosa pero entonces periférica”, como era España. “Tuvieron con frecuencia la sensación de descubrir un tesoro casi oculto”, explica el comisario Javier Barón. De ese descubrimiento de una terra incognita también participaron los artistas españoles; desde aquella nación doliente, que se lamía las heridas del 98, el recuerdo de las postrimerías del siglo de Oro tal vez se asemejaba más a la añoranza de una república invisible que a una herencia real. Como buen ejemplo de ello y resumen del espíritu general de la muestra puede contar Mis amigos (1920-1936), dibujo inacabado de Zuloaga (a quien llamaban Le Greco en Francia). En él, el artista guipuzcoano retrata a algunos de los más ilustres miembros de la hinchada del cretense en aquel tiempo (Valle Inclán, Belmonte, Unamuno, Marañón, Baroja…) en una composición presidida por La visión de San Juan, adquirida por Zuloaga en 1905.


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Inventario de bienes del Greco, 12 de abril y 7 de julio de 1614. Escribano Juan Sánchez de Soria, sign. 23041, fols. 1404v-1405. Archivo Histórico Provincial de Toledo. / MUSEO DEL PRADO

Los guiños metapictóricos al artista cretense fueron frecuentes en la época. Sorolla, que comparte habitación con su rival Zuloaga, retrató a los dos impulsores oficiales del rescate del Greco a principios de siglo: Manuel Bartolomé Cossío, autor de la influyente primera monografía sobre el artista, llamada a cambiarlo todo, y el marqués de Vega-Inclán, fundador de la Casa del Greco en Toledo. Y Picasso, gran estudioso de su obra, se caricaturizó como el cretense en una serie de dibujos y óleos de finales del XIX, que llegó a firmar como Yo, el Greco, pintor sobre el que volvería con la melancólica y serena gravedad que solo otorga la vejez en los setenta, hacia el final de su vida, con su serie Mosqueteros. El conjunto de obras del artista malagueño presentadas en la muestra funciona casi como una exposición dentro de la exposición, articulada en torno a la presencia de Evocación. Evocación. El Entierro de Casagemas (1901), obra maestra del periodo azul, y a las (lógicas) ausencias de El entierro del señor de Orgaz, su inspiración, que no se puede mover de Toledo, y de Las señoritas de Avignon (emparentada con La visión de San Juan).

También hay lugar en la propuesta, compartimentada en épocas y lugares de influencia, para homenajear a los muchos y muy célebres extranjeros que situaron al pintor en el big bang de la modernidad: el coleccionista William Stirling-Maxwell, el estudioso August L. Mayer, Julius Meier-Graefe, gran introductor del Greco en Alemania, que comparece en la exposición retratado por Lovis Corinth, o Hart Benton, maestro de Pollock, que aporta un estudio geométrico de la Resurrección. Con todo, uno de los empeños mayores, como corresponde a los intereses de Barón, Jefe del Área de Conservación de Pintura del Siglo XIX, consiste en reivindicar que si el rescate internacional llegó tras la apertura en 1838 de la Galería Española de Luis Felipe de Orleans en el Louvre, en España le echaron cuentas al Greco ya desde el primer tercio del siglo XIX, como se demuestra al principio de la muestra y bajo la influencia de La trinidad, comprada en 1827 por Fernando VII para el Prado, que en 1902 le dedicó la primera gran muestra al pintor.

Lo que sigue tras esa introducción es un apasionante viaje en el que el color de las paredes (blanco crudo) y la nómina de los artistas representados ("¡bienvenida sea la vanguardia al Prado de la mano del Greco!", ha exclamado su director, Miguel Zugaza, durante la presentación) producen un efecto de extrañamiento en el visitante despistado, que podría acabar por creer que se halla en otro museo.

Un contundente golpe de efecto aguarda hacia el final del recorrido para sacudir todas las ensoñaciones posibles. Bajo el lucernario del cubo de los Jerónimos, late, en cuatro paneles enfrentados, el corazón de la muestra: en torno al Laocoonte, La visión de San Juan, La resurrección y El bautismo de Cristo, se pueden contemplar en un barrido circular obras de Pollock y Orozco, Bacon, Saura y Giacometti, Kokoschka o André Masson. O lo que es lo mismo: la influencia del Greco en los expresionismos germánicos y del resto de Europa, en el surrealismo, en Estados Unidos, donde fue apreciado como un outsider del arte antiguo hecho a sí mismo, y en las figuraciones posteriores a la II Guerra Mundial, espacio que despide a los visitantes con un último guiño, no tanto pictórico como de justicia poética.

In memóriam José Álvarez Lopera, se lee en una de las paredes como recuerdo al conservador de la pinacoteca fallecido en 2008 y que fue, como han recordado Zugaza y Barón, el impulsor primigenio de este proyecto.


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El director del museo y el comisario de la muestra explican la influencia ejercida por este pintor


Un paseo por la exposición del Greco en el Prado



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Ver vídeo

El director del Museo del Prado, Miguel Zugaza, y el comisario de la exposición El Greco y la pintura moderna, Javier Barón, que acoge la pinacoteca madrileña desde el 24 de junio al 5 de octubre comentan la influencia del pintor cretense en el arte moderno. Barón ha escogido tres obras de este artista que desarrolló su trayectoria en Toledo y las compara con piezas de Cézanne, Picasso y Chagall.


elpais.com
 




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La Reina con el Greco, un vanguardista en El Prado

Doña Letizia ha inaugurado esta tarde 'El Greco y la pintura moderna', una exposición que rastrea la influencia del artista en la pintura de los siglos XIX y XX



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La Reina Letizia, en la exposición de El Greco, en el Prado. / EFE

Ver vídeo de la inauguración

Ignacio Zuloaga adquirió en 1905 una de las obras cumbres de El Greco, 'La visión de San Juan'. Picasso la vio en el estudio del artista en París dos años antes de pintar Las señoritas de Aviñón (1907). "La elección de los cuerpos desnudos, las posturas, la presencia de una figura arrodillada de espaldas a la derecha, los ángulos quebrados de las anatomías y de los pliegues de las telas, la concepción del espacio al margen de las tres dimensiones...". Javier Barón, conservador del Museo del Prado, desgrana las similitudes entre las dos obras.

No era la primera vez que el malagueño se fijaba en El Greco. Ya lo había hecho en 1899, como demuestran varias cuartillas y retratos en los que versionaba la obra 'El caballero de la mano en el pecho', y lo haría en múltiples ocasiones hasta el final de su carrera (con un reiterado interés en 'El entierro del Conde de Orgaz'), pero 'Las señoritas de Aviñón' sirven para situar al artista griego en el origen del cubismo. La muestra El Greco y la pintura moderna, organizada junto a Acción Cultural Española (AC/E), reúne un centenar de obras que revelan la huella del pintor en el trabajo de figuras como Cézanne, Modigliani, Delaunay, Chagall, Pollock, Kokoschka, Masson, Saura y el propio Picasso.

"El Greco desplazó a Velázquez en el siglo XIX como referencia para los renovadores en Europa y América", señala Barón, comisario de la muestra. La exposición cuenta con 26 obras de El Greco, 80 de otros artistas y 13 publicaciones, estudios y documentos que demuestran, en palabras de Miguel Zugaza, director del Museo del Prado, la "resurrección del artista por la sensibilidad moderna". En 1902, el Museo del Prado organizó la primera monografía dedicada a El Greco. En los años siguientes, los coleccionistas y museos norteamericanos empezaron a hacerse con muchas de sus obras y publicaciones como 'Spanische Reise' (1910), de Julius Meier-Graefe, contribuyeron a universalizar su figura.

La exposición, inaugurada esta tarde por Doña Letizia, en su primer acto en solitario como Reina de España, cuenta con importantes préstamos de más de 70 colecciones públicas y privadas. "El arte corre más deprisa que la Historia del Arte", ha asegurado el director del museo durante la presentación a los medios. Y la 'adelantada modernidad' de El Greco explica por qué Cézanne y Giacometti copiaron su 'Dama del armiño' (1577-1579); por qué Thomas H. Benton pedía a sus alumnos, entre ellos Pollock, que lo hiciesen con las afiladas figuras de 'La resurrección de Cristo' (1600); o por qué Diego Rivera y David Bomberg imitaron sus vistas de Toledo.

Del expresionismo germánico al surrealismo, de los pintores americanos de principios de siglo a la figuración posterior a la Segunda Guerra Mundial. Y de ahí, a los años 70, cuando Picasso volvió a evocar al 'Caballero de la mano en el pecho' en su serie 'Mosqueteros', una relectura casi irónica del artista griego. Profeta de la vanguardia en el Museo del Prado.

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Hoy he estado en el Prado, como amigo-protector del museo, voy con regularidad. El motivo principal de la visita ha sido visitar la exposiciones temporales 'El Greco & La pintura moderna' y 'La biblioteca del Greco', como era de esperar por los comentarios de prensa -más arriba referidos- es sensacional. No solo por las obras del propio Greco expuestas, propiedad del Prado, del Monasterio de El Escorial, de Toledo..., y de instituciones internacionales, sino por la influencia que este genio de la artes ha tenido en multitud de pintores, especialmente del siglo XIX y XX. Hay cantidad de obras modernas, de otros pintores que también se pueden ver y comparar la influencia de la temática 'grequiena', su figuración y su composición.

El Greco influyó en pintores tan importantes como: Fortuny, Rusiñol, Sorolla, Picasso y sobre todo Zuloaga, que adquirió varias obras suyas. También Diego Rivera, Manet, Cézanne, Modigliani, Derain, Chagall, Bacon, Pollock... y una larga lista de todos los estilos.

Sabido es que el Greco fue un pintor muy importante en su tiempo -aunque relegado muchos siglos-, además, muy ilustrado que contaba con una gran biblioteca personal, de la que actualmente solo se conservan 39 libros que conserva el Prado, fruto del inventario que su hijo Jorge Manuel Theotocópulirealizó cuando en 1614 murió su padre. Ni qué decir tiene que son muy interesantes, pues las temáticas abarcan todas las artes, y también cuenta con algunos libros religiosos.

Si alguien lee este comentario, espero que tenga ocasión de visitar el Museo Nacional del Prado; además de esta exposicin temporal dedicada a el Greco, tiene una colección permanente impresionante, sin desmerecer otros museos, para mí el Prado, es el mejor museo del mundo.


 

Saludos.
 




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Cubismo renacentista


El Hospital Tavera es una máquina del tiempo para Picasso, El Greco, Buñuel y la prensa rosa



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Catherine Deneuve y el cardenal Tavera en una escena de 'Tristana' (1970).

Si una casa moderna, según Le Corbusier, debe ser una máquina de habitar, hay edificios clásicos que son máquinas del tiempo. Y no es ningún secreto que en Toledo hay una: el Hospital Tavera. Está a un paso de la Puerta de Bisagra, pero la guía que lo enseña —un dechado de claridad y erudición— se queja de la falta de visitantes: “No nos tienen en los circuitos turísticos”. El Año Greco mitigará esa sequía, pero que Dios conserve la vista a los circuitos: el sitio es una maravilla levantada en la segunda mitad del XVI con trazas de Alonso de Covarrubias. A pesar de que el aire florentino del exterior es suficiente aviso, nada hace presagiar lo que albergan esas cuatro paredes: la botica, el archivo, las habitaciones convertidas en museo (con piezas de primera), dos patios imposibles de intuir desde fuera, una iglesia con trazas casi catedralicias o una cripta de acústica inefable en la que aún se entierra a los duques de Medinaceli, sus dueños.

Luis Buñuel se fascinó con el lugar desde sus años de surrealista en ciernes

Pero además de una máquina de tiempo, el hospital, queda dicho, es un secreto a voces. Sin necesidad de haber estado en él, algunos lo conocerán por la prensa rosa —el entierro hace un año de la anciana duquesa, la boda de la hija de José Bono con el hijo de Raphael—; otros, por la serie Águila roja —sale en algún capítulo— y otros más por Tristana, la película de Luis Buñuel, obsesionado con este lugar desde sus años de surrealista en ciernes. Imposible olvidar a Catherine Deneuve acercando sus ojos a los del cadavérico cardenal Tavera en el túmulo funerario que le esculpió Berruguete, puro gore de mármol. Mientras la tumba del promotor del hospital ocupa el centro de la iglesia, El Greco pintó para sus altares dos cuadros que son míticos por distintas razones: uno —el Bautismo de Cristo, todavía en el templo— por ser de los que tenía entre manos cuando murió en 1614, hace ahora cuatrocientos años; el otro, por servir de inspiración a Picasso para Las señoritas de Aviñón, ese icono cubista.


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'La visión de San Juan', de El Greco (1608-14), propiedad del Metropolitan de Nueva York.

Esa segunda obra del cretense, a la que le cortaron la parte superior, pertenece al Metropolitan de Nueva York pero duerme hasta octubre en el Museo del Prado: es una de las grandes estrellas de la muestra El Greco y la pintura moderna, estelar de por sí. La visión de San Juan es el título que pone en la cartela, pero ese lienzo de dos por dos —redondeando— ha tenido otros nombres, entre los de más pedigrí, La resurrección de la carne o La apertura del Quinto Sello del Apocalipsis. Cuando lo vio, fascinado, Picasso, se le conocía como Amor sagrado y Amor profano: el sagrado estaría en la parte que le falta. Los avatares del cuadro están a la altura de sus cambios de nombre. Tras pasar por las manos de Cánovas del Castillo, el presidente conservador asesinado en 1897, el lienzo terminó en las de un médico cordobés que ocultaba a sus hijas tanto desnudo manierista tapándolo con una cortina. Es lo que contaba Ignacio Zuloaga, que se lo compró al galeno por mil pesetas de las de 1905 y lo envió a su estudio de París.

Zuloaga viajó a España con Rodin para convencer al escultor de las bondades de El Greco. No tuvo éxito

Allí se lo topó Picasso, que dos años más tarde revolucionaría el arte moderno con sus cinco señoritas en cueros. John Richardson, brillante y malicioso —o brillante por malicioso— biógrafo del pintor malagueño, recuerda en su biografía el viaje en el que Zuloaga se hizo con esa obra maestra. El capítulo se titula Saqueando el pasado y en él se cuenta el periplo por España del artista eibarrés junto a su amigo Rodin y un entusiasta coleccionista ruso: Ivan Shchukin. Al primero quería convencerlo —sin demasiado éxito— de las virtudes de aquel griego extravagante que lo tenía fascinado (llegó a poseer una docena de obras suyas). Al segundo pretendía asesorarlo en la compra de varios grecos. Ni que decir tiene que Richardson, que llama al ruso “ingenuo” y “decadente”, se regodea contando el resultado de la operación: cuando años después Shchukin quiso pagar sus muchísimas deudas vendiendo los nueve cuadros que le consiguió Zuloaga, resultaron ser falsos. Acosado por los acreedores, se suicidó en 1908. Richardson, por supuesto, no se ahorra la justicia poética respecto al asesor del futuro suicida: "En los años siguientes Rusia, que se había convertido en su principal mercado, fue invadida por zuloagas falsos".

En 1830 el Museo del Prado había intentado comprar 'El entierro del señor de Orgaz'

Aquellos que todavía crean que, como antes los niños, la cotización de un artista viene de París, harían bien en echarle un vistazo al catálogo de El Greco y la pintura moderna. En él Pedro José Martínez Plaza, conservador del Prado, nos relata el trasiego de ventas, copias y falsificaciones que se produjo merced al éxito de la primera gran exposición que el museo dedicó al autor de El caballero de la mano en el pecho. Fue en 1902 y coincidió —no por casualidad— con la coronación de Alfonso XIII, una feria que llenó de extranjeros Madrid. El salto de El Greco al otro lado del Atlántico empezaba a cuajar, lo mismo que su gloria moderna en España. Su reivindicación decimonónica tenía, no obstante, precedentes curiosos. Como cuenta Martínez Plaza, en julio de 1830 el Museo del Prado —entonces Real Museo de Pinturas y Esculturas— quiso comprar a la iglesia toledana de Santo Tomé El entierro del señor de Orgaz. El ecónomo de la parroquia dio el visto bueno pero la venta nunca se ejecutó. El cardenal primado tenía la última palabra, aunque no se conocen sus razones, ni siquiera si hubo tales razones. Poco después lo intentaría también la Real Academia de San Fernando. Para suerte de todos, el buen señor de Orgaz continúa recibiendo a las visitas en el lugar en el que fue enterrado. Pocas se acercan al Hospital Tavera. Es un momento perfecto para ir.

elpais.com
 




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El Greco dialoga con Flandes

Sigüenza recupera una selección de tapices frente a una 'Anunciación' del pintor cretense.


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Aspecto de una de las salas de la muestra en la catedral de Sigüenza. JAVIER BARBANCHO

La catedral de Sigüenza (Guadalajara) tiene obras de arte que atesora como pequeños trozos de Historia. La más preciada es un lienzo original de El Greco, una de las muchas representaciones de 'La Anunciación' del arcángel Gabriel a la Virgen que el pintor cretense realizó a lo largo de su vida. Se sabe que la pieza data de principios del siglo XVII (entre 1603 y 1607) y que fue adquirida por el cabildo gracias a la cercana relación que existía entre el artista y el autor del retablo mayor de la catedral, el escultor Giraldo de Merlo. Con la exposición de este lienzo en la Capilla de la Concepción, Sigüenza se une a la conmemoración del IV centenario de la muerte de El Greco.

Son posteriores por algunas décadas los 16 tapices flamencos que también forman parte del patrimonio seguntino. Fueron tejidos en Bruselas, en los talleres de Jean le Clerc y Daniel II Eggermans, y colgados por primera vez en la Capilla Mayor de la catedral el 30 de noviembre de 1664, como un regalo del obispo Andrés Bravo de Salamanca. Allí permanecieron durante 350 años, hasta que el pasado enero fueron trasladados a Madrid para su restauración en la Real Fábrica de Tapices. Desde ayer es posible contemplar la mitad de la colección -la serie 'Las Alegorías de Palas Atenea'- en una de las salas del Claustro. Esta ha sido acondicionada como espacio expositivo, el primero del recién creado Museo de Tapices Flamencos de la Catedral.

María Dolores de Cospedal, presidenta de Castilla La Mancha, presidió ayer la inauguración de ambas exposiciones ante un centenar de personas. Entre ellas, Antonio Manada del Campo, presidente de la Fundación Ciudad de Sigüenza y coordinador del proyecto Sigüenza Universo Greco;Juan José Asenjo, arzobispo de Sevilla y oriundo de Sigüenza; Don Marciano Somolinos, deán de la catedral; José Manuel Latre, alcalde del municipio; y María Dolores Asensi, presidenta de la Real Fábrica de Tapices.

"La sombra de El Greco es alargada" dijo Cospedal, como un guiño a la primera novela de Miguel Delibes, pero también como la constatación de que la región manchega se ha colocado bajo los focos de España y del mundo gracias a la conmemoración de la vida y obra de Doménikos Theotokópoulos. La también Secretaria general del PP advirtió que el de Sigüenza "no es sólo un Greco más, sino un Greco en el espacio y el momento histórico que le corresponde", ya que dialoga con obras creadas en el mismo siglo. El óleo ha sido colocado con un marco dorado en la Capilla de la Concepción, también restaurada por el Instituto del Patrimonio Cultural de España.

La colaboración entre ésta y otras instituciones públicas y privadas -el cabildo, el obispado y distintas empresas- ha hecho posible la realización de ambos proyectos. Falta que se realicen los trabajos correspondientes en la segunda de las dos series de tapices -dedicada a la historia de Rómulo y Remo- a lo cual se comprometió Cospedal públicamente.

La restauración consiste en una limpieza en profundidad para revivir los colores, según explicó Asensi. Además, en el actual montaje se ha utilizado un nuevo sistema de colocación para no tirar de los tejidos. Se espera que el próximo año la catedral pueda exhibir la colección completa y así contar su otro trozo de Historia.


elmundo
 




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Por si a alguien interesa... Otro trabajo reeditado, ya se ven las imágenes de la cabecera.




 

Saludos.
 




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Post Re: EL GRECO 
 
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SIGÜENZA UNIVERSO GRECO • EL PRÓXIMO 27 DE JULIO SE INAUGURA EN EL CLAUSTRO DE LA CATEDRAL DE SIGÜENZA LA EXPOSICIÓN DE LA ANUNCIACIÓN DE EL GRECO, PROPIEDAD DEL CABILDO SEGUNTINO Y DEL MUSEO DE TAPICES FLAMENCOS.



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La recompensa de las armas.

Con motivo del IV Centenario del fallecimiento de El Greco en Toledo, en muchos lugares de España se han celebrado exposiciones y actos culturales centrados en el análisis de su trayectoria artística. Sobre todo en aquellos que conservan una obra de genial pintor y que configuran el llamado “Universo Greco”. Sigüenza forma parte de este universo, pues en su catedral podemos admirar una de las últimas Anunciaciones del artista cretense propiedad del Cabildo seguntino.

Esta obra y ochos de los dieciséis tapices flamencos propiedad igualmente del Cabildo, se podrán admirar en una exposición que se inaugurará el próximo 28 de julio en el claustro de la catedral. Exposición organizada por “Sigüenza Universo Greco”, entidad de la que forman parte el Cabildo y el Ayuntamiento seguntino, la Diputación Provincial, la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, la Fundación Ciudad de Sigüenza y la Fundación Martínez Gómez-Gordo, de la que es presidenta la cronista oficial de Sigüenza.

En el nuevo claustro catedralicio, construido a principios del siglo XVI, D. Diego Serrano, abad de Santa Coloma, mandó edificar una capilla funeraria para su enterramiento y el de sus familiares. En ella se aunaron las formas góticas de la bóveda estrellada con las renacentistas de la portada, retablo, tribunas y pinturas murales, obra de Francisco de Pelegrina, en las que se ha querido ver la representación, entre otros temas simbólicos, de la Jesusalén celestial.

Esta capilla de la Concepción, restaurada hace muy pocos años por el Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE), es el marco de la exposición de “La Anunciación” de El Greco. Este lienzo, datado entre 1603 y 1607 por su estilo e iconografía, es considerado obra del taller del pintor, que participa activamente en su diseño y ejecución, como corrobora su firma, hallada en la base del reclinatorio de María mientras era restaurado en el 2008 en el citado Instituto.

El Greco pintó en varias ocasiones el tema de la Anunciación del arcángel Gabriel a la Virgen. Sin embargo, en este lienzo representa propiamente el momento de la Encarnación: la brillante luz del Espíritu Santo, blanca paloma rodeada de querubines, protagoniza la escena y concentra nuestra mirada en las expresivas cabezas de la Virgen, que acaba de concebir, y del arcángel, que cruza sus manos sobre el pecho y adora al Dios encarnado.

La estilización de las figuras, el tornasolado de los colores, transformados por la luz espiritual del rompimiento de gloria, y la supresión de las referencias espaciales, reducidas a la presencia del reclinatorio, el cesto de costura y el jarrón de azucenas del primer término, son recursos del manierismo pictórico característico de la época, interpretado de forma personalísima por El Greco.

En la sala contigua de la panda norte del claustro, convertida en Museo de Tapices, y como colofón extraordinario de esta exposición singular de “La Anunciación” del genial pintor cretense, podemos admirar ocho magníficos tapices flamencos propiedad, como antes dijimos, del Cabildo seguntino.

Señalemos que fue el 30 de noviembre de 1664 cuando se colgaron por primera vez en la capilla mayor de la catedral de Sigüenza 16 tapices, regalo de su obispo Andrés Bravo de Salamanca. Diseñados por un pintor flamenco al estilo del francés Charles Poerson, fueron tejidos a partes iguales en los talleres de Bruselas de Jean le Clerc y Daniel II Eggermans. Ocho están dedicados a la “Historia de Rómulo y Remo” y los otros ocho a “Las Alegorías de Palas Atenea”.

Esta última serie es la que se muestra en la exposición, tras su reciente restauración en Real Fábrica de Tapices de Madrid, bajo la supervisión del Instituto del Patrimonio Cultural de España, quien también restauró hace años la gran sala del antiguo claustro catedralicio en la que se exhiben.

Cuatro de los tapices fueron firmados por Jean le Clerc: “La recompensa de las Armas”, “La Gloria de las Musas estimuladas por la Paz”, “Los sacrificios divinos son restaurados por Palas y Paz” y “Palas, triunfante por la gloria de las armas, acompañada de las Musas”; y los otros cuatro por Daniel II Eggermans: “Marte huye, Júpiter se alegra por el final de las armas obtenido por Palas y Paz”, “Palas y la Paz conducen a los trabajadores al templo del honor”, “Los vagos y pusilánimes son puestos en fuga por Palas” y “El triunfo y la gloria de Palas y Paz”.

Como evidencian los títulos, que aparecen en latín en cartelas insertas en la cenefa superior de cada tapiz, las protagonistas principales de los mismos son Palas Atenea y Paz, dos hijas de Júpiter. La primera, como diosa de la guerra, se nos muestra completamente armada, con casco, coraza, lanza y escudo; en época de paz, era la diosa que impulsaba todas las artes, que aparecen representadas por las diversas Musas. La segunda, la diosa Paz, se representa como una bella joven, ricamente ataviada, que lleva en su mano una rama de olivo o un cuerno de la abundancia.

Estos ocho tapices nos hablan alegóricamente de las virtudes cívicas de Palas Atenea, modelo del buen gobernante que, manteniendo la paz, impulsa el desarrollo de todas las artes, premia a los esforzados, destierra a los perezosos y conserva los ritos religiosos, alcanzando así la máxima prosperidad en su reino.

En esa época, dado su elevado coste de fabricación, el regalo de tapices era la máxima expresión del mecenazgo artístico y la mas clara manifestación del afecto de los prelados por sus catedrales. Así es como debemos considerar la donación del obispo Bravo de Salamanca a la iglesia seguntina.

Con esta singular exposición, que merece la pena visitar con tranquilidad estos días o a lo largo de todo el año, la ciudad de Sigüenza contribuye de una manera muy significativa a la celebración de un acontecimiento artístico de relevancia internacional, el IV Centenario del fallecimiento de El Greco.

Y, en definitiva, gracias a ella, todos podemos valorar en su justa medida dos joyas magníficas del rico patrimonio catedralicio no siempre tan conocidas como la estatua funerario de El Doncel, los tapices flamencos y el cuadro de “La Anunciación” de El Greco. ¡Estamos de enhorabuena!


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Vista nocturna de la Catedral de Sigüenza.


Fuente: cronistasoficiales.com
 




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Post Re: EL GRECO 
 
En el taller de El Greco


La invención de El Griego de Toledo: arte y oficio

La segunda gran exposición que albergará el Museo de Santa Cruz de Toledo por el cuarto centenario de la muerte del artista abrirá el martes; reúne 92 obras procedentes de Alemania, Reino Unido, EE UU, México, República Checa y Suiza

 

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Un visitante observa el 'San Pedro' de El Greco (a la derecha) junto al 'San Pedro' de su taller. / Bernardo Pérez


En este taller toledano, a lo largo de los últimos años de su vida, Domenico Theotocopulos pasa de ser uno de los grandes pintores de su tiempo a convertirse en el genio universal que ya todos llamamos El Greco. Un caso único de evolución artística en la historia de la pintura.

Una asombrosa capacidad para aprender de todo lo que ve y mejorarlo, una única obsesión en su vida, pintar. Llega a un punto de madurez en el que sabe que es un grandísimo pintor que ya no necesita el oficio, pintar mejor. Lo que necesita es ser único. Esa es la epifanía que se revela en el taller toledano.


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La Santa Faz. El Greco

El largo viaje de un excelente pintor de iconos en su Creta natal, que pronto adivina los límites del género y desembarca en Venecia para aprender de los pintores occidentales. Tiene 26 años, ninguna formación artística e incluso desconoce las pinturas al óleo. En un par de años aprende todo del oficio y en dos más pinta tan bien como su maestro Tiziano y es tan innovador como Tintoretto. Va a Roma, que se está convirtiendo en el gran centro de arte europeo. La Contrarreforma impulsa la transición del renacimiento al barroco, un mundo efervescente con un cabeza de fila como Caravaggio. La vieja disputa florentina sobre la primacía, dissegno o colore, entre el dibujo o el color, se salda con un triunfo absoluto de este último. Domenico será ya en adelante un gran maestro del color.


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Un espectador observa a 'San José' (1577 - 1580), una obra desconocida hasta fechas recientes.

En Roma ha aprendido no solo todo sobre la pintura, sino sobre el mercado de la pintura. El comercio del arte está tomando ya forma definitiva, los talleres de los artistas pasan a ser proveedores de imágenes para una extensa burguesía culta que dispara la demanda. De nuevo Domenico ha encontrado su techo en Roma. Le llega información alentadora sobre España, la posibilidad de encargos para la gran obra de El Escorial y de pinturas importantes para la catedral de Toledo.


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Pentecostés, de El Greco y taller, en el museo de Santa Cruz. / Bernardo Pérez

Aparece en la ciudad con 36 años, en 1577, “con grande crédito, en tal manera que dio a entender no había cosa en el mundo más superior que sus obras”, según Jusepe Martínez. El artista que se sabe superior sin falsa modestia. Y que está dispuesto a pelear por ello, como demuestra en el pleito con el Cabildo. Acostumbrado al aprecio italiano por los artistas, comprueba con asombro que su status español es el de cortesanos y sus patronos les tratan como tales, algo que él nunca admitirá.

A Felipe II no le gusta su Martirio de San Mauricio y la catedral de Toledo le cierra sus puertas. Entonces decide abrir un taller con el modelo italiano: un espacio de producción artística. Estamos ya en el núcleo de ésta soberbia exposición, comisariada por Leticia Ruiz, conservadora del Museo del Prado. A lo largo de cuatro brazos de una gran cruz griega, con un montaje sobrio de refinada elegancia que permite apreciar el artesonado de Santa Cruz, se desarrollan cuatro relatos que van confrontando temas, versiones del taller, reducciones y réplicas bajo la tutela de algunas de las grandes obras que les sirven de referencia. La evolución de los retratos de San Francisco en un gran paño, que enfrenta al de las versiones de las Magdalenas, la logia que contrapone dos apostolados, el retablo de retablos que permite entender la compleja relación entre el espacio, las arquitecturas de maderas y los lienzos.


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'La Anunciación' en primer plano, una de las muestras de la importancia que el pintor le da a la figura de los ángeles, reiterativas a lo largo de toda su obra.

El formato medio y pequeño de los cuadros, que permite una visualización íntegra desde corta distancia, y el montaje secuencial, permiten apreciar el modo de pintar en esta última etapa, tan insólito como eficaz, a través de capas suaves de color que se van superponiendo sobre el fondo inicial, rojos densos, grises y marrones casi negros. Hay que ser muy sabio y estar muy seguro para que a partir de ahí comiencen a aparecer las formas, moldeadas suavemente sin contornos precisos por sus azules, amarillos y verdes, rematadas a veces casi con violencia por polvos de minio en bruto.

Una aportación reveladora y apasionante. Las reducciones, lienzos de pequeño formato, pintados por El Greco, agrupadas por temas, que constituían el show room donde los clientes hacia sus encargos con las variaciones necesarias; el tamaño, el colorido, ciertas disposiciones, incluso los marcos. Un auténtico catálogo de temas y modos, que luego en el taller, adaptaban al pedido del cliente. El taller mantuvo siempre una gran productividad gracias a sus principales ayudantes, el italiano Francisco Preboste, que tenía incluso poderes de Domenico para todo tipo de asuntos; su hijo Jorge Manuel, que prolongó la actividad del taller ya muerto El Greco y Tristán. El modo de trabajo y el propio taller se muestran en un interesante audiovisual. Una tan inmensa productividad, al margen de las grandes obras incontestables hace muy complejas las atribuciones y explican como todavía no existe un Catálogo definitivo.

Esta exposición muestra la secuencia de por qué, con toda razón, el genio de Domenico será reconocido en todo el mundo y en la historia   del arte, como El Greco de Toledo


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El Greco, una factoría fascinante


La última exposición dedicada al IV centenario del artista desmenuza la esencia de su obra



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Una pareja de visitantes ante uno de los 'grecos' expuestos en el museo de Santa Cruz. / Bernardo Pérez

En el arte contemporáneo, el concepto de taller o factoría ligada a un artista (desde Warhol hasta Jeff Koons, por poner dos conocidos ejemplos) no tiene ningún misterio de cara al gran público. Ellos deciden, ordenan y controlan las obras ayudados por equipos variables de especialistas. En el mundo del arte antiguo, el concepto de taller como centro de producción más o menos masivo, es menos conocido, aunque se sabe que la mayor parte de los artistas importantes de los siglos XVI y XVII tuvieron un centro de producción propio en el que se realizaban las réplicas de las obras más demandadas y se ayudaba al pintor en sus trabajos más complejos.

En el caso de El Greco (1541-1614), contratado ya en 1577 por el deán de la catedral de Toledo, Luis de Castilla, por ser “eminente en su arte y oficio”, se sabe que en 1585, la demanda de su obra era tal que abrió un taller estable para poder ejecutar sus codiciados retablos y sus pinturas devocionales, sobre las que había una fuerte demanda, tanto desde la sociedad eclesiástica, como la civil.

La exposición El Greco: Arte y oficio, que hasta el 9 de diciembre se puede ver en el museo de Santa Cruz de Toledo, cuenta a partir de 92 obras cuales son los elementos que hacen único a El Greco y cuál fue el papel de su taller. El recorrido por la exposición es una profunda reflexión sobre su concepto de arte y manera de entender su oficio a través de obras esenciales de toda la producción del Greco en España. Ejemplo excepcional de personalidad artística en continua evolución, Leticia Ruiz, comisaria de la exposición, demuestra que estamos ante un inmenso creador cuya profunda originalidad radica en su capacidad para absorber fórmulas y modelos ajenos y transformarlos hasta convertirse en iconos únicos e inolvidables.

La suave iluminación de las obras colgadas sobre paredes de color burdeos y el sonido de Rediscovering Spain de fondo refuerzan un recorrido en el que los descubrimientos se suceden, se revela qué obras le inspiraron y cuál fue el resultado final. Las detalladas cartelas ofrecen información fundamental para entender una exposición dividida en cuatro zonas.

Resulta impactante la contemplación de ‘Cristo crucificado’, pintado hacia 1573

De entrada se le cuenta al visitante que a los tres meses de la muerte del Greco, su hijo Jorge Manuel redactó el inventario de los bienes paternos que permite imaginar la casa y, sobre todo, el taller del pintor: libros, dibujos, estampas, algunos modelos en yeso, cera o barro y unas 140 pinturas en diferente grado de terminación —aparejadas, bosquejadas, sin concluir o acabadas— que sugieren la secuencia completa de trabajo propia de una factoría artística capaz de producir no sólo pinturas, sino retablos completos con la implicación de distintos oficios. Tanto esta relación de bienes como el inventario que en 1621 presentó el hijo del artista con motivo de su matrimonio son fundamentales para entender la dinámica del Greco y su taller.

Se cuenta también en el comienzo del recorrido de dónde venía el artista y cuál había sido su formación. En su Creta natal conoció la elaboración de los iconos bizantinos, en Venecia aprendió la técnica del óleo y el uso del lienzo como soporte que luego utilizaría de manera deslumbrante en Toledo; en Roma conoció a fondo el sentido espacial, el paisaje, la perspectiva, la anatomía de las figuras y el retrato gracias a su virtuoso dominio del dibujo. Todo ello conformó un estilo propio que le convirtió en un auténtico genio. Su visión de San Francisco, las Anunciaciones (impresionantes la del Thyssen y la del Bellas Artes de Bilbao colgadas una junto a la otra). No menos impactante resulta la contemplación de Cristo crucificado (hacia 1573), una composición que elaboró durante sus años en Roma basada en un modelo anatómico relacionado con Miguel Ángel y en el que también los expertos señalan elementos próximos a Tiziano por la idea de situar la figura en un paisaje muy bajo y dedicar un amplio espacio para un cielo poblado de potentes nubes. De este Cristo pueden verse numerosas versiones más o menos similares realizadas por el propio Greco con o sin participación del taller e incluso de su hijo. En este primer ámbito se encuentra una de las joyas de la exposición: cuatro delicados dibujos de los 250 que figuran en su inventario.

La muestra avanza por sus grandes retablos: historias sagradas realizadas con composiciones muy complejas en medio de las que están los santos más venerados por los católicos. La Santa Faz pintada sobre un escudo de madera, prestada por un coleccionista particular y escasamente expuesta, es una de las piezas más relevantes de este espacio.

Los apostolados, trece lienzos con la figura de Cristo y sus apóstoles, son las series más populares de El Greco. En Toledo, después del concilio de Trento, se asentó la tradición de representar a los apóstoles. Se sabe que realizó un mínimo de ocho. En Toledo se encuentran habitualmente expuestos dos, en el Museo de El Greco y en la catedral, y para esta ocasión se ha conseguido traer otros dos: el del Museo de Oviedo (habitualmente en el Museo de Escultura de Valladolid) y el de Almadrones (Guadalajara), disperso desde que en 1946 fuera vendido por el obispado de Guadalajara (cuatro pinturas fueron adquiridas por el Estado para el Museo del Prado y cinco viajaron a Estados Unidos). Los rostros y las telas con las que se visten estos “hombres feos”, como se les llamaba entonces, fueron para El Greco una oportunidad única para ensayar los colores que conseguía a base de mezclas insólitas y secretas. También requerían la ayuda plena de los artistas y especialistas de su taller. En una de las obras de esta sección, Pentecostés (hacia 1600), entre el grupo de personajes que ocupan la composición, se cree que a la derecha se encuentra el propio artista y su hijo.

Y como prueba irrefutable de la modernidad de Doménikos Theotokópoulos, la exposición El Greco: Arte y oficio concluye con una instalación fotográfica, Retablo de retablos, firmada por Joaquín Bérchez, inspirada en sus planteamientos arquitectónicos, y una creación audiovisual sobre las ideas del arte y el oficio del pintor, realizada por Magoga Piñas y el estudio Sopa de Sobre.


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