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TEGEO (Rafael Tegeo Díaz)
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Mensaje TEGEO (Rafael Tegeo Díaz) 
 
Este trabajo esta dedicado al pintor murciano Rafael Tegeo Díaz (En algunas fuentes su apellido figura como Tejeo). Fue discípulo de José Aparicio en Madrid. En su obra, de raíz neoclásica, se advierte a la vez una profunda visión romántica de la vida. Cultivó los temas mitológicos y otros de gusto romántico. Participó en la decoración del Teatro Real de Madrid. Fue también un gran retratista.

Rafael Tegeo Díaz (Caravaca de la Cruz, Murcia, 27 nov. 1798 - Madrid el 3 oct. 1856) fue un pintor neoclásico de la Región de Murcia. Nació en la calle que lleva su nombre, en una casa barroca con escaleras de mármol que está situada en una pequeña placita que forma la calle.

En 1824 fue premiado con una pensión en Roma, donde permaneció hasta 1827. En 1828 fue nombrado académico de la de San Fernando, para la que pintó un Hércules y Anteo, cuadro de poco grata violencia. El discipulado de Aparicio le había inclinado a los temas neoclásicos, y, aparte del citado, pintó: Diomedes, conducido por Minerva, hiriendo a Marte, Antíloco llevando a Aquiles noticia de la lucha por el cadáver de Patroclo, Cleopatra, Teseo y Diana, Combate entre centauros y lapitas, etc.; empleó vestimentas y símbolos clásicos en varios de sus dibujos alusivos a la política nacional.
      
De semejante traza fueron sus techos pintados en el Palacio Real -La caída de Faetón-, el Casino de la Reina y el Palacio de Vista Alegre, pero estas obras clásicas no le granjearon popularidad. Había simultaneado esta temática con la religiosa, en la que tampoco alcanzó mayores triunfos, y su enorme Comunión de San Jerónimo (1828), en la iglesia madrileña de esa advocación, es lienzo del todo fracasado. Pero si ni como pintor clásico ni religioso merece muchos elogios, sí caben al referirse a sus obras de carácter costumbrista y a sus retratos. De las primeras, fue muy alabada la que resultaba ser una de las muchas versiones de un tema muy dilecto al romanticismo español: Un bandolero contemplando la cabeza de su compañero (1839).

La labor de Rafael Tegeo como retratista, es excelente, integrada por imágenes íntimas y veraces como las de Antonio Ríos Rosas (Granada, Colegio Universitario de S. Bartolomé y Santiago), Pedro Benítez y su hija, Angela Tegeo (Madrid, Museo de Arte Moderno); José María Benítez Borgoña (Museo de Murcia) o la del rey Francisco de Asís, único protector del artista. Falta un estudio detallado de T., que permita aquilatar debidamente lo más positivo de su producción.

Espero que la información e imágenes que he recopilado de este murciano, os resulte interesante y sirva para divulgar su obra.






Resumen Biográfico


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Autorretrato de Rafael Tejeo Díaz, c. 1840. Óleo sobre lienzo, 73,5 x 56 cm.

Rafael Facundo Tegeo Díaz. (Caravaca de la Cruz, 1798 - Madrid, 1856) fue un pintor neoclásico de la Región de Murcia, España.

El pintor caravaqueño Rafael Tegeo, fue una destacada figura del panorama cultural de la primera mitad del siglo XIX, no sólo en la Región de Murcia, sino en el conjunto nacional.

De familia humilde, estudió pintura en Murcia, Madrid y Roma, ciudad esta última en la que las influencias de Rafael y David fueron decisivas para su posterior producción pictórica.

Con una obra que avanza desde el neoclasicismo al romanticismo, la calidad de sus trabajos le sirvió para ser nombrado director de la Academia de San Fernando y pintor honorario de cámara en la Corte de Isabel II.

La temática que plasmó en sus cuadros fue muy variada. Comenzó con las alusiones mitológicas propias del neoclasicismo para pasar a temas costumbristas e históricos, tratados desde los matices románticos. Sin embargo, el retrato fue un género que siempre cultivó y lo que le valió la fama que le acredita actualmente como pintor decimonónico.


La infancia y los primeros pasos como artista

Rafael Tegeo nació en Caravaca de la Cruz en 1798, en la calle que hoy lleva su nombre. Hijo de una familia de artesanos, su infancia no tuvo que ser nada fácil debido a las numerosas epidemias de los primeros años del siglo XIX y a los avatares de la Guerra de Independencia contra los franceses.

Dadas las tendencias que desde niño mostraba hacia la pintura, sus padres le enviaron con quince años a Murcia, a estudiar en la academia de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, bajo la protección del marqués de San Mamés y teniendo allí como mentor al escultor Santiago Baglietto.

Después completaría su formación artística en Madrid en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde fue discípulo preferido del pintor clasicista José Aparicio, cuyo estilo fue seguido en un principio por el propio Tejeo. También se formaría con Fernando Brambilla, un pintor de vistas italiano afincado en España.

Fruto de su ideario progresista fue la participación en la Milicia Nacional como voluntario entre 1821 y 1822.


La influencia italiana

Entre finales de 1822 y principios de 1823 marchó a Italia, concretamente a Roma, sin pensión alguna. Sufriría un naufragio en el Golfo de León del que pudo salvarse a costa de entregar toda su fortuna a unos marineros, llegando a la capital italiana con un frágil estado de salud y sin dinero.

La huella de este aprendizaje quedó patente en sus pinturas mitológicas y bíblicas, Desde Roma mandaría dos cuadros: "Magdalena en el desierto" y "La Curación de Tobías".


El reconocimiento de su obra

Regresó a Madrid en 1827, alcanzando un año después el grado de Académico de Mérito de la Academia de San Fernando con la presentación de la obra "Lucha de Hércules y Anteo", si bien antes fueron revisados sus antecedentes políticos a causa de su ideología progresista.

En 1839 fue nombrado teniente director de pintura de la Academia de San Fernando ocupando la vacante que dejó José Madrazo al ser ascendido a Director. En 1841, a causa del pronunciamiento moderado en contra de Espartero, regresó a Caravaca de la Cruz. Y en 1842 sería nombrado director honorario de la Academia, pintando entonces en Cehegín el retrato de "Magdalena Cuenca y Rubio".

En 1846 se le aceptó la renuncia al cargo que tenía en la Academia de San Fernando, muriendo en Madrid diez años más tarde, y coincidiendo con la primera Exposición Nacional de las Artes en 1856.


Obra, entre la mitología y el retrato

El genial pintor caravaqueño Rafael Tegeo contó durante toda su trayectoria con una técnica muy depurada.

En cuanto a la temática de su obra, se mostró muy interesado por temas del mundo antiguo, hasta el punto que en su producción se encuentran algunos claros ejemplos del Neoclasicismo. Se dice que fueron los mejores ejemplos de este estilo pictórico fuera de los discípulos del pintor francés Jacques Luois David.

Los cuadros enviados a las exposiciones de la Academia de San Fernando tratan generalmente de asuntos mitológicos. Sin embargo, en las exposiciones académicas también presentó temas religiosos y en 1839 concurrió incluso con un argumento típicamente romántico.

Pero lo que hizo que Rafael Tegeo adquiriese fama y reconocimiento fue su faceta de pintor de retratos. Pese a esta circunstancia, Rafael mostró un desigual interés por estas obras. En sus mejores obras se intuye tempranamente un cierto romanticismo.

Según algunos estudiosos de su trabajo, la frialdad de los colores empleados en sus óleos ha sido crítica frecuente en la obra de Rafael Tejeo. Sin embargo, estos mismos colores prestan elegancia y dan clima a estos retratos. En la pintura narrativa este colorido es el convencional, de tintes un tanto arbitrarios y locales.

La abundante serie de retratos que realizó Tegeo forma una galería de personajes que van desde los propios reyes, Isabel II (1853) y Francisco de Asís (1846), que le nombraron pintor honorario de cámara; a la aristocracia de la Corte, "Duques de San Fernando" (1832); figuras políticas; y la burguesía adinerada, "El arquitecto Ayogui" (1838).

Representa a los personajes de sus cuadros en actitudes dignas, con expresión contenida y mirada frontal, con carácter melancólico y profundidad psicológica, acentuado todo ello por fondos diluidos y el tratamiento de la indumentaria. Algunas de sus mejores creaciones serían ¿Retrato de caballero¿ y ¿Dª Magdalena de Cuenca y Rubio?.


Etapas

El gusto por los grandes estilos pictóricos del siglo XIX

La obra de Rafael Tejeo recorre una transición estilística que abarca desde el inicial y neto neoclasicismo, hasta un romanticismo puro. Este último, no obstante, se encontraba lejos del estilo de la obra de grandes maestros románticos como el francés Delacroix. Esta razón hizo que durante sus últimos años padeciera diversas críticas y se apartara de todo para no caer ante las nuevas inclinaciones del gusto pictórico.

Primera etapa: el neoclasicismo. Dentro de su trabajo como pintor es posible señalar un primer grupo de obras totalmente neoclásicas, tanto por el tema, generalmente mitológico, como por la técnica. Entre ellas destacan: 'Centauros y Lapitas', 'Diana y Acteón', 'La caída de Faetón', que decora una de las bóvedas del Palacio Real de Madrid. También destaca otra obra, aunque sea de contenido religioso, 'La Curación de Tobías', cuadro que el propio pintor cedió al Santuario de la Vera Cruz de su pueblo natal. Es un trabajo que puede ser adscrito al grupo de pintura neoclásica debido a la frialdad de las figuras y al sereno equilibrio de la composición.

Etapa de transición. Tras la etapa neoclásica se puede adivinar un periodo de transición, cuyo mayor ejemplo es el gran lienzo que pintó para el Retablo Mayor de la Iglesia de San Jerónimo el Real en 1829. Representa la última comunión de San Jerónimo, y es, al parecer, el cuadro más grande 'de caballete' de los que existen en Madrid. En él, aunque continúa la rigidez de las formas, el tratamiento de las figuras angelicales de la parte superior está próximo a la sensibilidad de los nazarenos.

El periodo romántico. Finalmente se encuentra su etapa romántica, en la que consiguió sobresalir con obras como "Bandido contemplando la cabeza de su compañero, puesta en un palo para escarmiento, en una encrucijada". La presentó en las exposiciones académicas en 1839 y obtendría tal éxito, que inspiró a Fernán Caballero un pasaje de su novela 'La familia de Alvareda'.

En 1850 pintó el cuadro titulado: "Atentado contra los Reyes católicos en la tienda de los Marqueses de Moya". En esta obra muestra una desusada desenvoltura compositiva y una absoluta pulcritud técnica, con un dibujo preciso y una cuidada reproducción de los objetos. Está realizada con un  refinado colorido y sutil gradación luminosa, lo que permite encuadrar estilísticamente la obra dentro del purismo romántico.

Dentro de este estilo también se incluye la obra con la que participó en la Exposición Universal de París de 1855: "El Sitio de Málaga".


Obras

A lo largo de su carrera Rafael Tegeo cultivó varios tipos de tendencias pictóricas, siendo el retrato donde alcanzaría una mayor maestría. Algunas de sus obras se encuentran en el Museo de Bellas Artes de Murcia y en el Museo del Prado de Madrid.


Obras neoclásicas

- Centauros y Lapitas

- Diana y Acteón (1836)

- La caída de Faetón, en el Palacio Real de Madrid

- Antíloco llevando a Aquiles la noticia del combate sobre el cadáver de Patroclo (1846)

- La Curación de Tobías (1824-1827), cedido al Santuario de la Vera Cruz tras su vuelta de Italia

- Lucha de Hércules y Anteo (1827)


Obras románticas

- Bandido contemplando la cabeza de su compañero, puesta en un palo para escarmiento, en una encrucijada (1839)

- Atentado contra los Reyes católicos en la tienda de los Marqueses de Moya (1850)

- Sitio de Málaga (1855), con el que participaría en la exposición Universal de París


Obras religiosas

- Magdalena en el desierto (1824-1827)

- La última comunión de San Jerónimo (1829)

- Nuestro Señor Crucificado (1856), presentado en la primera Exposición Nacional de las Artes.


Retratos

- Duques de San Fernando (1832)

- Retrato de D. José María Benítez Bragaza (1832)

- El arquitecto Ayogui (1838)

- Dña. Magdalena de Cuenca y Rubio (1842)

- Francisco de Asís (1846)

- Isabel II (1853)

- Juan Antonio Ponzoa

- Dña. Ángela Tejeo

- Pedro Benítez y su hija María de la Cruz

- Señora con sus hijos

- Pedro Martínez Godoy


Exposiciones

Rafael Tegeo fue un asiduo participante en las Exposiciones de la Academia de San Fernando. En multitud de ocasiones expuso obras realizadas con bastante anterioridad, lo que a veces ha inducido a errores en la datación de algunas de ellas.

Los cuadros enviados a las exposiciones trataban de temas mitológicos, religiosos y románticos:

1829: participación en la Exposición de la Academia de San Fernando con la presentación de Magdalena en el desierto.

1836: partícipe en la Exposición de la Academia de San Fernando con Diana y Acteón.

1839: participación en la Exposición de la Academia de San Fernando con Bandido contemplando la cabeza de su compañero, puesta en un palo para escarmiento, en una encrucijada.

1846: partícipe en la exposición del Liceo Artístico y Literario con Antíloco llevando a Aquiles la noticia del combate sobre el cadáver de Patroclo

1855: participación en la exposición Internacional de París con El Sitio de Málaga.

1856: partícipe en la Exposición Nacional de las Artes con Nuestro Señor Crucificado


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Placa de la calle en recuerdo de Rafael Tegeo (en algunas fuentes su apellido figura con J). Caravaca de la Cruz. Murcia



Algunas imágenes de sus obras


Rafael Tegeo en el Museo del Prado


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Niña sentada en un paisaje. 1842. Óleo sobre lienzo, 111 x 81,5 cm. Obra de Rafael Tegeo Díaz. Museo Nacional del Prado. El lienzo representa a una niña sentada en un banco de piedra, junto a un paisaje que se pierde en la lejanía, la niña sostiene en su regazo varias rosas sobre un pañuelo. En el suelo reposa su sombrero, mientras su mirada descansa ensimismada fuera del lienzo. Destaca la pálida tez de la niña y sus grandes ojos negros. El pintor logra captar la fragilidad y menudencia de la jovencita así como su expresión, reflejo de su estado de ánimo entre melancólico y risueño. La factura minuciosa y detallada con que aborda el cuadro es visible en los pormenores del sombrero o el vestido. El cuadro es uno de los mejores ejemplos de la calidad de Tegeo en la realización de retratos, aunque el paisaje del fondo recuerda sus trabajos en otros géneros pictóricos, destacando la perfecta ejecución de las transparencias, juegos de luces y sombras en las ramas y gradaciones de los celajes.

Aunque Rafael Tegeo logró cotas de indudable maestría como pintor de cuadros de composición, tanto de asuntos mitológicos y religiosos como de escenas de historia, este artista alcanzó renombre entre la clientela altoburguesa de los primeros años del reinado de Isabel II fundamentalmente como paisajista y pintor de retratos, cuajando en ambos géneros un estilo muy personal, asentado en unas excelentes cualidades técnicas, gracias a la precisión atenta de un dibujo muy depurado y a su refinamiento en el uso del color; facultades acrisoladas por un sólido aprendizaje académico. Su especialización en ambos géneros le llevó a cultivar una modalidad retratística poco usual en España, los retratos civiles de burgueses y aristócratas ante paisajes abiertos que, procedentes de la tradición inglesa, serán mucho más raros en la pintura romántica española, focalizados sobre todo en la escuela andaluza, estimulada por el gusto de las familias británicas establecidas en esta región.

Ejemplo máximo de esta fusión en la obra de Tegeo es este delicioso retrato, seguramente la obra maestra del artista murciano en su producción madura en este género, en el que asume decididamente las pautas del nuevo Romanticismo sin renunciar por ello a la solidez de su formación en el academicismo clasicista del primer tercio del siglo. Representa a una niña de unos nueve años de edad, de rostro fino y tez acusadamente pálida, sobre la que destacan sus intensos y grandes ojos. Retratada de cuerpo entero, está sentada en un banco al aire libre, ante un muro. Se peina con una trenza y luce un vistoso traje de raso a rayas adornado con puntillas, viéndose caído en el suelo a sus pies su sombrero de capota, de terciopelo. Sobre el regazo envuelve varias rosas en un pañuelo, cogiendo una de ellas en la mano derecha. Al fondo se pierde en la lejanía un paisaje boscoso atravesado por un río con una cascada, asomando una construcción entre los árboles.

La captación de la frágil y menuda figura de la niña, de expresión a la vez levemente melancólica y risueña, bañada por una iluminación fría y dirigida, casi nocturna, así como el refinamiento descriptivo de que hace aquí gala Tegeo en detalles como los zarcillos de plata y brillantes con que se adorna la pequeña o los brillos tornasolados de los pliegues de su vestido -verdadera especialidad de este pintor-, pertenecen a lo mejor de su arte, envolviendo siempre a sus personajes con un aire de cierta timidez provinciana y elegante, en la que reside buena parte del encanto de sus retratos. Por otra parte, la inclusión en este caso de un fondo de paisaje supera con mucho el habitual tratamiento de este recurso decorativo como un mero telón de fondo para deleitarse en describir en todos sus matices los distintos elementos que lo conforman, enriqueciéndolo hasta adquirir un interés propio, de indudable gracia pintoresca y colorista, al gusto romántico. Así, la primorosa ejecución del boscaje y las aguas del río, de suaves transparencias, los juegos de luces y sombras de las ramas que asoman por la parte superior o las gradaciones del cielo crepuscular permiten percibir las cualidades de Tegeo como especialista en la pintura de países; faceta de la que sin embargo se conocen hoy contados ejemplos (Texto extractado de Díez, J. L.: El Siglo XIX en el Prado, Museo Nacional del Prado, 2007, pp. 130-132).



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Ángela Tegeo. Hacia 1832. Óleo sobre lienzo, 49 x 42 cm. Obra de Rafael Tegeo Díaz. Museo Nacional del Prado.

Este retrato es una de las piezas más delicadas de la retratística infantil de Tegeo, captado desde el cariño familiar y desde la ternura que una niña de tres años puede inspirar en la atenta retina de su progenitor, especialmente dotado como artista para la captación de la gracia, la fragilidad y el encanto de las figuras infantiles y del entorno que las rodea, particularmente marcado a través de algún fondo sugerente que remite simbólicamente a una vida incipiente o, como en este caso, a través de un objeto cotidiano representativo, habitual e intemporal en el ocio de la niñez femenina. Ángela era la hija primogénita del pintor y de María de la Cruz Benítez Bragaña, retratada individualmente en otro lienzo del Museo del Prado (P004680). Debieron contraer matrimonio hacia 1828 cuando ya Tegeo había regresado de Italia y se había establecido definitivamente en Madrid. En la capital trabó conocimiento con la familia Benítez a través de la realización del retrato familiar de Paula Bragaña y sus hijos, quienes pasados unos años se convertirían en su suegra y sus cuñados. Un foco de luz sabiamente dirigido va subrayando la tersura y la todavía mórbida sensación de sus pálidas carnaciones sobre las que se destaca la luminosidad de los ojos azules que fija ligeramente a la derecha en algún punto de su interés, ladeando el rostro y enseñando uno de los pendientes colgantes de oro y topacios que enmarcan su rala y sedosa cabellera, cuyos bucles dorados van cayendo indisciplinadamente sobre la frente. Ataviada a la moda de principios de los años treinta, lleva un vestido marrón con escote que deja ver parte de sus hombros cubriendo sus brazos unas mangas abullonadas. Ciñe su talle una ancha cintura que deja entrever parte de una gran hebilla dorada. Entre sus manos regordetas, en las que el pintor ha conseguido plasmar acertadamente la sensación de morbidez propia de su tierna edad, lleva una muñeca que enseña de frente al espectador. Curiosamente y de acuerdo a los esquemas femeninos entroncados con la imitación desde la infancia de los roles maternos, la niña no lleva un muñeco-bebé adecuado a su edad sino una auténtica maniquí, de la llamadas lady de biscuit, de careta pintada y cuerpo de madera, ataviada elegantemente con todos los complementos de pies a cabeza que la moda del momento aconsejaba para una adolescente: bailarinas planas, tejidos vaporosos, cintura ceñida, mangas abullonadas y pamela con plumas; todo un modelo de paseo para una muñeca que haría las delicias de la niña y que pudiera ser para ella un modelo de identidad y un sueño de futuro. Al carácter doméstico del retrato debe achacarse la parquedad de elementos decorativos y ambientales con que Tegeo suele complementar habitualmente su retratística, demostrando su maestría, en la utilización de fondos de paisaje muy trabajados, o en la descripción de objetos y enseres personales con sugerencias táctiles de indudable calidad. A esta estética, a caballo entre el clasicismo y el romanticismo, responden obras de excelente factura, también protagonizadas por la infancia, como Niña ante el paisaje (P007619), el retrato de La familia Barrio (P004658), de la colección del Prado, o el retrato infantil de Santos Cuenca jugando con un pajarillo, en colección particular (Texto extractado de Gutiérrez, A. en: El retrato español en el Prado. De Goya a Sorolla, Museo Nacional del Prado, 2007, p. 96).



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Los duques de San Fernando de Quiroga, ante un paisaje, óleo sobre lienzo, 54,5 x 40 cm, hacia 1830. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo

Los personajes retratados en esta obra son los primeros duques de San Fernando de Quiroga. La duquesa, María Luisa Fernanda de Borbón y Vallabriga (1783-1846) fue hija del matrimonio morganático del infante Luis Antonio de Borbón y Farnesio, hermano de Carlos III, y de Teresa de Vallabriga y Rozas; por tanto, era hermana de Luis María, arzobispo de Toledo y de María Teresa, XV condesa de Chinchón, y esposa del valido Manuel Godoy. El matrimonio de su hermana supuso su rehabilitación en la familia Borbón, con cuya ocasión recuperó el apellido paterno, el reconocimiento de su condición de infanta de España y su inclusión en la Orden de Damas Nobles de María Luisa.

Aparece representada junto a su marido, Joaquín José Melgarejo y Saurín (1780-1835), II marqués de Melgarejo, I duque de San Fernando de Quiroga. Caballero de la Orden de Calatrava, su proximidad a la familia real le valió la concesión de las insignias de las órdenes de Carlos III y del Toisón de Oro; fue reconocido como benemérito de la Patria por sus actuaciones durante la invasión francesa y nombrado consejero de Estado por Fernando VII.

El destino de este matrimonio estuvo marcado por el parentesco con la familia real y del ministro de Carlos IV y sin embargo, las simpatías liberales de la pareja les empujaron al exilio en Francia en el periodo más radical del reinado fernandino.
Familiarizados con el ámbito artístico, desde Goya hasta Rosario Weiss pasando por Solá y Salvatierra; fueron coleccionistas y promotores de arte, reuniendo una colección aún no bien conocida. Entre las obras que la formaron se encontraba un retrato del matrimonio en gran formato, realizado por Rafael Tegeo, documentado mediante el inventario de bienes redactado en 1835, a la muerte del Duque. Su descripción coincide con la de la presente obra, salvo en que en el gran formato de Tegeo, la acción de los personajes se desarrolla en el interior de un salón, mientras que en esta se les representa en un paisaje. Sí coincide, sin embargo, la descripción de la obra del pintor murciano con la de otra conservada en el Museo (P4660).

El proceso creativo en torno a esta obra se resume en la existencia de un retrato doble de grandes dimensiones realizado por Rafael Tegeo -obra de la que se desconoce su paradero-, del que el propio autor realizó una versión de tamaño reducido, con la variación de situar a las figuras en un ámbito paisajístico (P5975) y una reducción del retrato original, realizada por la pintora Rosario Weiss (P4660) -como manifiestan los pies de imprenta de las estampas que reproducen dicha obra en papel y otros testimonios de archivo-, lo que explicaría las diferencias estilísticas entre los dos pequeños retratos (Texto extractado de Sánchez del Peral y López, J. R. en: El retrato español en el Prado. De Goya a Sorolla, Museo Nacional del Prado, 2007, pp. 98-99).

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Los duques de San Fernando de Quiroga (copia) Hacia 1835. Óleo sobre lienzo, 52,5 x 39,5 cm. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo
Ella de frente, a la izquierda, sentada, con alto peinado que se remata con una peineta de carey. Él, a la derecha, en pie, vistiendo uniforme con banda y numerosas condecoraciones. Los dos de cuerpo entero. De muy cuidado dibujo y modelado.
La duquesa, María Luisa Fernanda de Borbón y Vallabriga (Velada, Toledo, 6-6-1783 - Madrid, 1-12-1846) fue hija menor del matrimonio entre el infante Luis Antonio de Borbón y Farnesio y Teresa de Vallabriga y Rozas. El varón es Joaquín José Melgarejo y Saurín (Cox, Alicante, 23-1-1780 - Madrid, 9-4-1835), II marqués de Melgarejo, caballero de Calatrava. Fue brigadier, gentilhombre del rey Fernando VII y creado duque de San Fernando de Quiroga.



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Pedro Benítez y su hija María de la Cruz. Hacia 1820. Óleo sobre lienzo, 174 x 128 cm. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo Díaz

Retrato de padre e hija en el interior de una estancia doméstica bien amueblada. La joven sostiene una partitura enrollada en la mano izquierda y detrás de ella puede verse un piano de mesa, en cuyo atril hay otra partitura. Retrato típicamente burgués que denota el rango social de los personajes: D. Pedro viste según la moda fernandina (casaca, calzón, medias y zapatos con hebillas) y rico pañuelo anudado al cuello, y sostiene un libro en las manos; su hija María viste de negro y los bordados, las joyas y las flores que adornan su cabello, así como la presencia del piano y las partituras, son elementos que aluden a su elevada posición social. La partitura que sostiene María en la mano está escrita para voz y piano, por lo que puede pensarse en ella como cantante y pianista. . Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo Díaz



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'Hércules y Anteo', hacia 1828. Óleo sobre lienzo, 27 x 17 cm. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo

Formado primero en su tierra natal y a continuación en la Academia de San Fernando de Madrid, Rafael Texedor Díaz, llamado "Tegeo", marchó en 1824 a Roma para completar sus estudios, según indicación de su maestro el pintor alicantino José Aparicio (1773-1838). El prestigio adquirido con la realización de un buen número de obras religiosas en sus años romanos, le franqueó el acceso a la Academia a su regreso a Madrid, en la que ingresó en 1828 como miembro de mérito. Con el solemne motivo de su ingreso realizó una de sus primeras grandes obras, claramente influida por la escultura manierista florentina que había estudiado en su reciente viaje, Hércules y Anteo (Madrid, Academia de San Fernando), de la que este pequeño cuadro es el boceto.

Tegeo fue un artista complejo en el que se refleja con gran nitidez el eclecticismo académico de toda una generación, a caballo entre el Neoclasicismo y el Romanticismo. Su lenguaje depurado y preciso, con un característico dibujo, nítido y rotundo, transitó del estilo declamatorio de sus primeras obras de composición, en las que es muy perceptible la huella de la tradición clásica, hacia la delicada sencillez y sensibilidad plástica de su periodo de madurez (Texto extractado de G. Navarro, C. en: El siglo XIX en el Prado, Museo Nacional del Prado, 2007, p. 488).



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La última comunión de San Jerónimo, óleo sobre lienzo, 778 x 440 cm, hacia 1829. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo

San Jerónimo, en su lecho de muerte, pidió recibir la comunión en presencia de sus discípulos, algunos de los cuales visten el hábito de la orden jerónima. Obra de gran empeño y la de mayores dimensiones en toda la producción de Tejeo, deriva de modelos del Barroco clasicista italiano, en especial de Domenichino y Annibale Carracci, y fue encargada para ocupar el presbiterio de esta iglesia, a donde se ha restituido recientemente.


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Retrato de señora. Hacia 1838. Óleo sobre lienzo, 93 x 81 cm. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo


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Antonia Cabo, con su hermana y su hijo Mariano Barrio. Hacia 1839. Óleo sobre lienzo, 111,5 x 82 cm. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo Díaz


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Juan Antonio Ponzoa y Cebrián, óleo sobre lienzo, 62 x 49 cm, 1845. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo Díaz


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Mariano Facundo Barrio García, óleo sobre lienzo, 56 x 46 cm, hacia 1839. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo Díaz


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María de la Cruz Benítez, óleo sobre lienzo, 37 x 27 cm, 1827. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo Díaz


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Retrato de caballero, óleo sobre lienzo, 105 x 85 cm, 1845. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo Díaz


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Retrato de señora, óleo sobre lienzo, 105 x 85 cm, 1845. Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo Díaz


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Héctor reprendiendo a Paris severamente por su cobardía, tinta sobre papel, 125 x 200 mm, 1833 - 1856 . Museo del Prado. Obra de Rafael Tegeo Díaz



Otras obras


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Niña muerta, estado final, después de la reciente restauración. Óleo sobre lienzo, 73,5 x 95,5 cm. Primera mitad del Siglo XIX. Obra de Rafael Tegeo Díaz


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Magdalena de Cuenca. Obra de Rafael Tegeo Díaz


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Personaje desconocido. Obra de Rafael Tegeo Díaz


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Combate de lapitas y centauros, 1835. Colección particular. Obra de Rafael Tegeo Díaz


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Episodio de la Conquista de Málaga, 1850, Colecciones Reales. Patrimonio Nacional. Obra de Rafael Tegeo Díaz


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Retrato del marino y científico alicantino Jorge Juan y Santacilia. Museo Naval de Madrid. Obra de Rafael Tegeo Díaz



Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado el trabajo recopilatorio dedicado al pintor de la Región de Murcia: Rafael Tegeo Díaz, su estilo era neoclásico, activo primera mitad del siglo XIX. Hay pocas imágenes en la Red y la mayoría de pésima calidad.


Fuentes y agradecimientos: es.wikipedia.org, museodelprado.es, esmadrid.com, regmurcia.com, centrorestauracionmurcia.com, murciaconfidencial.blogspot.com, alfayomega.es, artnet.com, liturgia.mforos.com, lafogueradetabarca.blogspot.com.es y otras de Internet.
 




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última edición por j.luis el Lunes, 26 Noviembre 2018, 20:11; editado 5 veces 
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Mensaje Re: TEJEO (Rafael Tejeo Díaz) 
 
Museo Nacional del Prado
18/10/2016 - 22/10/2017
Comisario: Javier Barón, Jefe de Conservación de Pintura del siglo XIX.




Presentación especial: La infancia descubierta

Retratos de niños en el Romanticismo español

El Museo del Prado reúne una selección de ocho obras, fechadas entre 1842  y 1855, que han sido elegidas entre los numerosos retratos infantiles del período isabelino que conserva en sus colecciones, para mostrar al visitante dos de los núcleos más importantes del Romanticismo en España: Madrid y Sevilla.  La presentación de esta selección servirá también para presentar por primera vez al público del Museo el apenas conocido retrato de Esquivel incorporado a sus fondos recientemente.

El conjunto de retratos refleja diferentes interpretaciones de la infancia, tema que, durante el Romanticismo, se convirtió en asunto predilecto de los artistas conforme a los nuevos intereses de su clientela.




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Luisa de Prat y Gandiola, luego marquesa de Barbançon. Hacia 1845. Óleo sobre lienzo, 104 x 84 cm. Obra de Vicente López Portaña. Museo Nacional del Prado.
Luisa de Prat y Gandiola (1837-París, 1888), hija de Pedro Juan María de Prat y Zea Bermúdez (1806-1868), conde de Pradère y barçon de Rieux, y de Pilar Trinidad Tomasa Gandiola y Cavero (P02559). Casó con Daniel Carballo y Codegio.
Vestida con un traje de raso azul, bordeado de encajes, está retratada de cuerpo entero, en el umbrío rincón de un bosque, sentada sobre el tronco de un árbol. De cabello rubio y largo y mirando al espectador, sobre sus manos cruzadas cae el agua de un arroyuelo que mana por un canalillo, junto a una especie de gruta artificial. Descalza de un pie, tras ella se ve su sombrero de capota. Sin duda es éste retrato excepcional dentro de toda la producción, por la singularidad de su composición y la actitud de la retratada, evidentemente influido por el retrato romántico inglés, al que dentro de su peculiar estética, López intenta aquí imitar. En efecto, la actitud abandonada y soñadora de la niña, su inclusión en un espacio campestre y bucólico y la elegancia refinada de su postura, algo afectada, y tan solo mermada por la apariencia de adulta prematura de la jovencita, son recursos que López toma prestados de la retratística inglesa, quizás por propia inspiración de su cliente (Texto extractado de Díez, J. L.: Maestros de la pintura valenciana del siglo XIX en el Museo del Prado, Valencia, 1998).


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Niña sentada en un paisaje. 1842. Óleo sobre lienzo, 111 x 81,5 cm. Obra de Rafael Tegeo Díaz. Museo Nacional del Prado.
Aunque Rafael Tegeo logró cotas de indudable maestría como pintor de cuadros de composición, tanto de asuntos mitológicos y religiosos como de escenas de historia, este artista alcanzó renombre entre la clientela altoburguesa de los primeros años del reinado de Isabel II fundamentalmente como paisajista y pintor de retratos, cuajando en ambos géneros un estilo muy personal, asentado en unas excelentes cualidades técnicas, gracias a la precisión atenta de un dibujo muy depurado y a su refinamiento en el uso del color; facultades acrisoladas por un sólido aprendizaje académico. Su especialización en ambos géneros le llevó a cultivar una modalidad retratística poco usual en España, los retratos civiles de burgueses y aristócratas ante paisajes abiertos que, procedentes de la tradición inglesa, serán mucho más raros en la pintura romántica española, focalizados sobre todo en la escuela andaluza, estimulada por el gusto de las familias británicas establecidas en esta región.
Ejemplo máximo de esta fusión en la obra de Tegeo es este delicioso retrato, seguramente la obra maestra del artista murciano en su producción madura en este género, en el que asume decididamente las pautas del nuevo Romanticismo sin renunciar por ello a la solidez de su formación en el academicismo clasicista del primer tercio del siglo. Representa a una niña de unos nueve años de edad, de rostro fino y tez acusadamente pálida, sobre la que destacan sus intensos y grandes ojos. Retratada de cuerpo entero, está sentada en un banco al aire libre, ante un muro. Se peina con una trenza y luce un vistoso traje de raso a rayas adornado con puntillas, viéndose caído en el suelo a sus pies su sombrero de capota, de terciopelo. Sobre el regazo envuelve varias rosas en un pañuelo, cogiendo una de ellas en la mano derecha. Al fondo se pierde en la lejanía un paisaje boscoso atravesado por un río con una cascada, asomando una construcción entre los árboles.
La captación de la frágil y menuda figura de la niña, de expresión a la vez levemente melancólica y risueña, bañada por una iluminación fría y dirigida, casi nocturna, así como el refinamiento descriptivo de que hace aquí gala Tegeo en detalles como los zarcillos de plata y brillantes con que se adorna la pequeña o los brillos tornasolados de los pliegues de su vestido -verdadera especialidad de este pintor-, pertenecen a lo mejor de su arte, envolviendo siempre a sus personajes con un aire de cierta timidez provinciana y elegante, en la que reside buena parte del encanto de sus retratos. Por otra parte, la inclusión en este caso de un fondo de paisaje supera con mucho el habitual tratamiento de este recurso decorativo como un mero telón de fondo para deleitarse en describir en todos sus matices los distintos elementos que lo conforman, enriqueciéndolo hasta adquirir un interés propio, de indudable gracia pintoresca y colorista, al gusto romántico. Así, la primorosa ejecución del boscaje y las aguas del río, de suaves transparencias, los juegos de luces y sombras de las ramas que asoman por la parte superior o las gradaciones del cielo crepuscular permiten percibir las cualidades de Tegeo como especialista en la pintura de países; faceta de la que sin embargo se conocen hoy contados ejemplos (Texto extractado de Díez, J. L.: El Siglo XIX en el Prado, Museo Nacional del Prado, 2007, pp. 130-132).


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Raimundo Roberto y Fernando José, hijos de S.A.R. la infanta Dña. Josefa de Borbón. 1855. Óleo sobre lienzo, 146 x 104 cm. Obra de Antonio María Esquivel y Suárez de Urbina. Museo Nacional del Prado.
Obra singular en el panorama de la pintura romántica que encarna por sí sola los ideales liberales, de raíz rousseauniana, acerca de la educación libre –adjetivo que aparece inscrito en el collar del perro- defendida por el padre de los niños retratados, el escritor y periodista cubano José Güell (1818-1884), quien en su libro Lágrimas del corazón dedica a su hijo Raimundo un poema, algunas de cuyas estrofas podrían haber inspirado la composición de esta obra: “No te importe vivir en la pobreza./Si puedes aspirar al aire puro./Y ver la luz del sol y la grandeza/De la noche que llena el cielo oscuro/[…] Y no adornes tu frente con laureles./Ni que la luz del sol nunca te vea, /Ridículo, vestido de oropeles/Ni del poder llevando la librea.” Los protagonistas aparecen representados como pastores arcádicos, vestidos solo con pieles y convertidos en la proclama del liberalismo por su acción de poner en libertad a unos jilgueros. Ejecutado con un claro sentido escultórico, propio de los últimos años de la trayectoria de Esquivel, este retrato fue elegido por el artista para tomar parte en 1856 en la primera de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes.


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Isabel Aragón. 1854. Óleo sobre lienzo, 79,5 x 65,8 cm. Obra de Luis Ferrant y Llausás. Museo Nacional del Prado.
Pese a la escasa producción retratística conocida, es patente la sensibilidad mostrada por Luis Ferrant en este género, en el que, por lo general, se adaptó con certera precisión a los gustos de la alta burguesía madrileña de los años centrales del siglo XIX, empleando con cierta complacencia los prototipos de mayor éxito, sin renunciar por ello a su cosmopolita personalidad artística. Este delicado retrato de niña reproduce una de las más exitosas tipologías de su tiempo, pero fue resuelto de un modo insólito en contraste con su estilo más habitual, a veces algo blando y de entonación opaca. La pintura rememora la solidez de la tradición retratística del barroco español, adaptada, eso sí, a los modelos franceses académicos posteriores a Ingres. La rigurosa colocación de la figura en el espacio, definido por un fondo neutro oscuro arcilloso, la distribución de la luz a través de un pétreo sombreado remarcado especialmente a lo largo del brazo izquierdo de la joven, e incluso la misma pose de la modelo, evocan formalmente la tradición española y en concreto ciertos recursos de Zurbarán. Todo ello resulta de absoluta excepcionalidad en el contexto de la producción conocida de Ferrant, como también la intensidad tonal de su factura y la potente iluminación que baña la figura, que en el resto de su obra acostumbran a ser mucho más discretas. La tibieza de las carnaciones del rostro es casi el único testimonio ajustado a la edad de la modelo, de unos doce años, pues su directa y poco inhibida mirada no corresponde con la psicología de una niña al borde de la pubertad, como sucede igualmente con otros aspectos de la representación. En realidad, durante buena parte del siglo XIX fueron muy pocos los artistas que supieron captar ajustadamente a los niños en sus retratos, y fue bastante común que adoptaran poses y ademanes de adultos.
Isabel Aragón posa con un vestido gris azulado ribeteado con tiras de escocia y una camisa de blonda guarnecida con lazos de color rosado, adornos que estuvieron muy de moda en los años en que se fecha el retrato, pero que se aconsejaba emplear por separado y, más bien, por señoritas de mayor edad. La mano, de dibujo firme, sostiene un pañuelo blanco de seda bordada que destaca la sutileza de la fresca y clara encarnación de la piel de la joven. Ferrant describe atentamente el recargado atuendo de la damisela -para lo cual se sirvió de un dibujo consistente-, detallando con minucia sus valiosas joyas, propias de una mujer de más edad, o el elaboradísimo peinado con moños y trenza a modo de diadema adornado con flores naturales, que era característico de una muchacha adolescente, pero que resulta sobrecargado para el gusto del momento. De hecho, era frecuente en la prensa de esos años encontrar abundantes advertencias contra los desmanes de la coquetería femenina y sus afectados resultados -síntoma inequívoco de que era algo que se extendía en la buena sociedad de los años centrales del siglo- y que estaban especialmente mal vistos en las jovencitas de poca edad que -como lo haría probablemente la modelo de este retrato- anhelaban ser recibidas en sociedad, pero a las que se exigía, por encima de todo, extrema discreción.
La retratada es Isabel Aragón Rey, que casaría luego con Nicolás Escolar y Sáenz-López, reconocido médico madrileño, pariente cercano del político riojano Práxedes Mateo-Sagasta y Escolar (1825-1903), que fue varias veces presidente liberal del gobierno de España. El matrimonio Escolar Aragón tuvo una hija, Rita -que falleció sin descendencia-, y un varón, Carlos (1872-1958), ingeniero y presidente del Consejo Nacional de Obras Públicas entre 1941 y 1942. Carlos Escolar tampoco tuvo hijos de su matrimonio con Fermina González y en su testamento legó este retrato de su madre siendo una niña al Museo del Prado (Texto extractado de G. Navarro, C. en: El retrato español en el Prado. De Goya a Sorolla, Museo Nacional del Prado, 2007, p. 144).


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Manuel y Matilde Álvarez Amorós. 1853. Óleo sobre lienzo, 159 x 126 cm. Obra de Joaquín Espalter y Rull. Museo Nacional del Prado.
Este retrato infantil representa a dos hermanos de corta edad, recostados en el banco de un jardín. Retratada de cuerpo entero, la niña que parece tener unos siete años, viste sombrero de capota adornado con flores que le enmarcan el rostro y chaquetón de terciopelo granate con borde de armiño. Coge por el hombro a su hermano pequeño, de unos cuatro años, vestido con un curioso traje de raso, que sostiene en sus manos una pelota, viéndose su sombrero en el banco.
El lienzo es del mejor estilo de Espalter y del retrato infantil catalán que produjera el purismo tardo romántico, donde al obligado parecido de los pequeños modelos se pretende unir siempre una pose amable, aderezada con un toque anecdótico en la indumentaria o los juguetes, insistiéndose en el especial carácter decorativo de los fondos, ambientados en vistosos paisajes, casi siempre de jardines. Por otra parte, en esta obra pueden observarse las altas calidades plásticas conseguidas por el pintor, así como el refinamiento de su técnica en aspectos como la reproducción táctil de las calidades de las telas, junto a cierto arcaísmo en la simplicidad de la composición, dispuestas las figuras en un espacio inusualmente amplio, o la minuciosidad casi naif conque están descritos algunos detalles, como la puntilla de los pantaloncitos de los niños y el tratamiento convencional del jardín umbrío, a modo de mero telón de fondo, aunque con resultados de indudable efecto ambiental, dentro de un purismo elegante y algo ingenuo, que presenta en este pintor catalán de formación nazarena curiosas conexiones con la estética de la pintura Biedermeier. (Texto extractado de Díez, J. L. en: Museo del Prado. Últimas adquisiciones 1982 - 1995. Madrid, 1995. p. 104).


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Federico Flórez y Márquez. 1842. Óleo sobre lienzo, 178,5 x 110 cm. Obra de Federico de Madrazo y Kuntz. Museo Nacional del Prado.
El muchacho está retratado en pie, de cuerpo entero, y parece representar unos diez años. De abundante cabellera rubia y ojos claros, la blancura de su piel acusa el rubor encendido de sus mejillas. Posa en gallarda actitud militar, un punto arrogante, luciendo su vistoso uniforme de gala de escolapio de color azul-negro, perteneciente al Colegio de Alumnos Nobles de Madrid. Así, viste casaca con botonadura plateada, cuello y bocamangas ocres y pantalón con galón de plata, apoyando la mano izquierda en un espadín sujeto al cinto mientras sostiene con la otra el bicornio, que apoya en la rodilla. Tras su figura se despliega un austero paisaje campestre de caminos y empalizadas, identificado en ocasiones con algún paraje de las afueras de Madrid, de profunda lejanía, en la que se vislumbra un caserío rural bajo un cielo plomizo, cubierto de nubarrones.
Esta es seguramente la efigie infantil más conocida de cuantas pintara Federico de Madrazo en toda su vida, constituyendo verdaderamente una obra de especial significación en su producción, ya que se trata de uno de los primeros y más notables retratos pintados por el artista nada más instalarse definitivamente en Madrid tras su estancia de formación en Roma, resuelto -bien a su pesar- a dedicarse por entero a este género, renunciando así a sus anhelos juveniles de convertirse en un gran pintor de historia. En efecto, la ambientación del retrato en un paisaje abierto de campiña, que se despliega en grandes franjas de color en zigzag hasta el horizonte, supone un recurso verdaderamente inusual en la obra de Madrazo lo que, junto al protagonismo de los negros del uniforme y la apostura del modelo, muestran la personalísima evocación que el artista hace del mundo velazqueño recién regresado a España, utilizando las mismas claves compositivas que los retratos de caza del sevillano, aunque en una interesante conjunción con los planteamientos estéticos de la retratística purista internacional de esos años, en los que Federico había cuajado su estilo juvenil, y a los que suma puntualmente en esta primera etapa de madurez una personal influencia de la estética inglesa en la elegancia distante de los modelos posando ante paisajes naturales.
Por otra parte, la interpretación de los diferentes elementos del paisaje obedece a una elaboración eminentemente personal de la creatividad del artista más que a la representación de un paraje real, en la que aspectos como el árbol del extremo derecho, cuyas ramas se recortan sobre el cielo, o la densidad amenazante de las nubes, siguen las pautas del paisaje romántico centroeuropeo de esos años, que Madrazo había asimilado durante su estancia romana en torno al círculo nazareno. Junto a ello, la iluminación irreal y efectista con que está resuelto el retrato, de acusados brillos en las manos y adornos de metal del uniforme del escolapio, bañado el personaje por una luz distinta del fondo campestre ante el que se encuentra, demuestra el tratamiento absolutamente independiente con que el artista resuelve figura y paisaje, envolviendo todo el retrato en la atmósfera cenicienta de un extraño crepúsculo, que infunde a la figura un aire inquietante y melancólico, enormemente sugerente (Texto extractado de Díez, J. L., El siglo XIX en el Prado. Museo Nacional del Prado, 2007, pp. 170-172).


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Retrato de niña en un paisaje. 1847. Óleo sobre lienzo, 116 x 95 cm. Obra de Carlos Luis de Ribera y Fieve. Museo Nacional del Prado.
La protagonista aparece en un paisaje al que el artista concede una importancia destacada. El autor, hijo del también pintor Juan Antonio Ribera es, junto con su amigo y rival Federico de Madrazo, una de las figuras del Romanticismo en España, como atestigua esta obra, de dibujo preciso y brillante cromatismo.


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Retrato de niña. 1852. Óleo sobre lienzo, 112,5 x 77,5 cm. Obra de Valeriano Domínguez Bécquer. Museo Nacional del Prado.
Se trata de un retrato realizado a los dieciochos años, cuando el pintor se hallaba en pleno proceso formativo en su Sevilla natal bajo la tutela artística de su tío Joaquín Domínguez Bécquer, discreto pintor de historia y de cámara de Isabel II y, sin embargo, excelente y renombrado artífice del desarrollo de la pintura costumbrista andaluza, en cuya formación también militó el padre del joven pintor, José Domínguez Bécquer, quien no llegó a ejercer sobre él el natural magisterio paterno por su precoz fallecimiento en 1841.
El estrecho contacto personal y profesional que mantuvo a lo largo de su vida con su hermano, el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, y la azarosa existencia de ambos, llena de desengaños y penurias, unida a sus respectivas y prematuras muertes conforman la estampa prototipo del artista romántico marcado por el infortunio. Conocido sobre todo por su producción de escenas pintorescas y costumbristas de las provincias castellanas, aragonesas y vascas, es, sin embargo, el retrato el género en el que muestra su técnica más depurada de dibujo, destacando en su paleta la intensidad cromática de una indumentaria especialmente descrita que se destaca sobre los fondos claros y diluidos de la naturaleza de un paraje. A estos recursos descriptivos habría que añadir la introspección que personaliza la retratística de Bécquer, plasmada sobre todo a través de la mirada fija del modelo en el espectador en un sugestivo reto de indagación espiritual, como es el caso del sugerente y emblemático retrato romántico de su hermano Gustavo Adolfo, del museo de Sevilla.
Sin embargo, en este retrato de niña, de cuerpo entero, y situado en un plano medio, esta introspección queda soslayada por el protagonismo de elementos externos a su espiritualidad que confieren a la obra cierta frialdad acentuada por el posado estático y sin referencias a los atributos y enseres propios de la infancia. Así, sobre un fondo de paisaje rural, aparece representada esta distinguida niña vestida con un elegante traje de raso verde, adornado de madroños negros, bajo el que asoma una blusa blanca de cuello de ondas bordadas y de amplias mangas rematadas por volantes de encaje que adornan también los pantaloncitos que asoman por debajo de la falda que se sostiene ahuecada con la llamada crinolina, artefacto interior que hizo furor en la moda de los años cincuenta del siglo XIX para marcar el talle y aumentar el volumen de la parte inferior del cuerpo femenino. En su mano derecha sujeta una pamela de paja adornada con una ancha cinta de raso de color rosáceo, imprescindible en el atuendo de paseo, así como los borceguíes que cubren sus pies. Como aderezos, una pulsera trenzada en su mano izquierda y aretes que adornan un rostro iluminado con precisión desde la izquierda, destacando su ensortijado cabello sobre el celaje intenso del fondo.
En primer plano, adquiere protagonismo la factura de una pita reseca que envuelve de cierto carácter exótico al retrato, situado por lo demás en una soleada tarde estival en la planicie campestre que rodea una finca de campo, sugerida escuetamente a través de la arquitectura y el cercado rural del fondo. Este tipo de encuadre fue un modelo compositivo que se propagó entre los pintores románticos costumbristas nacionales y extranjeros, que identificaron este tipo de vegetación con el ambiente árido y semidesértico de los parajes andaluces, prototipos, por su cercanía al mundo oriental, del exotismo de una enaltecida imagen de España. Así, pintores e ilustradores que viajaron por España, como David Roberts, Pharamond Blanchard, Francisco de Paula van Halen o el mismo José Roldán, utilizaron estas manidas composiciones, cuyo uso coleó hasta el último tercio de la centuria en algunos pintores que se acercaron esporádicamente al mundo orientalista como fue el caso, entre otros, de Ricardo de Madrazo (Texto extractado de: Gutiérrez, A., El retrato español en el Prado. De Goya a Sorolla, Madrid: Museo Nacional del Prado, 2007, p. 122).


museodelprado.es
 




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Mensaje Re: TEJEO (Rafael Tejeo Díaz) 
 
Rafael Tegeo, el primer pintor antisistema ‘manchado’ por la política

El Museo del Romanticismo inaugura una retrospectiva de una figura insólita en el siglo XIX, que destacó por sus retratos, su oposición a Fernando VII y por ser concejal en Madrid



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'Hércules y Anteo', obra de Rafael Tegeo, hacia 1828. Museo del Prado

Es probable que usted no haya oído hablar nunca de él. Es uno de esos pintores comidos por la historia, que aparecen con una fuerza rebelde capaz de hacer un corte de mangas a la academia y al poco desvanecerse entre las páginas de los manuales. Rafael Tegeo (Caravaca de la Cruz, 1798-Madrid, 1856) se muestra de vez en cuando en alguna exposición, salpicándola con un cuadro, pero ninguna hasta el momento se había detenido a admirar su extraña presencia en la historia de la pintura española. Nunca encajó en ningún molde de la época.

Las crónicas recuerdan que su fuerte personalidad —en este caso, eufemismo de honestidad— no se lo puso fácil a su legado: “Debieron sus obras darle mayor reputación que tiene, pero su carácter brusco y oscuro le perjudicó para hacerse valer en vida. La posteridad, por lo general, prefiere perpetuar los nombres que ya vienen ensalzados a meterse en rehabilitaciones”. Entre las virtudes del pintor no se hallaba la corrección política ni la habilidad social, en un entorno en que ambas eran imprescindibles para lograr el reconocimiento, aunque no fuera merecido. Tegeo se quedó sin el que se había ganado.

Sí, era un hombre intransigente con el precio del éxito. “Es muy buen artista, de una calidad muy superior a sus coetáneos y solo equiparable con Vicente López, pero nunca llegó a medrar en la corte por el tinte político al que nunca renunció. Ese compromiso fue más una mancha que le perjudicó con la aristocracia”, explica Carlos García Navarro, especialista en pintura del siglo XIX en el Museo del Prado y comisario, junto con Asunción Cardona Suanzes, de la primera exposición dedicada a quien sus biógrafos han recordado como un tipo muy riguroso y exigente contra la corrupción.

El Museo del Romanticismo (Madrid) inaugura mañana martes la cita que dará a conocer la vida y obra de esta rareza plástica y política, del que compró la exquisita La virgen del jilguero en 2017. Un año después llegó la donación de los dos retratos del matrimonio Galaup. El total de piezas identificadas en instituciones públicas españolas no alcanza la treintena y la mitad no se expone al público. Otro dato importante para tener en cuenta su ausencia. El Prado conserva hasta 15 pinturas y expone una: Pedro Benítez y su hija María de la Cruz (1820). Este museo, además, recibirá próximamente el espectacular Combate de Lapitas y centauros, una donación comprometida por el historiador y coleccionista William P. Jordan, antes de su fallecimiento.

Es un romántico templado por el neoclasicismo de Jacques-Louis David. Ajeno por completo a la adulación y el efectismo. Modesto y sobrio. Sencillo y ecléctico. Su atención por el naturalismo en los fondos de los retratados siempre fue lo más aplaudido de su trabajo. A pesar de identificarse en aspecto con la escuela española, priorizó el dibujo y los tonos fríos para acompañar el carácter de sus austeros retratados de la burguesía liberal. Como pintor de historia brillantísimo nadie le ha reconocido. Los responsables de la investigación de este “fantasma” de la historia del arte destacan el interés de Tegeo por hacer estallar el canon en mil pedazos, mezclando géneros (como el retrato con el paisaje) o rescatando a pintores menos famosos que Rafael y Guido Reni, como Bronzino.

Es un artista plenamente moderno en su comportamiento, en su soberanía e independencia de la nobleza. Quienes le apoyan en sus compras son liberales como él, la nueva clase emergente que terminará derrocando a la caspa absolutista. Porque Tegeo quedó marcado para siempre en su determinación contra el régimen de Fernando VII. El artista murciano era, sobre todo, un liberal de los de antaño: amante de la igualdad, de la libertad y la Constitución que acababa de echar a andar. De hecho, Tegeo es el primer artista que accede con cargo a un ayuntamiento constitucionalista, en Madrid, el primero en posicionar su ideario político en público y el primero, también, en ser depurado por ello.

Vivió muy seguro de sus recursos y habilidades, apoyadas por una clientela estable que nunca dejó de encargarle retratos. Esto le convirtió en el favorito de los liberales —clientes y afines ideológicamente— y le permitió trabajar con la tranquilidad y la independencia que dan no depender del dinero público de las grandes instituciones. García Navarro asegura que los retratos de mayor interés de Tegeo son los de esa burguesía rebelde que quiere hacerse con el poder político del país, porque rompen con el aparato del género.

Su conciencia política estaba por delante de todo, incluso de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Cuando la repudia y renuncia a seguir siendo académico de honor, la reina Isabel II le escribe para tirarle de las orejas y reclamarle menos vehemencia. Debía, según la monarca, dar ejemplo a los demás. La rebeldía antisistema nunca ha estado bien vista... por el sistema. Eso no le impidió que la reina, en 1846, le nombrase pintor de cámara, ya al final de su vida.

Asunción Cardona escribe en el catálogo que Tegeo era un hombre de origen humildísimo, “hecho a sí mismo a través exclusivamente de su esfuerzo, su tesón y pundonor”. La directora del Museo del Romanticismo cuenta en su investigación que no pudo superar lo que él juzgaba una insuficiente consideración de su obra. Lo vivió como una afrenta personal. “El desengaño mermó su salud hasta provocarle la muerte”, a los 56 años, cuenta Cardona. Su fortuna póstuma navegó a la deriva, entre “tímidos reconocimientos y feroces críticas”.


elpais.com
 




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Mensaje Re: TEJEO (Rafael Tejeo Díaz) 
 
Rafael Tegeo, 1798- 1856

El Museo Nacional del Romanticismo rescata el trabajo al pintor murciano Rafael Tegeo, uno de los pioneros de la nueva sensibilidad romántica en la pintura española. Obras procedentes de instituciones como el Patrimonio Nacional, el Museo Nacional del Prado o la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.



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Rafael Tegeo - Combate de lapitas y centauros, 1835. Colección particular.

La institución puso en marcha la recuperación de la figura de este artista, poco conocido e inadecuadamente estudiado, a pesar de la importancia de su papel en la escena artística de su tiempo. La exposición, recorre los aspectos cruciales de la vida y obra de Tegeo a través de ocho ensayos de mano de los principales especialistas españoles y extranjeros de pintura de ese periodo. Está pensada como una revisión integral del artista, que permita al público, disponer de más referencias sobre este pintor.

Tegeo inició su formación artística en Murcia, trasladándose después a Madrid para estudiar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1824 viajó a Roma, donde permaneció cuatro años que le reportaron influencias de los grandes maestros del Cinquecento, así como las vías del Neoclasicismo tardío italiano. De este periodo destaca la Virgen del Jilguero, una de las piezas singulares que podrá disfrutarse en la visita de la exposición.

A su vuelta a España en 1828, fue nombrado miembro honorario de la Real Academia de San Fernando. Más tarde, los años 30 fueron los años de esplendor del artista, en los que realizaría decoraciones para el Casino de la Reina y el Palacio Real de Madrid. Asimismo, también recibe importantes encargos del infante Sebastián Gabriel, para el que realiza varias obras religiosas y mitológicas.


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Rafael Tegeo - Episodio de la Conquista de Málaga, 1850, Colecciones Reales. Patrimonio Nacional


Más info: https://www.esmadrid.com/agenda/raf...ww.google.es%2F
 




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