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Ken Perenyi, El Gran Falsificador
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Vendió unos 2.000 cuadros falsos


La verdad del gran falsificador

- Andy Warhol y el abogado de Donald Trump le compraron cuadros

- Hasta que el FBI lo detuvo, las obras de Ken Perenyi se vendían en Sotheby's y Christie's. Su récord: 700.000 euros

- Ya no engaña: se presenta como 'falsificador profesional'. Y no le falta trabajo




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Ken Perenyi con una copia casi perfecta de Modigliani. / PABLO PARDO

En junio de 2015, la Universidad de Nueva York celebró el simposio Crímenes contra el arte y la herencia cultural. Falsificaciones, fraudes y arte robado y saqueado. La lista de participantes al evento era eterna: expertos legales, el director del área de delitos de arte del FBI, abogados, fiscales, políticos, directores de museos, representantes de casas de subastas, de aseguradoras... Y, también, Ken Perenyi, al que el folleto del encuentro describía como "reputado falsificador cuyas obras han pasado como legítimas en galerías de arte de Nueva York y Londres. Autor del libro Caveat Emptor. The Secret Life of an American Art Forger" (El comprador es el último responsable. La vida secreta de un falsificador de arte en EEUU).

En su casa junto al mar, en Madeira Beach -un municipio que ha sido absorbido por la cercana ciudad de Tampa, en Florida, que lo ha transformado en una especie de barrio de clase media-alta- Perenyi recuerda aquellos días en Nueva York. Viste de blanco, y el sol de Florida ha dado un moreno con tonos de Julio Iglesias a su cuerpo, que a sus 68 años, mantiene en excelente forma. A su espalda, colgados de la pared, hay tres marcos, uno dentro de otro, que dan la impresión de tener siglos de antigüedad, pero que, como mucho, tendrán meses.

"En la universidad, una señora, muy enfada, me dijo: "Pero ¿es que no tiene usted ningún remordimiento?". Y yo le contesté: "Sí, vivo con un tremendo remordimiento: no haber vendido más pinturas", ríe Perenyi.

Y no es que haya vendido pocas pinturas falsas. Él calcula que la cifra total es de "unas 2.000". La inmensa mayoría siguen circulando por el mundo como verdaderas.

"Las veo en catálogos de subastas con frecuencia. Recientemente vi un J.F. Herring, un pintor de escenas campestres británicas. El cuadro era un jinete con caballo que pinté hace 25 años por 3.000 libras [unos 3.500 euros], autentificado como absolutamente legítimo por Sotheby's, que lo tasaba en 35.000 libras [40.500 euros]. Otras veces, los veo en revistas, en la pared de la casa de un millonario...", comenta con sofisticado acento, declamación y vocabulario el que acaso sea el mayor falsificador de arte del mundo.

Un día antes de recibir a Crónica en su casa, situada en una zona de clase media-alta en la que todas las casas tienen embarcadero directamente al mar ("yo nunca he tenido barco", aclara), Perenyi recibió un sobre de Federal Express con el contrato para hacer una película con Caveat Emptor. Es algo que le puede cambiar la vida. Por ahora, sin embargo, vive de reproducir clásicos.

Es imposible saber cómo le habría ido la vida si no le hubieran echado del estudio en el que preparaba con esmero sus cuadros impresionistas abstractos, y si no hubiera tenido que ganarse el pan como falsificador. Pero cabe pensar que, en tal caso, ninguna de sus obras habría aparecido en la primera página del Times de Londres, a seis columnas, con el titular: "Cuadro comprado en un rastrillo alcanza las 35.000 libras". A la derecha, en sólo una columna, está la noticia: el número de parados sobrepasa el millón. Fue el 24 de febrero de 1993. El cuadro era una falsificación de la obra de Martin Johnson Heade. Perenyi lo había pintado en Gran Bretaña, y luego lo había llevado a Christie's -la mayor y más prestigiosa casa de subastas del mundo junto con su archirrival Sotheby's- haciéndose pasar por un turista.

Así operaba: pretendía ser un coleccionista o un turista ignorante. En 1997 uno de sus cuadros se vendió por 750.000 dólares (700.000 euros). Un año más tarde, logró su sueño: tener en su casa de Madeira Beach un millón de dólares en metálico en la caja fuerte del sótano.

Perenyi no oculta que esos fueron años de felicidad. Años en los que las boutiques de Nueva York y Londres le llamaban por teléfono cuando llegaban las colecciones de Armani. Y años en los que era amigo de Ray Cohn, el abogado de la mafia que se convirtió en mentor de un joven empresario llamado Donald Trump ("no creo que Trump tenga ninguno de mis cuadros; lo que he visto de su casa es horroroso", añade), y de Jimmy Ricau, un multimillonario excéntrico tan obsesionado con el arte del siglo XIX que vivía en una mansión sin electricidad y en la que se alumbraba con candelabros.

Pero lo que más echa de menos es a sus novias: "Nada era mejor que ir vestido con un traje que me quedara perfectamente, siguiendo los contornos de mi figura, y llevar conmigo a una modelo a un restaurante de lujo en Nueva York, y entrar y ver que todos los hombres de todas las mesas volvían la cabeza y la seguían con la mirada".

De acuerdo, Perenyi ha perdido todo eso. Pero a él no le ha pasado nada. Vendió 2.000 cuadros falsos, que en su mayoría siguen circulando por el mundo, y que en algunos casos alcanzan, a día de hoy, un precio de varios millones de euros. Y no ha pisado ni por un minuto un juzgado. Ésa es la historia más increíble del relato de este hijo de un mecánico de New Jersey, que sólo estudió Secundaria, que no recibió educación formal en ninguna escuela de arte y que entró en ese mundo porque un amigo de la mafia se dedicaba a traficar con obras falsas.


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Ken Perenyi sujetando dos de sus copias, como la que hizo del 'Chico mordido por una lagartija' de Caravaggio (derecha). / PABLO PARDO


Cuando fue descubierto

Uno pasa un rato con Perenyi y no sólo pierde la fe en el arte; también en la Justicia. Porque Ken Perenyi fue descubierto. En 1998 llegaron dos agentes del FBI a su casa en Madeira Beach. "Se sentaron en el sofá, pusieron su maletín en esa mesa de enfrente, y empezaron a sacar catálogos de casas de subastas y a preguntarme que dónde había conseguido yo aquellas obras. Yo me puse a inventar sobre la marcha historias sobre mercadillos, sobre sitios que no recordaba, y ellos iban tomando notas. Y a mí me iba a dar un infarto, porque estaba viendo mis cuadros por todas partes. Si hubieran ido al piso de abajo, donde tenía mi estudio, se acababa todo".

En Estados Unidos, una investigación del FBI dura un máximo de cinco años. Y, cuando se estaba acercando ese plazo, en 2003, uno de los abogados de Perenyi le dijo: "Estese listo. A lo mejor llegan la semana que viene con los policías y las esposas". Catorce años más tarde, recuerda: "No dormí durante una semana. Pero nunca llegaron". Nadie sabe qué pasó. El sumario del caso ha sido declarado secreto. La única explicación que Perenyi ofrece viene de una llamada telefónica de uno de sus viejos amigos del mundo del arte, en 2009.

"Esa persona me dijo: "El cuento es que Sotheby's estaba aterrorizado de que te pillaran, así que llamaron a un senador, y el senador llamó al Departamento de Justicia, y éste cerró el caso"", dice, antes de añadir algo de contexto: "En aquellos años, Alfred Taubman, el consejero delegado de Sotheby's, estaba siendo investigado por fijar ilegalmente las comisiones con Christie's, y acabó yendo a la cárcel un año, en 2001. Justo en ese momento lo peor que les podía pasar era que la gente se enterara de que, además de fijar comisiones, estaban vendiendo cuadros falsos. Porque en la década de los ochenta sus expertos habían descubierto dos cuadros míos diferentes, uno en Nueva York, otro en Londres, que eran falsos. Nunca dijeron nada. Y yo nunca dije nada. Seguimos trabajando como si tal cosa. Así que, según mis fuentes, Sotheby's llamó a un senador en Washington, que paralizó la investigación. ¿Es cierto? No lo sé. Pero lo que es increíble es que no me pasara nada".

Ese acuerdo entre caballeros es lo que salvó a Perenyi de ir a la cárcel durante décadas.

El falsificador se reconvirtió en pintor de reproducciones, que vende a unos 3.000 dólares la pieza. Él sabe que muchos de sus compradores cuelgan los cuadros y no dicen que son copias. Así que tal vez su trabajo no haya cambiado tanto. Pero sí lo ha hecho su vida.


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"Cuando fui a Nueva York a la conferencia de la universidad, entré en una boutique en Times Square, en Nueva York", relata. Y, en la escalera mecánica, me crucé con una chica que trabajaba allí. Estaba claro que era una modelo. Era guapísima. Me sonrió al pasar. Yo no hice nada, pero después pensé: ¿Por qué no le pedí el teléfono y la invité a cenar, como en los viejos tiempos? Piensas que toda la vida vas a ser atractivo, y un día te despiertas hecho un viejales. Pero al menos tengo el recuerdo de haber vivido en un mundo de gente increíblemente educada y sofisticada, y de una sensibilidad artística inmensa. Yo no había ido a sus colegios, no tenía sus apellidos. No era parte de ellos. Pero, gracias a mis falsificaciones, estuve junto a ellos".


Su niña de Ghana

Cuando en el año 1997 el estadounidense Ken Perenyi vio en una cadena de televisión un interesante reportaje elaborado por la periodista Christiane Amanpour sobre una niña esclava que vivía en Ghana, el falsificador agarró un avión y se fue a una aldea del país africano a rescatar a la pequeña. Le llevó todo un mes, en el que tuvo que amenazar al dueño de la niña con contratar a una milicia para que la apaleara si no se la vendía. Hoy aquella niña se llama Brigitte Perenyi y trabaja en Ghana combatiendo la esclavitud. La semana que viene, la periodista Amanpour va a hacer un reportaje sobre ella, 20 años después. En Ghana Ken Perenyi también fue víctima de sus colegas: «Compré unas máscaras africanas y, cuando se las enseñé a un experto, me dijo: "Tírelas. Son falsas".

elmundo.es
 




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No debemos dejar que la Cultura muera, si muere el Arte, muere nuestra parte humana...

Los actos de hoy, marcarán nuestra era, sino...

¿Qué dejaremos para el que venga mañana?

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