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Eduardo Mendoza Premio Cervantes 2016
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Mensaje Eduardo Mendoza Premio Cervantes 2016 
 
Mendoza, el Cervantes de los prodigios

“La virtud y el defecto de mis libros es que son cómodos de leer”, dice el autor laureado



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Eduardo Mendoza, en Londres, tras recibir el premio Cervantes. Lionel Derimais

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), el último premio Cervantes, ha vivido los últimos 50 años con la sensación de que las esperanzas puestas en él tras su primera novela “iban a quedar frustradas”. Así lo reconoció ayer en Londres, con el humor y la humildad que ha cultivado durante tanto tiempo, horas después de conocer que había sido distinguido con el galardón más importante de las letras hispanas. Un reconocimiento que, asegura, recibe “a modo de conclusión”. “Hoy, con este premio, puedo decir que las cosas han salido bien. No es que no vaya a hacer nada más, pero considero esto como un final de trayecto. Un final de trayecto feliz”, explica.

El jurado del premio ha destacado al escritor por inaugurar en 1975 una “nueva etapa en la narrativa español” con la publicación de La verdad sobre el caso Savolta, que devolvió al lector “el goce por el relato” con una lengua “llena de sutilezas e ironía”.

“Por su importancia, este premio cierra un ciclo”, destaca el autor. “He tenido mucha suerte siempre con los premios. Mi primera novela recibió el premio de la Crítica, con todo su aparato publicitario. De modo que mis principios fueron casi violentos: fui catapultado de la nada a ser muy conocido. Así que he vivido todo este tiempo pensando que esas esperanzas iban a quedar frustradas”.

Mendoza vive a caballo entre Londres y Barcelona. Ayer se encontraba paseando por la capital británica —“hace años compré un apartamento y siempre que puedo vengo con la intención frustrada de estar tranquilo”— cuando recibió la noticia. Una llamada desde un número oculto que resultó ser del ministro de Educación, Cultura y Deportes, Íñigo Méndez de Vigo. “Lo primero que he pensado es: ¡madre mía, qué apuro, y no está Carmen Balcells!”, señala, recordando a su añorada amiga y agente, fallecida hace poco más de un año. Entre llamadas y la organización del encuentro con periodistas en la nueva sede londinense del Instituto Cervantes, Mendoza no tuvo mucho tiempo para pensar. Pero reconoce que una ocasión así le lleva a uno a “hacer balance”.

Recordó, por ejemplo, aquellos primeros años que pasó en el swinging London de finales de los sesenta, en los que siendo un veinteañero quedó “atrapado de por vida en el feo vicio de la anglofilia”. En aquel Londres, al que Mendoza llegó de estudiante, descubrió que quería ser escritor. Y el filólogo Carlos Clavería, entonces al frente del Instituto de España, maestro con el que el joven Mendoza paseaba por Easton Square, le desanimó. “Me veía lleno de entusiasmo”, rememora. “Me dijo que tenía un camino muy largo por delante y me veía muy acelerado”.

El jurado del premio, que precisó cuatro votaciones para dar con el ganador por la cantidad y calidad de los candidatos, destacó “la estela de la tradición cervantina” en Mendoza y el autor, como no podía ser de otra forma, reconoce la deuda. “Cervantes ha tenido una enorme influencia en mí como escritor y como persona”, asegura. “Cuando leí el Quijote, en el Preuniversitario, me quedé inmediatamente abducido. Me di cuenta de que se puede escribir literatura sin perder la sonrisa, estando a gusto con las personas. Todos queríamos ser malditos, pero entonces comprendí que el escritor no tiene por qué ser alguien maldito o marginal. Lo que caracteriza a Cervantes es la sencillez, la elegancia y el buen rollo. Y si yo tuviera que elegir un lema, bien podría ser ese”.

El Cervantes a Eduardo Mendoza es un reconocimiento al humor en la literatura. “Hasta hace relativamente poco el humor ha estado mal valorado”, defiende el autor. “Siempre se ha pensado que para ser bueno tenía que ser dramático. Era inútil recordar que grandes obras como el Quijote, el Lazarillo y otras de Quevedo, Moratín y Dickens han sido escritura básicamente de humor. Pesaba mucho la tradición de la novela del siglo XIX, pero ahora se empieza a ver una revisión de esos criterios”.

Un poco desubicado en el mundo que le toca vivir, como algunos de sus célebres personajes, Mendoza dice vivir felizmente al margen de las redes sociales. Fueron los periodistas quienes le comunicaron que había llegado a ser trending topic en España, con la particularidad de que apenas suscitó críticas entre los internautas.

En un momento y un país en que cualquier acontecimiento divide al país, el Cervantes a Mendoza mereció ayer elogios casi unánimes. Pero su simpatía, defiende el autor, “no es deliberada”. “No he hecho nada especial para granjeármela”, reconoce. “La virtud y el defecto de los libros que escribo es que son cómodos de leer. A veces pienso que no tienen gran valor, pero luego creo que lo tienen y mucho. No por mérito mío, sino porque recibo muestras de simpatía y gratitud de los lectores a los que determinado libros míos les sirvieron de alivio o de consuelo, o simplemente les hicieron pasar un buen rato”.

Una cumbre de su carrera

Si ha habido un personaje mendociano que ha conectado con los lectores ese es sin duda Gurb, el extraterrestre que aterrizó en Cerdanyola y se perdió en una Barcelona “optimista y feliz” que hoy el autor añora. El personaje fue creado para una serie en EL PAÍS que se convirtió en Sin noticias de Gurb (1991), un libro que supuso, recordaba ayer, “una cumbre” en su carrera. "Es el que me convierte en un escritor de humor, un autor leído por niños, adolescentes y otras personas de mal vivir. Sin noticias de Gurb me ha abierto puertas insospechadas”.

Otro título importante, del que no quiso olvidarse ayer fue El misterio de la cripta embrujada (1979), su segunda novela. “El libro me destapó la posibilidad de escribir un tipo de literatura más callejera”, apunta. “Igual que La ciudad de los prodigios (1986) marcó un giró en mi carrera”, añade. Y, por supuesto, la primera, La verdad sobre el caso Savolta.

Mendoza reconoce que cada vez lee menos novela. “Y cada vez me duermo más cuando me pongo a leer”, bromea. Pero, investido de la autoridad del premio Cervantes, quiere romper una lanza a favor de la literatura de su país: “No se me ocurre ningún otro país actualmente que tenga la misma fuerza que la literatura en español ¿Quiere decir que está muy bien? No. ¿Quiere decir que otras están peor? Sí”.

Él, por su parte, está ya de retirada. Una retirada por la puerta grande del Cervantes. “Uno va cumpliendo años y llega un momento en que decide retirarse. Yo estoy pensando en hacer una retirada discreta, ahora que he ganado la Champions”.

elpais.com



 

Mi admiración y felicitación a Eduardo Mendoza por el merecido Premio Cervantes, un genial escritor del que he tenido el placer de leer y disfrutar con sus libros.
 




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No debemos dejar que la Cultura muera, si muere el Arte, muere nuestra parte humana...

Los actos de hoy, marcarán nuestra era, sino...

¿Qué dejaremos para el que venga mañana?

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j.luis Enviar mensaje privado Enviar correo al usuario
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Mensaje Re: Eduardo Mendoza Premio Cervantes 2016 
 
Considero el premio más que merecido.

Me gustan sus novelas y por lo tanto mi voto para él  

Salut
 




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Peter
 
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Mensaje Re: Eduardo Mendoza Premio Cervantes 2016 
 
Eduardo Mendoza recibe con humor el Premio Cervantes 2017

El novelista repasa en su discurso sus diferentes lecturas del ‘Quijote’

El autor recuerda a los amigos que le han apoyado en su carrera de escritor




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El escritor catalán Eduardo Mendoza (d), tras recibir el Premio Cervantes de manos del rey Felipe VI.

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es el escritor serio más divertido de la literatura española y un hombre al que nunca se le ha oído decir un tópico. Por eso había tanta expectación en torno al discurso que iba a pronunciar este jueves en Alcalá de Henares, durante la ceremonia de entrega del Premio Cervantes. Mendoza —que en la entrada de la universidad dijo haber traído a la familia para que le criticasen y a los amigos, para que le hicieran la ola— no defraudó. Tras la bienhumorada presentación biográfica del Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Íñigo Méndez de Vigo, con la medalla que le acababa de colgar al cuello el Rey y tras un sonoro suspiro, el autor de La ciudad de los prodigios arrancó diciendo que se encontraba en una posición “envidiable para todo el mundo” menos para él mismo. Mientras los presentes en el paraninfo se preguntaban si lo decía por el premio o por el púlpito barroco desde el que hablaba, el escritor se lanzó a recordar las cuatro veces que ha leído el Quijote de cabo a rabo.


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El escritor catalán Eduardo Mendoza, es aplaudido tras recibir el Premio Cervantes de manos de Felipe VI.

La primera, dijo, fue por obligación del Hermano Anselmo, en el curso preuniversitario 1959-1960, años de incienso y plomo al decir de Juan Marsé en los que “la pomposa abstracción que hoy llamamos Humanidades se llamaba humildemente Curso de Lengua y Literatura”. De esto, dijo, hace mucho “y mi amigo don Francisco Rico aún no había alcanzado la edad de la razón”. Pese a los prejuicios que su generación tenía contra un héroe onmipresente en ceniceros y pisapapeles y convertido por el franquismo en arquetipo de la raza, Mendoza terminó rendido al encanto del estilo de Cervantes. Nada raro en alguien que quería escribir pese a que no saber ni cómo ni sobre qué. “Las vocaciones tempranas”, aclaró, “son árboles con muchas hojas, poco tronco y ninguna raíz”.


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Eduardo Mendoza durante su discurso tras recibir el Premio Cervantes.

La segunda vez que se acercó al Quijote, Mendoza era, apuntó, “lo que en tiempos de Cervantes se llamaba bachiller, quizá un licenciado, lo que hoy se llama un joven cualificado, y lo que en todas las épocas se ha llamado un tonto”. Esta vez no fue el lenguaje sino el personaje lo que le atrajo de la novela. Al instante se identificó con el Caballero de la Triste Figura como un ser de “idealismo desencaminado”. “Un héroe épico”, dijo, “se vuelve un pelma cuando ya ha hecho lo suyo. En cambio un héroe trágico nunca deja de ser un héroe, porque es un héroe que se equivoca. Y en eso a don Quijote, como a mí, no nos ganaba nadie”.

Cuando se lanzó a la tercera lectura, Mendoza ya era un escritor de cierto éxito y “lo que nuestro código civil llama un buen padre de familia”. Lo primero lo era, dijo, gracias al apoyo de su “editor vitalicio” y “amigo incondicional”, Pere Gimferrer, poeta que ejerce en las oficinas de Seix Barral, y de Carmen Balcells, su agente, “cuya ausencia empaña la alegría de este acto”, añadió. Si en la tercera lectura fue el humor lo que cautivo al autor de ‘Sin noticias de Gurb’, en la cuarta, realizada hace unos meses a propósito del premio que este jueves lo llevó a Alcalá, la pregunta que le asaltó fue sencilla: ¿está loco don Quijote? Respuesta: sí. “Mi conclusión es que don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejará hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza”, dijo. Y añadió: “Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera, y por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el mundo”.


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Eduardo Mendoza, los Reyes y algunas personalidades del Gobierno tras la entrega del premio.

Terminado el repaso de sus lecturas cervantinas, Eduardo Mendoza terminó refiriéndose, sin alarmismos, al “cambio radical” que afecta a la cultura: “La tecnología ha cambiado el soporte de la famosa página en blanco, pero no ha eliminado el terror que suscita ni el esfuerzo que hace falta para acometerla”. También aludió a la función de la ficción —“no dar noticia de unos hechos, sino dar vida a lo que, de otro modo, acabaría convertido en mero dato”— antes de recordar que actos como el de la universidad de Alcalá entrañan para el premiado un riesgo inverso al que corrió don Quijote: “Creerse protagonista de un relato más bonito que la realidad”. Luego prometió “hacer todo lo posible para que no ocurra tal cosa” y se despidió anunciado que seguirá siendo el que siempre ha sido: “Eduardo Mendoza, de profesión, sus labores”.


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Los Reyes posan junto al escritor catalán Eduardo Mendoza (5i), galardonado con el Premio Cervantes, y su primera mujer y madre de sus hijos, Anna Soler (4i); la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría (3i); la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes (3d); y otras personalidades, tras la ceremonia.


elpais.com
 




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