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Charles Dickens (Bicentenario 1812-2012)
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Mensaje Re: Charles Dickens (Bicentenario 1812-2012) 
 
Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid (UCM)



¿Y usted es de Dickens o de Bram Stoker?


Escritores y académicos estudian los dos polos opuestos de su época



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Charles Dickens y Bram Stocker

Uno nació hace 200 años. El otro falleció hace 100. Son muchos los puntos que les separan, pero también tienen mucho en común. El mundo victoriano conmemora este año dos importantes efemérides. Charles Dickens vino al mundo en 1812 y Abraham Stocker, el gran Bram Stocker, lo dejó en 1912.

"Son dos monstruos de las letras victorianas, nacen en el mismo país, comparten un espacio cronológico amplio y porque también me gustan mucho a mí personalmente". Para qué pedir más explicaciones. Luis Alberto de Cuenca reúne, esta semana, en los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), a grandes figuras de la cultura para charlar sobre Dickens y Stocker, Stocker y Dickens, sobre literatura, sobre cine y, en fin, sobre la vida de dos autores que supieron ver el mundo como es hoy, como ha sido siempre, como era en el siglo XIX.

Aunque hijos de dos momentos diferentes de la literatura victoriana, ambos novelistas retrataron, cada uno a su manera, aquello que les rodeaba. El realismo social de Dickens es de tan rabiosa actualidad que el escritor argentino Alfredo Taján reconoce que, mientras pronunciaba su ponencia, este jueves, se decía a sí mismo: "¡Pero si estoy dando un discurso político adaptado a la situación de emergencia que estamos viviendo!".

"Dickens sí es un autor ideológico", subraya Taján, que se refirió, en su ponencia, a la "profética" 'Historia de dos ciudades'. "No es un agitado demagogo, no es un autor político", puntualiza, "pero siempre defendió a los más débiles y criticó muchísimo las injusticias que supuso la Revolución Industrial". No en vano, Carlos Marx dijo a Engels que el autor británico había hecho unas denuncias con un calado social mucho más importante que ningún político ni moralista ni orador de su época.

El escritor, cuya conferencia versaba sobre 'Historia de dos ciudades', apunta que la obra comienza con un 'Eran tiempos difíciles, como los actuales'. "Lo leemos hoy, y no deja de ser verdad", afirma, "ahí es donde se ve la grandeza de un autor".

"Hay un antes y un después de Dickens en la narrativa europea", afirma Luis Alberto de Cuenca, para quien el autor británico "supone un eslabón más en la cadena que une a Cervantes con los grandes novelistas británicos del XVIII y que, después, se prolonga a la narrativa del siglo XX".

Dentro del género de la novela social, es innegable que los protagonistas predilectos de Charles Dickens son los niños. Oliver Twist o David Copperfield. Sobre los derechos del niño versaba la intervención del jurista y profesor de la UCM Miguel Ángel Jusdado. "Me he encontrado con que, en algunos informes de algunos estados de México, acuden mucho a ese estereotipo de que hay muchos niños de la calle, lo que llama Unicef niños de la calle, niños sin identidad, que no están registrados y no tienen unos padres reconocidos", cuenta Jusdado.

"Estos niños son muy fáciles de extorsionar", continúa, y lo compara con el judío Fagin, antagonista de Oliver Twist. "Eso es lo que hoy, en el fondo, hacen muchas bandas del narcotráfico, que utilizan a chavalines porque es muy fácil extorsionar a un niño", lamenta.

Para Jusdado, el universo de Dickens sigue tremendamente presente. "No lo tenemos en nuestro mundo europeo, pero desde luego está en las barriadas de Río de Janeiro, en el tercer mundo, en África, en el extremo oriente...", apunta.

Menos popular es el mundo oscuro del autor de Drácula. "Es desconocido Stoker, pero Drácula, la novela, es sumamente conocida", subraya Luis Alberto de Cuenca. "No es sólo una novela de género, una novela de terror", apunta, "sino que es una gran novela que además puede infundir miedo al lector, pero eso es secundario". Para el autor madrileño, "es injusto el tratamiento que se da a este tipo de novelas de género en los manuales de Literatura Universal, porque se las relega a un segundo plano cuando tienen un protagonismo y una importancia principalísima".

"La novela está construida a base de epístolas, de diarios, de documentos, digamos, indirectos, que hacen que siempre la visión que se da del protagonista vampiro nos la proporcionen los que están tratando con él", explica Luis Alberto de Cuenca. "Nunca habla él mismo, ni siquiera el narrador omnisciente, que lo que hace es recoger testimonios del entorno del vampiro, de forma que nos sobrecoge más".

Si hay algo que une, irremediablemente, a los dos autores victorianos, es el cine. "Con Dickens ya podíamos hablar de cine porque existen 180 películas 'dickensianas'", recuerda Luis Alberto de Cuenca, que reconoce, sin embargo, que "el mito de Drácula es tremendamente poderoso". "Ha servido para que se hagan sátiras, pantomimas, versiones cómicas, trágicas, sangrientras, 'gore', independientes, de bajo presupuesto", enumera. "Se ha hecho de todo con el tema vampírico en cine".

Dice Garci que muchos directores siguen acudiendo a Dickens "porque el vestuario está mejor retratado que en los museos del traje". "Mejor que una fotografía", añade Jusdado. "Se quedaba a contemplar, se le grababa a fuego en la memoria porque era taquígrafo y periodista parlamentario, así que tenía muchísima facilidad para recordar los detalles", explica el jurista. "Él mismo dijo: 'Mi memoria funciona como una caja registradora'", añade.

Drácula en el cine fue el título de la conferencia del escritor catalán Pere Gimferrer, que realizó un completísimo recorrido por un género, el vampírico, que ha fascinado al séptimo arte desde su nacimiento. Gimferrer distingue dos vertientes, la de los vampiros y la del personaje de Drácula, propiamente dicho, que "han seguido una vida serpenteante, que a veces confluye y a veces se separa".

Como Drácula, asegura el escritor, "ninguno comparable al 'Nosferatu' de Murnau". "Estamos ante una versión confesada no de la novela de Stocker, sino de una adaptación teatral", apunta. El seductor Bela Lugosi, fascinado hasta la locura por el personaje del conde vampiro, "terminó, se dice, incluso durmiento en un ataúd", relata Gimferrer. La productora Hammer reavivó el género vampírico en los años 50, con Christopher Lee como actor fetiche.

"En este mismo momento", confiesa Gimferrer, "la última gran película potencialmente importante está en rodaje". "He leído el guión y sé que habrá sido respetado en parte", añade. Se trata de un filme de producción francesa, rodado en Transilvania y en Francia, que narra el encuentro de Drácula con Casanova. "'Historia de mi muerte'", cuenta el escritor, "se rodó en 400 horas y está en fase de montaje".

Gimferrer relaciona la presencia del vampiro desde siempre en la historia del cine con el mismo mito del monstruo. "El tema de Drácula es el de la luz y la sombra, el día y las tinieblas, y este es el tema del cine", explica. "¡A nadie se le ocurriría ver una película a pleno sol!", exclama.


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Ver artículo: ¡Larga muerte al inmortal Stoker!, enlace: http://www.elmundo.es/elmundo/2012/04/20/cultura/1334903676.html



elmundo.es
 




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Mensaje Re: Charles Dickens (Bicentenario 1812-2012) 
 
En este país mira que nos gusta ser de los unos, o de los otros, pero nunca de los dos, o de ninguno...  

Yo voto por Dickens  

Tiene pinta de haber sido un interesante curso estival...

Salut!!!
 




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Mensaje Re: Charles Dickens (Bicentenario 1812-2012) 
 
Una pasión dickensiana


El director británico Mike Newell adapta ‘Grandes esperanzas’, última gran obra del escritor

Su versión académica es fruto de décadas de estudio y amor al autor inglés



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Mike Newell dirige a Jeremy Irvine en el rodaje de 'Grandes esperanzas'

Grandes esperanzas - Ver trailer en español

Tópicos sobre Charles Dickens: niños pasando hambre, barro en las calles londinenses, prostitutas, mecenas con corazones de oro, jóvenes idealistas, miseria social y económica, clímax sentimentaloides... “Y todos ciertos”, confirma Mike Newell (St. Albans, Hertfordshire, Inglaterra, 1942). “Te añado uno más: era un escritor muy popular, que como publicaba en entregas sus novelas atendía a las reacciones del público. Y lo sigue siendo: el lenguaje de Dickens es más reconocible por un británico que el de Shakespeare. Cualquier inglés sabe instantáneamente que está leyendo un texto suyo”. Newell sabe de lo que habla: no solo es un director de cine de variopinta carrera, con títulos como Bailar con un extraño, Cuatro bodas y un funeral, Un abril encantado, Donnie Brasco, Fuera de control, Harry Potter y el cáliz de fuego, La sonrisa de Mona Lisa o Prince of Persia: las arenas del tiempo, es que si ha habido una constante en su vida ha sido su pasión por Dickens, una quemazón que le ha hecho batallar durante bastante tiempo para sacar adelante una adaptación de su obra, que ha logrado gracias a la celebración del 200 aniversario de su nacimiento en febrero de 2012 “y a que por fin había un guion que podía acercarse a su calidad literaria”. Mañana se podrá ver en los cines españoles el resultado de tanta brega: Grandes esperanzas, una versión académica con Ralph Fiennes, Helena Bonham Carter, todo un batallón de estupendos secundarios británicos y protagonizada por Jeremy Irvine (War horse).

Por todo lo anterior el cineasta disfruta más hablando del escritor que de su película: “Dickens escribía para todos, cualquiera puede verse reflejado en alguno de sus personajes, ya que él no los marcaba con severos juicios morales. Por eso, hay versiones en la pantalla de sus obras por cada generación”. Newell recuerda cómo siendo estudiante se especializó en Dickens “como un fan arrebatado”. Y cómo esta pasión no le ha ayudado en la adaptación de Grandes esperanzas. “Es un libro muy extenso y cada vez que recortaba capítulos y personajes me dolía en el alma. Escogí este libro porque su protagonista, Pip, es un chaval humilde, idealista, pero no exactamente un buen tipo: hace cosas horribles. Y es la penúltima gran novela de Dickens, la última grande. Se miró a sí mismo, se retrató en Pip y se expuso ante sus lectores como si dijera: ‘Miradme, yo también procedía de la nada. Trabajé en una fábrica con 12 años, cuando mi padre estuvo en prisión, y he llegado hasta aquí’. Fascinante”.

Toda esta autoexposición pública ocurrió antes del 9 de junio de 1865, el día del accidente ferroviario de Staplehurst, cuando siete vagones de un tren cayeron desde un puente en reparación. Solo se salvó un vagón de primera clase, en el que viajaba Dickens... con la actriz Ellen Ternan, que era su amante, y la madre de esta. “Estaba separado de su esposa, que cuidaba a sus hijos \[tuvieron 10\]. Aún no existía el divorcio. Así que Dickens ayudó a los heridos, recogió el manuscrito inconcluso de Nuestro amigo mutuo y desapareció por el que dirán. Lo sabemos porque su hija Kate escribió un libro sobre ella, su padre y los amores paternos. Kate murió en 1929, y años antes recibió la visita de George Bernard Shaw, que quería escribir sobre Dickens. Ella solo le pidió que no le retratara con una sonrisa de oreja a oreja, como un caballero amable y con la espada de la justicia en una mano... Porque no era así”.


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Ralph Fiennes, en la película.

Tanta pasión, tanto conocimiento de los secretos de Dickens, ¿no los hubiera canalizado mejor dirigiendo una biografía del escritor? “Pues es que he llegado tarde por meses. Ralph Fiennes, justo él que ha trabajado en mi película, acaba de dirigir y protagonizar un filme que ahonda en esta relación extraconyugal. Lo siento, ya está hecha [risas]”. Ahora el cineasta prepara Reykjavik, recreación del encuentro que en 1986 reunió en la capital islandesa a Mijail Gorbachov y Ronald Reagan, y reconoce que su adaptación de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, no fue... buena. "Me equivoqué, porque me pudo la pasión y ni conozco lo suficiente el idioma español ni la rodé en este idioma. Grave error".

Newell empezó en 1966 dirigiendo capítulos del culebrón británico por antonomasia, Coronation Street, que aún sigue en antena. “Me ayudó mi pasión por Dickens. Porque en una serie de televisión tienes muy poco tiempo para enganchar a la gente, volverla loca y con ansias de más. Dickens escribía solo tres capítulos por delante de lo que se publicaba: es decir, él funda el esquema del culebrón. Todo lo contrario de, por ejemplo, Dostoievski: el ruso escribe en largo, sin clímax; Dickens encadena un clímax y otro y otro. Por eso es el gran contador de historias y el gran artista de la literatura inglesa”.


elpais.com
 




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Mensaje Re: Charles Dickens (Bicentenario 1812-2012) 
 
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De pronto, la mano de Dickens

El hallazgo de 20 volúmenes de una revista literaria dirigida por el escritor con anotaciones de su puño y letra arroja luz sobre algunos misterios de la literatura británica del siglo XIX



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Retrato del escritor británico Charles Dickens (1812-1870). / LEBRECHT / CORDON PRESS

El ambiente en la sala, recuerdan quienes lo presenciaron, era “eléctrico”. Hay quien habla incluso de “sonoros jadeos” entre el escaso público. Las revelaciones del congreso anual de la Sociedad Investigadora de Revistas Victorianas rara vez conquistan espacios destacados en los periódicos. Pero los 40 académicos que asistieron el pasado sábado a la presentación de Jeremy Parrott comprendieron enseguida que estaban ante un hallazgo histórico. En aquella sala de la universidad de Gante, el profesor y librero les ofreció la llave para desentrañar algunos misterios de la literatura británica del siglo XIX.

Parrott reveló que posee una colección de una revista literaria que dirigió Charles Dickens, con anotaciones manuscritas del propio autor en los márgenes de las piezas, publicadas sin firmar, que permiten atribuir 2.500 textos a entre 300 y 400 escritores, incluidos Elizabeth Gaskell, Lewis Carroll, Wilkie Collins o el propio Dickens. Se trata, en palabras de uno de los pocos expertos que han tenido en sus manos la colección, de la “piedra Rosetta de los estudios victorianos”.

En septiembre del año pasado Jeremy Parrott adquirió por Internet, a un librero de Gales, una colección en 20 volúmenes de la revista All The Year Round. Pensó que se trataba simplemente de una lujosa edición del semanario en el que Dickens publicó seriadas sus novelas Grandes esperanzas e Historia de dos ciudades, y en el que recogía relatos, ensayos y poemas sin firmar de otros escritores de la época.

Parrott, que reside habitualmente en Hungría, no abrió la caja con los libros hasta que volvió a Londres en diciembre. Al hojear los volúmenes observó que había nombres de autores escritos a lápiz junto a los textos. No fue hasta que abrió el segundo o tercer tomo cuando descubrió, junto a un cuento de Navidad, algo que no era un mero nombre, sino la firma del propio Dickens. Comprendió que estaba ante la colección personal del escritor, en la que anotaba los autores de los textos que publicaba. “Fue como tener todas mis navidades de una sola vez”, recuerda Parrott en el diario The Independent. “Esto reescribe la bibliografía de numerosos escritores del siglo XIX”.

Parrott se reunió en Londres con otros tres eruditos de Dickens, que coincidieron en la magnitud del hallazgo. Expertos en caligrafía confirmaron que muchas de las anotaciones procedían muy probablemente del puño y letra del escritor (otras podrían haber sido realizadas por empleados de la revista). La hipótesis es que se trataría de la colección que Dickens guardaba como archivo en su apartamento encima de la redacción del semanario. All The Year Round se publicó entre 1859 y 1895. Dickens dirigió la revista hasta que murió en 1870, y después se hizo cargo su hijo mayor.

Entre las revelaciones que han trascendido hay dos ensayos, uno de poesía y otro de música, de Elizabeth Gaskell, autora de Norte y Sur; ocho textos de Wilkie Collins, autor de La piedra lunar, considerada la primera novela policiaca inglesa, y un posible nuevo poema de Lewis Carroll.

Hay más de cien artículos de Eliza Linton, considerada la primera mujer periodista británica, que hasta ahora se tenía por muy poco prolífica. Las anotaciones cuestionarían la reputación misógina de Dickens: cerca del 40% de las piezas que publicó fueron escritas por mujeres.

Defensa de la prensa libre

El hallazgo aporta más luz sobre la figura de Dickens. Se adivina un cierto nepotismo en el hecho de que publicara textos de sus hijos adolescentes, de más que dudoso talento. También hay muestras de su intervencionista estilo en la edición: habría metido tanta mano que algunos textos, que los expertos en Dickens atribuyeron durante años al autor, han resultado ser obra de otros escritores.

El propio Dickens figura como coautor de un furibundo artículo, titulado ¿Qué es sensacional?, que exhibe su compromiso social. El texto, que publica íntegramente The Independent, arremete contra un diputado conservador que acusó a la prensa de tratar de manera sensacionalista la muerte de dos indigentes por negligencias en un hospital, un episodio que desató una protesta nacional.

El artículo, una defensa de la prensa libre y de la protección legal de las personas desfavorecidas, constituye un típico ejemplo de esa literatura victoriana que, gracias al hallazgo de Parrott, se conocerá ahora un poco mejor.


Grandes nombres

Lewis Carroll: un probable poema.
Elizabeth Gaskell: dos ensayos sobre poesía y música.
Wilkie Collins: ocho textos.
Eliza Linton: más de cien artículos de la primera mujer periodista británica.
Dickens: varios textos atribuidos a él han resultado ser de otros autores, entre ellos, su yerno Charles Collins.


elpais.com
 




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Mensaje Re: Charles Dickens (Bicentenario 1812-2012) 
 
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Un autor entregado a su público


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Charles Dickens fue uno de los primeros escritores que prescindieron del mecenazgo al optar por poner a la venta y al alcance del público sus obras. Las novelas de Dickens se publicaban por entregas en los periódicos de la época y los lectores las seguían ávidamente semana tras semana. La novela se establece como género triunfante en el siglo XIX porque se interesa por la realidad de las clases sociales, habla de sus problemas y el público responde; responde a tal extremo que, siendo muchos lectores analfabetos, reunían en el barrio unos dineros para compensar a un lector (podía ser el boticario, el médico...) que les leyera en voz alta los episodios semanales de unas historias que hablaban de ellos y de sus vidas y no, como hasta entonces, de la historias de gente cultivada y de abolengo. Así se hizo popular el género y pasó a dominar el escaparate literario. El canon de la novela como género, establecido por autores como él o Balzac nació, pues, de la literatura popular.

Pero Dickens no se limitó a encerrarse en casa a escribir novelas en las que mostraba los entresijos del alma humana y la secular injusticia que afectaba a los más desprotegidos en la rígida y puritana sociedad de la Reina Victoria. Además contribuyó al periodismo de la época colaborando en prensa y creando publicaciones, por lo general de carácter literario, a las que dedicó un gran esfuerzo personal y de ahí procede la caja mágica, esa Piedra Rosetta recién descubierta que contiene numerosas contribuciones de los mejores escritores de la época, incluidas las suyas, y sobre las que ejercía un crítica previa muy exigente. Y no sólo eso: dedicó una parte importante de su vida a ofrecer recitales públicos.

En sus recitales, se dirigía a un público devoto y multitudinario, tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, a donde viajó en varias ocasiones en loor de multitud, entregándose a un esfuerzo físico extraordinario. Ofrecía recitales de hasta dos horas de duración, él solo en escena, aliviándose con una copa de champán y una docena de ostras en los entreactos. Si a las novelas sumamos su trabajo de editor de revistas y las constantes giras una vez que alcanzó la cimas de su popularidad, no cuesta nada imaginar el desgaste que suponía para él; pero Dickens es el ejemplo admirable del autor entregado a su obra y a su público: sencillamente, no podía dejar de atenderlos, no podía dejar de escribir y no podía ni quería alejarse de todo lo que supusiera luchar en pro de la difusión de la cultura y de la educación de las personas.

Dickens es, quizá, el más grande los novelistas de su época. Su dedicación corrió en paralelo al decaimiento de su salud, a un progresiva visión más oscura de la sociedad en su madurez (véase esa obra maestra que es Casa desolada) y a la decepción familiar de aquel niño que quedó retratado en David Copperfield. Dickens murió de una apoplejía a los 58 años de edad. En realidad murió de agotamiento, entregado hasta fin a la causa de las gentes y de la escritura.


Por José María Guelbenzu / elpais.com
 




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¿Por qué la gente no sonríe en las fotos antiguas?

Inauguramos una nueva serie en la que expertos responden a algunas de las búsquedas más curiosas que los usuarios realizan en Google



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Charles Darwin, según todas las fuentes un hombre afable y un padre cariñoso y bromista, parece congelado en la melancolía en todas sus fotos. / Hulton Archive/Getty Images

¿Por qué la gente no sonríe en las fotos antiguas? Tal y como los usuarios que le hacen esa pregunta a Google han podido comprobar con exactitud, existe una lúgubre ausencia de sonrisas en las primeras fotografías de la historia. Los retratos fueron uno de los principales atractivos de la fotografía desde su invención. En 1852, por ejemplo, una chica posó para un daguerrotipo con la cabeza ligeramente girada, lanzando al objetivo una mirada firme y segura, y sin sonreír. Así, queda conservada para siempre como una joven de lo más severo.

Esa severidad aparece por doquier en las fotografías victorianas. Charles Darwin, que según todas las fuentes era un hombre afable y un padre cariñoso y bromista, parece congelado en la melancolía en todas sus fotos. En el gran retrato del astrónomo John Frederick William Herschel realizado en 1867 por Julia Margaret (ver más abajo), su profunda introspección taciturna y su pelo enmarañado, bañado por la luz, le daban el aire de un rey Lear trágico. ¿Por qué nuestros ancestros, desde los desconocidos que posaban para retratos familiares a los personajes famosos y de renombre, se ponían tan sumamente tristes delante del objetivo?

No hay que observar durante mucho tiempo estas antiguas y solemnes fotografías para ver cuán incompleta está la respuesta aparentemente obvia: que congelan sus caras para poder aguantar los largos tiempos de exposición. En el retrato que Julia Margaret Cameron le hizo a Tennyson, el poeta rumia y sueña, su rostro es la máscara sombreada de un genio. No se trata de una mera extravagancia técnica, sino de una elección estética y emocional.

    Los victorianos se tomaban con humor incluso los aspectos más lúgubres de su sociedad

La gente del pasado no era necesariamente más pesimista que nosotros; las personas no deambulaban por el mundo en un estado de tristeza perpetua, aunque, de haberlo hecho, estarían justificados, al vivir en un mundo con altísimas tasas de mortalidad en comparación con el Occidente actual, con una medicina del todo deficiente para nuestros estándares. De hecho, los victorianos se tomaban con humor incluso los aspectos más lúgubres de su sociedad. El libro de Jerome K. Jerome Tres hombres en una barca ofrece una imagen reveladora del sentido del humor victoriano, juguetón e irreverente. Cuando el narrador bebe un trago de agua del río Támesis, sus amigos bromean diciéndole que probablemente pille el cólera. La broma es fuerte teniendo en cuenta que estaban en 1889, solo unas décadas después de que dicha enfermedad arrasara Londres. Aunque ahí estaba Chaucer escribiendo Los cuentos de Canterbury, que aún arrancan carcajadas, en el siglo de la peste negra. O Jane Austen, que encontró cantidad de elementos tronchantes en la época de las guerras napoleónicas.

La risa y el regocijo no solo eran habituales en el pasado, sino que estaban mucho más institucionalizados que hoy en día: desde los carnavales medievales, donde comunidades enteras disfrutaban con payasadas y extravagancias cómicas desenfrenadas, hasta las imprentas georgianas, donde la gente se reunía para enterarse de los últimos chistes. Lejos de reprimir los festivales y la diversión, los victorianos, que inventaron la fotografía, también confirieron a la Navidad el carácter de fiesta laica que tiene en la actualidad.


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Retrato de Herschel. / National Portrait Gallery, London.

Así las cosas, la seriedad de la gente en las fotografías del siglo XIX no puede ser prueba de una tristeza y depresión generalizada. No se trataba de una sociedad que vivía en una desesperanza perenne. Más bien, la verdadera respuesta tiene que ver con la actitud hacia el retrato en sí.

Las personas que posaban para las primeras fotografías, desde las severas familias de clase media que dejaban constancia de su estatus hasta los famosos captados por el objetivo, las concebían como un momento significativo. La fotografía aún era muy poco corriente y hacerse una foto no era algo que ocurriera todos los días. Para mucha gente, podía tratarse de una experiencia única en la vida.

Posar para la cámara, en otras palabras, no era muy distinto de hacerlo para un cuadro. Era más barato, más rápido (a pesar de los largos tiempos de exposición) y significaba que unas personas que nunca habían tenido la oportunidad de ser pintadas ahora podían hacerse un retrato; pero, al parecer, la gente se lo tomaba con la misma seriedad que se reservaba a los cuadros. Aquello no era una “instantánea”. Al igual que los cuadros, la fotografía se concebía como el registro atemporal de una persona.

Los retratos al óleo tampoco están plagados de sonrisas. Las obras de Rembrandt serían muy distintas si todo el mundo estuviera sonriendo. De hecho, rezuman conciencia de la mortalidad y del misterio de la existencia, que no son precisamente motivos para reírse. Desde la mirada rojiza del papa Inocencio X retratado por Velázquez a la Violante de Tiziano y su seriedad íntima, son contados los retratos con caras sonrientes que encontramos en los museos.

    La fotografía aún era muy poco corriente y hacerse una foto no era algo que ocurriera todos los días. Para mucha gente, podía tratarse de una experiencia única en la vida

La excepción más famosa es, claro está, la Mona Lisa, y Leonardo da Vinci se esforzó durante años para que esa sonrisa “funcionase”. Sus coetáneos se sorprendieron al ver un retrato sonriente. En el siglo XVIII, los artistas pintaban a personas risueñas —el escultor Houdon incluso dio a la estatua de mármol de Voltaire una sonrisa — para captar la nueva actitud, sociable y alegre, de la Ilustración. No obstante, en líneas generales, la melancolía y la introspección dominan el retrato al óleo, y esa sensación de la seriedad de la vida pasó de la pintura a los albores de la fotografía.

De hecho, la pregunta podría reformularse: ¿por qué las fotografías antiguas son mucho más conmovedoras que las modernas?

Lo cierto es que la grandeza existencial de los retratos tradicionales, la gravedad de Rembrandt, aún sobrevive en la fotografía victoriana. Hoy en día nos sacamos tantas fotos sonriendo que la idea de que alguien pueda encontrar auténtica profundidad y poesía en la mayor parte de ellas es absurda. Las fotos representan la sociabilidad: queremos transmitir que somos gente sociable y feliz. Así que sonreímos, nos reímos y hacemos el tonto en selfis infinitos, infinitamente compartidos.

Un selfi risueño es la antítesis de un retrato solemne, una mera representación momentánea de la felicidad. No tiene ninguna profundidad, y por ende ningún valor artístico. Como documento humano resulta inquietantemente desechable. (De hecho, ni siquiera es lo bastante sólido como para hacer una bolita: basta con pulsar “borrar”).

    La pregunta podría reformularse: ¿por qué las fotografías antiguas son mucho más conmovedoras que las modernas?

Qué hermosas y cautivadoras son las fotografías antiguas en comparación con nuestros ridículos selfis. Probablemente aquella gente seria se divertía tanto como nosotros, si no más. Pero no tenían la necesidad histérica de demostrarlo con fotos. Al contrario, cuando posaban para una fotografía pensaban en el tiempo, la muerte y la memoria. La presencia de esas realidades solemnes en las fotografías del pasado las hace mucho más valiosas que las instantáneas con una felicidad tonta colgadas en Instagram. A lo mejor, nosotros también deberíamos dejar de sonreír a veces.

Traducción de News Clips

The Guardian / elpais.com
 




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Royal Geographical Society



Bienvenidos al hogar de Darwin y Shackleton



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Estamos en 51º 30' 55" N; 0º 10' 30" W, unas coordenadas míticas para cualquier viajero de casi cualquier punto del globo. Corresponden a la ubicación exacta de la sede de la Royal Geographical Society, la sociedad geográfica más activa del mundo y sin duda la que atesora las historias y aventuras más fascinantes.

Algunos de los objetos que se guardan en estas vitrinas formaron parte de exploraciones legendarias. El gorro que llevaba el doctor Livingstone cuando fue descubierto por Stanley junto al lago Tanganika. El sextante portátil que acompañó a Charles Darwin a bordo del Beagle. Un bidón de oxígeno que portó Edmund Hillary en su ascenso al Everest. Diarios de viajes de Shackleton en sus expediciones polares. Es casi imposible no observarlos sin esa mezcla de admiración y nostalgia que despierta ese tiempo en el que la geografía era aún sinónimo de aventura y riesgo, con esas dosis de emoción que encierran siempre los descubrimientos y las historias de los pioneros.


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La sala de mapas.

Entramos en la sede de la Royal Geographical Society, la sociedad geográfica más activa del mundo y sin duda la que atesora las historias más fascinantes. Fundada en 1830, tras varias décadas de deambular por diversas sedes de la capital británica, instaló aquí su cuartel general en 1913. Frente a los jardines de Kensington, en ese Londres elegante y victoriano, se levanta este imponente edificio de ladrillo rojo a juego con el vecino Royal Albert Hall.

Los transeúntes se ven algo intimidados por la presencia de las dos grandes estatuas que ornan la fachada de Exhibition Road. Es el lugar que todos los taxistas de Londres conocen como «the hot and cold corner». Una simpática alusión a esas geografías por las que se movieron tan ilustres exploradores y casi la única parte del recinto visible para quienes no forman parte de una de las sociedades científicas más importantes del país.
El no museo abre sus puertas

Durante 364 días al año, el corazón de este edificio que en su día fue mansión de una de las más ricas familias británicas, los Lowthers, está reservado a sus socios. No es un museo sino la sede de trabajo de una institución que sigue liderando la investigación en el campo de la geografía, las expediciones, la cartografía... Un anexo construido con posterioridad permite la entrada al público general para consulta de documentos de una de las mejores bibliotecas geográficas del mundo. Pero en esta parte no hay tanta leyenda ni tanto sabor a vieja epopeya.


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El pequeño café.

El sancta sanctorum del cuartel general sólo puede visitarse un día al año, siempre a mediados de septiembre. Este año será el sábado 19. La atmósfera de sus salas algo austeras parece tener algo de esa magia que acompañó a tantas aventuras y tantas pasiones. En el hall de entrada, junto a la puerta principal, una gran placa ocupa toda una pared. En ella, los nombres de los galardonados con la preciada medalla de oro de la Sociedad. Media historia de la geografía cabe en ella. Hay nombres legendarios y de pioneros: Scott, Hillary, Darwin, Speke... También los hay de personas más anónimas que murieron haciendo algunos de los mapas que se guardan en sus salas.

Objetos de culto, viejas fotografías llenas de interés se reparten en pasillos y salas de trabajo. Bosquejos, dibujos. En la sala del consejo se decidió la suerte de algunas de las principales expediciones del mundo. La sala de mapas carece de ornamentos, es la antítesis de El Escorial o de los Ufici, pero tiene ese je ne se quoi. En el pequeño café uno puede sentirse parte de esta extraordinaria familia durante un rato. Cuántos grandes viajeros y aventureros a los que debemos tanto se habrán sentado en una de estas viejas sillas de cuero negro con el emblema, algo gastado, de la Royal Geopraphical Society.


elmundo.es
 




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Mensaje Re: Charles Dickens (Bicentenario 1812-2012) 
 
El lado más oscuro de Dickens

El escritor y periodista intentó, sin éxito, que su mujer fuera ingresada en un manicomio



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Retrato del novelista británico Charles Dickens. / Cordon Press

El hombre más famoso de la era victoriana, el "poeta de la ciudad moderna", el novelista más importante de la historia inglesa, Charles Dickens, cometió uno de los actos más crueles y abyectos que se pueda imaginar: intentó encerrar a su mujer, Catherine, con la que había compartido 20 años de matrimonio y 10 hijos, en un manicomio, para poder disfrutar en libertad su romance con la actriz Ellen Ternan.

John Bowen, profesor de Literatura del siglo XIX en la Universidad de York, al norte de Inglaterra, ha dado con la carta que demuestra la crueldad con la que Dickens intentó despachar el momento más turbio de su vida. "Durante años existió la sospecha de que lo había intentado, pero ninguna prueba definitiva. Y por supuesto es algo muy difícil de asimilar. Hizo cosas admirables, pero en su ruptura matrimonial tuvo un comportamiento horrible, e hirió a mucha gente", explica Bowen a EL PAÍS en conversación telefónica.

Catherine Dickens vivió las dos últimas décadas de su vida en una pequeña residencia en Camden, al norte de Londres. Allí trabó amistad con un matrimonio vecino, Edward y Lynda Dutton Cook. Ella era pianista. Él, un hombre de letras, crítico teatral y novelista. En su último año de vida, en 1879, mientras aliviaba sus terribles dolores con dosis de morfina, Catherine sintió la necesidad de contar su versión de lo sucedido. Hasta entonces, Dickens, celoso hasta el extremo de su buena imagen y reputación, había logrado trasladar la imagen de un matrimonio deteriorado por los "desórdenes mentales" de una mujer que no prestaba atención ni cariño a sus hijos. Gran publicista de sí mismo y con buenos e influyentes amigos, el escritor plasmó un retrato despiadado y falso en una carta que filtró convenientemente a la prensa. La famosa "carta violada" que convenció a sus admiradores pero escandalizó también a muchos de sus contemporáneos.

Edward Dutton Cook nunca quiso hacer públicas las interioridades de una familia y de un hombre que para entonces ya era un tesoro nacional. Pero se las contó a través de varias cartas a su amigo el periodista William Moy Thomas. "Al final, [Dickens] descubrió que ella ya no era de su agrado. Había dado a luz a 10 hijos y perdido gran parte de su belleza. Se había hecho vieja. Intentó incluso encerrarla en un manicomio, ¡pobre mujer! Pero a pesar de lo nefastas que son nuestras leyes en lo que se refiere a probar la locura, no consiguió su propósito", escribió Dutton Cook.

"Cuando descubres este lado sombrío de Dickens, interpretas la obra posterior a 1858, el año de la ruptura matrimonial", explica el profesor Bowen. "Grandes esperanzas, uno de sus libros más universales, es una novela llena de culpa, de vergüenza. Su personaje principal [Philip Pirrip Pip] se siente incomprendido y es alguien que ha herido a mucha gente".

Bowen, que pudo acceder al contenido de las cartas de Dutton Cook, hoy custodiadas en la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, conoce bien los documentos de la época y ha deducido, con casi total seguridad, la identidad del médico que se negó a cumplir con los deseos de Dickens. Thomas Harrington Tuke, superintendente del Asilo Manor House, en el barrio londinense de Chiswick, entre 1849 y 1888, era un viejo conocido del escritor. Llegó a asistir al bautizo de uno de sus hijos. La amistad se enfrió poco después, sin motivo aparente, y Dickens se prodigó en dedicarle insultos como "asno médico" o "ser miserable".

Las leyes de la época ofrecían poca protección para aquellas personas a las que sus familias decidían encerrar de por vida por su supuesta enfermedad mental. Sobre todo, si se disponían de las conexiones adecuadas. Y Dickens las tenía. Su amigo y biógrafo, John Forster, secretario en el Comisionado para la Locura, un organismo público creado en 1845 para supervisar los manicomios, o el doctor John Connolly, con gran influencia en ese ámbito, movieron tierra y cielo para complacer a su amigo.

"A la luz de lo que sabemos ahora, esta historia tendría que ver mucho con el movimiento del Me Too", sugiere Bowen. "Pero también con esa luz de gas que muchos hombres proyectan sobre sus parejas para hacerles creer que son ellas las culpables. Aunque hay una parte positiva en todo este relato. Un doctor fue capaz de decir que no. No son muchos los médicos o abogados capaces en esa época de plantar cara a los ricos y poderosos. Casi como esos testimonios que escuchamos estos días de algunas personas contra el presidente de Estados Unidos, Donald Trump".


elpais.com
 




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